A estas alturas de la vida, el alma me susurra una verdad que duele como un hueso roto, pero que sana como el aire limpio después de la tormenta: la paz no se pide por favor. Se defiende con los dientes.
Y lo digo así, con la voz ronca de quien ha tragado demasiados silencios, porque ya no me quedan azúcares para cubrir la amargura que otros intentaron que fuera mi sabor de siempre.
Antes era de todos. Mi tiempo, mi energía, mi sonrisa, mi aguante. Dejaba que manos ajenas moldearan mis días, que voces extrañas dictaran mis sentimientos. Callaba el grito que nacía en mi garganta por miedo a que el eco lastimara a alguien. ¿Y qué coseché? Un jardín interior lleno de maleza y ruinas. Un cuerpo que se enfermaba de tristeza acumulada. Una confusión tan densa, que ya no sabía si el llanto era por dolor o por el simple hábito de estar herida.
Pero llegó un día —tal vez cuando me miré al espejo y no reconocí a la mujer de antes— en que entendí el robo más íntimo:
La gente se lleva pedazos de tu calma hasta que solo te quedan las sobras de ti misma.
Por eso ahora, con una claridad que me nace de las cicatrices, lo grito en susurro:
Mi paz no es un territorio común. Es el altar donde guardo los últimos fragmentos de mi luz. No se negocia. No se pone a votación. No se intercambia por cariño condicionado. El que alce la voz para apagar la mía, que encuentre otra puerta.
El que venga con disfraces de amor pero con intenciones de control,que se lleve su teatro a otro escenario.
El que solo llegue para vaciar su oscuridad en mi espacio limpio…que siga caminando.
Sin dramas,sin explicaciones. Simplemente… fuera.
Porque ya no tengo espacio para cargar con fantasmas que no son míos. Ni para escuchar las mismas excusas con distinta melodía. Ni para extender la mano a quien prefiere ahogarse antes que aferrarse.
Yo también sangré por dentro. También me arrodillé en nombre del «amor». También perdí mi nombre por llevar el de otros. Hasta que entendí la lección más solitaria y más cierta: Cuando tú no eres la guardiana de tu alma, el mundo entra a saquearla. Ahora, mi paz es mi hogar definitivo. Tiene puertas, tiene cerrojo, y tiene un cartel invisible escrito en el alma:
«Aquí solo entra quien llega con las manos limpias y el corazón en paz.»
Ya no soy la que pide permiso para existir en tranquilidad.
Soy la que ha aprendido a cultivar su silencio,a regar su alegría, a cerrar con suavidad y firmeza las ventanas por donde entraba el frío.
Y sí, duele decirlo. Duele aceptarlo. Pero duele más vivir sin saberlo: Prefiero la soledad que me abraza, a la compañía que me desangra.
Prefiero mi paz, intacta y mía, aunque tenga que defenderla… con los dientes, con las uñas, con el último aliento de mi dignidad.
Porque al final, esa paz… no es un lujo. Es el último refugio de la mujer que fui, el suelo firme de la mujer que soy, y la semilla sagrada de la mujer que estoy aprendiendo a ser.

Deja un comentario