• El Alma encendida

    Hay que aprender a hacerse mayor… sin miedo.

    Sin aferrarse al pasado, sin avergonzarse del tiempo, sin pedir permiso por envejecer.

    Porque no son los años los que nos vuelven viejos, es la forma en que dejamos de vivir. Sí, llegan las arrugas… pero muchas de ellas nacieron de reír a carcajadas, de mirar el sol de frente, de sentir el viento en la cara, de brindar con los amigos de siempre y de vivir momentos que valieron la pena.

    Hay que saber que la felicidad no se maquilla, que el corazón no envejece, aunque el cuerpo ya no corra tan rápido.

    Que el amor verdadero no es el que llega de golpe, sino el que se construye lento, el que se queda. El que entiende, abraza y acompaña.

    Hay que aprender a querer bonito, a caminar sin prisa, a aceptar que ya no somos niños… pero que aún podemos seguir jugando. Porque hacerse mayor con dignidad, es el arte de seguir viviendo con el alma encendida. 

    El sabio (de la red)

  • EL OSO Y ELLA

    EL OSO Y LA MUJER DEL ABRIGO VERDE

    Cada mañana, Elsa caminaba por el mismo sendero del bosque nevado, con su abrigo verde y su mochila llena de fruta congelada. Tenía 72 años, las rodillas un poco torpes, pero los ojos brillantes como el sol de invierno.

    Vivía sola desde hacía una década, desde que su esposo murió y sus hijos se marcharon a otras ciudades. Pero no se consideraba sola. No mientras tuviera aquel ritual secreto con su amigo peludo.

    Todo comenzó un invierno especialmente crudo. Elsa iba por leña cuando escuchó un gemido bajo los arbustos. Era un oso joven, herido en la pata, temblando de frío. Cualquier otro habría salido corriendo. Pero ella se quedó quieta.

    —No te haré daño… ni tú a mí, ¿verdad?

    No hubo respuesta, claro. Pero los ojos del animal no tenían ira, sino miedo.

    Volvió al día siguiente con una cesta de manzanas y una manta vieja.

    Pasaron semanas. El oso sanó, y nunca se fue. No se acercaba a la casa, pero la esperaba cada mañana en el mismo claro del bosque. A veces dormía entre los arbustos. Otras, simplemente la observaba desde lejos mientras ella le dejaba comida.

    —Te llamaré Nieve —le dijo un día—. Porque llegaste cuando todo era blanco y silencioso.

    Los años pasaron. Y Nieve se volvió enorme. Majestuoso. Pero jamás dejó de buscar a Elsa con la mirada cada vez que oía pasos en la nieve.

    Algunos vecinos murmuraban. “Está loca, habla con un oso.” Pero Elsa no lo veía así.

    —Él me salvó del silencio —decía—. Hay cosas que los humanos ya no sabemos escuchar.

    Un invierno, Elsa no apareció. Nieve esperó. Dos días. Cuatro. Una semana.

    Los guardabosques encontraron su cuerpo en casa. Murió tranquila, sentada junto a la estufa, con el abrigo verde doblado a sus pies.

    Lo que nunca esperaron fue lo que encontraron en el bosque al día siguiente.

    Nieve, acostado junto al abrigo verde que alguien había llevado allí, olía la tela suavemente. Luego se tumbaba sobre ella, como si aún pudiera oír los pasos de Elsa entre la nieve.

    Se quedó ahí durante días. No atacó a nadie. No comió. Solo esperó.

    Los habitantes del pueblo decidieron entonces que nadie volvería a cortar leña en ese claro.

    —Es el lugar donde el oso recuerda —decían los niños—. Donde el invierno todavía tiene corazón.

    Hoy, junto al árbol más alto del bosque, hay una placa de madera que dice:

    “Aquí descansan la ternura de una anciana… y la lealtad de un oso que supo esperar.”

    Y cada vez que nieva, los copos caen en silencio… como si el bosque recordara también.

    De la red

  • Activar la calma

    El botón oculto de tu cuerpo para activar la calma

    Imagina que dentro de ti existe un interruptor capaz de bajar el ruido del estrés, tranquilizar tu mente y devolverle equilibrio a tu cuerpo. Ese “botón” existe, y se llama nervio vago.

    Cuando lo activas, tu ritmo cardíaco se estabiliza, la respiración se vuelve más profunda y tu cuerpo entra en un estado de reparación y descanso. No necesitas nada extraordinario, solo pequeños gestos diarios que marcan la diferencia:

    🔹 Meditar o simplemente cerrar los ojos unos minutos.

    🔹 Poner agua fría en tu cara para “reiniciar” el sistema.

    🔹 Tararear o alargar tu exhalación, dejando que el aire salga lento.

    🔹 Abrazar a alguien con quien te sientas seguro.

    🔹 Caminar suave, mover el cuerpo con calma.

    🔹 Respirar profundo, llenando los pulmones poco a poco.

    🔹 Recordar que la calma también se siente desde dentro, no solo desde fuera.

    El nervio vago es la conexión directa entre tu cerebro y tus órganos internos, y aprender a estimularlo es como aprender a hablarle a tu propio cuerpo: “Tranquilo, todo está bien”.

    Porque a veces, lo que más necesitamos no es correr más rápido sino pausar y darle al cuerpo permiso de descansar.

    ——

    Aviso importante: La información compartida tiene únicamente fines educativos y de divulgación médica. No sustituye la consulta presencial ni debe usarse como diagnóstico. Si presentas síntomas o dudas sobre tu salud, acude siempre a un profesional médico.

  • EN PEDAZOS

    EN PEDAZOS

    (Por Fernando D’Sandi)

    Hay días en que la boca pronuncia palabras que el corazón no sostiene. Uno dice que todo está en calma, pero por dentro la tormenta no se detiene. Se intenta salir al mundo con la frente erguida, y justo antes de cruzar la puerta la verdad se desborda en los ojos.

    Es extraño cómo el dolor se disfraza de sonrisa. Cómo el cuerpo se acomoda para aparentar firmeza mientras el alma tiembla por dentro. Nadie lo nota: se ve como un gesto común, pero en realidad es el retrato de una batalla silenciosa.

    Así luce estar roto: avanzar con grietas, caminar con un nudo en la garganta, respirar hondo para que la pena no se note tanto. Es una forma de resistencia: no esconder la herida, pero tampoco rendirse a ella.

    La fortaleza no siempre grita ni se impone. A veces se esconde en esos instantes en que, pese a la fragilidad, seguimos moviendo los pies. La verdadera valentía no consiste en no llorar, sino en salir con las lágrimas todavía tibias y decirle al día: “aquí estoy”.

    Y aunque se sienta como si el corazón se hubiera convertido en un rompecabezas sin piezas completas, cada fragmento sigue brillando. Con el tiempo, los pedazos se reacomodan, y de la fractura nace un nuevo modo de habitarse: más honesto, más humano, más verdadero.

    Porque incluso cuando creemos que estamos rotos del todo, seguimos teniendo la capacidad de armar vida con lo que queda.

    De la red

  • Palabras de madera

    En un barrio obrero de Rosario, donde el olor a grasa y a madera se mezclaba con el de pan recién horneado, vivía Ailén, una joven de 16 años con trenzas oscuras y una voz suave como la brisa antes de llover.

    Su padre, Don Hugo, era carpintero. Tenía manos grandes, llenas de astillas, y una espalda que ya crujía cuando se agachaba. Desde que Ailén era niña, lo veía trabajar en el fondo de casa: martillo, cepillo, serrucho… y silencio.

    Él no había podido terminar la escuela. A duras penas sabía escribir su nombre.

    —¿Para qué? —decía siempre—. Yo con las manos ya me entiendo.

    Pero Ailén, en cambio, se había enamorado de las palabras.

    Un día, llevó al taller un libro de cuentos que le prestaron en la escuela. Se sentó en una silla baja, al lado de la mesa de trabajo, y empezó a leer.

    —“Y entonces, el lobo, que no era malo sino solitario, miró al corderito y le dijo…” —

    —¿Qué estás haciendo? —la interrumpió su padre, sin dejar de lijar.

    —Leyéndote. ¿Te molesta?

    Él gruñó, pero no dijo que no.

    Desde ese día, fue costumbre.

    Mientras él trabajaba la madera, ella leía. Primero cuentos, luego novelas cortas, después fragmentos de biografías. Aprendió a modular la voz con los golpes del martillo, a hacer pausas cuando él encendía la sierra, y a continuar como si la historia viviera en el aire.

    —¿Y cómo sigue eso del tigre que se escapó? —le preguntaba al día siguiente, como si no le importara… pero sí.

    Una tarde, Ailén leyó un fragmento de un libro sobre carpintería japonesa.

    —“La paciencia del artesano no está en lo que construye, sino en cómo respira mientras lo hace.” —

    Don Hugo detuvo la lija. Miró sus manos.

    —Eso es mentira —dijo. Pero sonreía.

    Con el tiempo, Ailén llevó libros de poesía, y aunque su padre no entendía todo, empezó a decir:

    —Ese verso me gusta. El de la lluvia que entra como un perro manso.

    Un día, Ailén llegó del colegio con los ojos rojos. Había tenido una discusión fea con una profesora que la acusó de inventar frases ajenas en un examen.

    —“Eso no lo escribiste vos”, me dijo. “Vos no podés pensar así.”

    Don Hugo la escuchó. Luego se limpió las manos con un trapo sucio, se sentó frente a ella, y dijo por primera vez:

    —Traé papel. Quiero que me enseñes a escribir.

    —¿En serio?

    —Sí. Si vos podés decir esas cosas con tu boca, yo quiero poder poner las mías en el papel.

    Durante semanas, cada noche, Ailén le enseñó a formar letras. Luego palabras. Luego frases. Él escribía lento, apretando mucho el lápiz, como si le costara soltar lo que tenía dentro.

    Un mes después, le entregó una hoja arrugada.

    Ailén la leyó en voz alta:

    “No sé de libros ni de autores, pero sé que cuando vos leés, la madera se vuelve más liviana. Y por primera vez, siento que lo que yo hago también puede ser una historia.”

    Desde ese día, el taller no fue solo un lugar de trabajo.

    Fue una biblioteca sin estanterías, donde las palabras flotaban entre el serrín.

    Y cuando Ailén publicó su primer libro años más tarde, lo tituló:

    “Donde la madera escuchó poesía.”

    Porque aprendió que hay saberes que vienen del papel… y otros que solo nacen cuando alguien se atreve a escuchar con las manos.

    De la red

  • Cambiaste mi vida

    El abuelo olvidado: En un geriátrico, un abuelo pasa años sin visitas… hasta que un niño de jardín empieza a ir todas las semanas a leerle cuentos.

    Llevo tres años, cuatro meses y once días en esta habitación. No es que cuente obsesivamente, pero cuando no tienes nada más que hacer que mirar el techo y escuchar los pasos apresurados de las enfermeras, los números se vuelven tus únicos compañeros.

    Mi nombre es Aurelio Mendoza, tengo ochenta y dos años, y mi familia me trajo aquí después de que me caí en la ducha. «Es lo mejor para ti, papá», me dijeron. «Estarás bien cuidado». Las primeras semanas vinieron religiosamente. Después, las visitas se espaciaron. Primero cada quince días, luego una vez al mes, después solo en navidades.

    Hasta que dejaron de venir del todo.

    Esa tarde de martes, como todas las tardes de martes de los últimos dos años, estaba en mi silla de ruedas junto a la ventana, viendo las hojas caer del viejo roble del patio, cuando escuché una vocecita que no reconocía.

    —¿Usted es el señor Aurelio?

    Me volví despacio. Un niño pequeño, de unos cinco años, me miraba con ojos enormes y curiosos. Llevaba una mochila casi tan grande como él y un libro en las manos.

    —Sí, soy yo —le respondí, sorprendido—. ¿Y tú quién eres?

    —Me llamo Mateo. Vengo del jardín de la esquina. La señorita Clara dice que usted necesita que le lean cuentos.

    Me quedé callado un momento, procesando sus palabras.

    —¿La señorita Clara?

    —Sí, ella organiza visitas para los abuelitos que están solos. Me eligió a mí porque soy el que mejor lee de toda la sala de cinco.

    El orgullo en su voz me hizo sonreír por primera vez en meses.

    —¿Y qué libro traes ahí?

    —»El principito» —dijo, alzando el librito como si fuera un tesoro—. ¿Quiere que se lo lea?

    —Por favor —susurré.

    Mateo arrimó una silla pequeña que había encontrado por ahí y se sentó a mi lado. Abrió el libro con cuidado, como si fuera muy frágil, y comenzó a leer con esa cadencia particular de los niños que recién aprenden:

    —»Cuando yo tenía seis años vi una vez una magnífica lámina…»

    Su voz era dulce e insegura, tropezaba con algunas palabras difíciles, pero seguía adelante con determinación. Yo lo escuchaba embobado, no tanto por la historia que conocía de memoria, sino por el milagro de tener a alguien ahí, leyendo para mí.

    —Señor Aurelio —me dijo cuando terminó el primer capítulo—, ¿usted tiene nietos?

    La pregunta me dolió más de lo que esperaba.

    —Sí, tengo dos. Pero están muy ocupados con sus cosas.

    —¿No vienen a visitarlo?

    —No mucho —mentí.

    Mateo frunció el ceño, pensativo.

    —Bueno, ahora me tiene a mí. Voy a venir todos los martes.

    Y cumplió su promesa.

    Todos los martes a las tres de la tarde, después de sus clases, aparecía Mateo con su mochila gigante y algún libro nuevo. Primero terminamos «El principito», después leímos «Charlie y la fábrica de chocolate», luego «Las brujas» de Roald Dahl. Su lectura mejoraba semana a semana, pero yo había dejado de prestar atención solo al contenido. Me había enamorado de su presencia.

    —Señor Aurelio —me dijo un martes, después de haber leído un capítulo de «Matilda»—, ¿por qué está siempre tan triste?

    Su pregunta me tomó desprevenido.

    —¿Parezco triste?

    —Sí. Mamá dice que cuando las personas están tristes es porque extrañan a alguien. ¿Usted extraña a alguien?

    Me quedé mirando sus ojitos sinceros. En ese momento decidí que merecía la verdad.

    —Extraño a mi familia, Mateo. A veces las personas que queremos se olvidan de nosotros.

    —¿Como cuando yo me olvido de darle de comer a mi pez?

    —Algo así, pero peor.

    Mateo se quedó pensando, balanceando las piernas desde la silla.

    —¿Sabe qué? Yo nunca me voy a olvidar de usted.

    Y no se olvidó.

    Pasaron los meses. Mateo creció un poco, sus lecturas se volvieron más fluidas, más expresivas. Yo esperaba los martes como antes esperaba la navidad. Me arreglaba especialmente para él, me peinaba, me ponía mi camisa menos arrugada.

    Un día llegó más callado que de costumbre.

    —¿Qué pasa, campeón?

    —Señor Aurelio, la señorita Clara dice que el próximo año voy a ir a una escuela nueva. Que queda lejos.

    Se me encogió el corazón.

    —Ah.

    —Pero le prometí que siguiera viniendo. Le dije a mi mamá y ella dice que me va a traer en micro.

    —Mateo, no puedes pedirle eso a tu mamá. Es muy lejos.

    —¡Pero es que somos amigos! —protestó con los ojos llorosos—. ¡Los amigos no se abandonan!

    Esa palabra, «abandonan», resonó en mi pecho como un eco doloroso.

    —Tienes razón —le dije—. Los amigos no se abandonan.

    Su último día en el jardín de la esquina, Mateo llegó con un regalo: un álbum de fotos que él mismo había armado. En la primera página había escrito con su letra irregular: «Para mi abuelo del corazón».

    Las páginas estaban llenas de dibujos suyos: él y yo leyendo juntos, el roble del patio, la habitación, incluso había dibujado a las enfermeras. En la última página había pegado una foto que su mamá nos había tomado un martes cualquiera, los dos sonriendo con un libro en el medio.

    —Para que no se olvide de mí —me dijo.

    —Jamás podría olvidarme de ti, Mateo.

    Nos abrazamos, y por primera vez en tres años, cuatro meses y muchos días más, lloré de felicidad en lugar de tristeza.

    Mateo cumplió su promesa. Viene cada quince días ahora, acompañado por su mamá, una mujer dulce que me saluda como si fuera parte de su familia. Ya no lee cuentos infantiles; ahora estamos con «Don Quijote», y discutimos cada capítulo como dos intelectuales.

    El otro día, mientras leía sobre las aventuras del Ingenioso Hidalgo, me dijo:

    —Señor Aurelio, ¿sabe que usted cambió mi vida?

    —¿Yo? —le pregunté sorprendido—. Mateo, tú cambiaste la mía.

    —¿En serio?

    —Antes de que llegaras, yo era como este geriátrico: un lugar donde las cosas van a esperar el final. Tú me enseñaste que la vida puede comenzar a cualquier edad, si hay alguien que quiera compartirla contigo.

    Mateo sonrió, esa sonrisa que ilumina toda la habitación.

    —Bueno, pero ahora tenemos que seguir leyendo. Quiero saber si Don Quijote encuentra a Dulcinea.

    —La va a encontrar —le aseguré—. Las personas que buscan el amor verdadero siempre lo encuentran. Solo que a veces viene en formas que no esperamos.

    Mientras Mateo retomaba la lectura, pensé en lo cierto que era eso. Yo había buscado el amor en las visitas de mi familia, en el reconocimiento, en el recuerdo. Pero el amor había llegado en la forma de un niño de cinco años con una mochila enorme y un corazón aún más grande.

    Ahora, cuando la gente me pregunta por mi familia, les cuento de Mateo. Mi nieto del alma, mi compañero de aventuras literarias, mi prueba de que nunca es demasiado tarde para encontrar a alguien que te elija, que te visite, que te lea cuentos y te recuerde que sigues siendo parte del mundo.

    Porque al final, la familia no siempre es la que nace contigo. A veces, es la que decides construir, un martes cualquiera, una página a la vez.

  • carta a mi suegra

    Carta a mi suegra sobre mis cuatro hijos…

    Tú siempre robaste mi encanto. Tú les dabas todo lo que querían. Tú jamás dijiste que no cuando te pedían algo.

    Una segunda porción de postre. Dulces antes de la cena. Un par de minutos más en el baño. Dinero para el camión de helados.

    Me esforzaba para demostrarte respeto y aprecio mientras intentaba que no malcriaras a mis hijos. 

    Creí que los convertirías en malcriados egoístas al darles todo lo que querían. Creí que nunca aprenderían a esperar, a tomar turnos, a compartir porque siempre les cumplías sus deseos tan pronto abrían la boca y señalaban.

    Los mecías por mucho tiempo después de que se hubieran quedado dormidos. ¿No entendías que yo necesitaba que aprendieran a dormirse por sí solos?

    Tú corrías a verlos tan pronto hacían el ruido más pequeño. ¿Cómo podrían aprender a calmarse solos?

    Estuve resentida porque les comprabas los regalos más caros en sus sus cumpleaños y en Navidad. ¿Cómo podría competir contigo?

    Y cómo amaban pasar las tardes contigo. Preparabas sus cosas favoritas para la cena: tres platos diferentes para tres niños diferentes. Y siempre tenías una pequeña sorpresa. Un regalito, dulce o un premio especial. Yo no quería asociarte con regalos y dulces. Creí que ellos debían amarte por lo que eras. Intenté decirte esto pero no escuchabas.

    Dediqué mucho tiempo pensando por qué hacías todas esas cosas y cómo hacer que te calmaras. Sé que se supone que las abuelas son para “malcriar” y después mandarlos de vuelta a casa, pero tú eras… ridícula.

    Hasta que te fuiste.

    Tuve que juntar a mis chicos y decirles que su abuela había muerto. No parecía posible, se suponía que estarías allí para sus momentos especiales: bailes, graduaciones, bodas. Pero ellos perdieron a su abuela demasiado pronto. 

    No estaban listos para decir adiós.

    Durante esos años que deseaba que los dejaras de malcriar, jamás pensé en lo mucho que los amabas. Tanto que lo demostrabas de todas las maneras posibles. Tu cocina. Los regalos. Los dulces y golosinas. Tu presencia. La manera en que recordabas con detalle los momentos especiales, si era una atrapada perfecta en el campo de juegos o una nota desentonada en un concierto escolar. 

    Tu amor de abuela por ellos no conocía límites. Tu corazón derramaba amor por todo lugar posible: tu cocina, tu libro de bolsillo, tus palabras y tus brazos incansables.

    No tiene sentido lamentarse, pero a veces pienso en cómo lo pensaba todo mal. Estaba tan equivocada al percibir tu generosidad…

    Mis hijos, ahora adolescentes, te extrañan profundamente. 

    Y no extrañan tus regalos ni tu dinero. Te extrañan a ti.

    Ellos extrañan correr a recibirte en la puerta y abrazarte aún antes de poner un pie dentro de la casa. 

    Extrañan mirar a las gradas y verte, una de sus mayores admiradoras, sonriendo y concentrada en tener su atención. Ellos extrañan hablar contigo y escuchar tus palabras de sabiduría, ánimo y amor.

    Si pudiera hablar contigo una última vez, te diría que cada vez que un momento precioso me roba el corazón, cada vez que los miro llegar a una nueva meta y cada vez que me sorprendo con su perseverancia, talentos o triunfos, pienso en ti. 

    Y deseo que ellos pudieran tenerte de vuelta.

    Regresa y ámalos una última vez como nadie en el mundo lo hace. Trae tus dulces y tus sorpresas. Recompénsalos con regalos por sus más pequeños logros. Prepara cuidadosamente sus comidas favoritas. Llévalos a donde quiera que quieran ir. Todo sólo porque los amas.

    Regresa y mira cuánto han crecido. Mira cada chico convertirse en su propia versión de un hombre joven. Estremécete conmigo mientras admiramos como la familia, los amigos, el tiempo y el amor los ayudó a crecer tan hermosamente con los años.

    Y cuanto más deseo que regreses, más me doy cuenta de que jamás te fuiste.

    Ahora lo entiendo. Se que los amaste en todo modo posible. 

    Sé que ser su abuela te dio alegría y propósito. Y claro que sé que no puedes regresar, pero sé que tu amor por ellos siempre permanecerá. Tu amor los cimentó y protegió de maneras que no pueden ser descritas. Tu amor es una gran parte de lo que son ahora y de lo que serán cuando crezcan. 

    Por esto, por cada premio y regalo, y cada vez que los meciste por demasiado tiempo o los consolaste mucho o los dejaste quedar despiertos hasta tarde,… por esto yo siempre te estaré agradecida.

    Y desearé un millón de veces que lo pudieras hacer de nuevo…

    Créditos a quién corresponda

  • Perder un hijo

    No existen palabras lo suficientemente fuertes para describir el desgarro de perder a un hijo. 💔 No es solo dolor, es una herida que se anida en el alma, un silencio que grita en cada rincón de tu vida.

    Desde el primer llanto hasta el primer paso, cada padre sueña con un sinfín de mañanas: cumpleaños, risas, secretos compartidos, sueños que se despliegan. 🌈 Pero nada te prepara para la crueldad de vivir en un mundo donde ellos ya no están. Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo. Se siente antinatural, insoportable, y destruye la esencia misma de tu ser. 💭

    Cuando pierdes a un hijo, vives dos vidas: la que sigues adelante y la que lloras cada día. Revives su risa, el brillo en sus ojos, la forma en que sus pequeñas manos confiaban en las tuyas. Y de pronto, esa confianza se convierte en un adiós… un adiós que te arranca un pedazo de ti para siempre.

    Dondequiera que mires, quedan los recuerdos: una silla vacía, una fotografía en la pared, una canción que una vez los hizo bailar a ambos. Algunos días, esos recuerdos te regalan una sonrisa. Otros, te aplastan bajo su peso.

    Este dolor no desaparece, te enseña a cargarlo. Pero el amor nunca muere. Su luz vive dentro de ti, atada para siempre a tu corazón por hilos invisibles que ninguna pérdida puede cortar.

    Así que mantén viva su memoria. Pronuncia su nombre. Cuenta su historia. Hazle saber al mundo que vivieron, que importaron y que son amados, siempre.

    Porque sanar no se trata de dejar ir, sino de llevar su luz hacia adelante, con cada respiración, con cada recuerdo, con cada latido del corazón.

    Si conoces a un padre o una madre en duelo, no dejes que camine este sendero solo. Acércate. Escucha. Ama.

    #fblifestyle

  • Un fémur roto…

    Y curado…

    Un estudiante le preguntó una vez a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella el primer signo de civilización en una cultura antigua.

    Esperaba escuchar algo sobre anzuelos, piedras talladas o cerámica. Pero Mead respondió con algo distinto, casi desconcertante:

    — El primer signo de civilización es un fémur roto… y curado.

    Explicó que en el reino animal, una fractura de este tipo equivale a una sentencia de muerte. Una pata rota significa no poder huir de los depredadores, no poder buscar agua ni alimento. Quien la sufre se convierte en presa.

    Ningún animal sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso sane.

    En cambio, cuando los arqueólogos encuentran un fémur humano roto y luego soldado, significa algo más que hueso y cicatriz: es prueba de que alguien se quedó. Alguien llevó al herido a un lugar seguro, lo alimentó, lo cuidó, lo protegió hasta que volvió a caminar.

    Para Mead, ese gesto lo cambia todo. No son las herramientas ni los objetos lo que marca el inicio de la civilización. Es la decisión de cuidar al otro.

    Ese primer hueso soldado es el testimonio silencioso de la compasión, del sacrificio y de la comunidad.

    «Ayudar a otros a superar las dificultades —dijo Mead— es el punto de partida de la civilización. La civilización es la ayuda mutua.»

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  • Cuando era pequeña, mi madre solía decirme:

    «Sonríele a tu padre cuando llegue a casa del trabajo… El mundo exterior es difícil y lleva mucho más de lo que imagina».

    ¿La diferencia entre una madre y un padre?

    Una madre lo lleva en su vientre durante nueve meses… Un padre lo lleva en su corazón de por vida.

    Una madre le asegura que no le falta nada… Un padre le enseña a nunca darse por vencido, incluso cuando la vida se pone difícil.

    Una madre te abraza para calmar tus lágrimas… Un padre te cría para que puedas mantenerte erguido pase lo que pase.

    El amor de una madre es algo que se siente desde el primer aliento. El amor de un padre es algo que generalmente se entiende más tarde… a veces solo cuando eres padre.

    Los padres no suelen decir «te amo»… Pero lo demuestran, todos los días, en silencio, a su manera.

    Entonces, hoy, piensa en él. Y si puedes… abrázalo y dile: Gracias.

    Y si te tocó un padre o una madre que hacen ambas cosas. Abrázalo doblemente 

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