En un barrio obrero de Rosario, donde el olor a grasa y a madera se mezclaba con el de pan recién horneado, vivía Ailén, una joven de 16 años con trenzas oscuras y una voz suave como la brisa antes de llover.
Su padre, Don Hugo, era carpintero. Tenía manos grandes, llenas de astillas, y una espalda que ya crujía cuando se agachaba. Desde que Ailén era niña, lo veía trabajar en el fondo de casa: martillo, cepillo, serrucho… y silencio.
Él no había podido terminar la escuela. A duras penas sabía escribir su nombre.
—¿Para qué? —decía siempre—. Yo con las manos ya me entiendo.
Pero Ailén, en cambio, se había enamorado de las palabras.
Un día, llevó al taller un libro de cuentos que le prestaron en la escuela. Se sentó en una silla baja, al lado de la mesa de trabajo, y empezó a leer.
—“Y entonces, el lobo, que no era malo sino solitario, miró al corderito y le dijo…” —
—¿Qué estás haciendo? —la interrumpió su padre, sin dejar de lijar.
—Leyéndote. ¿Te molesta?
Él gruñó, pero no dijo que no.
Desde ese día, fue costumbre.
Mientras él trabajaba la madera, ella leía. Primero cuentos, luego novelas cortas, después fragmentos de biografías. Aprendió a modular la voz con los golpes del martillo, a hacer pausas cuando él encendía la sierra, y a continuar como si la historia viviera en el aire.
—¿Y cómo sigue eso del tigre que se escapó? —le preguntaba al día siguiente, como si no le importara… pero sí.
Una tarde, Ailén leyó un fragmento de un libro sobre carpintería japonesa.
—“La paciencia del artesano no está en lo que construye, sino en cómo respira mientras lo hace.” —
Don Hugo detuvo la lija. Miró sus manos.
—Eso es mentira —dijo. Pero sonreía.
Con el tiempo, Ailén llevó libros de poesía, y aunque su padre no entendía todo, empezó a decir:
—Ese verso me gusta. El de la lluvia que entra como un perro manso.
Un día, Ailén llegó del colegio con los ojos rojos. Había tenido una discusión fea con una profesora que la acusó de inventar frases ajenas en un examen.
—“Eso no lo escribiste vos”, me dijo. “Vos no podés pensar así.”
Don Hugo la escuchó. Luego se limpió las manos con un trapo sucio, se sentó frente a ella, y dijo por primera vez:
—Traé papel. Quiero que me enseñes a escribir.
—¿En serio?
—Sí. Si vos podés decir esas cosas con tu boca, yo quiero poder poner las mías en el papel.
Durante semanas, cada noche, Ailén le enseñó a formar letras. Luego palabras. Luego frases. Él escribía lento, apretando mucho el lápiz, como si le costara soltar lo que tenía dentro.
Un mes después, le entregó una hoja arrugada.
Ailén la leyó en voz alta:
“No sé de libros ni de autores, pero sé que cuando vos leés, la madera se vuelve más liviana. Y por primera vez, siento que lo que yo hago también puede ser una historia.”
Desde ese día, el taller no fue solo un lugar de trabajo.
Fue una biblioteca sin estanterías, donde las palabras flotaban entre el serrín.
Y cuando Ailén publicó su primer libro años más tarde, lo tituló:
“Donde la madera escuchó poesía.”
Porque aprendió que hay saberes que vienen del papel… y otros que solo nacen cuando alguien se atreve a escuchar con las manos.
De la red

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