Hace unos días se nos cruzó en el camino una mujer con ganas, deseo y talento de hacer un viraje vital hacia un camino más poético. Sin embargo su cabeza estaba repleta de preconcepciones sobre lo posible y lo imposible. Había asumido sus propios límites –que son también los límites socioculturales– y no era capaz de ver más allá. Todo su discurso estaba marcado por una razón crítica autocomplaciente. No era capaz de ver más allá del paisaje de realidad superficial en la que aceptamos cada día vivir-morir. Salir de ahí lo veía ajeno a las posibilidades del común de los mortales y de las suyas propias. A cada tanto, a pesar de las ganas, el talento y el deseo decía: es difícil, es difícil. Nada más lejos de nuestra forma de pensar. Nosotras decimos: es fácil, sencillo, está al alcance de la mano y a pie de calle. –¿Cómo vivir de ello?– se preguntaba. Pero ya en la pregunta asomaba el derrape: no se trata de vivir DE ello sino de vivir EN ello.
Hagamos lo que hagamos, hagámoslo dentro de un vivir-pensar poético. ¿Cómo compartir –nos preguntábamos en silencio mientras escuchábamos con atención– un modo de hacer camino tan ligero como grave? ¿Cómo violentar sin violencia una concepción de realidad que esquiva lo real? ¿Cómo compartir que la llave que abre todas las puertas es decir un sí a lo desconocido? ¿Cómo compartir que el miedo, ese que se manifiesta con razonamientos elaborados, personajes trillados y sensación de salvaguarda, se esfuma cuando lo miras de frente? ¿Cómo compartir que hay que hurgar donde duele con sonrisa y gratitud para dejar de adolecer? ¿Cómo compartir que la vida está siendo y no entiende de demoras, ni aplazamientos, ni medias tintas?
Nos quedamos con ganas de añadir que preferimos guiarnos por las leyes del universo (poético) que por aquellas de los hombres para no descubrir en el momento de morir –¡en todo momento!– no haber vivido.

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