• Otro comienzo

    En una fría noche de invierno, Emilia, una niña de 9 años con ojos llenos de esperanza, vagaba por las calles de la ciudad. Su cabello alborotado y sus ropas raídas contaban historias de abandono y pobreza. Desde que perdió a su madre por una enfermedad, había aprendido a sobrevivir sola, confiando en la bondad de desconocidos.

    Esa noche, con los labios azulados por el frío, vio una mansión imponente al final de una calle. Sus luces brillaban como faros en la oscuridad, y a través de las ventanas podía vislumbrar un mundo de lujos que parecía sacado de un sueño. Decidió acercarse, con la esperanza de encontrar refugio.

    Cuando llamó a la puerta, fue atendida por un hombre robusto con ceño fruncido, el guardia.

    —No puedes estar aquí, niña. Vete antes de que llamemos a la policía.

    Pero justo en ese momento apareció el dueño de la mansión, Mauricio Santillán, un millonario de 55 años que, aunque tenía fama de ser frío, sintió algo diferente al mirar a Emilia.

    —¿Qué quieres, pequeña? —preguntó, cruzando los brazos.

    —Solo un lugar donde dormir esta noche, señor —dijo Emilia, con la voz quebrada.

    Mauricio, después de una breve pausa, dio una orden inesperada:

    —Déjala dormir en el sótano. Pero solo por esta noche.

    2. EL SÓTANO Y UN MUNDO ESCONDIDO

    El sótano de la mansión, aunque frío y oscuro, era un lugar seguro para Emilia. Allí había cajas llenas de recuerdos antiguos, muebles cubiertos con sábanas blancas y un piano polvoriento en una esquina. Mientras se acomodaba en un rincón con una manta que le ofrecieron, no pudo evitar observar todo con curiosidad.

    A pesar de su cansancio, Emilia no podía dormir. Se acercó al piano y, con dedos temblorosos, presionó una tecla. El sonido resonó en el espacio vacío, rompiendo el silencio como una chispa en la oscuridad.

    Mauricio, quien solía pasear por la mansión antes de dormir, escuchó la nota y bajó al sótano. Al verla junto al piano, algo se removió en su interior.

    —¿Sabes tocar? —preguntó, sorprendido.

    —Mi mamá me enseñó algunas canciones antes de que ella… —Emilia no terminó la frase, pero sus ojos contaron el resto de la historia.

    Mauricio se sentó a su lado, algo que no había hecho en años. Sus dedos, acostumbrados a firmar contratos millonarios, tocaron suavemente las teclas. Para Emilia, fue como si el piano hablara, narrando emociones que las palabras no podían expresar.

    3. UN SECRETO REVELADO

    A la mañana siguiente, mientras Emilia desayunaba en la cocina con los empleados, Mauricio recibió una llamada importante. Un evento benéfico que organizaba su empresa necesitaba un cierre memorable, pero la pianista contratada había cancelado.

    Fue entonces cuando se le ocurrió una idea audaz. Bajó al sótano y encontró a Emilia explorando entre las cajas.

    —¿Te gustaría tocar el piano frente a muchas personas? —le preguntó.

    —¿Yo? Pero… no soy buena. Solo sé unas cuantas canciones.

    Mauricio, con una sonrisa que hacía tiempo no mostraba, respondió:

    —A veces, no se trata de ser perfecto, sino de mostrarle al mundo quién eres.

    Esa noche, Mauricio llevó a Emilia al evento. El escenario estaba iluminado con luces doradas, y el público, compuesto por empresarios y figuras importantes, se sorprendió al ver a una niña con ropas prestadas acercarse al piano.

    4. LA MELODÍA QUE CAMBIÓ TODO

    Emilia comenzó a tocar una sencilla melodía que su madre le había enseñado. Al principio, sus dedos temblaban, pero poco a poco, se llenó de confianza. Cada nota parecía contar una historia, una que hablaba de lucha, amor y esperanza.

    El público quedó hipnotizado. Algunos tenían lágrimas en los ojos, mientras otros aplaudían con fervor al terminar. Pero lo más sorprendente ocurrió después. Una mujer del público, visiblemente emocionada, se acercó a Emilia y a Mauricio.

    —Esa canción… —dijo la mujer—. La escribí hace años, antes de perder a mi hija. ¿De dónde la aprendiste?

    Emilia, impactada, respondió:

    —Mi mamá me la enseñó. Siempre decía que era especial.

    La mujer, cuyo nombre era Clara, era una reconocida compositora. Al hablar más con Emilia, descubrieron un vínculo inesperado: Clara era la tía de Emilia, separada de su hermana hacía años. Mauricio, testigo de este momento, comprendió que había hecho más que ofrecerle un refugio a Emilia; le había devuelto una familia.

    5. UN NUEVO COMIENZO

    Mauricio, tocado por la experiencia, decidió cambiar su vida. Adoptó a Emilia oficialmente y comenzó a involucrarse en causas benéficas. El frío sótano de su mansión, que antes era un lugar olvidado, se convirtió en un espacio lleno de música y recuerdos.

    Emilia, con el tiempo, se convirtió en una pianista reconocida, llevando su historia de superación a todo el mundo. Y aunque había comenzado como una pequeña mendiga buscando un refugio por una noche, encontró algo mucho más valioso: un hogar, una familia. 

    Créditos a quien corresponda

  • Reyes Magos

    Los Santos Reyes solo una vez me trajeron algo y fue verdaderamente maravilloso. Fue aquella ocasión que me quedé a dormir en casa de mi tía Socorro (Hermana de mi padre). 

    Recuerdo que mis primos despertaron muy emocionados porque era seis de enero y corrieron a ver si Los Santos Reyes habían dejado algo en sus zapatos. 

    Con mucha algarabía, sacaron lo que encontraron, ¡un billete de un peso! (En mi infancia un peso era una cantidad considerable para un niño).

    Mi tía Socorro me dijo:

    – Anda, ve a ver si también a tí te trajeron algo.

    Con escepticismo fui a ver mis huaraches y ¡qué maravilla!. También a mí me habían dejado un peso, ¡no podía creerlo!. 

    Los Santos Reyes se habían acordado de mí.

    Salí corriendo de casa de mis primos para ir a contarle a mi madre el hermoso acontecimiento.

    La encontré en la cocinita de techo de cartón, raspando el frasco del azúcar, intentado sacar hasta el último granulo para endulzar el té de hojas de limón con el que desayunaríamos, pues ese día no había dinero para comprar café.

    – ¡Amá, amá! ¡Mira, mira! ¡Los Santos Reyes me trajeron un peso! –el rojo billete lucía en mi mano-.

    Ella podía haberme dicho que no era verdad, que el dinero lo había puesto mi tía Socorro o que los Santos Reyes no existían, sin embargo, sonrió y me respondió:

    – Ya sabía.

    – ¿Ya sabías?, ¿Cómo?.

    – Es que anoche vinieron aquí los Santos Reyes y me preguntaron, 

    Si

    «¿Señora, en donde está su hijo? Es que le traemos un peso de regalo

     Y yo les dije «se quedó a dormir con sus primos»

     A bueno entonces lo vamos a ir a buscar allá para llevárselo

    ….muy bien les dije, y por eso se fueron a llevarte tu regalo con la tía Socorro

    – Gracias mamá por haberles dicho eso!

    Luego me vino una pregunta, si me habían venido a buscar a mi, seguramente a mis hermanos también les habían dejado dinero

    – Má, y a mis hermanitos cuánto les dejaron? O los Santos Reyes solo me trajeron a mi?

    -A no, cuando traen regalos a un niño, les traen a todos. También a tus hermanos les dejaron un peso, pero no les vayas a decir, es que antes e que se levantarán, yo les agarre su dinero y fui a comprar frijoles para comer.

    – Y porque no compraste azúcar?

    – Es que no me ajusto

    En aquel momento sentí remordimiento muy grande. No era justo que el regalo de mis hermanos se había utilizado para comprar comida, mientras yo tenía mi peso íntegro. No lo pensé dos veces para decirle a mi madre:

    – Toma también mi peso, compra comida

    Miré que mi madre hizo un puchero como cuando uno se aguanta las lágrimas. Me hizo una caricia en el pelo, me dio un beso y luego me dijo:

    – No me lo des, tu mismo ve a la tienda, trae un kilo de azúcar, un paquete de café y lo que sobre de galletas de animalitos, con eso tenemos para desayunar.

    – Si mamá

    Y me fui corriendo a la tienda .

    En ningún momento me arrepenti de mi acción,  al fin y al cabo los Santos Reyes se habían acordado d nosotros!!!

    No me habían dado un peso, me habían traído….Un Regalo de Amor…

    Nota del Autor: 

    Día de santos reyes. Cada quien es libre de inculcar esa tradición o no a sus hijos. Conozco personas que dicen ser muy realistas y no permiten que sus hijos vivan esa, ni ninguna otra fantasía. Muy respetados sus criterios. De igual manera considero que también deben de respetar a quienes sí estimulamos la fantasía de nuestros hijos (Y ahora nietos en mi caso).

    Escrito por Francisco Rodríguez.

    #Ticuriche

  • Remordimiento

    La serpiente mordió a la gallina, y con el veneno ardiendo en su cuerpo, buscó refugio en su gallinero. Pero las demás gallinas prefirieron expulsarla para que el veneno no se propagara.

    La gallina salió cojeando, llorando de dolor. No por la mordida, sino por el abandono y el desprecio de su propia familia en el momento en que más los necesitaba.

    Así se fue… ardiendo de fiebre, arrastrando una de sus patas, vulnerable a las noches frías. Con cada paso, una lágrima caía.

    Las gallinas en el gallinero la vieron alejarse, observando cómo desaparecía en el horizonte. Algunas decían entre sí:

    — Que se vaya… Morirá lejos de nosotras.

    Y cuando la gallina finalmente se desvaneció en la inmensidad del horizonte, todas estaban seguras de que había fallecido. Algunas incluso miraban al cielo, esperando ver buitres volando.

    Pasó el tiempo.

    Mucho después, un colibrí llegó al gallinero y anunció:

    — ¡Su hermana está viva! Vive en una cueva muy lejos de aquí. 

    Se recuperó, pero perdió una pata por la mordida de la serpiente.  Le cuesta encontrar comida y necesita su ayuda. Hubo un silencio. Luego comenzaron las excusas:

    — No puedo ir, estoy poniendo huevos…

    — No puedo ir, estoy buscando maíz…

    — No puedo ir, tengo que cuidar a mis pollitos…

    Así, una por una, todas rechazaron la petición. El colibrí regresó a la cueva sin ayuda. Pasó el tiempo nuevamente. Mucho después, el colibrí volvió, pero esta vez con una noticia dolorosa:

    — Su hermana ha fallecido… Murió sola en la cueva… No hay quien la entierre ni quien la llore.

    En ese instante, un peso cayó sobre todas. Un profundo lamento llenó el gallinero.

    Quienes ponían huevos, pararon. Quienes buscaban maíz, dejaron las semillas. Quienes cuidaban polluelos, los olvidaron por un momento. El arrepentimiento dolía más que cualquier veneno. ¿Por qué no fuimos antes?, se preguntaban.

    Y sin medir la distancia ni el esfuerzo, todas partieron hacia la cueva, llorando y lamentándose. Ahora sí tenían un motivo para verla, pero ya era tarde.

    Al llegar a la cueva, no encontraron a la gallina… Solo hallaron una carta que decía:

    «En la vida, muchas veces las personas no cruzan la calle para ayudarte cuando estás vivo, pero cruzan el mundo para enterrarte cuando mueres. Y la mayoría de las lágrimas en los funerales no son de dolor, sino de remordimiento y arrepentimiento.»

    De la Red… (Créditos a quien corresponda)

  • Prestar atención

    Dicen que fue Ernest Hemingway quien dijo:

    “Cuando la gente habla, escucha completamente. No pienses en lo que vas a decir a continuación. La mayoría de la gente nunca escucha ni observa realmente. Necesitas poder entrar a una habitación y cuando salgas, debes saber todo lo que viste allí, y no solo eso, si esa habitación te da una sensación, tienes que saber exactamente qué creó esa sensación”.

    Escuchar y observar plenamente es un don poco común y profundo, pero que muy pocos de nosotros realmente poseemos.

    La mayoría de nosotros solo escuchamos a medias, nuestras mentes ya comienzan a visualizar las palabras que estamos a punto de decir, distraídos por nuestros propios pensamientos o completamente perdidos en nuestro propio mundo.

    Imagínese qué milagro sería si escucháramos más profundamente, si nos comprometiéramos a involucrarnos, escuchar y comprender plenamente no solo las palabras pronunciadas, sino también las emociones e intenciones detrás de ellas.

    Escuchar no se trata de esperar tu turno para hablar, sino de absorber lo que la otra persona comparte y hacerla sentir escuchada, apreciada y comprendida. Es una conexión más profunda que una conversación normal, porque cuando escuchas de verdad, abres la puerta a la empatía y la conexión genuina.

    ¿Y no es eso lo que todos realmente anhelamos?

    Además de escuchar, también existe el arte de observar, de prestar realmente atención al mundo que te rodea. Cuando entres en una habitación, tómate un momento para asimilarlo todo. Preste atención a cada detalle: la luz que entra por las ventanas, el color de las paredes, las expresiones faciales de las personas, la forma en que alguien golpea nerviosamente con el pie o sonríe con los ojos más que con la boca.

    La mayoría de nosotros corremos por el espacio, con la mente consumida por la preocupación y nuestros ojos sin ver realmente lo que tenemos delante. Pero hay magia en prestar atención, en dominar cada pequeño detalle que hace que cada momento sea único.

    Considere la habitación no sólo como un espacio físico, sino como una experiencia. Cada habitación tiene su propio estado de ánimo, sentimiento y energía. Podría ser la calidez de una habitación llena de risas, la tensión en un espacio que acaba de tener una conversación difícil o la calidez de un lugar lleno de hermosos recuerdos.

    Cuanto más prestes atención a estas suaves sensaciones, más profundamente podrás comprender lo que te rodea y a las personas que lo rodean.

    ¿Qué creó ese sentimiento?. ¿Es la forma en que se iluminan los ojos de alguien cuando sonríe?. ¿El olor del café recién hecho te aporta una sensación cálida?. ¿O es el eco de una canción que trae a la memoria un recuerdo olvidado?.

    Observar y reconocer emociones como ésta requiere tiempo y práctica, pero cambiará la forma en que experimentas la vida. Te vuelves más agudo, más refinado y más consciente. Empiezas a notar un cambio en la voz de tu amigo cuando habla de algo que ama, o un ligero cambio en el tono de alguien cuando esconde algo.

    Verás y sentirás cosas que otros pasan por alto por completo, y esa conciencia puede conducirte a una vida más rica y conectada. Es hermoso ser un oyente con el corazón, un observador profundo y una persona que siente plenamente. Eso significa que no sólo vives tu vida con prisas, sino que la vives conscientemente.

    Estás disfrutando plenamente de cada momento, consciente de la belleza y complejidad que te rodea. Entiendes mejor a los demás, porque te has esforzado en verlos y oírlos, en captar los matices de su ser.

    Puedes ser alguien cuya presencia haga que los demás se sientan en paz, porque saben que realmente estás ahí para ellos, no sólo esperando tu turno para hablar o participando superficialmente. Entonces, cuando participes en una conversación, deja de pensar en preparar tus próximas palabras. Respira, relaja tu mente y presta toda tu atención a la otra persona. Esté completamente presente.

    Al entrar en una habitación, reduce la velocidad y mírala de verdad. Observa los detalles, siente la energía, nota las pequeñas cosas que hacen que el momento sea único.

    Descubrirás que la vida se vuelve más rica, más plena y más significativa cuando aprendes a escuchar y observar plenamente.

    No se trata sólo de escuchar palabras o ver objetos: se trata de sentir la plenitud de todo lo que te rodea. Es experimentar la vida profunda y completamente.

    De por la Red

  • Mujeres!!!

    “Os aseguro que las mujeres más bellas que he visto, no han sido en una revista, las veo por la calle, tirando de niños con rabietas, empujando carritos de la compra, conduciendo cochecitos de sus nietos, mirando escaparates, paseando con sus perros, riendo con amigas sentadas en las terrazas.

     Os aseguro que las mujeres más fuertes que he conocido no han entrado en los récords Guinness, las he conocido dándose quimioterapias, levantándose temprano para poner lavadoras antes de ir a trabajar, haciendo cocidos con fiebre y dolor de cuerpo, sacando a hijos de lugares que les podía haber llevado al otro mundo, riendo cuando el alma la tenían rota en mil pedazos.

      Os aseguro que las mujeres más inteligentes que he conocido no tienen máster, ni carreras, ni han recibido premios, las he visto haciendo cuentas para llegar a finales de mes, reciclando abrigos, haciendo comidas de esas de donde comen tres, comen ocho, de las que leen los pensamientos a sus hijas adolescentes y de las que ponen remedios antes de que pase.

     Os aseguro que las mujeres que más curan, no son licenciadas en medicina, las he visto besar heridas de rodilla, abrazar y colocar el alma, sonreír y quitarte penas, dar la mano y cobijarte. Acariciar y sanar…

     Os aseguro que tengo la gran suerte de conocer a mujeres anónimas que son ángeles de la guarda, hadas madrinas, y no es un cuento».

    Texto: Fundlib. (Tomado de la REd)

  • Por el de al lado…

    Era una tarde cualquiera en un supermercado de barrio, uno de esos lugares pequeños donde los vecinos se cruzan y se saludan con un “hola” o un “qué tal”. El murmullo de las conversaciones llenaba el aire mientras familias compraban el pan, el aceite o algo para la cena. Revisaba mi lista de compras cuando una voz suave y algo temblorosa me sacó de mis pensamientos.

    — Joven, ¿podrías ayudarme a ver la fecha de caducidad de esta margarina? Es que sin mis gafas no consigo leerla, y las he dejado en casa.

    Me giré y vi a un hombre mayor, encorvado, con un abrigo desgastado. Sostenía una caja pequeña de margarina, ofreciéndomela con una mezcla de timidez y esperanza.

    — Claro, no hay problema, — le dije mientras tomaba el paquete y me acercaba para leer las letras pequeñas. — Es válida hasta el 15 de abril del próximo año.

    — Muchas gracias, hijo, — respondió con un suspiro de alivio, tomando el paquete con manos temblorosas.

    Al mirar el precio, algo en mi interior se quebró. Era la margarina más barata del estante. Dudé un momento antes de proponer tímidamente:

    — ¿Seguro que no prefiere llevar mantequilla? Es más saludable y está ahí, un poco más arriba.

    El hombre me dedicó una sonrisa amarga, resignada.

    — Lo sé, hijo, pero esta es la que puedo pagar.

    Dejó la margarina en su carrito, donde apenas había unos pocos productos: una barra de pan barato, una bolsa pequeña de arroz, tres patatas. Lo observé mientras seguía recorriendo los pasillos. Se detenía en cada estante, mirando los precios con detenimiento, sacando de su monedero viejas monedas de céntimo, como si calcular cada gasto fuera un desafío.

    Sentí un nudo en el estómago. Recordé a mi abuelo, que vivía en un pequeño pueblo y también contaba cada céntimo después de jubilarse. Esa misma mañana me había quejado con mi mujer, Carmen, de que no teníamos suficiente dinero ahorrado para irnos de vacaciones a Mallorca. Pero ahora, viendo a este hombre, mis preocupaciones me parecían ridículas.

    Sin pensarlo mucho, tomé un carrito y empecé a llenarlo: aceite de oliva, queso manchego, verduras frescas, frutas, huevos, leche, carne. Cuando lo vi dirigirse a la caja, ya había pagado mis compras y corrí tras él.

    — ¡Disculpe, señor, por favor!

    Se detuvo, sorprendido, y se giró hacia mí.

    — ¿Pasa algo?

    — Nada, nada malo, — respondí con una sonrisa mientras le ofrecía las bolsas llenas de comida. — Esto es para usted.

    Sus ojos se abrieron con incredulidad.

    — Pero… no puedo aceptar esto, es demasiado. Tienes tu familia, joven, y seguro que lo necesitas más.

    — No se preocupe, no es problema para mí. Por favor, acéptelo, de verdad.

    El hombre vaciló un momento, pero al final tomó las bolsas, sus manos temblorosas agarrándolas con cuidado.

    — ¿Cómo te llamas, hijo?

    — David, — le respondí con una sonrisa. — ¿Y usted?

    — José, — dijo suavemente. — No sé cómo agradecerte, David. Ya casi nadie se detiene a ayudar.

    — ¿Le puedo acompañar a casa? Así no tiene que cargar con las bolsas.

    Se quedó pensativo un instante, pero finalmente aceptó. Durante el trayecto, compartió un poco de su historia conmigo.

    — Mi esposa, María, falleció hace siete años. Era una mujer increíble, llena de vida. Ahora… ahora estoy solo. Mi hijo vive en Alemania, trabajando, y hace meses que no sé nada de él.

    Cada palabra parecía pesar más que la anterior. Llegamos a un bloque de apartamentos viejos, en las afueras de la ciudad. Le ayudé a llevar las bolsas hasta la puerta de su pequeño piso.

    — Gracias, David. Lo que has hecho por mí hoy… no lo olvidaré nunca.

    Antes de irme, deslicé discretamente algunos billetes en el bolsillo de su abrigo.

    Cuando volví a casa, Carmen me estaba esperando con una expresión de impaciencia.

    — ¿Dónde estabas? He estado sola con los niños todo este rato.

    — Lo siento, se me hizo tarde, — le respondí mientras me quitaba la chaqueta.

    — ¿Reservaste los billetes para las vacaciones?

    La miré y sonreí con tranquilidad.

    — No todavía. Hoy hice algo más importante.

    Esa noche, mientras me sentaba en el sofá, me di cuenta de que el encuentro con José había cambiado algo en mí. A veces, un gesto sencillo puede marcar la diferencia en la vida de otra persona. Y me prometí no quedarme ahí. Volvería a buscarle, para asegurarme de que no estuviera solo en este mundo tan apresurado.

    Nunca nos cansemos de hacer el bien a nuestro prójimo cuando tengamos la oportunidad. A veces un par de dólares pueden hacer mucha diferencia en sus vidas, y sobre todo la atención que se le presta le sirve para sentirse todavía vivos, y tomados en cuenta en medio de una sociedad cada día más materialista.

    Tomado de la red.

  • Zumo de naranja

    LA NARANJA EXPRIMIDA.

    Me estaba preparando para dar una conferencia y decidí llevar una naranja al escenario como una proposición para mi clase…

    Abrí una conversación con un joven brillante que estaba sentado en la primera fila, y le dije: 

    – Si yo exprimiera esta naranja tan fuerte como pueda, ¿Qué podría salir?

    Él me miró como si estuviera un poco loco y dijo: 

    – Jugo, ¡por supuesto!

    – ¿Crees que jugo de manzana podría salir de ella?

    – ¡No! (él se reía). 

    – ¿Y jugo de toronja?

    – ¡Tampoco!

    – ¿Qué saldría de ella?

    – Jugo de naranja, por supuesto.

    – ¿Por qué?, ¿por qué cuando exprimo una naranja sale jugo de naranja?

    – Bueno, es una naranja y eso es lo que hay dentro.

    Asentí con la cabeza y le dije: 

    – Cierto. Vamos a suponer que ésta naranja no es una naranja, sino que eres tú y alguien te aprieta, pone presión sobre ti, y te dice algo que a ti no te gusta; te ofende y fuera de ti sale ira, odio, amargura, miedo. ¿Por qué sale esto?

    La respuesta que dio el joven fue: 

    – Porque eso es lo que hay dentro.

    Ésta una de las grandes lecciones de la vida: 

    ¿Qué sale de ti cuando la vida te aprieta, cuando alguien te produce dolor o te ofende? 

    Si la ira, el dolor y el miedo salen de tí, es porque eso es lo que hay dentro.

    No importa quien hace la contracción, si es tu madre, tu hermano, tus hijos, tu jefe, etc…

    Si alguien dice algo acerca de ti que no te gusta, lo que sale de ti es lo que hay dentro; y lo que está dentro sólo depende de ti, ¡es tu elección! 

    Cuando alguien te presiona y sale amor, es porque eso es lo que has permitido que esté en tu interior.

    Wayne Dyer.

  • Intensamente

    Este año como regalo para todos aquellos a quienes amo, (y a todos, ¿porqué no?, en especial a aquellos que no saben lo que es AMAR) me gustaría compartir un abrazo para cada tristeza. 

    Una sonrisa para cada lágrima. El alivio a cualquier dolor. Un sueño para cada decepción y momentos de serenidad impregnados de Paz interior.

    Saber pelear con dignidad. No rendirse con la adversidad. Encontrar en la oscuridad de la vida una luz encendida. Saber escuchar, y además de «oír», saber mirar, saborear aromas y sonreír.

    Encontrar en la desesperación la fuerza para continuar, apretando los dientes, superando el coraje para volar, aprovechar las pequeñas cosas, saberlas vivir y hacerlo intensamente. 

    Créditos a quien corresponda…

  • No todavía…

    Era una tarde cualquiera en un supermercado de barrio, uno de esos lugares pequeños donde los vecinos se cruzan y se saludan con un “hola” o un “qué tal”. El murmullo de las conversaciones llenaba el aire mientras familias compraban el pan, el aceite o algo para la cena. Revisaba mi lista de compras cuando una voz suave y algo temblorosa me sacó de mis pensamientos.

    — Joven, ¿podrías ayudarme a ver la fecha de caducidad de esta margarina? Es que sin mis gafas no consigo leerla, y las he dejado en casa.

    Me giré y vi a un hombre mayor, encorvado, con un abrigo desgastado. Sostenía una caja pequeña de margarina, ofreciéndomela con una mezcla de timidez y esperanza.

    — Claro, no hay problema, — le dije mientras tomaba el paquete y me acercaba para leer las letras pequeñas. — Es válida hasta el 15 de abril del próximo año.

    — Muchas gracias, hijo, — respondió con un suspiro de alivio, tomando el paquete con manos temblorosas.

    Al mirar el precio, algo en mi interior se quebró. Era la margarina más barata del estante. Dudé un momento antes de proponer tímidamente:

    — ¿Seguro que no prefiere llevar mantequilla? Es más saludable y está ahí, un poco más arriba.

    El hombre me dedicó una sonrisa amarga, resignada.

    — Lo sé, hijo, pero esta es la que puedo pagar.

    Dejó la margarina en su carrito, donde apenas había unos pocos productos: una barra de pan barato, una bolsa pequeña de arroz, tres patatas. Lo observé mientras seguía recorriendo los pasillos. Se detenía en cada estante, mirando los precios con detenimiento, sacando de su monedero viejas monedas de céntimo, como si calcular cada gasto fuera un desafío.

    Sentí un nudo en el estómago. Recordé a mi abuelo, que vivía en un pequeño pueblo y también contaba cada céntimo después de jubilarse. Esa misma mañana me había quejado con mi mujer, Carmen, de que no teníamos suficiente dinero ahorrado para irnos de vacaciones a Mallorca. Pero ahora, viendo a este hombre, mis preocupaciones me parecían ridículas.

    Sin pensarlo mucho, tomé un carrito y empecé a llenarlo: aceite de oliva, queso manchego, verduras frescas, frutas, huevos, leche, carne. Cuando lo vi dirigirse a la caja, ya había pagado mis compras y corrí tras él.

    — ¡Disculpe, señor, por favor!

    Se detuvo, sorprendido, y se giró hacia mí.

    — ¿Pasa algo?

    — Nada, nada malo, — respondí con una sonrisa mientras le ofrecía las bolsas llenas de comida. — Esto es para usted.

    Sus ojos se abrieron con incredulidad.

    — Pero… no puedo aceptar esto, es demasiado. Tienes tu familia, joven, y seguro que lo necesitas más.

    — No se preocupe, no es problema para mí. Por favor, acéptelo, de verdad.

    El hombre vaciló un momento, pero al final tomó las bolsas, sus manos temblorosas agarrándolas con cuidado.

    — ¿Cómo te llamas, hijo?

    — David, — le respondí con una sonrisa. — ¿Y usted?

    — José, — dijo suavemente. — No sé cómo agradecerte, David. Ya casi nadie se detiene a ayudar.

    — ¿Le puedo acompañar a casa? Así no tiene que cargar con las bolsas.

    Se quedó pensativo un instante, pero finalmente aceptó. Durante el trayecto, compartió un poco de su historia conmigo.

    — Mi esposa, María, falleció hace siete años. Era una mujer increíble, llena de vida. Ahora… ahora estoy solo. Mi hijo vive en Alemania, trabajando, y hace meses que no sé nada de él.

    Cada palabra parecía pesar más que la anterior. Llegamos a un bloque de apartamentos viejos, en las afueras de la ciudad. Le ayudé a llevar las bolsas hasta la puerta de su pequeño piso.

    — Gracias, David. Lo que has hecho por mí hoy… no lo olvidaré nunca.

    Antes de irme, deslicé discretamente algunos billetes en el bolsillo de su abrigo.

    Cuando volví a casa, Carmen me estaba esperando con una expresión de impaciencia.

    — ¿Dónde estabas? He estado sola con los niños todo este rato.

    — Lo siento, se me hizo tarde, — le respondí mientras me quitaba la chaqueta.

    — ¿Reservaste los billetes para las vacaciones?

    La miré y sonreí con tranquilidad.

    — No todavía. Hoy hice algo más importante.

    Esa noche, mientras me sentaba en el sofá, me di cuenta de que el encuentro con José había cambiado algo en mí. A veces, un gesto sencillo puede marcar la diferencia en la vida de otra persona. Y me prometí no quedarme ahí. Volvería a buscarle, para asegurarme de que no estuviera solo en este mundo tan apresurado.

    Nunca nos cansemos de hacer el bien a nuestro prójimo cuando tengamos la oportunidad. A veces un par de dólares pueden hacer mucha diferencia en sus vidas, y sobre todo la atención que se le presta le sirve para sentirse todavía vivos, y tomados en cuenta en medio de una sociedad cada día más materialista.

    Tomado de la red.

  • TE ENVÍO UN ABRAZO

    “TE ENVÍO UN ABRAZO“

    Hoy les quiero enviar un abrazo, a los que están esperando el sueño para olvidar la realidad, a los que están luchando con sus miedos y monstruos en silencio… A los que no saben cómo expresar tanto dolor, a los que no tienen cómo pedir ayuda, a los que están llenos de presiones.

    A los que pelean la batalla en miles de frentes, a los que se ahogaron en el vaso con agua, y a los que se sienten diferentes… A los incomprendidos, a los humillados, a los violentados
    y a los silenciados. Un abrazo a ese que hoy subió el volumen de la música para no escuchar el bullicio de adentro y a esa que se llenó de tareas para no ocuparse de ella.

    A los que no entienden ¿Por qué?,
    a los que no pueden con tanta vida, a los que le retumba la muerte, a los que no se les cierran las heridas, a los que perdieron la llave del candado.

    Un abrazo a los que se refugian en algo, a los que leen buscando una salida, a los que se repiten frases para subir el autoestima. A los que se animan, a los que no, a los que lloran a escondidas y ríen por compromiso.

    A los que se les derrumbó el cuerpo encima del alma y se sienten escombro. A los que hoy no tienen ganas de prender la luz, ni de salir un rato, ni de verse al espejo o verse en los ojos de los demás.

    A los que dejaron de hablar, de reír, de planear, de soñar, pero no de sentir…

    A los que se sienten perdidos, a los que se están hallando… A los que desconocen el cómo.

    A todos los que estamos jodidos,
    un abrazo. Un abrazo que posiblemente no cambie nada, pero que les haga saber que:
    «NO ESTÁN SOLOS»

    Abrazos y besos