Y se fue…

 ¿Por qué vivir a medias si vamos a morir del todo? – me dijo con una sonrisa blanca como la cera.

Beltrán había sido compañero los tres primeros años de carrera. Después, le diagnosticaron una enfermedad que le barrió de la vida en poco más de cuatro meses. Un día, al salir de clase se quejó de un leve dolor lumbar. Después todo sucedió con una rapidez insoportable. Se fue con la velocidad de una llamarada repentina, feroz y hambrienta.

Aquella fue la última vez que le vi. Un mes antes del final. En casa de sus padres. En Jaén. Sus venas se marcaban en la piel como las raíces de un limonero y la cara se le había secado agrandándole los ojos. Estaba sentado en una butaca junto a una ventana. A lo lejos se veían unas lomas cargadas de olivar.

– Los cerros de Úbeda – me dijo con un sentido del humor que nunca le abandonó.

El sol jugaba al escondite entre las nubes, pero cuando asomaba, mi amigo enfocaba su cara hacia él y levantaba la barbilla. 

Hoy hace exactamente treinta y nueve años  que se fue.

Lo que más me impresionó de Beltrán no fue su serena aceptación del final sino su convencimiento de que ya había vivido todo lo que tenía que vivir.

– He cumplido todos mis sueños – decía convencido – Y he dicho todo lo que tenía que decir.

En un momento, entró en la habitación su madre. Llevaba en la mano una bandeja con un vaso de agua, una cucharilla y un sobre rojo. Lo dejó todo en una mesita que había a un lado de la butaca. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Sus ojos eran dos cristales rotos. Beltrán levantó ligeramente el brazo y acarició la manga de la rebeca de su madre. Ella mostró una sonrisa leve, como una raya de tiza, y se fue.

– Lo siento por la tristeza de mis padres y de mi hermana – dijo concediéndose por primera vez un gesto sombrío cuando su madre cerró la puerta – No comprenden que estoy bien.

No hablamos de su enfermedad.

– ¿Para qué? – zanjó al principio – Ya lo sabemos todo.

Conversamos durante un par de horas sobre libros y cine. 

– Cuando la estrenen en septiembre, tenemos que ir a verla – me dijo abriendo una revista en la que aparecía la nueva película de Michael Douglas y Glenn Close.

Me quedé congelado sin saber cómo reaccionar. Los dos sabíamos que en septiembre él ya no estaría. Contesté con un «claro» pálido y fugaz, escondiendo los ojos en el artículo que me mostraba. Entonces, Beltrán estalló en una carcajada sonora que parecía que fuera a quebrarle los huesos.

– Que es una broma, hombre – me dijo – La ves tú y después, me la cuentas.

Otra vez volvió a reír.

Todo el tiempo estuve con un nudo en la garganta que me atascaba las palabras por debajo de la nuez. Parecía que fuera él quien me animaba a mí. Pero a veces se cansaba. Y entonces, nos quedábamos los dos en silencio y mirábamos por la ventana el peinado perfecto de los olivares.

Cuando el sol caía le dije que tenía que irme. Ya no hablamos más. Me agaché y le di un abrazo. Me sorprendió la fuerza que aún guardaba. Nos miramos un segundo y sonreímos. En aquel último silencio lo dejamos dicho todo.

Me despedí de su madre y fui caminando despacio hasta el coche. Tomando conciencia de cada cosa que hacía. Sintiendo crujir la grava bajo la suela de mis zapatos. Escuchando mi respiración. 

Viviendo del todo.

De la red.

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