EL OSO Y LA MUJER DEL ABRIGO VERDE
Cada mañana, Elsa caminaba por el mismo sendero del bosque nevado, con su abrigo verde y su mochila llena de fruta congelada. Tenía 72 años, las rodillas un poco torpes, pero los ojos brillantes como el sol de invierno.
Vivía sola desde hacía una década, desde que su esposo murió y sus hijos se marcharon a otras ciudades. Pero no se consideraba sola. No mientras tuviera aquel ritual secreto con su amigo peludo.
Todo comenzó un invierno especialmente crudo. Elsa iba por leña cuando escuchó un gemido bajo los arbustos. Era un oso joven, herido en la pata, temblando de frío. Cualquier otro habría salido corriendo. Pero ella se quedó quieta.
—No te haré daño… ni tú a mí, ¿verdad?
No hubo respuesta, claro. Pero los ojos del animal no tenían ira, sino miedo.
Volvió al día siguiente con una cesta de manzanas y una manta vieja.
Pasaron semanas. El oso sanó, y nunca se fue. No se acercaba a la casa, pero la esperaba cada mañana en el mismo claro del bosque. A veces dormía entre los arbustos. Otras, simplemente la observaba desde lejos mientras ella le dejaba comida.
—Te llamaré Nieve —le dijo un día—. Porque llegaste cuando todo era blanco y silencioso.
Los años pasaron. Y Nieve se volvió enorme. Majestuoso. Pero jamás dejó de buscar a Elsa con la mirada cada vez que oía pasos en la nieve.
Algunos vecinos murmuraban. “Está loca, habla con un oso.” Pero Elsa no lo veía así.
—Él me salvó del silencio —decía—. Hay cosas que los humanos ya no sabemos escuchar.
Un invierno, Elsa no apareció. Nieve esperó. Dos días. Cuatro. Una semana.
Los guardabosques encontraron su cuerpo en casa. Murió tranquila, sentada junto a la estufa, con el abrigo verde doblado a sus pies.
Lo que nunca esperaron fue lo que encontraron en el bosque al día siguiente.
Nieve, acostado junto al abrigo verde que alguien había llevado allí, olía la tela suavemente. Luego se tumbaba sobre ella, como si aún pudiera oír los pasos de Elsa entre la nieve.
Se quedó ahí durante días. No atacó a nadie. No comió. Solo esperó.
Los habitantes del pueblo decidieron entonces que nadie volvería a cortar leña en ese claro.
—Es el lugar donde el oso recuerda —decían los niños—. Donde el invierno todavía tiene corazón.
Hoy, junto al árbol más alto del bosque, hay una placa de madera que dice:
“Aquí descansan la ternura de una anciana… y la lealtad de un oso que supo esperar.”
Y cada vez que nieva, los copos caen en silencio… como si el bosque recordara también.
De la red

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