Alguien me contó que las personas que conocemos en esta vida, las conexiones que formamos con ellas, no se desvanecen cuando nuestra existencia en este plano llega a su fin. La energía de esas relaciones permanece, trasciende el tiempo y la muerte, y se reconfigura en otras formas. Es como si nuestras almas estuvieran entrelazadas en una danza cósmica, destinada a reencontrarse una y otra vez. Así, una hija en esta vida podría convertirse en tu hermana, madre o un ser querido en otra. La forma cambia, pero el lazo, el amor que sentimos por esas almas, sigue siendo el mismo, intacto y eterno, sin importar el cuerpo que habiten.
Este amor que surge entre las personas no es producto del azar ni de una simple coincidencia. Cada encuentro, cada conexión tiene un propósito, una razón más allá de nuestra comprensión actual. Es como si nuestras almas estuvieran predestinadas a encontrarse, a aprender lecciones mutuamente y a crecer juntas, creando un vínculo profundo que trasciende las barreras del tiempo y las circunstancias. Es un amor que viaja con nosotros, persistente, constante, incluso cuando el rostro y la forma cambian.
El universo, a veces visto como algo distante, es en realidad una extensión de nosotros mismos. No es una entidad externa que está separada de nuestra experiencia; somos parte integral de él. Cada uno de nosotros es una expresión única de esta vastedad infinita, conectados por hilos invisibles pero profundos que nos unen a todo lo que existe. Somos el universo, en constante contemplación de sí mismo, viviendo y aprendiendo a través de cada experiencia, cada emoción, cada pensamiento. Nos sentimos, nos transformamos y exploramos la vida como una forma del universo explorándose a través de nosotros.
El universo, o el creador, como elijamos llamarlo, está presente en todo lo que nos rodea y en cada uno de nosotros. Es la fuente de nuestra existencia, el motor detrás de cada conexión, cada aprendizaje, cada momento vivido. Al final, no estamos separados de esa fuerza infinita, sino que somos manifestaciones de ella. Es a través de nosotros, en nosotros, que esa energía se manifiesta, nos guía y nos lleva a entender que, en esencia, somos parte de algo mucho mayor, un todo que va más allá de lo que podemos ver, comprender o imaginar.
Tomado de la red

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