• Aprender

    *LAS ALMAS…* 

    Se sentaron alrededor de la mesa redonda, para elegir su próxima lección para aprender.

    Se levantó un alma fuerte y valiente y dijo:

    – Voy a la Tierra a aprender a perdonar.

    Las otras almas dijeron asustadas:

    – Pero es una de las lecciones más difíciles, no podrás aprenderla en una sola vida.

    – Sufrirás… 

    -Aún así sabemos puedes lograrlo.

    – ¡Te ayudaremos!

    Una de las almas dijo:

    -Estoy lista para acompañarte a la Tierra para ayudarte.

    -Seré tu marido y en nuestra vida familiar habrá muchos problemas por mi culpa y tú aprenderás a perdonarme.

    Otra alma suspiró…

    -Yo puedo convertirme en uno de tus padres.  Te haré vivir una infancia difícil y luego me meteré en todas las cosas que hagas y tú aprenderás a perdonarme.

    Otra más dijo:

    -Y yo seré el amor de tu vida.

    Ése encuentro que no llega a concretarse formalmente porque ya has elegido una pareja y tendremos muchos obstáculos y nos haremos daño.

    Y la cuarta alma dijo:

    -Yo seré uno de tus superiores en el trabajo te trataré mal injustamente, para que aprendas el sentido del perdón.

    -Una más dijo:

    Seré tu hijo y caeré en drogas y delincuencia para que aprendas a perdonarme y a perdonarte también. 

    Otras almas acordaron conocerla en otras épocas de la vida, simplemente para repasar la lección.

    Cada alma eligió su lección para aprender algo y enlazarse de manera diferente para apoyarse.

    Prepararon un plan para la vida y todas bajaron a la Tierra.

    Una de las particularidades de la enseñanza de las almas es ésta:

    Las memorias antiguas, después del nacimiento, están en cero. Y sólo unos pocos saben que… 

    LAS CASUALIDADES NO SON AL AZAR Y CADA PERSONA APARECE EN NUESTRAS VIDAS CUANDO LO NECESITAMOS para aprender una lección que se nos había reservado.

    En la forma que nos hayamos conocido muchas gracias, por este tiempo.

    Buen Fin de Semana 😊🙏

  • Carta a mi padre

    (Carta De Adanowsky a Alejandro Jodorowsky)

    Querido padre, Alejandro, tú que siempre pensaste que llamar a su padre “Papá” era un error. Que Papá y Mamá eran las primeras palabras que podía pronunciar un bebé y que llamar a sus padres así siendo adulto era mantener preso a sus hijos como niños. Tu que me decías “no me llamo Papá, me llamo Alejandro, yo no te llamo adad, dada o adadá.”

    Escribo esta carta públicamente porque quiero que el mundo sepa que el amor entre padre e hijo existe.

    Veo en el planeta cientos de casos con padres ausentes o que no aceptan a sus hijos como son.

    Por eso hoy quiero que el mundo sepa cual puede ser una verdadera relación de amor y respeto. Espero le pueda servir a este planeta. Que sirva de ejemplo para que el mundo se transforme en algo mejor y dejen de crear guerras que son productos de rabia contenida.

    Llamarte Alejandro no me quitó nada, al contrario, no te vi como una figura emblemática, ni como un ser superior, pero como un aliado, un ser lleno de bondad. Llamarte Alejandro es lo más tierno y maravilloso del mundo. Sentirme diferente de los otros niños me dio un gran sentimiento de fuerza.

    Nunca me educaste con miedo, nunca me pegaste. Me hablaste, me explicaste y te preocupaste de enseñarme tus pensamientos dejándome libre de ser el que yo tenía que ser y no el que tu querías que yo sea.

    ¿Te acuerdas? Te sentabas al lado de mi, leyendo cuentos japoneses para iniciarme a una filosofía de vida. 

    Has formado mi mente para prepararme como un guerrero a recibir los golpes de la vida, a recibir discursos estúpidos, a recibir la imbecilidad humana. Pero me enseñaste también a reconocer la belleza dentro de la fealdad.

    Me acuerdo que un día me dijiste “te voy a enseñar a pensar”. Estábamos en España, de vacaciones en una isla. Y todas las mañanas me dabas clases para pensar. Todo padre debería enseñar a su hijo a pensar.

    Un niño no es tonto, es como una esponja, lo que le enseñas le queda para toda la vida y lo necesita. Gracias a eso, me marcaste para siempre.

    “¿Qué es dios? ¿Qué es el universo? ¿Cual es nuestra finalidad en este universo? ¿De donde vengo? ¿Hacia donde voy? ¿Soy un cuerpo con alma o un alma con un cuerpo? Tu verdad es una verdad pero no la verdad…”

    Me enseñaste a hablar como un ser consciente y delicado. 

    Cuando era niño me hablabas suavemente, como adulto y no me infantilizabas con voz de dibujo animado. Los padres suelen hablar a sus hijos como si fuesen muñecos, pero tu, me hablaste como un ser humano.

    Luego, me ensañaste a comunicar con los otros y en lugar de afirmar algo en una conversación, me enseñaste a decir antes de empezar una frase: “según lo que yo pienso y me puedo equivocar”.

    En una pelea, en lugar de acusar al otro, me enseñaste a decir lo que siento y qué me produce esa discusión.

    Nunca me hiciste parte de tus angustias económicas, para que el dinero no sea un peso para mi.

    He vivido en un paraíso. Un niño tiene que ver la vida como un paraíso. Lo contrario lo convierte en un ser angustiado con miedo a enfrentar su existencia.

    Cuando tenía rabia, en lugar de contenerla, me llevabas por la mano en el jardín y me hacías destrozar una silla en mil pedazos. No puedes saber la alegría que era para mi destrozar esa pobre silla.

    Yo te decía: “pero si la rompo ya no vamos a tener silla…” Y tu me decías que no importaba, que ibas a comprar otra. Para ti lo material no tenía ninguna importancia, ningún valor. El único valor que veías estaba en el ser humano.

    En lugar de reprimir mi creatividad, me comprabas pinceles para que pueda pintar en las paredes de mi cuarto.

    Nunca me prohibiste nada. Cuando hacía un error, hablábamos sobre él y lo arreglábamos. Confiabas en mi, en mis propios limites que me imponía a mi mismo. 

    Podía hacer y preguntar de todo. Era un niño y se hablaba abiertamente de sexo, sin que la moral religiosa nos haga creer que es algo insano. Cuando alguien tenía sexo en la casa, el día siguiente se celebraba.

    Cuando deseaba un instrumento, en lugar de pensar que era un capricho, me comprabas un piano, una trompeta, aunque la usaba solo un día. Decías que todo sirve en la vida. Y es cierto, todo lo que te pedí y me diste en la infancia, me sirvió. absolutamente todo. No pusiste ningún limite a mi creatividad. Me enseñaste a meditar, me pasaste libros. Aunque tú  y mi madre se separaron cuando yo tenía 8 años, nunca me hablaste mal de ella. No intentaste destruir mi mirada de amor hacia ella.

    Creaste entre mis hermanos y yo una relación de amor. Sin competencia. Queriendo a cada uno de manera diferente. 

    Me enseñaste a pensar, a creer que todo era posible en la vida. 

    ¿Y cómo ? Te voy a recordar cómo .

    Un día nos paseamos por las calles en París buscando un par de zapatos, y hasta que no encontraba el par perfecto, no nos íbamos a dejar vencer. Entramos en quince tiendas ese día, hasta encontrar lo que realmente quería. Gracias padre de mi corazón, gracias a eso hoy en día, hasta que no esté satisfecho con lo que estoy creando, no me dejo vencer. Me enseñaste también que cuando no se logra algo, se puede tomar otro camino que lleve a lo que deseas.

    Cuando me tropezaba en la calle me decías “¡Samurai!” Para que cada paso, cada mirada mía en este mundo sea consciente. El Samurai no se distrae nunca. Me siento vivo Alejandro, tan vivo.

    Nunca te vi deprimido, ¿te das cuenta? Nunca te quejaste ni te dejaste vencer por el peso de la vida.

    Nunca me hiciste parte de tus angustias. Me enseñaste a ser alegre, a pensar que la vida era una fiesta. Me enseñaste a no fumar cuando los adolescentes empezaban a fumar, me explicaste que yo era un niño seguro de mi mismo, que no necesitaba un cigarro para seducir, ser adulto o ser aceptado por los otros. Me sentía fuerte, tan fuerte.

    Me enseñaste a amarme, a respetar mi templo, mi cuerpo.

    Te vi escribir toda mi vida ocho horas diarias, dedicado a tu arte.

    Encontraste el amor a los 75 años, conociste a Pascale, tu mujer. Y es la historia más bella que he visto en mi vida. Me hiciste creer en la unión de dos personas. Ahora tengo fe en la pareja a cualquier edad.

    A veces me preguntas: “¿Como te sientes mentalmente, corporalmente, sexualmente, emocionalmente?” Te comunicas con mi ser entero. Cuando llego a tu casa, me siento en frente de ti y me miras, me cuentas tu vida, me preguntas sobre la mía e intentas que nuestros monólogos duren el mismo tiempo. Que la conversación sea equilibrada. Que uno no hable más que el otro.

    Te preocupas por mí  sin invadir mi espacio. Pero me dices siempre que me amas. Todo padre tendría que decir a su hijo que lo ama.

    Cuando era niño y te ibas de viaje, pero me llamabas todos los días, aunque eran dos minutos. Era nuestro trato. Sentí tu presencia. Siempre sentí que podía contar contigo. Cuando decías algo, lo cumplías y no puedes saber lo importante que es para un niño que su padre cumpla lo que diga.

    Una vez me fui de vacaciones con la escuela, y me sentí tan mal con los niños, me sentí tan diferente a ellos que te llamé llorando. En la noche misma llegaste con tu coche. Hiciste 400 kilometros para sacarme del infierno. Y regresamos juntos la noche misma. Cantando. Decías que un niño no debe sufrir, que sus primeros años son sagrados.

    Siempre olías mi pelo y mi piel diciendo que olía maravillosamente bien. Siempre me dijiste que iba a ser alto, que tenía talento, que era bello, que era un príncipe. Me acariciaste, me tocaste, me abrazaste. Fui un ser amado.

    En la mañana tocaba a tu puerta y corría a acostarme al lado de ti y me abrazabas. Yo, la cabeza sobre tu pecho escuchando tu respiración y tu corazón latiendo. Luego íbamos a desayunar en frente de la casa, en un café, y me hablabas de libros, de cine, de los descubrimientos que hacías, de las nuevas ideas espirituales que habías pensado.

    En este momento estoy llorando de emoción porque nunca me había tomado el tiempo de decirte todo esto. Eres un padre maravilloso. Mis lágrimas corren, esas lágrimas son gotas de amor. 

    Siempre me llevaste contigo en tus conferencias, en tus seminarios, te vi hacerle bien a la gente, darles sonrisas, calmar miedos.

    Hemos colaborado en teatro, en cine, en mis canciones. Qué maravilla poder crear algo con su familia.

    Cuando tenía una duda siempre estuviste presente. Tan presente que hoy en día si ya no estuvieses a mi lado, escucharía tu voz en mi mente aconsejándome. Te tengo marcado en mi como un tatuaje para siempre.

    Me salvaste Alejandro, en este mundo tan cruel, en este caos que es la vida, en esta locura donde vivimos, me mostraste lo más bello. Me alejaste de todo pensamiento burgués, de toda ilusión, de todo pensamiento religioso, de toda moral, me ensañaste a no tener límites. Me enseñaste que soy un ser libre. Libre de la locura humana, libre de guerras, de miedos, me enseñaste que la realidad donde vivimos no es la única realidad, me enseñaste que mi territorio no es una casa, un país o un mundo, sino el universo entero, el infinito. 

    ¿Por qué me hacías pintar en las paredes de mi cuarto? Me lo he preguntado mucho. ¿Por qué dejarme esa libertad de hacer lo que quería en mi habitación? Entendí que me enseñabas a crear, a liberar mi mente, vivir sin ataduras, sin paredes. Esas paredes eran ilusorias, invisibles y pintándolas podía pasar a través de ellas.

    Me ensañaste a hablar, ni poco ni demasiado. Me enseñaste a respetar el campo energético de los otros. Me enseñaste a contar con las cartas del tarot. Y me mostraste que los símbolos son arte. Me enseñaste que la vida es mágica y que el milagro está por todos lados. Me enseñaste que dios es una energía que nos acompaña, y no un ser severo inventado por escritores.

    Me abriste una cuenta en una librería y gracias a ti descubrí la poesía.

    ¡La poesía! Me acuerdo que nos sentábamos todos en la mesa del comedor, y cada uno de nosotros leía su poema. 

    Nunca tuviste amigos inútiles, la única gente que entró en tu casa fue la que querías ayudar o personas con talento. Poetas, filósofos, cantantes, doctores, zapateros, santos, todo tipo de gente pero con alma y contenido. Nunca perdiste tu tiempo en conversaciones vacías.

    Nunca te he visto borracho ni drogado.

    Solo te vi desarrollar tu mente y tu talento de forma positiva con finalidad de cambiar el mundo y aportarle algo.

    Te sentiste durante años un escritor fracasado, y mira lo que lograste. A los sesenta años te liberaste de ese sentimiento y publicaste más de treinta libros, hoy tienes ochenta y cinco años y eres un escritor completamente realizado. Todo eso por creer en ti. Qué ejemplo. ¡Cuanta gente no cree en lo que es, buscando una salida, buscando felicidad sin ver que todo el contenido está vibrando en ellos desde siempre! 

    Me hablaste de la vejez como algo bello y gracias a ti disfruto cada año que cumplo sin temerle a la muerte. Gracias a ti veo que todo es posible en esta vida, en cualquier momento.

    Veo el amor que tienes en tus ojos, veo el amor en ti cuando me miras, me amaste y diste tanto que te amo sin limites. Tu creaste ese ser que te está escribiendo. Tu creaste mi amor hacia ti. Aplicaste perfectamente esa frase que escribiste y resultó ser verdadera:

    Lo que das te lo das, lo que no das te lo quitas.

    Gracias por haberme regalado esta vida.

    Tu hijo Adan que te ama.

    Fuente: Adanowsky en Facebook

  • Pudo hacerlo…

    EL NIÑO QUE PUDO HACERLO…

    Dos niños llevaban toda la mañana patinando sobre un lago helado cuando, de pronto, el hielo se rompió y uno de ellos cayó al agua. La corriente interna lo desplazó unos metros por debajo de la parte helada, por lo que para salvarlo la única opción que había era romper la capa que lo cubría.

    Su amigo comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero al ver que nadie acudía buscó rápidamente una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas.

    Golpeó, golpeó y golpeó hasta que consiguió abrir una grieta por la que metió el brazo para agarrar a su compañero y salvarlo.

    A los pocos minutos, avisados por los vecinos que habían oído los gritos de socorro, llegaron los bomberos.

    Cuando les contaron lo ocurrido, no paraban de preguntarse cómo aquel niño tan pequeño había sido capaz de romper una capa de hielo tan gruesa.

    -Es imposible que con esas manos lo haya logrado, es imposible, no tiene la fuerza suficiente ¿cómo ha podido conseguirlo? -comentaban entre ellos.

    Un anciano que estaba por los alrededores, al escuchar la conversación, se acercó a los bomberos.

    -Yo sí sé cómo lo hizo -dijo.

    -¿Cómo? -respondieron sorprendidos.

    -No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

    Tomado de la Red.

  • Le pregunté …

    Le he preguntado al viento que hago con mi dolor

    Me dijo: Suéltalo, déjame esconderlo en las ramas de un álamo, déjame convertirlo en canción que brota del pecho de un ave

    Le he preguntado al río que hago con mi dolor 

    Me dijo: Regrésamelo, deja que se vuelva agua y viértelo en mi cause, para que me lo llevé de vuelta al mar y allá lo vayas a buscar cuando te haga falta

    Le he preguntado al sol que hago con mi dolor

    Me dijo: Quémalo, déjalo que arda, que destruya que consuma, que se haga cenizas y luego sóplale

    Le he preguntado a la tierra que hago con mi dolor 

    Me dijo: Siémbralo, deja que yo me encargue de convertirlo en algo bello, que le crezcan las raíces que te sostengan, y en las ramas de la herida se pose el colibrí que algún día te devolverá la sonrisa…

    Texto: @hijadelabordada

  • Sobre el tiempo

    Shakespeare dijo.

     El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que lamentan, muy corto para los que festejan, pero para los que aman, el tiempo es una eternidad. 

    Y es que el tiempo es tan perfecto que al último siempre nos termina dando la razón. 

    La razón a lo que en  esos momentos no lo entendemos o no  queremos entenderlo. 

    Y es que con el tiempo, nos damos cuenta de que con algunas personas se pierde el tiempo con otras se pierde la noción del tiempo y con otras recuperamos el tiempo perdido. 

    Y de eso se trata la vida del tiempo. 

    Y qué ironía que como humanos muchas veces queremos que el tiempo pase rápido y cure las heridas otras veces queremos que no pase, que pase lento y disfrutarlo al máximo. 

    Solo aprovéchalo de la mejor manera. 

    Porque el tiempo es como un río, y no  puedes  tocar la misma agua dos veces porque no volverá a pasar. 

    Así que disfruta cada momento de tu vida porque cada momento vivido no se volverá a repetir. 

    Y ten siempre presente que…

     Nunca podemos cambiar el pasado, pero sí tenemos la opción de aprender de él ⏳️✍️

    Crédito al autor

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  • la verdad desnuda

    LA LEYENDA DE LA VERDAD Y LA MENTIRA

    Cuenta la leyenda, que un día la Verdad y la Mentira se cruzaron, entonces se dijeron estas palabras.

    —Buen día, —dijo la Mentira.

    —Buenos días, —contestó la Verdad.

    —Hermoso día, —dijo la Mentira. Entonces la verdad se asomó para ver si era cierto. Lo era.

    —Hermoso día, —dijo entonces la Verdad.

    —Aún más hermoso está el lago, —dijo la Mentira.

    Entonces la Verdad miró hacia el lago y vio que la Mentira decía la verdad y asintió. Corrió la mentira hacia el agua y dijo: El agua está aún más hermosa. Nademos. La Verdad tocó el agua con sus dedos y realmente estaba hermosa y confió en la Mentira.

    Vamos a darnos un baño juntos, el agua del pozo es muy agradable. La Verdad, todavía sospechosa, probó el agua y descubrió que era realmente agradable. Así que se desnudaron y se bañaron. Pero de repente, la Mentira  saltó del agua y huyó, vistiendo las ropas de la Verdad.

    La Verdad, furiosa, salió del pozo para recuperar su ropa.  Pero el Mundo, al ver la Verdad desnuda, miró hacia otro lado, con ira y desprecio.  La pobre Verdad regresó al pozo y desapareció para siempre, ocultando su vergüenza.  Desde entonces, la Mentira corre por el mundo, vestida como la Verdad, y la sociedad está muy feliz . Porque el mundo no desea conocer la Verdad desnuda.

    Pintura: La verdad que sale del pozo, Jean-Léon Gérome, 1896.

  • Paz Perfecta..

    Paz Perfecta… 🙌🏻🙏🏻💖

    Había una vez un Rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta.

    Muchos artistas lo intentaron. El Rey admiró y observó todas las pinturas, pero solo hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

    La primera era un lago muy tranquilo, era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban.

    Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.

    La segunda pintura, también tenía montañas, pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero con rayos truenos. Montaña abajo parecía el retumbar un espumoso torrente de agua.

    Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

    Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido.

    Allí en el rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido…

    Paz perfecta.

    El Rey escogió la segunda.

    Y explicó a sus súbditos el porqué: Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni dolor.

    Paz significa que a pesar de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón .

    Creo que este es el verdadero significado de la paz.

    Cuando encontremos la paz en nuestro interior, tendremos equilibrio en la vida.

    Disfruta.

    Tomado de la red.

  • EL HUEVO

    «EL HUEVO», 

    por Andy Weir (famoso escritor de ciencia ficción, famoso entre otras novelas, por este relato)

    Ibas camino a tu casa cuando falleciste.

    Fue un accidente de tránsito. Nada extraordinario, pero sin embargo fatal. Dejaste atrás una esposa y dos hijos. Fue una muerte indolora. Los paramédicos dieron todo de si para salvarte, pero no hubo caso. Tu cuerpo estaba tan destrozado, que hasta fue mejor así, créeme.

    Y fue entonces que nos encontramos.

    “¿Qué… Qué pasó?” Preguntaste. “¿Dónde estoy?”

    “Moriste”, respondí con naturalidad. No tenía sentido medir mis palabras.

    “Había… un camión y estaba derrapando…”

    “Si”, dije.

    “Yo… ¿Morí?”.

    “Si. Pero no te sientas mal al respecto. Todos mueren”.

    Miraste alrededor. No había nada. Solo tu y yo. “¿Qué es este lugar?” Preguntaste. ¿Es el más allá?

    “Más o menos”.

    “¿Usted es Dios?”

    “Si, soy Dios”.

    “Mis hijos… mi esposa”. Preguntaste.

    “¿Qué hay con ellos?”

    “¿Estarán bien?”

    “Eso me gusta. Acabas de morir y tu principal preocupación es tu familia. Eso es muy bueno”.

    Me miraste con fascinación. Para ti, no me veía como Dios. Sólo me veía como un tipo común. O posiblemente una mujer. Una vaga figura de autoridad, quizás. Más como una maestra de gramática, que como el Todopoderoso.

    “No te preocupes. Ellos estarán bien. Tus hijos te recordarán como alguien perfecto en todo aspecto. No tuvieron tiempo para llegar a despreciarte por algo en particular. Tu esposa llorará por fuera, pero sentirá alivio por dentro. A decir verdad, tu matrimonio se estaba cayendo en pedazos. Si te sirve de consuelo, se sentirá culpable al sentir alivio”.

    “Oh”, dijiste. “Entonces, ¿Qué pasa ahora? ¿Me voy al Cielo, o al Infierno, o algo así?

    “Ninguno. Serás reencarnado”.

    “Ah, entonces los hindúes tenían razón”.

    “Todas las religiones están en lo cierto, a su manera”, contesté. “Camina conmigo”.

    Me seguiste mientras cruzábamos el vacío. “¿Adonde vamos?”

    “A ningún lugar en particular. Se siente bien caminar mientras hablamos”.

    “¿Y cuál es el punto entonces? Preguntaste. “Cuando renazca, seré solamente una pizarra en blanco, ¿Verdad? Un bebé. Todas mis experiencias y todo lo que hecho en esta vida no importará”.

    “No exactamente. Llevas contigo todo el conocimiento y las experiencias de todas tus vidas pasadas. Sólo que no lo recuerdas ahora mismo”.

    Paré de caminar y te tomé por los hombros. “Tu alma es mucho más magnífica, bella, y gigantesca de lo que puedas imaginar. Una mente humana solo puede contener una pequeña fracción de lo que eres. Es como apoyar tu dedo en un vaso con agua para sentir su temperatura. Pones una pequeña parte de ti contra el recipiente, y para cuando la quitas, habrás obtenido el conocimiento que poseía”.

    “Has estado dentro de un humano por los últimos 48 años, por lo que aún no te has extendido, para sentir tu inmensa consciencia. Si pasáramos el suficiente tiempo aquí, comenzarías a recordarlo todo. Pero no tiene sentido hacer eso entre cada vida”.

    “¿Cuántas veces he reencarnado?”

    “Oh, muchas. Muchísimas. Y en muchísimas vidas diferentes”. Dije. “Esta vez serás una campesina china, en el año 540 AC”.

    “Espera, ¿Qué?”. Tartamudeaste. “¿Me enviarás de vuelta en el tiempo?”

    “Bueno, técnicamente, sí. El tiempo como lo conoces, solo existe en tu universo. Las cosas son algo distintas de donde yo vengo”.

    “¿De dónde vienes?”

    “Mmm… Yo vengo de un lugar. Un lugar distinto. Y allí hay otros como yo. Se que querrías saber como es este lugar, pero honestamente, no entenderías”.

    “Oh,” Dijiste algo desilusionado. “Un momento… Si soy reencarnado en distintos lugares en el tiempo, en algún punto podría haber interactuado conmigo mismo”.

    “Seguro. Pasa todo el tiempo. Y con ambas vidas conscientes únicamente de sí mismas, tu nunca sabes que este encuentro está sucediendo”.

    “¿Cuál es el punto de todo esto, entonces?”

    “¿Enserio?” Pregunté. ¿Me estás preguntando cuál es el sentido de la vida? ¿No está un poco estereotipado?”

    “Bueno, es una pregunta razonable”. Persististe.

    Te miré a los ojos. “El significado de la vida, la razón por la que creé este universo, es para que madures”.

    “¿Querrás decir la humanidad? ¿Quieres que maduremos?”

    “No, solo tú. Creé este universo para ti. Con cada vida creces, maduras, y te vuelves un intelecto mayor”.

    “¿Solo yo? ¿Qué hay de los demás?”

    “No hay nadie más”. Dije. “En este universo solo estamos tú y yo”.

    Me miraste fija, e inexpresivamente. “Pero toda la gente en la Tierra…”

    “Todos son tú. Diferentes encarnaciones de ti mismo”.

    “O sea que, ¿Yo soy todos?”

    “Ahora lo estás entendiendo”, te dije palmeándote la espalda a manera de congratulación.

    “¿Yo soy cada humano que ha vivido?”

    “Y cada humano que vivirá. Exactamente”.

    “¿Soy Abraham Lincoln?”

    “Y eres John Wilkes Booth, también”. Agregué.

    “¿Soy Hitler?”. Preguntaste apaleado.

    “Y los millones que asesinó”.

    “¿Soy Jesús?”

    “Y todos sus seguidores”.

    Te quedaste en silencio.

    “Cada vez que trataste injustamente a alguien”, dije “te lo estabas haciendo a ti mismo. Cada acto de amabilidad que has hecho, te lo has hecho a ti mismo. Cada momento feliz y cada momento triste experimentado por un ser humano fue, o será, experimentado por ti”.

    Lo pensaste por un largo tiempo.

    Luego me preguntaste, “¿Por qué? ¿Por qué hacer todo esto?”

    “Porque algún día, te volverás como yo. Porque eso es lo que eres. Eres uno de los míos. Eres mi hijo”.

    “Whoa,” exclamaste incrédulo. “¿Dices que soy un dios?”.

    “No. No todavía. Eres un feto. Aún estás creciendo. Una vez que hayas vivido cada vida humana a través de los tiempos, habrás crecido lo suficiente como para nacer”.

    “Entonces, el universo entero es solo…”

    “Un huevo”. Respondí. “Ahora es momento de que continúes hacía tu próxima vida”.

    Y te envié hacía ella.

     A.V.💙

    D.W.

    Tomando de la Red.

  • Eco en las Sombras

    El Eco de las Sombras

    En lo más recóndito de un barrio olvidado por el tiempo, donde las calles parecían perderse en el silencio, había una casucha que todos evitaban, no por miedo, sino por indiferencia. En su interior vivía Micaela, una niña de mirada inmensa y sonrisa frágil, como si cada esperanza que albergaba en su corazón luchara contra las sombras que la rodeaban. Su madre, Eulalia, una mujer que alguna vez fue fuerte y vital, yacía inmóvil en una cama vieja, atrapada en una enfermedad que nadie entendía, un mal que la había sumido en una especie de sueño interminable.

    La pequeña Micaela, a pesar de su corta edad, había asumido el rol de cuidadora, convencida de que algún día su madre abriría los ojos y todo volvería a ser como antes. El problema es que ese día nunca llegaba. Micaela pasaba las horas acariciando las manos frías de Eulalia, susurrándole palabras dulces, rogando por un despertar que se hacía esperar más de lo que su débil cuerpo podía soportar. Cada día, preparaba un caldo aguado con lo poco que encontraba tirado por las calles y, aunque su estómago rugía de hambre, siempre ofrecía primero el líquido a los labios cerrados de su madre, esperando en vano que ella lo bebiera.

    El invierno llegó con la furia que solo conocen aquellos que viven en la pobreza. El viento se filtraba por las paredes quebradas de la casucha, y Micaela se envolvía en trapos desgastados mientras seguía su ritual diario de cuidar a su madre, aunque ya apenas tenía fuerzas para mantenerse de pie. Los vecinos, ignorantes de su situación, no la veían más que como una sombra, un espectro que se deslizaba por las calles en busca de sobras. La ciudad había olvidado a esa niña y su madre, como si nunca hubieran existido.

    Pero había algo extraño en la casa. Cada noche, cuando la oscuridad lo cubría todo, Micaela empezaba a escuchar susurros. Eran suaves, apenas perceptibles al principio, como un viento lejano. Pero con cada día que pasaba, esos susurros se hacían más claros. “No estás sola, Micaela… no te abandones.” La niña al principio los ignoró, atribuyéndolos a su cansancio y al hambre que hacía eco en su estómago. Pero los susurros no se detuvieron. Venían de las paredes, del suelo, del techo, como si la casa misma le hablara.

    Una noche, el frío se volvió tan intenso que Micaela sintió como si todo su ser se congelara. Se acurrucó junto a su madre, tiritando, cuando de repente los susurros se transformaron en una voz clara y conocida.

    —Micaela… hija —dijo su madre con una suavidad que no escuchaba desde hacía años.

    La niña abrió los ojos de golpe y, para su asombro, vio a su madre de pie, junto a la cama. La luz tenue de la luna la iluminaba, y aunque su piel seguía pálida, había un brillo en sus ojos que llenó a Micaela de esperanza. Eulalia extendió la mano y acarició la mejilla de su hija con una ternura infinita.

    —Despierta, Micaela. Ven conmigo. Te he estado esperando.

    Micaela sintió una calidez recorrer su cuerpo, algo que no había sentido en meses. Se levantó tambaleante y tomó la mano de su madre. El contacto era real, firme, cálido. Sintió un consuelo tan profundo que las lágrimas brotaron de sus ojos sin control.

    —Mamá, te extrañé tanto… Pensé que nunca despertarías.

    —Nunca me fui, mi niña —respondió Eulalia, sonriendo—. Solo estaba esperando el momento adecuado.

    Juntas caminaron hacia la puerta de la casa. Afuera, el aire frío parecía no afectarlas. El barrio, que antes era oscuro y sombrío, se veía ahora bañado por una luz suave, como la de un amanecer eterno. Micaela sintió que sus fuerzas volvían, como si cada paso que daba la revitalizara.

    Pero algo no estaba bien. Cuando miró hacia atrás, vio la casucha aún allí, gris y destartalada. Y en el interior, pudo ver sus propios cuerpos: el de su madre, quieto como siempre, y el suyo, abrazado a ella, ambos inmóviles.

    —¿Mamá…? —preguntó con un hilo de voz.

    Eulalia la miró con tristeza y orgullo al mismo tiempo.

    —Ya no sufrimos más, Micaela. Ya no.

    La niña entendió, finalmente, que aquel despertar que tanto había esperado no era el que imaginaba. La enfermedad había vencido a su cuerpo, pero no a su espíritu. Micaela se dio cuenta de que ahora, ambas habían trascendido más allá del dolor y la miseria de este mundo. Su madre nunca había dejado de estar a su lado, incluso en la muerte.

    Se tomaron de las manos con más fuerza y caminaron hacia la luz, dejando atrás el frío, el hambre y el sufrimiento, para reunirse en un lugar donde el amor entre madre e hija no conocería más sombras ni tristeza.

    Esa vieja casa, dicen los pocos que aún la recuerdan, quedó sellada para siempre, habitada solo por el eco del amor que fue tan fuerte, que trascendió la vida misma.

    —Escrito por Cuauhtémoc De Jesús Domínguez Soto

    ¿Alguna vez has sentido que algo o alguien sigue contigo, incluso cuando ya no está físicamente presente?

    #RelatosDeTerror #AmorEterno #RealismoMágico #historiassobrenaturales

  • Preconcepciones

    Hace unos días se nos cruzó en el camino una mujer con ganas, deseo y talento de hacer un viraje vital hacia un camino más poético. Sin embargo su cabeza estaba repleta de preconcepciones sobre lo posible y lo imposible. Había asumido sus propios límites –que son también los límites socioculturales– y no era capaz de ver más allá. Todo su discurso estaba marcado por una razón crítica autocomplaciente. No era capaz de ver más allá del paisaje de realidad superficial en la que aceptamos cada día vivir-morir. Salir de ahí lo veía ajeno a las posibilidades del común de los mortales y de las suyas propias. A cada tanto, a pesar de las ganas, el talento y el deseo decía: es difícil, es difícil. Nada más lejos de nuestra forma de pensar. Nosotras decimos: es fácil, sencillo, está al alcance de la mano y a pie de calle. –¿Cómo vivir de ello?– se preguntaba. Pero ya en la pregunta asomaba el derrape: no se trata de vivir DE ello sino de vivir EN ello.

    Hagamos lo que hagamos, hagámoslo dentro de un vivir-pensar poético. ¿Cómo compartir –nos preguntábamos en silencio mientras escuchábamos con atención– un modo de hacer camino tan ligero como grave? ¿Cómo violentar sin violencia una concepción de realidad que esquiva lo real? ¿Cómo compartir que la llave que abre todas las puertas es decir un sí a lo desconocido? ¿Cómo compartir que el miedo, ese que se manifiesta con razonamientos elaborados, personajes trillados y sensación de salvaguarda, se esfuma cuando lo miras de frente? ¿Cómo compartir que hay que hurgar donde duele con sonrisa y gratitud para dejar de adolecer? ¿Cómo compartir que la vida está siendo y no entiende de demoras, ni aplazamientos, ni medias tintas?

    Nos quedamos con ganas de añadir que preferimos guiarnos por las leyes del universo (poético) que por aquellas de los hombres para no descubrir en el momento de morir –¡en todo momento!– no haber vivido.

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