El espejo

Siempre creí que los sueños eran solo eso, imágenes fugaces creadas por la mente. Pero todo cambió la noche que soñé con el espejo. Fue tan real que, al despertar, podía jurar que aún sentía la textura fría de su marco dorado entre mis dedos.

En el sueño, estaba en una habitación antigua, iluminada por la tenue luz de un candelabro. En el centro, había un gran espejo, de esos que parecen esconder secretos. Cuando me acerqué, mi reflejo no era mío. Era el rostro de un hombre con ojos profundos y una cicatriz en la mejilla. Pero lo más inquietante fue lo que dijo:

—Eres tú, pero no ahora.

Desperté empapado en sudor, mi mente luchando por comprender. Sin embargo, la sensación de familiaridad era innegable. Los días siguientes fueron una sucesión de visiones extrañas. Caminaba por las calles de mi ciudad y, de pronto, recordaba lugares que nunca había visitado, conversaciones con personas que no conocía, y hasta el dolor de heridas que no tenía.

Una noche, mientras intentaba dormir, sentí un tirón en mi pecho, como si algo invisible me arrastrara. Cerré los ojos y, al abrirlos, estaba en otro lugar. Era una aldea en una época que no podía precisar. Mis manos eran ásperas, cubiertas de tierra, y a mi lado corría un niño que llamaba «padre». Sentía amor por él, pero no sabía por qué. Era mi vida, pero no mi vida.

Estas experiencias continuaron. Cada vez que cerraba los ojos, vivía una existencia diferente: una joven campesina huyendo de una tormenta, un anciano escribiendo cartas en una biblioteca silenciosa, un soldado muriendo en un campo de batalla. Cada vida traía consigo emociones y memorias tan vívidas que era imposible negarlas.

Finalmente, regresé al espejo en mis sueños. Esta vez, había más reflejos: cientos de rostros, todos diferentes, pero todos míos. Cada uno parecía mirarme con una mezcla de tristeza y comprensión. El hombre de la cicatriz volvió a hablar:

—Eres un fragmento de todos nosotros, y nosotros de ti. Este es el ciclo de la existencia.

Comprendí entonces que mi vida actual era solo un capítulo en un libro infinito. Cada experiencia, cada elección, era una pieza más en un rompecabezas cósmico. No sentí miedo, sino una extraña paz al saber que, al final, todos somos uno con nuestras vidas pasadas y futuras.

Desde ese día, los sueños cesaron, pero la certeza de que llevo dentro de mí las huellas de muchas vidas permanece. Cada vez que me miro en un espejo, busco en mis ojos destellos de esas existencias pasadas. Y a veces, solo a veces, creo que me devuelven la mirada.

Tomado de la web

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