Hubo una vez un grupo de seres que se sentían perdidas y buscaban su luz en otras almas. Las almas a las que seguían abrían una puerta de la sabiduría. Los seres seguían a esa luz que tanto brillaba, y cada vez que seguían a esas almas, mas sombras veían a su alrededor. En sus mente se albergo las sombras de que solo había luz en esos seres, y que esa luz era la mas brillante y poderosa de todas.
Un día uno de esos seres se perdió en su soledad y empezó a poner luz a sus propias sombras. Esa luz no venia de otras almas sino que empezó a amar cada rincón de su alma de una forma consciente. Empezó a recordar su camino, empezó a recordar su misión. Miro hacia dentro y encontró una nueva llave. La llave de su sabiduría.
Ya no hacia falta seguir a otras almas, pues él mismo era dueño de su camino. Ahora sus pasos eran su camino. Se reconoció andando, se reconoció riendo. A los años se reencontró con el grupo de almas, ahora no observaba sombras, ahora solo veía luces. Ahora podía caminar.

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