Hay que aprender a hacerse mayor… sin miedo.
Sin aferrarse al pasado, sin avergonzarse del tiempo, sin pedir permiso por envejecer.
Porque no son los años los que nos vuelven viejos, es la forma en que dejamos de vivir. Sí, llegan las arrugas… pero muchas de ellas nacieron de reír a carcajadas, de mirar el sol de frente, de sentir el viento en la cara, de brindar con los amigos de siempre y de vivir momentos que valieron la pena.
Hay que saber que la felicidad no se maquilla, que el corazón no envejece, aunque el cuerpo ya no corra tan rápido.
Que el amor verdadero no es el que llega de golpe, sino el que se construye lento, el que se queda. El que entiende, abraza y acompaña.
Hay que aprender a querer bonito, a caminar sin prisa, a aceptar que ya no somos niños… pero que aún podemos seguir jugando. Porque hacerse mayor con dignidad, es el arte de seguir viviendo con el alma encendida.
El sabio (de la red)

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