crónicas para el despertar de la consciencia.
El santuario de las hormigas
Se me antoja que muchas personas, tal vez la mayoría desgraciadamente, van por el mundo como las hojas en otoño cuando las mueve el viento, hormigas con su carga a cuestas, tratando que no las sorprenda un temporal terrible e imaginario que nunca llega, o que cuando llega resulta que no es como habían imaginado.
¿Dónde irán tantas personas con sus vestimentas estrafalarias y sus marcas exclusivas en la piel, como si temieran que un tsunami, un diluvio universal o un terremoto apilara todos los cadáveres en una montaña y tuvieran que ser identificados por un juez implacable, que los condenará o salvará, según su concordancia con la moda?
¿Dónde habrán aprendido el egoísmo y el egocentrismo con tan alta nota en los exámenes?
¿Cuál será el motivo del empeño en sufrir tanto?
Porque a veces, siento bajo las plantas de mis pies, el río subterráneo de personas que despiertan de un largo sueño, almas que se han cansado del letargo doloroso de tantos milenios y son los que no dicen ni una palabra, los que se han cansado de batallas estériles y separaciones involuntarias.
Y uno los ve, fluyendo en el río de la existencia, más interesados en ser que en tener, gozando del misterio de estar vivos, confiados en la vida, comprometidos con su esencia y persistiendo en sincronizar corazones para que la paz los alcance.
Entonces todas las piezas del puzzle parecen encajar de repente y con cada cabo que atamos, crece una ola de regocijo en el mar de la confianza.
Recuerdo cuando era pequeño que me encantaba el tiro al blanco en el circo que llegaba al pueblo.
Primer disparo y la ilusión de la separación vuela por los aires. Somos hojas del mismo árbol y lo que hago por mí, lo hago por todos, a la vez lo que hago por todos, lo hago por mí.
Segunda munición y despedazo los apegos a las cosas materiales, a todo lo manifestado, incluyendo el apego a la existencia en este plano denso y limitado.
Tercer disparo y le vuelo la cabeza al miedo que me mantiene esclavizado, miedo al cambio y al más grande de todos, absurdo y descabellado: el miedo a la muerte, que es líder indiscutible de esa manada de sombras enjauladas.
De repente me doy cuenta que cada amanecer es una nueva oportunidad para amar y ser amado, no desde la niebla que a veces envuelve esa palabra, sino desde la claridad para ser paciente con mis seres queridos, aceptarlos, ser compasivo, respetarlos profundamente y si me dejan, sólo si me lo permiten, darles ese golpecito en el hombro y decirles:
Estás dormido hijo, padre, hermana, pareja, amigo, desconocido. Detente por un segundo y respira, detente y percibe el aliento de la vida, detente y observa, detén la loca carrera del ego y haz un pequeño espacio en tu zurrón, para que anide la semilla de la consciencia, allí donde reside el santuario de las hormigas.
Créditos a quien corresponda. Tomado de la Red.

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