• A veces, da miedo

    Lo estoy dando todo, de verdad. Hace dos años vivo arriba de una camioneta. Cruzo montañas, duermo frente al mar, y escribo como si la vida dependiera de eso. Porque para mí… depende.

    No estoy vendiendo. No estoy “produciendo contenido”. No estoy pensando en algoritmos ni en tendencias. Estoy escribiendo para ser. Y eso, a veces, da miedo. El tipo de miedo que te avisa que estás apostando la vida de verdad. Que no hay plan B. Que si esto no vuela, te caés con tus sueños en la mano.

    Escribí lo que nunca me animé a contar. Primero un cuento. Después otro. Y sin darme cuenta… una novela. Y ahí entendí qué significa ser escritor: no hice un libro. Hice un refugio.

    Un lugar donde no entras para escapar, entras para encontrarte. Para dejar morir esa versión de vos que ya no te ayuda a ser quien sois. Y darle espacio a la que sí.

    Hoy me levanto bancando el silencio. El vacío. Que nadie sepa lo que siento. No hay me gustas. No hay palabras. Los ahorros bajan. Y tengo que respirar hondo para no perder la fe. Para no perderme. Para no rendirme.

    Pero sigo acá. Porque creo en esto. Creo en nosotros. Creo en la gente que sueña aunque tiemble, que arriesga aunque duela, que apuesta cuando nadie les asegura nada. Que no espera permiso para vivir su verdad. Que elige el camino aunque esté solo al principio.

    Si estás en ese lugar, te abrazo. Si estás sosteniendo tu propio salto, te veo. No estás a solas en este abismo. Somos varios acá, con el corazón temblando y las alas abiertas.

    Y si alguna vez dudas… acuérdate: los pocos que se animan a volar primero parecen locos, y al final, terminan siendo el ejemplo de todos. El faro de los que van perdidos. El sueño que despierta a los que todavía van dormidos.

    De la red

  • Me basta!!!

    Me di cuenta de que estaba envejeciendo…Pero no por las arrugas en mi rostro. No fue el espejo quien me lo dijo, ni el chico que me cedió el asiento en el autobús. No fueron ni siquiera esas ropas de moda que ya no entiendo, ni esas canciones que solo me parecen ruido.

    Fue algo más sutil. Más profundo. Lo entendí el día que dejé de querer convencer a los demás. Cuando dejé de perseguir a quienes se alejan. Cuando ya no sentí la necesidad de tener la última palabra. Cuando aprendí a dejar ir… sin hacer drama.

    La vejez llegó sin llamar. Sin tristeza, sin miedo. Simplemente se sentó a mi lado. En silencio. Y consigo trajo… la paz. Ya no espero disculpas de quien no sabe darlas. El silencio de los demás ya no me pesa.

    Entendí que cada uno lucha contra su propio ruido interior. Y quien de verdad quiere hablar… lo hace.

    Hoy ya no busco aprobación. No quiero volver a encajar en ningún molde. Quiero estar en paz. Mi cuerpo ya no es motivo de vergüenza. Es mi casa. Mi historia. Mi memoria.

    Ha traído amores, pérdidas, nacimientos y caídas. ¿Cómo no iba a honrarlo?. Hoy vivo de otra manera. Sin prisa. Sin «debo». Sin sentirme culpable por haber elegido mi bienestar. Bebo mi café caliente. Respondo a los mensajes sin ansiedad. Camino sin correr. Me escucho. Me abrazo. Me pertenezco.

    — Zaki Benameur

  • No sólo un trabajo…

    Un cajero nota que un niño viene solo cada semana a comprar lo mismo: pan, leche, huevos. Siempre cuenta monedas justas. Un día el cajero lo sigue…

    Llevo cinco años trabajando en esta caja registradora. He visto de todo: madres agobiadas con tres niños colgando del carrito, ancianos que cuentan cupones como si fueran oro, estudiantes comprando fideos instantáneos al por mayor. Pero nunca había visto algo como esto.

    El niño apareció un martes por la tarde, hace unos tres meses. Pelo castaño despeinado, zapatillas desgastadas, una mochila más grande que su torso. No tendría más de nueve años.

    Se acercó a mi caja con tres productos: pan, leche, huevos.

    —Hola —dije, escaneando los artículos—. ¿Tu mamá está por aquí?

    —No, vengo solo —respondió, vaciando un puñado de monedas sobre el mostrador.

    Las contó meticulosamente. Diez centavos, veinticinco, otro de diez. Sus dedos pequeños separaban cada moneda con precisión de joyero.

    —Son cuatro dólares con sesenta y tres centavos —anuncié.

    Contó de nuevo. Cuatro dólares con sesenta y tres centavos exactos.

    —Gracias, señor —dijo, guardando los productos en su mochila antes de desaparecer por la puerta automática.

    La semana siguiente volvió. Mismo día, misma hora, mismos productos. Mismo ritual de contar monedas.

    Y la siguiente.

    Y la siguiente.

    Para el segundo mes, ya lo esperaba. Incluso le guardaba el pan más fresco, los huevos sin quebrar.

    —¿Cómo te llamas? —le pregunté un día.

    —Lucas.

    —Mucho gusto, Lucas. Yo soy Roberto.

    Asintió con una sonrisa tímida y se fue.

    Pero algo no cuadraba. ¿Qué niño de nueve años viene solo, cada semana, a comprar exactamente lo mismo? ¿De dónde sacaba esas monedas contadas con precisión milimétrica?

    El martes pasado tomé una decisión. Cuando Lucas salió del supermercado, le pedí a mi compañera que cubriera mi caja.

    —Vuelvo en veinte minutos.

    Lo seguí a distancia prudente. El niño caminaba con paso decidido, la mochila bamboleándose en su espalda. Atravesó tres cuadras, giró en la avenida principal, y se detuvo frente a un edificio que reconocí de inmediato: el refugio de San Vicente.

    Entró.

    Me acerqué y me asomé por la puerta. Lucas había abierto su mochila y estaba repartiendo el pan entre un grupo de personas que hacían fila. Una mujer mayor le acarició la cabeza. Un hombre en silla de ruedas le estrechó la mano. Los huevos y la leche se los entregó a una señora con delantal que debía trabajar en la cocina.

    —Gracias, Lucas —le decía cada persona.

    —De nada —respondía él, con esa sonrisa tímida que yo ya conocía.

    Me quedé ahí parado, sintiendo cómo se me hacía un nudo en la garganta.

    Cuando salió, me escondí detrás de un auto. No quería que supiera que lo había seguido.

    Al día siguiente, reuní a todos en el supermercado: el gerente, los otros cajeros, la gente del almacén.

    —Escuchen —les dije—, tengo que contarles algo.

    Les conté sobre Lucas. Sobre las monedas. Sobre el refugio.

    Mi compañera María tenía lágrimas en los ojos.

    —Ese dinero debe ser todo lo que tiene —murmuró.

    El gerente, el señor Campos, un tipo duro que nunca sonríe, se quitó los lentes y se frotó los ojos.

    —Hagamos una colecta —dijo—. Entre todos. Y la tienda pondrá el doble de lo que juntemos.

    En dos días reunimos más de mil dólares.

    Este martes, cuando Lucas entró al supermercado con su mochila vacía, yo estaba esperándolo. Pero no en mi caja. Estaba junto a un carrito de compras lleno hasta el tope: pan, leche, huevos, pero también arroz, pasta, conservas, frutas, verduras, pollo, hasta pañales y jabón.

    Lucas se detuvo en seco, mirando el carrito con los ojos muy abiertos.

    —¿Qué…?

    —Es para ti, Lucas —le dije, arrodillándome para estar a su altura—. Bueno, para la gente del refugio.

    —Pero… no tengo dinero para todo esto.

    —No necesitas dinero. —Señalé hacia mis compañeros, que observaban desde sus puestos con sonrisas enormes—. Todos queremos ayudar. Como tú ayudas.

    Su labio inferior comenzó a temblar.

    —¿Por qué?

    —Porque eres increíble, chico. Porque tienes nueve años y estás haciendo algo que la mayoría de adultos nunca haría.

    Una lágrima rodó por su mejilla.

    —Es que… fue mi cumpleaños hace tres meses. Mi abuela me dio cincuenta dólares. Y yo pensé que podía hacer que duraran. Cuatro dólares cada semana. Para ayudar.

    Me tuve que morder el interior de la mejilla para no llorar ahí mismo.

    El señor Campos se acercó y puso una mano en el hombro de Lucas.

    —Hijo, quiero hacerte una propuesta. Sigue comprando para ellos. Cada semana. Lo que necesiten. —Hizo una pausa—. Nosotros pagamos.

    Lucas nos miró a todos, uno por uno, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

    —¿En serio?

    —En serio —respondimos al unísono.

    Ayudé a Lucas a empujar el carrito hacia la salida. María había llamado a un taxi para que lo llevara al refugio con todo.

    —Lucas —le dije antes de que subiera—, ¿puedo preguntarte algo?

    —Sí.

    —¿Por qué lo haces? ¿Por qué usaste tu dinero de cumpleaños para esto?

    Se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

    —Porque ellos tienen hambre. Y yo tengo una abuela que me da de comer todos los días.

    El taxi se alejó. Me quedé ahí parado en el estacionamiento, viéndolo partir.

    Esa noche, en casa, mi esposa me preguntó por qué estaba tan callado.

    —Hoy conocí al mejor ser humano que he visto en mi vida —le dije—. Y tiene nueve años.

    Ahora, cada martes, Lucas viene con una lista que prepara con la gente del refugio. Llena el carrito, yo lo escaneo todo, y en el ticket aparece: «CORTESÍA DE SUPERMERCADO EL AHORRO Y SUS EMPLEADOS».

    La semana pasada trajo a su abuela. Una señora pequeñita de ojos brillantes.

    —Usted debe ser Roberto —me dijo, tomando mi mano entre las suyas—. Mi nieto habla de usted todo el tiempo.

    —Señora, su nieto es especial.

    —Lo sé —respondió, mirando a Lucas con un orgullo que podía tocarse—. Siempre lo supe.

    Mientras los veía alejarse, Lucas volteó y me saludó con la mano.

    Le devolví el saludo.

    Y saben qué es lo más increíble de todo esto? Que yo pensaba que trabajaba en un supermercado solo para pagar las cuentas. Que mi trabajo no significaba nada especial.

    Lucas me enseñó que cualquier lugar puede ser el escenario para hacer algo bueno. Que no necesitas ser rico o poderoso para cambiar vidas.

    Solo necesitas ver. Necesitas un corazón lo suficientemente grande como para notar al niño que cuenta monedas. Y el valor para hacer algo al respecto.

    Llevo cinco años trabajando en esta caja registradora. Pero recién ahora siento que realmente empecé a trabajar para servir a alguien.

    Créditos a su autor ✍🏻

    #MeGustóMucho 📖📚

  • Matrimonio

    «El matrimonio tiene un precio alto…» Y no es el de la boda. Es el precio de ceder, de negociar, de amar incluso cuando no se tiene ganas. El matrimonio no es para quien quiere tener siempre la razón. Ni para quien se niega a pedir perdón. Ni para quien piensa que el amor es suficiente sin esfuerzo.

    Porque no, no basta con amarse. Hay que respetarse en los desacuerdos, cuidarse en la rutina, elegirse en las tormentas. No te cases si no sabes renunciar a tu ego. Si te cuesta compartir tu espacio, tu tiempo, tus decisiones. No te cases si tu plan de vida solo gira en torno a ti.

    Porque el matrimonio, el verdadero, te confronta. Te muestra tus carencias emocionales. Te obliga a crecer o te deja atrás. Amar a alguien en pareja implica aprender a ser dos… sin dejar de ser tú. Y eso requiere paciencia, trabajo diario, sacrificios mutuos… y muchas conversaciones incómodas.

    El matrimonio es hermoso, sí. Pero solo si ambos están dispuestos a pagar el precio. No con dinero… sino con humildad, empatía y compromiso.

  • ¡Edadismo!

    Instálense cómodamente y tómense el tiempo de leer el increíble texto de Stéphane Laporte.

    ¡VIVAN LOS VIEJOS! Por STÉPHANE LAPORTE

    Una colaboración especial de La Presse

    ▪︎ Lo tenemos todo mal. Los mayores no están detrás de nosotros. Están delante. Los mayores no son nuestro pasado. Son nuestro futuro. Ya han llegado a donde nosotros vamos. Nos han precedido. Han caminado antes que nosotros. Hablado antes que nosotros. Bailado, cantado, amado, volado, ganado antes que nosotros. Traicionado, caído, perdido antes que nosotros, también.

    ▪︎ No son los últimos. Son los primeros. Son nuestros Neil Armstrong. Nuestros descubridores. Nuestros pioneros. Lo que sabemos, ellos nos lo enseñaron. Leer, contar, interesarse, dar. Ignorar, herir y tomar, también. Según quiénes fueron en nuestro camino, podemos deberles todo o reprocharles todo. Son buenos o tontos, como nosotros. O, más bien, somos tontos o buenos, como ellos.

    ▪︎ Lo que ellos son hoy, eso seremos nosotros mañana. Las cremas, la cirugía estética y los filtros de Instagram no cambiarán nada. No rejuvenecemos. Envejecemos. Todos nosotros. Los jóvenes también. En el tiempo de una coma, ya son menos jóvenes. Envejecemos cada segundo de nuestra vida. Porque envejecer es vivir. Y morir es dejar de envejecer.

    ▪︎ Entonces, ¿por qué, nosotros que estamos tan llenos de promesas para el futuro, nos preocupamos tan poco por el destino de los mayores?. Lo que les hacemos, nos lo harán. Lo que no les hacemos, no nos lo harán. Si no actuamos hacia ellos por altruismo, actuemos, al menos, por egoísmo.

    ▪︎ Incluso pueden hacerlo por sus hijos. Porque, ojalá, sus hijos serán viejos algún día. ¿Por qué tantos sacrificios para que tengan una buena vida, si su final será triste y desgraciado? Todos los viejos son los hijos de alguien.

    ▪︎ La sociedad ha dejado de lado a las personas mayores. No solo desde el virus. Desde hace una eternidad. Porque no queremos vernos en ellos. La sociedad vive muy bien en la negación. La sociedad cree que tiene 18 años y hace creer que se divierte todo el tiempo.

    ▪︎ Lo más perturbador de esta historia es cuando leemos la cifra de las muertes y nos tranquiliza constatar que las víctimas son sobre todo personas de 70 años o más. Como si fuera menos grave. Vergüenza para nosotros. Una vida es una vida. Un ser humano no es un coche. No pierde valor con el tiempo. Sé que la muerte de un niño nos rompe el corazón. La muerte de un niño viejo debería romperlo también. Siempre nos vamos demasiado pronto cuando podríamos habernos ido más tarde.

    ▪︎ Nos consolamos demasiado rápido por la muerte de los mayores. Eso explica por qué su existencia no es nuestra prioridad. Eso explica su destino de abandonados. ▪︎ No basta con decir “todo irá bien” para que todo vaya bien. Hay que hacerlo ir bien. Hay que cambiar nuestra relación con la vejez. Permitir envejecer con dignidad. Dejar de apartar a las personas mayores. Todo el mundo forma parte del grupo de 0 a 200 años.

    ▪︎ La edad no es una derrota. La edad es un logro. Podemos estar orgullosos de ella. ¡Tengo 40 años, eso significa 40 años aquí! ¡Tengo 50 años, eso significa 50 años resistiendo! ¡Tengo 60 años, eso significa 60 años saliendo adelante! ¡Tengo 70 años, eso significa 70 años amando este mundo!

    ▪︎ Pasa así de rápido. Ayer mirabas a Pierre Elliott Trudeau decir “se acabaron las locuras” en tu comuna. Un parpadeo después, ves a su hijo decirte que no salgas de tu residencia.

    ▪︎ La vida es demasiado corta. Cada segundo cuenta. Tanto los del principio como los del final. Hay comienzos interrumpidos y finales interminables; no importa en qué parte del libro estemos, la página más importante es la del presente. Y el presente pertenece a los vivos. A todos los vivos. De todos los orígenes, de todos los sexos y de todas las edades.

    ▪︎ Han hecho falta demasiadas atrocidades para despertar las conciencias sobre el racismo; esperemos que esta atrocidad despierte nuestras conciencias sobre el edadismo. Siempre estamos equivocados cuando categorizamos a las personas. Todos nacimos en el mismo lugar, en la Tierra. Y todos somos de la misma época. Todos contemporáneos. El resto son miles de millones de diferencias. Los mayores no son todos iguales. Tampoco los jóvenes. Por eso no se puede decir “los mayores son así, los mayores son asá”. No existe el bloque de los mayores. Lo que existe es tu padre, tu madre, el abuelo de tu amigo, la abuela de tu vecina. En resumen: seres humanos.

    ▪︎ ¿Y por qué mi título “¡Vivan los viejos!”? Porque reúne a todos. Todos somos viejos. Cuando tenía 5 años, mi hermano tenía 12, y lo encontraba tan viejo. Todos somos los viejos de alguien, ya seamos viejos de un día o viejos de doce mil días.

    ▪︎ Aceptémoslo. Sobre todo porque la edad no mide nada. Porque lo que nos identifica está a salvo de eso. No es la edad la que hace quiénes somos, sino una palabra que se le parece. El alma. Esa pequeña voz en nosotros. Que nos hace reír, llorar, pensar y estremecernos. Invisible y omnipresente. Sin edad. Por eso siempre nos sorprende escribir nuestra fecha de nacimiento en un formulario. ¡No estoy realmente tan lejos!

    ▪︎ Nuestra alma siempre tiene la impresión de que acaba de llegar. Permanece intemporal hasta el día en que hay que devolverla.

    ▪︎ Si queremos conservarla el mayor tiempo posible, debemos ocuparnos de quienes nos permitieron tenerla.

    ▪︎ Porque, ya que estamos jugando al Scrabble, reemplacemos la v de “viejos” y no estaremos lejos de la verdad. Son ellos quienes nos han creado… 🤔

    📖 Texto original de Stéphane Laporte, publicado en La Presse (Canadá), abril de 2020.

    De la red

  • Para papá. Cielo

    Una niña escribe cartas a su papá muerto y las deja en el buzón. Un cartero las recoge y le responde como “El Papá del Cielo”.

    Tenía siete años cuando papá se fue. Mamá me explicó que ahora vivía en el cielo, pero yo no entendía por qué no podía visitarnos los fines de semana como hacía el papá de Sofía después del divorcio.

    Una tarde, me senté en el porche con mi cuaderno de rayas y escribí mi primera carta:

    *Querido papá:*  

    *Hoy saqué un 10 en matemáticas. ¿Lo viste desde allá arriba? Mamá llora cuando cree que no la veo. Yo también lloro, pero solo de noche. Te extraño.*  

    *Paula*

    Doblé el papel con cuidado, lo metí en un sobre que robé del escritorio de mamá y escribí en el frente: «Para papá. Cielo». Lo dejé en nuestro buzón amarillo de la esquina, ese que siempre chirriaba al abrirse.

    Al día siguiente, cuando volví de la escuela, había una carta esperándome. El sobre decía: «Para Paula. Tierra».

    Con las manos temblando, la abrí:

    *Querida Paula:*  

    *Claro que vi tu 10. Estoy muy orgulloso de ti. Las matemáticas nunca fueron lo mío, así que ya eres más inteligente que tu papá. Sobre mamá… dale muchos abrazos de mi parte. Y no dejes de llorar si lo necesitas. Las lágrimas son como la lluvia: limpian todo para que después salga el sol.*  

    *Te quiero hasta el cielo y de regreso,*  

    *Papá*

    Corrí a mi cuarto y guardé la carta bajo mi almohada. Esa noche dormí abrazada a ella. Escrito por Gisel Dominguez.

    Las cartas se volvieron mi ritual. Escribía sobre todo: mis amigas, la maestra gruñona, el diente que se me cayó, el gato que adoptamos. Y siempre, siempre, había una respuesta esperándome. Papá me aconsejaba, me hacía reír, me consolaba. Su letra era diferente a como la recordaba, más temblorosa, pero pensé que quizás en el cielo todos escribían así.

    Los años pasaron. Seguí escribiendo incluso cuando cumplí trece y mis amigas me habrían llamado inmadura si lo supieran. Escribí cuando tuve mi primera desilusión amorosa, cuando peleé con mamá, cuando no sabía qué carrera estudiar.

    *Querido papá:*  

    *Creo que quiero ser cartera, como don Ernesto. Así puedo caminar todo el día y conocer las historias de la gente a través de sus sobres. ¿Suena tonto?*  

    *Paula, 17 años*

    *Querida Paula:*  

    *No suena tonto. Suena a que encontraste tu vocación. Los carteros son como ángeles terrestres: conectan corazones a través de las distancias. Sería perfecto para ti.*  

    *Papá*

    Cuando terminé la preparatoria, me inscribí en el servicio postal. Mamá puso una cara extraña, entre nostalgia y orgullo, pero no dijo nada.

    Mi primer día de trabajo, me asignaron la ruta del barrio sur. Al mediodía, llegué a una casa con un buzón verde desteñido. Había una carta dentro, escrita en papel de cuaderno con una letra infantil:

    *Querido papá que estás en el cielo:*  

    *Hoy fue mi primer día de segundo grado…*

    Se me cerró la garganta. Con manos temblorosas, tomé la carta y continué mi ruta. Esa noche, en mi departamento, escribí una respuesta con mi mejor letra cursiva, tratando de que se viera especial, celestial:

    *Querido Mateo:*  

    *Qué emoción comenzar segundo grado. Seguro aprenderás cosas maravillosas…*

    A la mañana siguiente, antes de mi ruta oficial, pasé por la casa del buzón verde y dejé mi respuesta.

    Una semana después, había otra carta de Mateo. Y así comenzó todo de nuevo.

    Tardé tres meses en volver a pasar por mi antigua calle. Me detuve frente al buzón amarillo oxidado. Ya no chirriaba tanto. Con el corazón acelerado, lo abrí. Estaba vacío, por supuesto. Hacía años que no escribía ahí. Escrito por Gisel Dominguez.

    —¿Paula? —una voz rasposa me sobresaltó.

    Don Ernesto bajaba de su bicicleta postal, ya retirada del servicio pero que aún usaba para sus paseos. Tenía el cabello completamente blanco y más arrugas, pero seguía siendo él.

    —Don Ernesto… —mi voz se quebró—. Usted… las cartas… todo este tiempo…

    Sonrió con esa misma sonrisa amable que recordaba de la infancia.

    —Tu papá era un buen hombre, Paula. Cuando encontré tu primera carta, pensé en devolvérsela a tu mamá. Pero algo me detuvo. Vi la esperanza en tus ojos cada vez que revisabas el buzón. No pude quitarte eso.

    Las lágrimas rodaron por mis mejillas.

    —Usted me salvó. En el momento más oscuro de mi vida, usted…

    —No, niña. —Me puso una mano en el hombro—. Tú te salvaste sola. Yo solo fui el mensajero. —Hizo una pausa y miró hacia el cielo—. Aunque me gusta pensar que tu papá me guiaba la mano cuando escribía.

    —Ahora lo hago yo —susurré—. Hay un niño, Mateo. Perdió a su papá hace seis meses.

    Los ojos de don Ernesto brillaron.

    —Entonces entiendes. Esto no es sobre engañar, Paula. Es sobre mantener vivo el amor cuando todo parece perdido. Es sobre ser el puente entre el dolor y la sanación.

    Asentí, limpiándome las lágrimas.

    —¿Cuántos niños hubo antes de mí?

    —Cinco. Y después de ti, cuatro más. Hasta que mis manos temblaron demasiado para escribir con claridad. Por eso me alegró tanto cuando tu mamá me contó que querías ser cartera. Supe que las cartas al cielo seguirían llegando a su destino.

    Nos quedamos en silencio, mirando el buzón amarillo.

    —Gracias, don Ernesto. Por todo.

    —Gracias a ti, Paula, por continuar el correo. —Me guiñó un ojo—. Salúdame a Mateo. Dile que su papá está muy orgulloso de él.

    Ahora llevo cinco años en el servicio postal. He respondido cartas de once niños. Algunas solo por unos meses, otras durante años. Leo sobre sus miedos, sus logros, sus primeras veces. Les escribo con amor, con sabiduría prestada de sus padres ausentes, con la esperanza de que mis palabras sean el abrazo que ya no pueden recibir.

    Guardo todas las cartas en una caja de madera bajo mi cama. Algún día, cuando sean adultos, si me buscan, se las daré. Les diré la verdad. Pero también les diré que cada palabra que escribí fue real, porque el amor que sus padres sintieron por ellos era real, y ese amor nunca muere.

    Sigue volando en cartas entre la tierra y el cielo.

    Anoche recibí una carta nueva. Sobre rosa, letra irregular:

    *Querida mamá que estás en las estrellas:*  

    *Dicen que ahora eres un ángel…*

    Guardé la carta contra mi corazón, cerré los ojos y pensé en don Ernesto, en mi papá, en todos los padres que viven en cada palabra que escribo.

    Luego tomé mi pluma y comencé:

    *Querida Sofía:*  

    *Tienes razón, ahora soy un ángel. Y mi trabajo más importante es cuidarte desde aquí…*

    El buzón amarillo ya no chirría. Don Ernesto falleció el invierno pasado. Pero en su funeral, una mujer de mi edad se acercó a mí.

    —¿Tú también recibiste las cartas? —me preguntó con los ojos llorosos.

    Asentí.

    —Yo las escribo ahora.

    Nos abrazamos como solo pueden hacerlo dos personas que comparten un secreto sagrado. Ella me dijo que era terapeuta infantil, especializada en duelo. Que don Ernesto había inspirado toda su carrera.

    Creo que papá estaría orgulloso. Creo que don Ernesto sonríe desde algún lugar. Y creo que mientras haya niños que escriban al cielo, habrá alguien en la tierra para responderles.

    Porque el amor verdadero siempre encuentra la forma de llegar a su destino.

    Aunque tenga que viajar en un sobre gastado, en el bolsillo de una cartera, de buzón en buzón, de corazón en corazón.

    *Para siempre,*  

    *Paula*  

    *Mensajera entre mundos*

    De la red

  • Gente buena

    Durante meses, una mujer deja comida en la puerta de su vecino anciano. Cuando él muere, su familia le deja una nota: “Usted le devolvió las ganas de vivir”.

    Durante seis meses, dejé un plato de comida frente a la puerta del señor Henríquez cada tarde a las cinco en punto. Pan casero los lunes, guisos los miércoles, siempre algo caliente, algo hecho con mis propias manos.

    Todo comenzó una tarde de marzo cuando lo vi en el pasillo. Estaba más delgado que de costumbre, con esa mirada perdida que tienen las personas que han dejado de esperarlo todo.

    —Señor Henríquez, ¿ha comido hoy? —le pregunté.

    Él apenas levantó la vista.

    —¿Qué importa? —murmuró, y cerró la puerta con suavidad.

    Esa noche no pude dormir pensando en sus ojos vacíos. Al día siguiente, preparé sopa de lentejas con un pan recién horneado. Toqué su puerta. Nada. Dejé el plato en el suelo con una nota: «De su vecina del 3B. Buen provecho».

    Durante semanas, no hubo respuesta. Pero los platos aparecían vacíos frente a mi puerta cada mañana, lavados y secos.

    Un día, encontré una nota sobre el plato limpio: «Gracias. Hacía años que la comida no me sabía a nada».

    A partir de entonces, empezamos a intercambiar pequeños mensajes. Yo escribía recetas o chistes malos; él respondía con historias breves de su juventud, cuando trabajaba como carpintero.

    —Mi esposa hacía un guiso parecido al suyo —me dijo una tarde, cuando finalmente abrió la puerta mientras yo dejaba la comida—. Murió hace tres años. Desde entonces, esta casa se convirtió en un mausoleo.

    —Las casas son para vivirse, señor Henríquez —le respondí—. No para recordar lo que ya no está.

    Él sonrió apenas, una sonrisa oxidada por el desuso.

    —¿Sabe? Usted me hace creer que todavía hay gente buena en el mundo.

    Los meses pasaron. Él empezó a abrir la puerta más seguido. A veces conversábamos diez, quince minutos. Me contó sobre su hija que vivía lejos, sobre los muebles que construyó toda su vida, sobre cómo el silencio de la vejez puede ser más pesado que cualquier carga física.

    —Yo ya había decidido que no valía la pena seguir —me confesó un día de agosto—. Pero entonces llegó usted con su comida y sus notitas tontas. Y pensé: «Quizás pueda quedarme un día más».

    —Me alegro de que se haya quedado, señor Henríquez.

    —Yo también, hija. Yo también.

    La última vez que lo vi fue un martes. Le llevé empanadas de carne.

    —Están exquisitas —dijo, con los ojos brillantes—. Usted tiene un don, ¿sabe? No solo para cocinar. Para hacer que la gente se sienta vista.

    Dos días después, encontré una ambulancia frente al edificio.

    La semana siguiente, una mujer de unos cincuenta años tocó a mi puerta. Tenía los ojos hinchados.

    —¿Usted es la vecina del 3B?

    —Sí…

    —Soy Mariana, la hija de papá. —Extendió una mano temblorosa con un sobre—. Encontramos esto entre sus cosas. Tiene su nombre.

    Dentro había una nota con la letra temblorosa del señor Henríquez:

    *»Para la vecina del 3B: Durante años viví en la oscuridad, esperando que todo terminara. Usted llegó con sus platos de comida y me recordó que todavía había calor en el mundo, que alguien se acordaba de mí. Usted no me salvó la vida, pero me devolvió las ganas de vivirla. Gracias por cada plato, cada nota, cada sonrisa. Morí feliz de haber conocido tanta bondad. Con cariño eterno, Eduardo Henríquez».*

    Mariana me abrazó mientras ambas llorábamos en el pasillo.

    —No sabe lo que hizo por él —sollozó—. En sus últimas semanas, solo hablaba de usted. De cómo había vuelto a sentirse humano. Gracias. Gracias por devolverle a mi padre las ganas de vivir.

    Esa noche, preparé sopa de lentejas. Serví dos platos. Uno para mí, y otro que dejé frente a la puerta vacía del 3C, junto a una última nota:

    *»Hasta siempre, señor Henríquez. Fue un honor ser su vecina».*

    El plato se quedó allí hasta la mañana siguiente. Cuando fui a recogerlo, encontré una mariposa blanca posada sobre el borde, batiendo las alas suavemente antes de alzar vuelo hacia la luz del amanecer.

  • El duelo

    Jim Carrey dijo una vez: El duelo no es solo una emoción, es un desmoronamiento, un espacio donde algo alguna vez vivió, pero ahora se ha ido. Te atraviesa, dejando un dolor hueco donde antes residía el amor.

    Al principio, se siente insoportable, como una herida que nunca sanará. Pero con el tiempo, los bordes ásperos comienzan a suavizarse. El dolor se atenúa, pero la huella permanece: un recordatorio silencioso de lo que una vez fue. La verdad es que nunca «superamos» realmente el duelo. Caminamos con él. El amor que tuvimos no desaparece; se transforma. Perdura en los ecos de las risas, en la calidez de los recuerdos antiguos, en los momentos silenciosos donde aún buscamos lo que ya no está. Y eso está bien.

    El duelo no es una carga que deba ocultarse. No es una debilidad de la que avergonzarse. Es la prueba más profunda de que el amor existió, de que algo hermoso tocó tu vida. Así que permítete sentirlo. Permítete llorarlo. Permítete recordarlo.

    No hay un cronograma, no hay una forma «correcta» de vivir el duelo. Algunos días serán pesados, y otros se sentirán más ligeros. Algunos momentos traerán olas inesperadas de tristeza, mientras que otros te llenarán de gratitud por el amor que tuviste la suerte de experimentar.

    Honra tu duelo, porque es sagrado. Es un testimonio de la profundidad de tu corazón. Y con el tiempo, a través del dolor, encontrarás sanación, no porque hayas olvidado, sino porque has aprendido a llevar el amor y la pérdida juntos.

    #duelo

    #fblifestyle

  • La carta de la anciana

    Cuando una viejita murió en un asilo cerca de Dundee, en Escocia, todos estaban convencidos de que no había dejado nada de valor.

    Después, cuando las enfermeras revisaron sus míseras pertenencias, encontraron una carta.

    Su calidad y su contenido impresionaron a todo el personal.

    Este poema, sencillo pero elocuente, decía así:

    ¿Qué ven hermanas?
    ¿Qué ven?
    ¿Qué piensan cuando me miran?

    Una vieja malhumorada, no demasiado inteligente, de costumbres inciertas, con sus ojos soñadores fijos en la lejanía.
    La vieja que escupe la comida y no contesta cuando tratan de convencerla «…venga mujer, haga un pequeño esfuerzo…»
    La viejecita, que ustedes creen que no se da cuenta de las cosas que ustedes hacen y que continuamente pierde el guante o el zapato.
    La viejecita, que contra su voluntad, pero mansamente les permite que hagan lo que quieran con ella; que la bañen, la alimenten, le regañen…

    ¿Es esto lo que piensan?
    ¿Es esto lo que ven?
    Si es así, abran los ojos hermanas, porque esto que ustedes ven no soy yo!
    Aunque me vean aquí sentada tan tranquila, haciendo todo tal y como me ordenan, les voy a contar quien soy yo:

    Soy una niñita de 10 años que tiene padre y madre, hermanos y hermanas, que se aman.
    Soy una jovencita de 16 años, con alas en los pies, que sueña que pronto encontrará a su amado.
    Soy una novia de 20, mi corazón da brincos, cuando hago la promesa que me ata hasta el fin de mi vida.
    Ahora tengo 25, tengo mis hijos, quienes necesitan que los guíe, tengo un hogar seguro y feliz.
    Soy una mujer a los 30, los hijos crecen rápido, estamos unidos con lazos que debería durar para siempre.
    Cuando cumplo 40, mis hijos ya crecieron y no están en casa, pero a mi lado está mi esposo que se ocupa de que no esté triste.
    A los 50, otra vez, sobre mis rodillas juegan los bebés; de nuevo conozco a los niños, a mis seres amados y a mí.

    Sobre mí se ciernen nubes oscuras, mi esposo ha muerto, cuando veo el futuro me erizo toda de terror!!
    Mis hijos se alejan, tienen sus propios hijos; pienso en todos los años que pasaron y en el amor que conocí.
    Ahora soy vieja… Qué cruel es la naturaleza!
    La vejez es una burla que convierte al ser humano en un alienado.
    El cuerpo se marchita, el atractivo y la fuerza desaparecen. Allí, donde una vez tuve el corazón, ahora hay una piedra.

    Sin embargo, dentro de estas viejas ruinas, todavía vive la jovencita.
    Mi fatigado corazón, de vez en cuando, todavía sabe rebosar de sentimientos.
    Recuerdo los días felices y los tristes… En mi pensamiento vuelvo a amar y vuelvo a vivir mi pasado…
    Pienso en todos esos años que se fueron demasiado rápido y acepto el hecho inevitable de que nada puede durar para siempre.

    Por eso, gente, abran los ojos, abran sus ojos y vean!!
    Antes ustedes no está una vieja malhumorada, antes ustedes estoy YO!!

    Recuerden este poema la próxima vez que se encuentren con una persona mayor y a quien tal vez esquiven, sin mirar primero su alma joven… Y nunca se olviden de las viejas malhumoradas.

              ✩。:*•.─•❁•𝑳𝑨 𝑽𝑰𝑫𝑨•❁•─.•*:。✩
    
    MejorMorirEnPie #DatoCurioso #historia #history #SabiasQue #cultura #culturageneral #Mitología #mitology

    linkfly.to/nakuunnuevomundo

  • El Alma encendida

    Hay que aprender a hacerse mayor… sin miedo.

    Sin aferrarse al pasado, sin avergonzarse del tiempo, sin pedir permiso por envejecer.

    Porque no son los años los que nos vuelven viejos, es la forma en que dejamos de vivir. Sí, llegan las arrugas… pero muchas de ellas nacieron de reír a carcajadas, de mirar el sol de frente, de sentir el viento en la cara, de brindar con los amigos de siempre y de vivir momentos que valieron la pena.

    Hay que saber que la felicidad no se maquilla, que el corazón no envejece, aunque el cuerpo ya no corra tan rápido.

    Que el amor verdadero no es el que llega de golpe, sino el que se construye lento, el que se queda. El que entiende, abraza y acompaña.

    Hay que aprender a querer bonito, a caminar sin prisa, a aceptar que ya no somos niños… pero que aún podemos seguir jugando. Porque hacerse mayor con dignidad, es el arte de seguir viviendo con el alma encendida. 

    El sabio (de la red)