Lo que decides

Un niño pasaba la tarde junto a su padre en el pequeño taller que tenían detrás de casa. Le encantaba verlo trabajar con las manos, moldeando, armando y dando forma a todo tipo de objetos. Había algo mágico en cómo su papá convertía piezas simples en herramientas útiles.

Mientras observaba con atención, el niño preguntó con curiosidad:

—Papá… ¿Qué estás haciendo?

El padre, sin dejar de trabajar, tomó una barra metálica que tenía sobre la mesa y se la mostró al niño.

—Mira bien esto, hijo —dijo con una sonrisa—. Esta barra de metal, así como está, pesa unos 100 gramos… y vale aproximadamente 100 dólares.

El niño la miró de cerca, tocándola con cuidado.

—¿Tanto por algo tan simple? —preguntó sorprendido.

El padre asintió y continuó:

—Sí. Pero lo más interesante es que, si yo tomara esta misma barra y la convirtiera en herraduras para caballo, podría venderla en 250 dólares.

El niño abrió los ojos, ya intrigado.

—¿Y eso es todo lo que se puede hacer?

El padre sonrió, sabiendo que la mejor parte de la lección apenas empezaba.

—No, hijo. Si usara esta barra para fabricar agujas finas para coser, su valor subiría a unos 70.000 dólares.

El niño se quedó con la boca entreabierta, sin poder creerlo.

—¿Cómo puede valer tanto solo por cambiar la forma?

—Eso no es nada —dijo el padre—. Si en vez de agujas fabricáramos resortes y engranajes pequeños, como los que llevan los relojes suizos, esta misma barra podría valer hasta 6 millones de dólares.

El niño no decía una palabra. Estaba impactado.

—Y escucha esto, hijo —agregó el padre, bajando un poco la voz para darle más fuerza a sus palabras—.

Si con esa barra creáramos piezas para equipos de precisión, como los que se usan en tecnología láser o en maquinaria médica de alta gama… podríamos venderla en más de 15 millones.

El niño lo miró fijamente, casi sin pestañear.

Entonces el padre se agachó para quedar a su altura, le puso una mano en el hombro y le habló con cariño:

—Lo que quiero que entiendas, hijo, es que esta barra de metal no cambia su esencia… sigue siendo la misma. Pero su valor depende del propósito que se le dé, de cuánto esfuerzo se ponga en transformarla.

—Lo mismo pasa contigo —añadió con ternura—. No se trata solo de con qué estás hecho… sino de en qué decides convertirte.

Reflexión:

Cada persona tiene un valor inmenso por el simple hecho de existir. Pero ese valor puede multiplicarse cuando uno decide pulirse, crecer, superarse. No importa de dónde vienes, ni cuánto tienes. Importa lo que haces con lo que tienes en tus manos.

Tu actitud, tu esfuerzo y tu deseo de aprender son los verdaderos motores que te llevan a ser alguien extraordinario.

Tomado de la red

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