Cada jueves a las cinco de la tarde, en una pequeña sala del centro cultural de Oporto, se reunía un grupo peculiar. Eran seis ancianos, todos mayores de ochenta, que se presentaban sin falta, aunque casi ninguno recordaba exactamente qué hacían allí.
—¿Esto era ajedrez? —preguntaba Álvaro, el más entusiasta.
—No, eso era los martes —respondía Rosa, con el ceño fruncido—. ¿O los miércoles?
—Creo que veníamos a hablar de libros —decía Celestino, que no leía desde el 2004.
Pero al final, todos se quedaban. Se servían café, trozos de bizcocho algo secos, y hablaban… de lo que viniera. De hijos que no llamaban. De sueños repetidos. De una película que nadie recordaba cómo terminaba. De una canción que sonaba cada vez más lejos.
Lo llamaron, en broma, “el Club de los que se olvidaron por qué venían”.
Y sin quererlo, se convirtió en algo sagrado.
Porque aunque a veces las palabras tropezaban o los nombres se esfumaban entre las frases, algo milagroso ocurría: nadie juzgaba a nadie.
Si alguien repetía la misma historia tres semanas seguidas, todos asentían con emoción, como si la escucharan por primera vez. Si a alguno se le caían las lágrimas sin razón aparente, alguien le pasaba un pañuelo sin hacer preguntas.
Y un día, Doña Teresa —la más callada de todas— trajo una caja de madera polvorienta. La colocó sobre la mesa sin decir nada. Dentro, había cartas. Docenas de cartas. Nunca enviadas.
—Son para gente que ya no está —dijo—. Pero quiero leerlas en voz alta. Así sentiré que las mandé.
Y empezó a leer.
Una era para su hermana, con la que dejó de hablar en 1978 por un malentendido sobre un abrigo.
Otra, para un hombre al que amó en silencio toda su vida.
Otra más, para su yo de 20 años, pidiéndole perdón por haber dudado tanto.
Los demás, en silencio, empezaron a traer también sus propias cartas.
El jueves siguiente, Álvaro leyó una carta para su hijo, al que nunca se atrevió a decir que era gay. Rosa leyó una carta para sí misma, agradeciéndose no haberse rendido. Celestino rompió a llorar al leerle una carta a su mujer fallecida, prometiéndole que ya no tenía miedo de olvidar.
Así nació la tradición: cada jueves, una carta. Aunque no recordaran a quién ni por qué.
Y mientras los cafés se enfriaban, las memorias se abrían.
Nunca supieron quién dejó un cartel colgado en la puerta del centro cultural, con letras desordenadas pero hermosas:
“Aquí no venimos a recordar. Venimos a sentir que seguimos siendo.”
Hoy, ya no todos están. Algunos partieron. Otros ya no pueden leer en voz alta.
Pero cada jueves a las cinco, si pasas por Oporto, verás a un grupo de ancianos sentados alrededor de una mesa. A veces en silencio. A veces con risas. A veces con cartas que tiemblan entre los dedos. Y entenderás que, incluso en la confusión, hay un lugar donde el alma nunca olvida cómo volver a casa.
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