No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido. A veces la vida nos arrastra por caminos distintos, nos coloca en lugares donde los abrazos no llegan y las palabras se quedan atoradas en la garganta. Sin embargo, el cariño verdadero no se desvanece con los kilómetros ni se rompe con las pausas. Hay sentimientos que permanecen intactos, aunque no se nombren todos los días; hay memorias que siguen vivas, aunque nadie las mencione en voz alta.
La distancia puede doler, sí, pero también puede ser la prueba más clara de que lo esencial no depende de la presencia física. Y el silencio, aunque a veces hiere, también puede guardar en su interior todo aquello que no se sabe decir, pero que se siente con la misma fuerza.
El corazón reconoce lo que le pertenece, aunque lo tenga lejos. El alma guarda lo que una vez la tocó, aunque el tiempo intente borrarlo. No toda distancia es un adiós definitivo, ni todo silencio significa indiferencia. Hay amores, amistades y recuerdos que viven callados, pero eternos… esperando quizá un reencuentro, o tal vez resignándose a seguir existiendo solamente en la memoria.
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