La muerte no es un final, sino un retorno consciente al origen. Es el momento en que el alma se libera de la densidad de la forma y la conciencia se expande hacia planos más sutiles de existencia. Nada se pierde: solo se transforma.
En ese tránsito sagrado, los velos caen. Los bloqueos se disuelven, la energía se purifica y la memoria del alma se abre. Toda la vida se revela de una sola vez, no como juicio, sino como reconocimiento amoroso de lo vivido. Cada experiencia encuentra su sentido dentro del gran tejido del Ser.
Cuando el alma suelta el cuerpo, recuerda quién es. Se integra con su Yo Superior, con la chispa divina que siempre la sostuvo, y experimenta una ligereza inmensa, una paz que no depende de nada. Muchos han llamado a este instante luz, otros amor, otros simplemente hogar.
Sin embargo, este regreso no implica desaparecer. La esencia permanece. El alma conserva su identidad profunda mientras avanza hacia estados más amplios de conciencia. Incluso en la fusión con lo divino, el “yo” no se borra: se trasciende sin perderse.
Esta verdad también se revela durante la vida. Cada vez que nos desconectamos de nuestra esencia, experimentamos una pequeña muerte. Y cada vez que sanamos, que recordamos, que volvemos a unir lo que estaba separado, renacemos.
Así, la muerte deja de ser un límite y se convierte en una puerta. No una puerta hacia la nada, sino hacia la luz que siempre fuimos. Vivir conscientemente es, en el fondo, aprender a atravesarla sin miedo, sabiendo que al otro lado no dejamos de ser… sino que por fin recordamos. ![]()
Tomado de la red

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