Contagiando esperanza

Hace un par de días participé de un taller en el jardín donde asiste mi hijo, entre tantas enseñanzas hubo una que me llamó la atención: un compañero de mi retoño le confesó a sus pares que no tenía mamá, y que sus tíos lo criaban, cuando los chicuelos consultaron dónde se encontraba su mamá, él respondió que en el cielo, todos lo miraron y abrieron sus bocas, el asombro era parte del paisaje. A los pocos segundos empezaron los aplausos, gritos de alegría, casi al unísono se escuchó: «la casa de tu mami debe ser un lujo». Luego: «vivir arriba de las nubes debe ser una aventura extraordinaria». Los que no estaban en la ronda exclamaron: «ella tiene su mansión cerca de las aves, debe conocer el secreto para volar «.

Yo traté de no llorar, pero también traté de no reír, bajé la mirada, una luciérnaga se aferró en las arrugas de mi corazón, y descubrí que me había contagiado de algo, estaba gravemente, y milagrosamente, infectado por una dosis pura de inocencia. Desde entonces, y gracias a ese hermoso virus, trato de contagiar esperanza por donde voy. 

Alejandro Camacho

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