El Eco de las Sombras
En lo más recóndito de un barrio olvidado por el tiempo, donde las calles parecían perderse en el silencio, había una casucha que todos evitaban, no por miedo, sino por indiferencia. En su interior vivía Micaela, una niña de mirada inmensa y sonrisa frágil, como si cada esperanza que albergaba en su corazón luchara contra las sombras que la rodeaban. Su madre, Eulalia, una mujer que alguna vez fue fuerte y vital, yacía inmóvil en una cama vieja, atrapada en una enfermedad que nadie entendía, un mal que la había sumido en una especie de sueño interminable.
La pequeña Micaela, a pesar de su corta edad, había asumido el rol de cuidadora, convencida de que algún día su madre abriría los ojos y todo volvería a ser como antes. El problema es que ese día nunca llegaba. Micaela pasaba las horas acariciando las manos frías de Eulalia, susurrándole palabras dulces, rogando por un despertar que se hacía esperar más de lo que su débil cuerpo podía soportar. Cada día, preparaba un caldo aguado con lo poco que encontraba tirado por las calles y, aunque su estómago rugía de hambre, siempre ofrecía primero el líquido a los labios cerrados de su madre, esperando en vano que ella lo bebiera.
El invierno llegó con la furia que solo conocen aquellos que viven en la pobreza. El viento se filtraba por las paredes quebradas de la casucha, y Micaela se envolvía en trapos desgastados mientras seguía su ritual diario de cuidar a su madre, aunque ya apenas tenía fuerzas para mantenerse de pie. Los vecinos, ignorantes de su situación, no la veían más que como una sombra, un espectro que se deslizaba por las calles en busca de sobras. La ciudad había olvidado a esa niña y su madre, como si nunca hubieran existido.
Pero había algo extraño en la casa. Cada noche, cuando la oscuridad lo cubría todo, Micaela empezaba a escuchar susurros. Eran suaves, apenas perceptibles al principio, como un viento lejano. Pero con cada día que pasaba, esos susurros se hacían más claros. “No estás sola, Micaela… no te abandones.” La niña al principio los ignoró, atribuyéndolos a su cansancio y al hambre que hacía eco en su estómago. Pero los susurros no se detuvieron. Venían de las paredes, del suelo, del techo, como si la casa misma le hablara.
Una noche, el frío se volvió tan intenso que Micaela sintió como si todo su ser se congelara. Se acurrucó junto a su madre, tiritando, cuando de repente los susurros se transformaron en una voz clara y conocida.
—Micaela… hija —dijo su madre con una suavidad que no escuchaba desde hacía años.
La niña abrió los ojos de golpe y, para su asombro, vio a su madre de pie, junto a la cama. La luz tenue de la luna la iluminaba, y aunque su piel seguía pálida, había un brillo en sus ojos que llenó a Micaela de esperanza. Eulalia extendió la mano y acarició la mejilla de su hija con una ternura infinita.
—Despierta, Micaela. Ven conmigo. Te he estado esperando.
Micaela sintió una calidez recorrer su cuerpo, algo que no había sentido en meses. Se levantó tambaleante y tomó la mano de su madre. El contacto era real, firme, cálido. Sintió un consuelo tan profundo que las lágrimas brotaron de sus ojos sin control.
—Mamá, te extrañé tanto… Pensé que nunca despertarías.
—Nunca me fui, mi niña —respondió Eulalia, sonriendo—. Solo estaba esperando el momento adecuado.
Juntas caminaron hacia la puerta de la casa. Afuera, el aire frío parecía no afectarlas. El barrio, que antes era oscuro y sombrío, se veía ahora bañado por una luz suave, como la de un amanecer eterno. Micaela sintió que sus fuerzas volvían, como si cada paso que daba la revitalizara.
Pero algo no estaba bien. Cuando miró hacia atrás, vio la casucha aún allí, gris y destartalada. Y en el interior, pudo ver sus propios cuerpos: el de su madre, quieto como siempre, y el suyo, abrazado a ella, ambos inmóviles.
—¿Mamá…? —preguntó con un hilo de voz.
Eulalia la miró con tristeza y orgullo al mismo tiempo.
—Ya no sufrimos más, Micaela. Ya no.
La niña entendió, finalmente, que aquel despertar que tanto había esperado no era el que imaginaba. La enfermedad había vencido a su cuerpo, pero no a su espíritu. Micaela se dio cuenta de que ahora, ambas habían trascendido más allá del dolor y la miseria de este mundo. Su madre nunca había dejado de estar a su lado, incluso en la muerte.
Se tomaron de las manos con más fuerza y caminaron hacia la luz, dejando atrás el frío, el hambre y el sufrimiento, para reunirse en un lugar donde el amor entre madre e hija no conocería más sombras ni tristeza.
Esa vieja casa, dicen los pocos que aún la recuerdan, quedó sellada para siempre, habitada solo por el eco del amor que fue tan fuerte, que trascendió la vida misma.
—Escrito por Cuauhtémoc De Jesús Domínguez Soto
¿Alguna vez has sentido que algo o alguien sigue contigo, incluso cuando ya no está físicamente presente?
#RelatosDeTerror #AmorEterno #RealismoMágico #historiassobrenaturales

Deja un comentario