Abuela…?

Llevo tres años fingiendo ser abuela. No de mis nietos reales —esos viven en otra ciudad y me llaman cada Navidad si se acuerdan— sino de niños del orfanato que están en el hospital, los que no tienen a nadie más.

Empezó por casualidad. Me equivoqué de habitación buscando a mi dentista y encontré a un niño de ocho años mirando el techo. «Hola, abuela», me dijo sin voltear. No lo corregí. Volví al día siguiente con galletas.

Desde entonces, he sido abuela de diecisiete niños. Me sé el papel de memoria: traigo chocolates escondidos en el bolso, me quejo de mis rodillas, les cuento historias inventadas de «cuando era joven». Ellos fingen creerme. Yo finjo que no sé que ellos saben. Así funciona.

Hasta que conocí a Sofía.

Entré a su habitación con mi mejor sonrisa de abuela y mi bolso lleno de caramelos. Ella tenía once años, lentes redondos y una expresión que decía claramente: «¿En serio?»

—Hola, mi cielo, soy tu…

—No es mi abuela —interrumpió sin levantar la vista de su libro—. Mi abuela murió hace cuatro años. Tenía un lunar aquí —se tocó la mejilla—. Usted no lo tiene.

Me quedé parada como estatua de sal.

—Además —continuó, pasando una página—, las abuelas reales huelen a lavanda o a comida. Usted huele a perfume de farmacia. Sección de ofertas.

—Oye, ese perfume costó…

—Tres mil pesos. Lo vi en liquidación la semana pasada cuando me llevaron a terapia.

Esta niña me estaba desarmando.

—¿Y qué tal si solo vengo a hacerte compañía? —ofrecí.

—¿Por lástima? No, gracias. Tengo libros.

Volví al día siguiente. Me ignoró. Y al siguiente. Me ignoró más fuerte.

—¿No tiene hobbies? —preguntó finalmente al cuarto día—. ¿Familia? ¿Una telenovela que ver?

—Mis telenovelas son aburridas. Tú eres más interesante.

—Soy una niña muriendo de leucemia. Eso no es interesante, es triste. Hay diferencia.

—¿Siempre hablas como libro de filosofía?

—¿Siempre viene a molestar a pacientes terminales?

Nos miramos. Casi sonrió. Casi.

Seguí yendo. Le llevé el libro que mencionó. Luego otro. Luego comenzamos a jugar ajedrez —ella ganaba siempre y se burlaba de mis movimientos. «Esa torre se va a sentir muy sola allá», decía.

—¿Por qué hace esto? —me preguntó una tarde—. Con los otros niños, digo. Lo sé todo. La enfermera Gladys me contó. Usted es la «abuela mágica».

—No hay nada mágico. Solo soy una vieja con tiempo libre.

—Es raro igual.

—Tú eres más rara.

—Touché.

Un día llegué y estaba más pálida. Me miró distinto.

—No va a volver mañana, ¿verdad? Cuando me vaya, usted va a buscar otro niño que necesite una abuela falsa.

—Sofía…

—Está bien —dijo rápido—. Lo entiendo. Es su… hobby o lo que sea.

Agarré mi bolso para irme. Ella tenía razón. Ese era el trato no escrito: yo aparecía, ellos se iban, yo seguía. Limpio, simple, sin demasiado dolor.

Llegué a la puerta.

—Espere.

Me volteé. Sofía me miraba con esos ojos enormes detrás de los lentes.

—¿Puede quedarse? Solo hoy. Mañana se puede ir a buscar su siguiente proyecto de caridad o lo que sea. Pero hoy… —su voz se quebró apenas— …no quiero estar sola.

Solté el bolso.

Me senté en la silla junto a su cama. Tomó mi mano. Tenía dedos fríos y pequeños.

—Sigue sin ser mi abuela —susurró.

—Lo sé, mi cielo.

—Pero puede fingir más fuerte hoy.

—Puedo hacer eso.

Le conté historias. Reales esta vez. De mi esposo que se me murió hace diez años. De mis nietos que nunca llaman. De por qué empecé esto de ser abuela de prestado. Ella escuchó todo, apretando mi mano.

—Es triste su vida —dijo finalmente.

—La tuya tampoco es una comedia.

Se rió. Una risa pequeña, pero real.

—¿Sabe qué es lo peor? —preguntó—. No es morirme. Es que nadie va a recordar cómo era realmente. En el orfanato era solo «la niña enferma». Aquí soy «la paciente de la 304». Nadie sabe que odio el color rosa, que leo a Bradbury, que soy buenísima en ajedrez…

—Yo lo sé.

Me miró.

—¿Pero usted se va a acordar?

—Cada día, Sofía. Te lo prometo.

Apretó mi mano más fuerte.

—Entonces puede ser mi abuela. Pero solo usted. Nada de buscar más niños después.

—No puedo prometer eso.

—Inténtelo.

Se durmió así, con mi mano entre las suyas. La enfermera vino a avisarme que era hora de irme, pero negué con la cabeza. Me quedé toda la noche. Y el día siguiente. Y el que siguió.

Sofía se fue un martes por la mañana, con el sol entrando por la ventana y yo cantándole una canción que mi verdadera abuela me cantaba.

Sus últimas palabras fueron: «Abuela, tu perfume sigue siendo horrible.»

Y yo le respondí: «Y tú sigues siendo una niña insoportable.»

Sonrió.

Hace seis meses de eso. No he vuelto al hospital. El bolso con caramelos está guardado en el closet. Pero cada tarde juego una partida de ajedrez sola, moviendo piezas por las dos.

«Esa torre se va a sentir muy sola allá», me digo con su voz.

Y tal vez lo más extraño es esto: en todos estos años de ser abuela impostora, fue la única niña que supo que yo fingía… y la única que realmente me convirtió en abuela.

**¿Crees que las mentiras piadosas dejan de serlo cuando alguien decide creerlas de todas formas?**

Gisel Domínguez

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