Érase una vez una niña, frágil y valiente, acostada en la cama de su dormitorio. Una enfermedad rara y grave le había robado su fuerza, pero no su capacidad para…
sueño. Todos los días miraba por la ventana hacia el árbol, siguiendo con la mirada las hojas que iban cayendo una a una.
Una tarde, con voz débil, le susurró a su hermana mayor:
—¿Cuántas hojas quedan en ese árbol?
La hermana, con el corazón encogido, se acercó a la cama y le acarició la frente.
—¿Por qué me lo preguntas, mi amor?
—Porque… cuando caiga la última hoja, siento que… será mi último día.
Su hermana, conteniendo las lágrimas, le sonrió con toda la dulzura que pudo reunir.
— Entonces viviremos cada día como un regalo. Y será hermoso.
Las estaciones pasaban lentamente. Las hojas iban cayendo una tras otra. Pero había uno solo que permaneció allí, aferrado obstinadamente a aquella delgada rama. Todas las mañanas, la niña la buscaba. Y cada mañana, esa hoja todavía estaba allí. Justo. Presente.
Pasó otoño, invierno, primavera… hasta el verano. Y con ella, poco a poco, la enfermedad se fue. La niña empezó a comer más, a reír, a tener esperanza. Hasta un día en que se levantó y, con pasos inseguros pero decididos, salió al jardín.
Quería ver esa hoja milagrosa de cerca.
Y entonces descubrió la verdad.
No era una hoja real. Era una hoja de plástico delicadamente pintada a mano, atada con amor por su hermana una noche silenciosa. Un pequeño engaño. Un acto de amor. Una promesa silenciosa que decía: «No tienes por qué tener miedo. Mientras creas, nada termina».
Porque la esperanza no está hecha de palabras. Está hecho de gestos invisibles, de hilos finos que unen corazones. Y si ya no lo encuentras, al menos deja que alguien lo guarde para ti.
De la Red

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