• Preconcepciones

    Hace unos días se nos cruzó en el camino una mujer con ganas, deseo y talento de hacer un viraje vital hacia un camino más poético. Sin embargo su cabeza estaba repleta de preconcepciones sobre lo posible y lo imposible. Había asumido sus propios límites –que son también los límites socioculturales– y no era capaz de ver más allá. Todo su discurso estaba marcado por una razón crítica autocomplaciente. No era capaz de ver más allá del paisaje de realidad superficial en la que aceptamos cada día vivir-morir. Salir de ahí lo veía ajeno a las posibilidades del común de los mortales y de las suyas propias. A cada tanto, a pesar de las ganas, el talento y el deseo decía: es difícil, es difícil. Nada más lejos de nuestra forma de pensar. Nosotras decimos: es fácil, sencillo, está al alcance de la mano y a pie de calle. –¿Cómo vivir de ello?– se preguntaba. Pero ya en la pregunta asomaba el derrape: no se trata de vivir DE ello sino de vivir EN ello.

    Hagamos lo que hagamos, hagámoslo dentro de un vivir-pensar poético. ¿Cómo compartir –nos preguntábamos en silencio mientras escuchábamos con atención– un modo de hacer camino tan ligero como grave? ¿Cómo violentar sin violencia una concepción de realidad que esquiva lo real? ¿Cómo compartir que la llave que abre todas las puertas es decir un sí a lo desconocido? ¿Cómo compartir que el miedo, ese que se manifiesta con razonamientos elaborados, personajes trillados y sensación de salvaguarda, se esfuma cuando lo miras de frente? ¿Cómo compartir que hay que hurgar donde duele con sonrisa y gratitud para dejar de adolecer? ¿Cómo compartir que la vida está siendo y no entiende de demoras, ni aplazamientos, ni medias tintas?

    Nos quedamos con ganas de añadir que preferimos guiarnos por las leyes del universo (poético) que por aquellas de los hombres para no descubrir en el momento de morir –¡en todo momento!– no haber vivido.

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  • Escucha al viento

    EL VIEJO ERNESTO

    Ernesto había vivido toda su vida en aquel rincón olvidado de la costa cubana, donde las palmas se mecían suavemente bajo el sol y el mar susurraba secretos antiguos. Era un hombre curtido por los años, con manos fuertes y rostro arrugado como la corteza de un árbol. La gente del pueblo lo llamaba “El viejo Ernesto” y acudían a él cuando necesitaban consejo sobre el mar o el clima, pues decían que Ernesto entendía los caprichos de la naturaleza mejor que nadie.

    Aquel día, el horizonte se había enrarecido. El aire se sentía denso, pesado, y una inquietud rondaba en el ambiente como un presagio que nadie podía ignorar. Ernesto se quedó mirando fijo hacia aquel cúmulo de nubes grises que se amotinaban en la distancia

    “Viene uno fuerte”, murmuró para sí mismo, mientras soltaba una gran bocanada de humo proveniente de su habano.

    “¿Qué dice, viejo? ¿Cree que esta vez sea algo serio?” preguntó Manuel, el joven pescador, al tiempo que dejaba caer la reata de un bote en la orilla. El muchacho había oído muchas predicciones del viejo Ernesto, y sabía que rara vez se equivocaba.

    “Las nubes no mienten, muchacho. Será grande. Mejor ve a casa y ayuda a tu madre con las ventanas”, le respondió Ernesto, con una tranquilidad pasmosa a desentono con la urgencia en el aire.

    Manuel vaciló un momento. “¿Y usted? ¿No piensa refugiarse? El viento se va a llevar su cabaña, viejo.”

    Ernesto soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza. “Canijo, esta cabaña ha visto más huracanes que tus años. No te preocupes por mí. Anda, corre a tu casa.”

    Con un suspiro resignado, Manuel asintió y se marchó corriendo hacia el pueblo. Ernesto permaneció allí, quieto, observando las olas que empezaban a agitarse cada vez más.

    Cuando el huracán finalmente llegó, golpeando la costa con furia, Ernesto estaba en su pequeña cabaña de madera, como había hecho tantas veces antes. El viento rugía, sacudiendo las paredes, pero él ni se inmutaba. Se balanceaba en su sillón de cedro, escuchando los bramidos de las ráfagas como si fueran una conocida melodía familiar.

    Un golpe fuerte resonó en la puerta. Entre el estruendo de la tormenta, Ernesto apenas distinguió la voz de Manuel gritando desde afuera.

    “¡Ernesto! ¡Ernesto, déjenos entrar! ¡La casa de mima se inundó, y no tenemos a dónde ir!”

    El viejo se levantó lentamente y abrió la puerta. Manuel y su madre entraron empapados, temblando de frío y de miedo.

    “¿Qué te pasa, Ernesto? ¿Estás turulato? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?” preguntó la madre de Manuel, temblando mientras Ernesto cerraba la puerta tras ellos.

    Ernesto los miró con una calma chicha que parecía irrompible. “La naturaleza es fuerte, pero nosotros también lo somos. Hay que saber cuándo resistir y cuándo simplemente dejar que pase. Siéntense. Esta tormenta también pasará.”

    Manuel, todavía inquieto, miró alrededor de la pequeña cabaña que, sorprendentemente, seguía en pie a pesar de los embates del viento que la tambaleaban. “¿Viejo, y si no pasa? ¿Y si esta vez no hacemos el cuento?”

    El viejo le lanzó una mirada sabia. “Manuel, el mar siempre regresa a su calma, igual que la vida. A veces solo hay que aguantar el golpe y confiar en que el sol volverá a salir.”

    Y así, mientras afuera el huracán azotaba con toda su furia, en la cabaña el viejo Ernesto, Manuel y su madre permanecieron en silencio, escuchando el rugido del viento. 

    Al día siguiente, cuando la tormenta finalmente terminó, el sol despuntó sobre el cielo. Manuel abrió la puerta y observó los restos del huracán. Árboles caídos, techos destrozados y el pueblo en ruinas. 

    Ernesto se levantó de su sillón con la misma calma de siempre, se acercó a Manuel y le dio una palmadita en la espalda.

    “¿Ya ves, canijo? Aquí estamos, como siempre.”

    Manuel lo miró, asombrado. “¿Cómo lo hace, Ernesto? ¡Siempre sale ileso!”

    Ernesto le regaló una sonrisa que era mitad enigmática, mitad sabia. “Escucha al viento, canijo, y aprenderás a moverte con él.”

    Literatura 451

  • Un gato «DURO»

    Buenas noches lectores. Hoy un poema capaz de partir nuestra sensibilidad en pedacitos. Brutal y enternecedor al mismo tiempo. Habla sobre la resistencia y las ganas de superar los obstáculos con que la vida nos arponea. Grande Bukowski. Saludos y gracias por seguir este espacio.

    Vino a la puerta una noche mojado flaco golpeado y aterrado un gato blanco bizco sin cola lo entré y alimenté y se quedó empezó a confiar en mí hasta que un amigo subió por mi calle y lo atropelló. Llevé lo que quedó a un veterinario que dijo, “no mucho por hacer… dele estas píldoras… su columna está destrozada, pero estuvo destrozado antes y de algún modo se arregló, si vive nunca caminará, mire estos rayos X, ha sido disparado, mire aquí, los perdigones están aún ahí… también, una vez tuvo cola, alguien se la cortó…”.

    Me llevé al gato, era un verano caliente, uno de los más calientes en décadas, lo puse en el suelo del baño, le di agua y píldoras, no comió, no tocó el agua, yo sumergía mi dedo y mojaba su boca y le hablaba, no me movía de casa, pasé un montón de tiempo en el baño y hablé con él y lo acaricié suavemente y el me devolvía la mirada con esos ojos bizcos azul pálido y cuando los días pasaron hizo su primer movimiento arrastrándose con sus patas delanteras (las de atrás no funcionarían). Lo hizo hasta su cama, trepó y se dejó caer, fue como el canto de una posible victoria celebrando en ese baño y en la ciudad, yo le conté a ese gato –yo lo había pasado mal, no así de mal pero bastante mal…

    Una mañana se levantó, se paró, se cayó y sólo me miró. “Tú puedes,” le dije. Siguió intentando, levantándose y cayendo, finalmente caminó algunos pasos, estaba como un borracho, las patas traseras no querían hacerlo y volvió a caer, descansó, luego se levantó. Ya sabéis el resto: ahora está mejor que nunca, bizco, casi sin dientes, pero la elegancia regresó, y esa mirada en sus ojos nunca se fue…

    Y ahora, a veces soy entrevistado, quieren escuchar acerca de la vida y de literatura y yo me emborracho y sostengo a mi bizco, disparado, atropellado y desrabado gato y digo, “¡miren, miren esto!”. Pero ellos no entienden, ellos dicen algo como, “¿usted dice que ha sido influenciado por Céline?”.

    No,” yo sostengo al gato “¡por lo que pasa, por cosas como esto, por esto, por esto!» sacudo al gato, lo sostengo en la luz con humo y alcoholizada, está relajado, él sabe…

    Es entonces cuando las entrevistas terminan aunque estoy orgulloso a veces cuando veo las imágenes más tarde y ahí estoy yo y ahí está el gato y somos fotografiados juntos. Él también sabe que todo son estupideces pero que de algún modo todo ayuda.

    Charles Bukowski

    La historia de un duro hijo de puta

    Tomado de la red

  • Los errores

    Si la leche sale mal, se convierte en yogur. El yogur es más valioso que la leche.

    Si el yogur empeora, se convierte en queso. El queso es más precioso que el yogur.

    ¿Qué pasa si el jugo de uva se vuelve ácido?. Se convierte en vino, que es aún más caro que el zumo de uva.

    No eres malo porque cometiste errores.

    Los errores son experiencias que te hacen más valioso como persona.

    Cristóbal Colón cometió un error de navegación que lo llevó a descubrir América.

    El error de Alexander Fleming le hizo descubrir la penicilina.

    No dejes que los errores te depriman. La práctica misma no hace la perfección pero puede alcanzarla.

    No tengas miedo de los errores ¡Es lo que aprendemos de ellos lo que nos acerca a la perfección! y nos ayudan a dar grandes pasos adelante.

    Sigue caminando...

  • Día de Navidad

    Un caballero inglés anciano y rico dice:

     “Había perdido a mis padres cuando era niño y a la edad de nueve años me habían enviado a un orfanato cerca de Londres.

     Se sentía como una prisión.  Tuvimos que trabajar 14 horas por día, en el jardín, en la cocina, en los establos, en  los campos.

     Así todos los días.  Solo hubo un día de celebración:

     Día de Navidad.  El único día que todos los niños recibieron un regalo: una naranja.  sin dulces, sin juguetes. 

    Además, se regaló la naranja sólo a aquellos que no habían hecho nada malo durante un año y siempre habían sido obedientes.  Esto,  naranja en Navidad, representó el deseo de todo el año.

     Recuerdo mi primera Navidad en el orfanato.  Estaba muy triste.  Mientras los otros chicos pasaban al lado del director del orfanato y todos recibieron su naranja, tuve que pararme en una esquina del dormitorio. Este fue mi castigo por haberme querido escapar del orfanato un día en el verano.

     Después de la distribución de regalos, los otros chicos fueron a jugar al patio.

     Tuve que quedarme en el dormitorio todo el día.  Lloré y me avergoncé.  me había puesto una manta en mi cabeza y yo estaba acurrucado debajo de allí.

     Después de un rato escuché pasos en la habitación. Una mano apartó la manta.  Miré.  un niño pequeño de nombre William se paró frente a mi cama, tenía una naranja en la mano derecha y me la tendía sonriente. 

    No entendí. Se contaron las naranjas,

     ¿De dónde podría haber venido una naranja extra?

     Miré a William y la fruta, de repente

     Me di cuenta de que la naranja ya había sido pelada y mirando más de cerca, todo se volvió claro para mí.

     Sabía que tenía que sostener esa naranja fuerte por que no se abrió.  ¿Qué sucedió?

     Diez muchachos se habían reunido en el patio y habían decidido que yo también tenía que tener mi naranja para Navidad.  Cada uno de ellos había quitado un gajo de su naranja y las diez cuñas se habían ensamblado minuciosamente para crear una nueva naranja redonda y delicada.

     Esa naranja fue el mejor regalo de Navidad de mi vida.

     Me enseñó cuánto puede ser reconfortante la verdadera amistad».

    De la RED

  • Distraídos

    Somos hijos de un mundo distraído

    Que olvidó como hacer reír a los niños

    Y en lugar de un cuento de hadas regalamos un iPhone. 

    En lugar de colores, les compramos una tablet.

    Somos hijos de un mundo distraído

    Que olvidó como jugar con la bola

    Hacer correr una cometa a la orilla del mar

    Y correr descalzo por los prados.

    Somos hijos de iPhone, smartphone, tablets.

    Queremos saber quién está al otro lado del mundo.

    Sin ver quien está a nuestro lado.

    Somos hijos de un mundo distraído

    Hecho de tecnología  y buenos días olvidados

    De un café publicado en las redes sociales

    Y un café ya frío para beber.

    Somos hijos de un mundo distraído…que olvidó cómo hacer sonreír a un niño.

    Tomado de la red

  • Sócrates

    ¿Cómo y por qué mataron a Sócrates?

    Sócrates, el mejor filósofo de todos los tiempos, fue en realidad el hombre más odiado de Atenas. 

    Fue acusado de crueldad y corrupción de los jóvenes. 

    La corte popular lo condenó a muerte y Sócrates, una de las mentes más brillantes de la historia, murió bebiendo un dobladillo.

    Pero…  ¿por qué tanto ruido?

    Aparentemente Sócrates no estaba haciendo nada peligroso: 

    Hizo preguntas, habló con cualquiera, con nobles, con ciudadanos comunes, con jóvenes.

     Pero sus preguntas, en su franqueza, en su simplicidad demolieron las certezas de sus interlocutores, obligándolos a consolarse con el vacío de sus propias certezas, con la incoherencia de su razonamiento. 

    Les enseño a dudar.

    Sócrates era un personaje demasiado incómodo por las dudas que inculcó.

    Tuvo la audacia de exponer a políticos corruptos y falsos maestros que, creyendo que saben, presumen falsas verdades y falsos conocimientos. 

    Por eso fue condenado a muerte. Era una amenaza para el sistema, un peligro que debe ser eliminado.

    Durante el proceso, Sócrates no quiso arrepentirse ni rogar por clemencia. 

    Se negó incluso a pedir la ayuda de un orador. Porque según Sócrates:

     «No puedes usar tu arte retórico jugando con palabras, encantando a la multitud, tal vez mintiendo, incluso si mi vida está en juego. 

    «La inteligencia es incómoda, esto nos enseña el proceso contra Sócrates. 

    Las masas quieren ilusiones y no verdad, quieren ser halagados en pocas palabras. 

    Como suele suceder…Los hombres inteligentes son avergonzados. Están prohibidos, despreciados, porque turban el sueño de las masas, cuestionan la autoridad, revelan los engaños de las instituciones.

    De la historia

  • VIDA DESPÚES DE…

    VIDA DESPÚES DE LA MUERTE 💞🙏

    La connotada Doctora Científica Elizabeth Kubler-Ross confirmó que si existe el más allá.

    Esta médico y psiquiatra suiza recabó centenares de testimonios de experiencias extracorporales, lo que la llevó a concluir que “la muerte no era un fin, sino un radiante comienzo”.

    La doctora suiza Elizabeth Kübler-Ross se convirtió en el siglo XX en una de las mayores expertas mundiales en el tétrico campo de la muerte, al implementar modernos cuidados paliativos con personas moribundas para que éstas afrontaran el fin de su vida con serenidad y hasta con alegría (en su libro “La Muerte, un Amanecer”, de 1969, que versa sobre la muerte y el acto de morir, describe las diferentes fases del enfermo según se aproxima su muerte, esto es, la negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Sin embargo, esta médico, psiquiatra y escritora nacida en Zurich en 1926 también se transformó en una pionera en el campo de la investigación de las experiencias cercanas a la muerte, lo que le permitió concluir algo que espantó a muchos de sus colegas: sí existe vida después de la muerte.

    La férrea formación científica de esta doctora, que se graduó en psiquiatría en Estados Unidos, recibiendo posteriormente 23 doctorados honoríficos, se pondría a prueba luego de que a lo largo de su prolongada práctica profesional los enfermos moribundos a los que trataba le relataran una serie de increíbles experiencias paranormales, lo que la motivó a indagar si existía el Más Allá o la vida después de la muerte. Así, se dedicó a estudiar miles de casos, a través del mundo entero, de personas de distinta edad (la más joven tenía dos años, y la mayor, 97 años), raza y religión, que habían sido declaradas clínicamente muertas y que fueron llamadas de nuevo a la vida.

    Elizabeth-Kubler-Ross-1“El primer caso que me asombró fue el de una paciente de apellido Schwartz, que estuvo clínicamente muerta mientras se encontraba internada en un hospital. Ella se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y pronto flotó a una cierta distancia por encima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada. Nos contó cómo vio llegar al equipo de reanimación y nos explicó con detalle quién llegó primero y quién último. No sólo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa puesto que se encontraba bien, pero pronto comprendió que los demás no la oían. La señora Schwartz decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia. 

    Fue declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la reanimación, y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y medio más. Su relato no fue el único. Mucha gente abandona su cuerpo en el transcurso de una reanimación o una intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención”.

    La doctora Kübler-Ross añade que “otro caso bastante dramático fue el de un hombre que perdió a sus suegros, a su mujer y a sus ocho hijos, que murieron carbonizados luego que la furgoneta en la que viajaban chocara con un camión cargado con carburante. Cuando el hombre se enteró del accidente permaneció semanas en estado de shock, no se volvió a presentar al trabajo, no era capaz de hablar con nadie, intentó buscar refugio en el alcohol y las drogas, y terminó tirado en la cuneta, en el sentido literal de la palabra. Su último recuerdo que tenía de esa vida que llevó durante dos años fue que estaba acostado, borracho y drogado, sobre un camino bastante sucio que bordeaba un bosque. Sólo tenía un pensamiento: no vivir más y reunirse de nuevo con su familia.

     Entonces, cuando se encontraba tirado en ese camino, fue atropellado por un vehículo que no alcanzó a verlo. En ese preciso momento se encontró él mismo a algunos metros por encima del lugar del accidente, mirando su cuerpo gravemente herido que yacía en la carretera. Entonces apareció su familia ante él, radiante de luminosidad y de amor. Una feliz sonrisa sobre cada rostro. Se comunicaron con él sin hablar, sólo por transmisión del pensamiento, y le hicieron saber la alegría y la felicidad que el reencuentro les proporcionaba. El hombre no fue capaz de darnos a conocer el tiempo que duró esa comunicación, pero nos dijo que quedó tan violentamente turbado frente a la salud, la belleza, el resplandor que ofrecían sus seres queridos, lo mismo que la aceptación de su actual vida y su amor incondicional, que juró no tocarlos ni seguirlos, sino volver a su cuerpo terrestre para comunicar al mundo lo que acababa de vivir, y de ese modo reparar sus vanas tentativas de suicidio. Enseguida se volvió a encontrar en el lugar del accidente y observó a distancia cómo el chofer estiraba su cuerpo en el interior del vehículo. Llegó la ambulancia y vio cómo lo transportaban a la sala de urgencias de un hospital. Cuando despertó y se recuperó, se juró a sí mismo no morirse mientras no hubiese tenido ocasión de compartir la experiencia de una vida después de la muerte con la mayor cantidad de gente posible”.

    La doctora Kübler-Ross añadió “que investigamos casos de pacientes que estuvieron clínicamente muertos durante algunos minutos y pudieron explicarnos con precisión cómo los sacaron el cuerpo del coche accidentado con dos o tres sopletes. O de personas que incluso nos detallaron el número de la matricula del coche que los atropelló y continuó su ruta sin detenerse. Una de mis enfermas que sufría esclerosis y que sólo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo primero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡Yo podía bailar de nuevo!», o niñas que a consecuencia de una quimioterapia perdieron el pelo y me dijeron después de una experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis rizos». Parecían que se volvían perfectos. Muchos de mis escépticos colegas me decían: «Se trata sólo de una proyección del deseo o de una fantasía provocada por la falta de oxígeno.» Les respondí que algunos pacientes que sufrían de ceguera total nos contaron con detalle no sólo el aspecto de la habitación en la que se encontraban en aquel momento, sino que también fueron capaces de decirnos quién entró primero en la habitación para reanimarlos, además de describirnos con precisión el aspecto y la ropa de todos los que estaban presentes”.

    La muerte no existe

    La doctora Kübler-Ross aseguró que después de investigar estos casos concluyó que la muerte no existía en realidad, pues ésta sería no más que el abandono del cuerpo físico, de la misma manera que la mariposa deja su capullo de seda. ”Ninguno de mis enfermos que vivió una experiencia del umbral de la muerte tuvo a continuación miedo a morir. Ni uno sólo de ellos, ni siquiera los niños. Tuvimos el caso de una niña de doce años que también estuvo clínicamente muerta. Independientemente del esplendor magnífico y de la luminosidad extraordinaria que fueron sido descritos por la mayoría de los sobrevivientes, lo que este caso tiene de particular es que su hermano estaba a su lado y la había abrazado con amor y ternura. Después de haber contado todo esto a su padre, ella le dijo: «Lo único que no comprendo de todo esto es que en realidad yo no tengo un hermano.» Su padre se puso a llorar y le contó que, en efecto, ella había tenido un hermano del que nadie le había hablado hasta ahora, que había muerto tres meses antes de su nacimiento”.

    La doctora agregó que “en varios casos de colisiones frontales, donde algunos de los miembros de la familia morían en el acto y otros eran llevados a diferentes hospitales, me tocó ocuparme particularmente de los niños y sentarme a la cabecera de los que estaban en estado crítico. Yo sabía con certeza que estos moribundos no conocían ni cuántos ni quiénes de la familia ya habían muerto a consecuencia del accidente. En ese momento yo les preguntaba si estaban dispuestos y si eran capaces de compartir conmigo sus experiencias. Uno de esos niños moribundos me dijo una vez: «Todo va bien. Mi madre y Pedro me están esperando ya.» Yo ya sabía que su madre había muerto en el lugar del accidente, pero ignoraba que Pedro, su hermano, acababa de fallecer 10 minutos antes”.

    La luz al final del túnel

    Elizabeth-Kubler-Ross-2

    La doctora Kübler-Ross explicó que después que abandonar el cuerpo físico y de reencontrarse con aquellos seres queridos que partieron y que uno amó, se pasa por una fase de transición totalmente marcada por factores culturales terrestres, donde aparece un pasaje, un túnel, un pórtico o la travesía de un puente. Allí, una luz brilla al final. “Y esa luz era más blanca, de una claridad absoluta, a medida que los pacientes se aproximaban a ella. Y ellos se sentían llenos del amor más grande, indescriptible e incondicional que uno se pudiera imaginar. No hay palabras para describirlo. Cuando alguien tiene una experiencia del umbral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy brevemente. De cualquier manera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver. Frente a esta luz, ellos se daban cuenta por primera vez de lo que hubieran podido ser. Vivían la comprensión sin juicio, un amor incondicional, indescriptible. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, se daban cuenta de que toda vuestra vida aquí abajo no es más que una. Y allí se alcanzaba el conocimiento. Conocían exactamente cada pensamiento que tuvieron en cada momento de su vida, conocieron cada acto que hicieron y cada palabra que pronunciaron. En el momento en que contemplaron una vez más toda su vida, interpretaron todas las consecuencias que resultaron de cada uno de sus pensamientos, de sus palabras y de cada uno de sus actos. Muchos se dieron cuenta de que Dios era el amor incondicional. Después de esa «revisión» de sus vidas ya no lo culpaban a Él como responsable de sus destinos. Se dieron cuenta de que ellos mismos eran sus peores enemigos, y se reprocharon el haber dejado pasar tantas ocasiones para crecer. Sabían ahora que cuando su casa ardió, que cuando su hijo falleció, cuando su marido fue herido o cuando sufrieron un ataque de apoplejía, todos estos golpes de la suerte representaron posibilidades para enriquecerse, para crecer”.

    La especialista, en este punto, hizo una recomendación a todos aquellos que sufren el trance de tener cerca a algún ser querido a punto de morir. “Deben saber que si se acercan al lecho de su padre o madre moribundos, aunque estén ya en coma profundo, ellos oyen todo lo que les dicen, y en ningún caso es tarde para expresar «lo siento», «te amo» o alguna otra cosa que quieran decirles. Nunca es demasiado tarde para pronunciar estas palabras, aunque sea después de la muerte, ya que las personas fallecidas siguen oyendo. Incluso en ese mismo momento se pueden arreglar «asuntos pendientes», aunque éstos se remonten a diez o veinte años atrás. Se pueden liberar de su culpabilidad para poder volver a vivir ellos mismos”.

    La “conciencia cósmica “ de la doctora Kübler-Ross

    La doctora Elizabeth Kübler-Ross, intrigada por todos estos asombrosos relatos, decidió una vez comprobar por sí misma su veracidad. Y, luego de ser inducida a una muerte artificial en un laboratorio médico de Virginia, experimentó dos veces estar fuera de su cuerpo. “Cuando volví a la conciencia tenía la frase «Shanti Nilaya», que por cierto no sabía qué significaba, dándome vueltas en mi cabeza. La noche siguiente la pasé sola, en una pensión aislada en medio del bosque de Blue Ridge Mountains. Allí, luego de sufrir inexplicables dolores físicos, fue gratificada con una experiencia de renacimiento que no podría ser descrita con nuestro lenguaje. Al principio hubo una oscilación o pulsación muy rápida a nivel del vientre que se extendió por todo mi cuerpo. Esta vibración se extendió a todo lo que yo miraba: el techo, la pared, el suelo, los muebles, la cama, la ventana y hasta el cielo que veía a través de ella. Los árboles también fueron alcanzados por esta vibración y finalmente el planeta Tierra. Efectivamente, tenía la impresión de que la tierra entera vibraba en cada molécula. Después vi algo que se parecía al capullo de una flor de loto que se abría delante de mí para convertirse en una flor maravillosa y detrás apareció esa luz esplendorosa de la que hablaban siempre mis enfermos. Cuando me aproximé a la luz a través de la flor de loto abierta y vibrante, fui atraída por ella suavemente pero cada vez con más intensidad. Fui atraída por el amor inimaginable, incondicional, hasta fundirme completamente en él. En el instante en que me uní a esa fuente de luz cesaron todas las vibraciones. Me invadió una gran calma y caí en un sueño profundo parecido a un trance. Al despertarme caí en el éxtasis más extraordinario que un ser humano haya vivido sobre la tierra. Me encontraba en un estado de amor absoluto y admiraba todo lo que estaba a mi alrededor. Mientras bajaba por una colina estaba en comunión amorosa, con cada hoja, con cada nube, brizna de hierba y ser viviente. Sentía incluso las pulsaciones de cada piedrecilla del camino y pasaba «por encima» de ellas, en el propio sentido del término, interpelándolas con el pensamiento: «No puedo pisaros, no puedo haceros daño», y cuando llegué abajo de la colina me di cuenta de que ninguno de mis pasos había tocado el suelo y no dudé de la realidad de esta vivencia. Se trataba sencillamente de una percepción como resultado de la conciencia cósmica. Me fue permitido reconocer la vida en cada cosa de la naturaleza con este amor que ahora soy incapaz de formular. Me hicieron falta varios días para volver a encontrarme bien en mi existencia física, y dedicarme a las trivialidades de la vida cotidiana como fregar lavar la ropa o preparar la comida para mi familia. Posteriormente averigué que “Shanti Nilaya» significa el puerto de paz final que nos espera. Ese estar en casa al que volveremos un día después de atravesar nuestras angustias, dolores y sufrimientos, después de haber aprendido a desembarazarnos de todos los dolores y ser lo que el Creador ha querido que seamos: seres equilibrados que han comprendido que el amor verdadero no es posesivo”.

    La Dra. Elizabeth Kübler-Ross, luego que en 1995 sufriera una serie de apoplejías que paralizaron el lado derecho de su cara, falleció en Scottdale, Arizona, el 24 de agosto del 2004. Se enfrentó a su propia muerte con la valentía que había afrontado la de los demás, y con el coraje que aprendió de sus pacientes más pequeños. Sólo pidió que la despidieran con alegría, lanzando globos al cielo para anunciar su llegada.

    En su lecho de muerte, por cierto, sus amigos y seres queridos le preguntaron si le temía a la muerte, a lo que ella replicó: «No, de ningún modo me atemoriza; diría que me produce alegría de antemano. No tenemos nada que temer de la muerte, pues la muerte no es el fin sino más bien un radiante comienzo. Nuestra vida en el cuerpo terrenal sólo representa una parte muy pequeña de nuestra existencia. Nuestra muerte no es el fin o la aniquilación total, sino que todavía nos esperan alegrías maravillosas”.

  • Se llega el tiempo.

    Se llega el tiempo.

    Se llega el tiempo en que cada palabra que te dice tu amad@ suena importante, no la ignoras, no le gritas, dialogar los problemas se vuelve agradable.

    Se llega el  tiempo en el que en vez de huir de los problemas, los afrontan unidos como el mejor de los equipos, el  tiempo en el que  discutir por cuestión económica, por los hijos, por la familia, quedó atrás, el tiempo en el que  todo y nada es en partes iguales para los dos, el tiempo en el que lo único que deseas, es despertar al lado de tu amor, ver ese rostro para ti perfecto a tu lado, el tiempo en que reír y llorar juntos es lo máximo, el  tiempo en que se conocen tanto que aprendes a leerle el rostro, los ojos, el alma, su estado de ánimo, le abrazas con ternura regalando dosis de dulzura diaria, regando ese corazón de amor, se llega el tiempo en el que recuerdas el día que prometieron estar en las buenas y en las malas con una gran sonrisa,  el tiempo en el que el sexo solo se queda en intentos y no importa.

    Si su entrega es desde el alma, el tiempo en el que conoces realmente el miedo de un día despertar y no encontrar a ese ser Inigualable en tu cama. 

    Mar Cortez. 

    💞💞

  • Estoy aquí, papa!

    ¿MIEDO A LA VEJEZ DE TUS PADRES?

    Vale mucho leerlo, lo comparto textual:

    “Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”.

    Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.

    Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo.

    Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.

    Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana – todo corredor ahora está lejos.

    Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos.

    Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida.

    Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz.

    Todo hijo es el padre de la muerte de su padre. Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo.

    Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.

    Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.

    La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la ducha.

    La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.

    Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores.

    No podemos dejarlos ningún momento.

    La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.

    Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones. Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación.

    Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?

    Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

    Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día.

    Mi amigo José acompañó a su padre hasta sus últimos minutos.

    En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando José gritó desde su asiento: Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho.

    Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.

    Meciendo a su padre de un lado al otro. Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y diciendole en voz baja:

    ¡Estoy aquí. estoy aquí, papá!

    – “Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí”.

    Carlos Fuentes.