EL ROBO
Un ladrón entró subrepticiamente a mi casa.
Al principio pensé que era un error ya que no noté que faltará cosa alguna en ningún lado. Es que había entrado para no robar nada?
Allí estaban las computadoras, mi cámara Nixon con dos lentes y mi tomavistas. Mi mochila y bastones de trekking. Mi bicicleta. El plasma, el microondas y la impresora… O sea, todas las cosas fácilmente robables. Abrí incrédula la caja de la manteca! No… allí estaban los 600 dólares que celosamente guardaba en la alacena.
Con los días seguí revisando:
No puede ser!. No sé había llevado nada! Todo estaba allí…
Solo con los meses me fuí dando cuenta:
De a poco, fui registrando todo lo que me había robado, todo lo que me faltaba. Lo primero que noté fue la falta de mi amor por los pájaros y la alegría que me daba escucharlos cantar…
No estaban.
Es decir, los pájaros si estaban, pero no la alegría, ni mi amor por ellos.
Verán…si estaba el amor…pero sin colores brillantes. El ladrón se había llevado la alegría y el amor que me inspiraban los pájaros, las aves acuáticas, las golondrinas…
Ni siquiera quería fotografiarlas…
Ni el canto de la hermosa calandria me alegraba.
El misterioso pájaro noctámbulo también se había ido.
El ladrón se había robado mi emoción de verlo.
Con los días fui dándome cuenta más y más de todo lo que me faltaba, de lo mucho que se había robado el ladrón:
Mi gusto por sacar fotos espléndidas.
Mis ganas de aprender.
Mi asombro por leer.
La alegría de un libro recién comprado. ( Y eso por nombrar solo lo que faltaba en mi biblioteca).
El peor saqueo fue el que hizo en el jardín: ya casi no me emocionaba la rosa amarilla, ni el olor de la menta que traje del jardín de mamá…
Mi asombro por la flor del cerezo, el perfume del jazmín japonés recién nacido, la cabeza rizada de las suculentas, la espera por ver florecer el cactus que traje de Perú…
Todo estaba allí. Pero lo que sentía mi corazón faltaba.
El ladrón se había llevado la alegría y mi amor por mi jardín.
Hasta la compañía de mi gato había menguado y ya no me adormecía su ronroneo hipnotizante. Desolado, me buscaba con una mirada entre atónita y confundida.
Me di cuenta que el ladrón se había robado otras cosas importantes:
Mi emoción por tomar tecitos en hebras y traer una cajita nueva de mis viajes…
Mis ganas de hacer viajes.
Mi gusto por los móviles de pájaros de tela que tanto me gustaban…
Las canciones que me emocionaban…
Benedetti, Pizarnik y Zitarrosa…
Las cosas que me importaban…
Las ganas de ver a las personas que me amaban.
Es decir todo estaba allí. El jardín, la casa, mi gato, las personas, los libros. Pero a la vez no estaban más.
Porque el ladrón se había robado la felicidad que me daban todas esas cosas…
Ha pasado un año ya.
Sigo registrando otras cuestiones que se llevó y que me faltan:
Ilusión.
Esperanza.
Sueños.
Inocencia.
No tenía asegurado nada de eso.
No tengo donde reclamar, ni a quién.
Dónde voy a volver a encontrar, todo lo que me sacó, todo lo que me falta?
Lo que no me robó fue la poesía de mi alma.
Eso no.
Eso sigue allí, afortunadamente
Intacta.
Como siempre.
Se ve que no la vio. O le habrá parecido una cosa sin ninguna importancia.
María Inés Parada – escritora

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