El agua que quiso ser fuego.

Estoy cansada de ser fría y de correr rio abajo, golpeándome con las piedras que me enervan. No me acepto como soy, le pediré a Dios que me cambie, que me convierta en aire. Mejor en aire no, que forma huracanes que arrasan con todo lo que encuentran en su camino. Tal vez mejor en tormenta. No, tampoco lo acepto, me asusta, sobre todo cuando con su fuerza hace caer los árboles sobre mi, me hace daño. Me gustaría ser árbol o flor por su belleza, por eso las tolero aunque tenga que estar regándolos y consuman parte de mi, las tolero porqué me gustan, pero no las acepto para cambiarme por ellas, pues unos tienen una larga vida y las otras muy efímera.

Dicen que soy necesaria, pero yo prefiero ser hermosa, y roja, y cálida. Dicen que purifico todo lo que toco, pero mas fuerza purificadora tiene el fuego. ¡Eso!, quisiera ser llama y fuego, me encantan su luz y su color y cuando me calienta en invierno sobre todo si estoy helada.

Dicen que soy necesaria, pero yo prefiero ser hermosa, y roja, y cálida. Dicen que purifico todo lo que toco, pero mas fuerza purificadora tiene el fuego. ¡Eso!, quisiera ser llama y fuego, me encantan su luz y su color y cuando me calienta en invierno sobre todo si estoy helada.

Estoy decidida, quiero ser fuego, le escribiré una carta a Dios pidiéndole que cambie mi identidad.

Le diré: Querido Dios, tu me hiciste agua pero quiero decirte con todo respeto, que estoy cansada de ser transparente, que prefiero el color rojo. Desearía ser fuego, ¿puede ser?. Tu mismo, Señor, te identificaste con una zarza ardiendo y dijiste que habías venido a poner el fuego sobre la tierra. No recuerdo que nunca te compararas con el agua, por eso creo que comprenderás mi deseo. No es un simple capricho, necesito este cambio para mi realización personal.

Salí todos los días a la orilla para ver si llegaba la respuesta y una tarde pasó una barca muy blanca de la que cayó un sobre rojo que contenía una nota en la que se podía leer : “Querida hija, parece que te has cansado de ser agua. Lo siento mucho porque no eres un agua cualquiera, tu abuela fue la que bautizó a mi hijo en el Jordán, y te tenía destinada a caer sobre la cabeza de muchos niños. Mi espíritu no baja a nadie que no haya sido lavado antes en ti. Tu preparas el camino al fuego“.

Mientras estaba embebida leyendo la carta, Dios bajó a mi lado y se quedó contemplándome en silencio. De pronto me vi a mi misma y a Dios reflejado en mi. Estaba sonriendo como esperando na respuesta.

En ese momento comprendí que el privilegio de reflejar el rostro de Dios solo lo tengo yo cuando estoy limpia y en paz. Suspiré y acepté: “Señor, seguiré siendo agua, seguiré siendo tu espejo. Gracias.”

Aceptar y aceptarnos es un reto

De todas nuestras actitudes, la mas importante es aquella con la que nos miramos a nosotros mismos, porque esa visión afecta favorable o no a como nos ven los demás.

A veces no nos conocemos o no nos aceptamos lo suficiente. No sabemos lo que sentimos y no hemos aprendido a manejar y exteriorizar nuestras emociones.

Es imposible querer y aceptar a los demás si no te sabes querer a ti mismo. En cambio cuando te conoces, cuando te aceptas y te quieres con tus pros y contras, con tus maravillas y defectos, con tus aciertos y errores, ya es otra cosa. Solo el hecho de conocerte y aceptarte ya te sana mental y emocionalmente.

Cuando uno no se acepta corre el peligro de intentar manejar a los demás, bien con su victimismo, imponiendo sus opiniones, o manipulando de diferentes formas, ya sea con el arma sutil de la palabra o con la comunicación no verbal.

Para vivir el valor de la aceptación con los demás no es necesario estar de acuerdo con sus opiniones o su forma de comportarse. Es incondicional porque si ponemos condiciones no estamos aceptando sino tolerando. Tolerar es una forma de concesión pero deja reticencias.

Es posible que a lo largo de nuestra vida nos guste ser alguien distinto al que somos, tener otras cualidades, otra profesión, otras amistades y nos hemos quejado a Dios pidiéndole que nos cambie, pero solo aceptando como somos, como Dios nos ha hecho, podemos ser el reflejo de Su rostro para los demás.

Benja

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