Sintiendo

Había una colina en el norte de Portugal que no salía en los mapas. Ni los satélites la marcaban, ni los drones la sobrevolaban. Pero quienes cargaban un silencio antiguo sabían cómo llegar.

No era un cementerio común. No tenía lápidas de mármol ni flores marchitas. En lugar de nombres, había frases. Frases talladas sobre piedras suaves, como susurros detenidos en el tiempo. Cada frase era una confesión. Una disculpa. Una verdad que nunca se dijo en voz alta.

“Tenía miedo, por eso me alejé.”

“No era tu culpa.”

“Te vi, pero no supe cómo quedarme.”

“También te amé.”

Nadie sabía quién lo creó. Solo que, para encontrarlo, no se podía ir buscando. Había que ir sintiendo.

A él llegó Adán, con 81 años encima y una garganta llena de cosas que no supo pronunciar cuando aún podía. Había perdido a su esposa tres años atrás. Vivieron juntos 42 años. En todo ese tiempo, nunca le dijo que la admiraba. Que su risa era su hogar. Que aún recordaba cómo olía su cuello cuando bailaban a oscuras.

Pensaba que ella lo sabía. Hasta que se fue sin avisar. Desde entonces, hablaba con su taza de café. Con los libros que ella dejó subrayados. Con su cepillo de pelo aún en el baño. Pero no era suficiente.

Una noche, mientras caminaba por un sendero de tierra, vio una mujer mayor recogiendo hojas caídas y poniéndolas en una canasta de mimbre. Le sonrió como si ya lo conociera.

—¿Has venido a enterrar algo? —preguntó.

Adán no supo qué responder. Ella señaló la colina.

—Allí descansan las palabras que la gente no se atrevió a decir a tiempo. Puedes dejarlas. O leer las de otros. A veces consuela.

Subió. Y vio. Cada piedra era una pequeña herida que alguien había decidido nombrar.

“Lo supe, pero callé.”

“No eras tú el problema, era yo.”

“Siempre esperé que volvieras.”

Adán se sentó frente a una piedra en blanco. La tocó. Estaba caliente. No tenía herramientas, pero la mujer le ofreció una pluma.

—No necesitas tallar. Solo siente.

Él escribió: “Te veía cada día, pero no supe decirte que eras mi forma de amar el mundo.”

La piedra lo absorbió. Al instante, otras piedras cercanas brillaron un segundo. Como si sus palabras hubieran despertado otras. Volvió al día siguiente. Y al siguiente.

Dejó frases que había guardado para su hija, para su hermano, incluso para él mismo.

“No tengo la culpa de haber sido un niño asustado.”

“Perdoné, pero no lo dije.”

“Echo de menos lo que nunca fuimos.”

Cada frase que entregaba parecía aligerarle el cuerpo. Dormía mejor. Reía más. Escuchaba a los demás con una paciencia que no tenía desde joven. Y entonces, una tarde, vio una piedra nueva. No la había escrito él. Pero supo que era para él. Decía: “Siempre supe que me amabas. Solo necesitaba oírlo una vez.”

No tenía firma. Pero tenía su letra. La de ella. Esa noche, Adán no volvió a casa. Durmió en la colina, arropado por la brisa y las palabras que otros dejaron al viento. Cuando despertó, el cementerio ya no estaba. En su lugar, un campo de flores blancas cubría la ladera. Y en sus manos, una sola piedra suave, con una frase grabada que no recordaba haber escrito:

“Si lo sientes, díselo. El silencio también entierra.”

Desde ese día, Adán comenzó a hablar con todos. Con el panadero. Con la señora del autobús. Con su hija, a quien llamó esa misma noche solo para decirle: “No me hace falta que vengas, solo quería decirte que te quiero”. Nunca mencionó la colina a nadie. Pero cada vez que veía a alguien distraído mirando al horizonte, le sonreía y le decía:

-Si algún día sientes que te falta el aire por algo que no dijiste, camina hacia donde no hay camino. Y escucha. Quizás encuentres lo que aún no te atreves a pronunciar.

#fblifestyle #fblifestyletyle

Posted in

Deja un comentario