Una niña escribe cartas a su papá muerto y las deja en el buzón. Un cartero las recoge y le responde como “El Papá del Cielo”.
Tenía siete años cuando papá se fue. Mamá me explicó que ahora vivía en el cielo, pero yo no entendía por qué no podía visitarnos los fines de semana como hacía el papá de Sofía después del divorcio.
Una tarde, me senté en el porche con mi cuaderno de rayas y escribí mi primera carta:
*Querido papá:*
*Hoy saqué un 10 en matemáticas. ¿Lo viste desde allá arriba? Mamá llora cuando cree que no la veo. Yo también lloro, pero solo de noche. Te extraño.*
*Paula*
Doblé el papel con cuidado, lo metí en un sobre que robé del escritorio de mamá y escribí en el frente: «Para papá. Cielo». Lo dejé en nuestro buzón amarillo de la esquina, ese que siempre chirriaba al abrirse.
Al día siguiente, cuando volví de la escuela, había una carta esperándome. El sobre decía: «Para Paula. Tierra».
Con las manos temblando, la abrí:
*Querida Paula:*
*Claro que vi tu 10. Estoy muy orgulloso de ti. Las matemáticas nunca fueron lo mío, así que ya eres más inteligente que tu papá. Sobre mamá… dale muchos abrazos de mi parte. Y no dejes de llorar si lo necesitas. Las lágrimas son como la lluvia: limpian todo para que después salga el sol.*
*Te quiero hasta el cielo y de regreso,*
*Papá*
Corrí a mi cuarto y guardé la carta bajo mi almohada. Esa noche dormí abrazada a ella. Escrito por Gisel Dominguez.
Las cartas se volvieron mi ritual. Escribía sobre todo: mis amigas, la maestra gruñona, el diente que se me cayó, el gato que adoptamos. Y siempre, siempre, había una respuesta esperándome. Papá me aconsejaba, me hacía reír, me consolaba. Su letra era diferente a como la recordaba, más temblorosa, pero pensé que quizás en el cielo todos escribían así.
Los años pasaron. Seguí escribiendo incluso cuando cumplí trece y mis amigas me habrían llamado inmadura si lo supieran. Escribí cuando tuve mi primera desilusión amorosa, cuando peleé con mamá, cuando no sabía qué carrera estudiar.
*Querido papá:*
*Creo que quiero ser cartera, como don Ernesto. Así puedo caminar todo el día y conocer las historias de la gente a través de sus sobres. ¿Suena tonto?*
*Paula, 17 años*
*Querida Paula:*
*No suena tonto. Suena a que encontraste tu vocación. Los carteros son como ángeles terrestres: conectan corazones a través de las distancias. Sería perfecto para ti.*
*Papá*
Cuando terminé la preparatoria, me inscribí en el servicio postal. Mamá puso una cara extraña, entre nostalgia y orgullo, pero no dijo nada.
Mi primer día de trabajo, me asignaron la ruta del barrio sur. Al mediodía, llegué a una casa con un buzón verde desteñido. Había una carta dentro, escrita en papel de cuaderno con una letra infantil:
*Querido papá que estás en el cielo:*
*Hoy fue mi primer día de segundo grado…*
Se me cerró la garganta. Con manos temblorosas, tomé la carta y continué mi ruta. Esa noche, en mi departamento, escribí una respuesta con mi mejor letra cursiva, tratando de que se viera especial, celestial:
*Querido Mateo:*
*Qué emoción comenzar segundo grado. Seguro aprenderás cosas maravillosas…*
A la mañana siguiente, antes de mi ruta oficial, pasé por la casa del buzón verde y dejé mi respuesta.
Una semana después, había otra carta de Mateo. Y así comenzó todo de nuevo.
Tardé tres meses en volver a pasar por mi antigua calle. Me detuve frente al buzón amarillo oxidado. Ya no chirriaba tanto. Con el corazón acelerado, lo abrí. Estaba vacío, por supuesto. Hacía años que no escribía ahí. Escrito por Gisel Dominguez.
—¿Paula? —una voz rasposa me sobresaltó.
Don Ernesto bajaba de su bicicleta postal, ya retirada del servicio pero que aún usaba para sus paseos. Tenía el cabello completamente blanco y más arrugas, pero seguía siendo él.
—Don Ernesto… —mi voz se quebró—. Usted… las cartas… todo este tiempo…
Sonrió con esa misma sonrisa amable que recordaba de la infancia.
—Tu papá era un buen hombre, Paula. Cuando encontré tu primera carta, pensé en devolvérsela a tu mamá. Pero algo me detuvo. Vi la esperanza en tus ojos cada vez que revisabas el buzón. No pude quitarte eso.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas.
—Usted me salvó. En el momento más oscuro de mi vida, usted…
—No, niña. —Me puso una mano en el hombro—. Tú te salvaste sola. Yo solo fui el mensajero. —Hizo una pausa y miró hacia el cielo—. Aunque me gusta pensar que tu papá me guiaba la mano cuando escribía.
—Ahora lo hago yo —susurré—. Hay un niño, Mateo. Perdió a su papá hace seis meses.
Los ojos de don Ernesto brillaron.
—Entonces entiendes. Esto no es sobre engañar, Paula. Es sobre mantener vivo el amor cuando todo parece perdido. Es sobre ser el puente entre el dolor y la sanación.
Asentí, limpiándome las lágrimas.
—¿Cuántos niños hubo antes de mí?
—Cinco. Y después de ti, cuatro más. Hasta que mis manos temblaron demasiado para escribir con claridad. Por eso me alegró tanto cuando tu mamá me contó que querías ser cartera. Supe que las cartas al cielo seguirían llegando a su destino.
Nos quedamos en silencio, mirando el buzón amarillo.
—Gracias, don Ernesto. Por todo.
—Gracias a ti, Paula, por continuar el correo. —Me guiñó un ojo—. Salúdame a Mateo. Dile que su papá está muy orgulloso de él.
Ahora llevo cinco años en el servicio postal. He respondido cartas de once niños. Algunas solo por unos meses, otras durante años. Leo sobre sus miedos, sus logros, sus primeras veces. Les escribo con amor, con sabiduría prestada de sus padres ausentes, con la esperanza de que mis palabras sean el abrazo que ya no pueden recibir.
Guardo todas las cartas en una caja de madera bajo mi cama. Algún día, cuando sean adultos, si me buscan, se las daré. Les diré la verdad. Pero también les diré que cada palabra que escribí fue real, porque el amor que sus padres sintieron por ellos era real, y ese amor nunca muere.
Sigue volando en cartas entre la tierra y el cielo.
Anoche recibí una carta nueva. Sobre rosa, letra irregular:
*Querida mamá que estás en las estrellas:*
*Dicen que ahora eres un ángel…*
Guardé la carta contra mi corazón, cerré los ojos y pensé en don Ernesto, en mi papá, en todos los padres que viven en cada palabra que escribo.
Luego tomé mi pluma y comencé:
*Querida Sofía:*
*Tienes razón, ahora soy un ángel. Y mi trabajo más importante es cuidarte desde aquí…*
El buzón amarillo ya no chirría. Don Ernesto falleció el invierno pasado. Pero en su funeral, una mujer de mi edad se acercó a mí.
—¿Tú también recibiste las cartas? —me preguntó con los ojos llorosos.
Asentí.
—Yo las escribo ahora.
Nos abrazamos como solo pueden hacerlo dos personas que comparten un secreto sagrado. Ella me dijo que era terapeuta infantil, especializada en duelo. Que don Ernesto había inspirado toda su carrera.
Creo que papá estaría orgulloso. Creo que don Ernesto sonríe desde algún lugar. Y creo que mientras haya niños que escriban al cielo, habrá alguien en la tierra para responderles.
Porque el amor verdadero siempre encuentra la forma de llegar a su destino.
Aunque tenga que viajar en un sobre gastado, en el bolsillo de una cartera, de buzón en buzón, de corazón en corazón.
*Para siempre,*
*Paula*
*Mensajera entre mundos*
De la red

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