No existen palabras lo suficientemente fuertes para describir el desgarro de perder a un hijo. 💔 No es solo dolor, es una herida que se anida en el alma, un silencio que grita en cada rincón de tu vida.
Desde el primer llanto hasta el primer paso, cada padre sueña con un sinfín de mañanas: cumpleaños, risas, secretos compartidos, sueños que se despliegan. 🌈 Pero nada te prepara para la crueldad de vivir en un mundo donde ellos ya no están. Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo. Se siente antinatural, insoportable, y destruye la esencia misma de tu ser. 💭
Cuando pierdes a un hijo, vives dos vidas: la que sigues adelante y la que lloras cada día. Revives su risa, el brillo en sus ojos, la forma en que sus pequeñas manos confiaban en las tuyas. Y de pronto, esa confianza se convierte en un adiós… un adiós que te arranca un pedazo de ti para siempre.
Dondequiera que mires, quedan los recuerdos: una silla vacía, una fotografía en la pared, una canción que una vez los hizo bailar a ambos. Algunos días, esos recuerdos te regalan una sonrisa. Otros, te aplastan bajo su peso.
Este dolor no desaparece, te enseña a cargarlo. Pero el amor nunca muere. Su luz vive dentro de ti, atada para siempre a tu corazón por hilos invisibles que ninguna pérdida puede cortar.
Así que mantén viva su memoria. Pronuncia su nombre. Cuenta su historia. Hazle saber al mundo que vivieron, que importaron y que son amados, siempre.
Porque sanar no se trata de dejar ir, sino de llevar su luz hacia adelante, con cada respiración, con cada recuerdo, con cada latido del corazón.
Si conoces a un padre o una madre en duelo, no dejes que camine este sendero solo. Acércate. Escucha. Ama.
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