• Distancia

    No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido. A veces la vida nos arrastra por caminos distintos, nos coloca en lugares donde los abrazos no llegan y las palabras se quedan atoradas en la garganta. Sin embargo, el cariño verdadero no se desvanece con los kilómetros ni se rompe con las pausas. Hay sentimientos que permanecen intactos, aunque no se nombren todos los días; hay memorias que siguen vivas, aunque nadie las mencione en voz alta.

    La distancia puede doler, sí, pero también puede ser la prueba más clara de que lo esencial no depende de la presencia física. Y el silencio, aunque a veces hiere, también puede guardar en su interior todo aquello que no se sabe decir, pero que se siente con la misma fuerza.

    El corazón reconoce lo que le pertenece, aunque lo tenga lejos. El alma guarda lo que una vez la tocó, aunque el tiempo intente borrarlo. No toda distancia es un adiós definitivo, ni todo silencio significa indiferencia. Hay amores, amistades y recuerdos que viven callados, pero eternos… esperando quizá un reencuentro, o tal vez resignándose a seguir existiendo solamente en la memoria.

    ©️ Me gustó mucho 

  • EL DUELO

    El Duelo: Sin saber cómo…

    (Por Fernando D’Sandi )

    Perder a alguien es como quedarse de pie en el andén de una estación donde ya no pasan trenes, es el eco de una voz que ya no responde, es el vacío de una mano que no vuelve a sostener la nuestra. Es un terremoto silencioso que derrumba todo lo que creíamos estable, porque la vida, con su absurda costumbre de continuar, no nos espera para entenderla.

    El duelo no es una batalla, no es pelear contra la ausencia como si fuera un enemigo al que hay que derrotar, no se trata de ganarle al dolor ni de buscar la manera más rápida de salir del laberinto.

    El duelo es una mudanza forzada, una reubicación en un mundo que ya no tiene el mismo paisaje, es aprender a vivir con un agujero en el pecho, sin pretender llenarlo de inmediato, porque algunos vacíos no son para ser ocupados, sino para recordarnos que hubo algo grande ahí.

    Nos han hecho creer que el duelo es una escalera con peldaños que debemos subir hasta que un día, mágicamente, dejamos de sentir, pero no es así. Es más bien una espiral, un camino confuso donde el ayer y el hoy se mezclan, donde el dolor, la nostalgia, la rabia y la gratitud bailan sin orden. Un día sentimos que avanzamos y al siguiente nos encontramos de nuevo en la primera página del dolor y eso está bien, no es un error, es la forma en que el alma se acomoda a su nueva realidad.

    El dolor no es un enemigo, es un maestro cruel pero necesario, nos arranca las certezas, nos deja desnudas frente a la verdad de nuestra fragilidad y en ese despojo, descubrimos algo poderoso: Seguimos aquí, respirando, amando, sobreviviendo porque, si no podemos estar con quienes amamos, entonces aprendemos a amar con más fuerza a quienes sí están.

    No hay atajos, no hay fórmulas mágicas, no hay trucos que aceleren su proceso o eliminen el dolor, sólo el tiempo, la paciencia y el amor nos van mostrando el camino y aunque al principio todo parezca oscuro, aunque la vida se siente en pausa, un día, sin aviso, una pequeña luz se cuela entre las rendijas y es ahí cuando entendemos que el duelo, aunque duele, no nos destruye… Nos transforma, nos vuelve más intensas, más humanas, nos enseña que la única manera de honrar a quienes se fueron es seguir viviendo, amando con más fuerza y recordando que aún con el alma rota, seguimos siendo capaces de construir belleza.

    Porque la vida nunca nos pregunta si estamos listas para perder, pero sí nos da la oportunidad de aprender a seguir… Aunque no sepamos cómo.

    Créditos: Fernando D’Sandi

  • Respeto tu tormenta

    «Respeto tu tormenta, pero es tuya».

    Habrá un momento en la vida en que tendrás que mirar a los ojos de alguien cercano —tu pareja, un amigo, un hermano— y decirle con firmeza y ternura:

    -“Voy a ser honesto contigo. A partir de ahora no entraré más en el torbellino de tus emociones. Las respeto, las entiendo, incluso las honro, pero son tuyas, no mías. No puedo vivirlas como si fueran parte de mi alma, porque en este viaje yo también cargo mi propia mochila emocional, y es lo único que puedo llevar.

    Si decides quedarte en esa tormenta, te apoyaré, siempre desde mi lugar, desde mi calma. No te abandonaré, pero tampoco me perderé contigo. Desde aquí, desde mi centro, puedo ser un faro, no un barco que naufraga contigo. Te quiero, y precisamente porque te quiero, necesito cuidar de mi equilibrio.

    Amar no es llevar el peso de la vida de otro en la espalda; es caminar juntos, libres, ligeros, cada uno siendo dueño de sus propias tempestades. El amor no tiene que doler más de lo necesario; el amor, cuando es genuino, construye, no destruye».

    A veces, amar significa también aprender a decir: «Aquí estoy, pero sin olvidarme de mí mismo».

    Créditos a su autor (de la red)

  • CUANDO YA NO ESTÉ

    CUANDO YA NO ESTÉ… SOLO SE TENDRÁN ENTRE USTEDES

    A veces los veo discutir por cosas pequeñas: quién habló más fuerte, quién cometió el error primero, quién quiso tener la última palabra. Y aunque guardo silencio, mi corazón susurra siempre lo mismo: “El día que yo no esté, solo se tendrán ustedes.”

    Porque ese día llegará. Llegará el momento en que ya no esté para mediar en sus diferencias, para reunirlos en un cumpleaños o para ser la razón de una llamada en familia. Y entonces, lo único que quedará será el lazo que ustedes mismos hayan cuidado… o el vacío que hayan dejado crecer.

    Ser hermanos no significa solo compartir un apellido. Es cargar con recuerdos que nadie más entiende, es llorar juntos en silencio, es abrazarse cuando el mundo se derrumba. Es protegerse aun en las caídas, guardar secretos, cubrirse en los errores y quedarse al lado cuando todos los demás se van.

    Por eso, mientras aún puedo decirlo, les ruego: cuídense. Búsquense aunque haya enojo, perdónense aunque no llegue una disculpa. No permitan que el orgullo sea más fuerte que el amor que los une. 🌿

    Porque cuando ya no esté, no quiero que se sientan huérfanos de cariño, quiero que se sientan acompañados por ese lazo que Dios les regaló. Que se abracen y recuerden: “Mamá estaría feliz de vernos así, unidos.”

    Y esa, hijos míos, será la herencia más grande que pueda dejarles: el amor que los mantenga juntos aun cuando ya no esté. 

    De la red.

  • Mi refugio

    El otro día le pregunté a mí madre que si después de casi 60 años de matrimonio aún seguía enamorada de mi padre. Ella me miró con cara de…¿Cómo explicártelo para que lo entiendas? Y no dijo nada, sólo sonrió….pero al llegar a casa miré mi teléfono y esto es lo que me había escrito:

    «A veces me preguntas si todavía estoy enamorada de él. Y me río un poco, no porque la pregunta sea tonta, sino porque es difícil de explicar. ¿Cómo decir que sí, pero no como antes? No con mariposas, no con fuegos artificiales… sino con raíz.

    El amor, después de tantos años, ya no es un sentimiento que te sacude. Es una certeza que te sostiene. No te acelera el corazón, pero te calma el alma. No te hace temblar las manos, pero te da la fuerza de levantarte cada día.

    Ya no hay sorpresas, pero hay rituales: el café a la misma hora, las discusiones tontas sobre cómo colgar las toallas, el modo en que nos cubrimos cuando el otro estornuda. No parecen grandes cosas… pero lo son.

    A estas alturas, ya no espero gestos románticos.

    Espero que me escuche cuando me duele la espalda. Que me abrace cuando me desarmo. Que no me deje sola cuando no me entiendo ni yo misma. Y él lo hace. Sin ruido. Sin alardes. Solo está.

    Amar después de media vida juntos no es como en los libros. Es más como tener un idioma propio, que nadie más entiende. Una forma de mirarse que sólo cobra sentido cuando has vivido el mismo dolor, el mismo cansancio, las mismas ganas de seguir.

    Así que sí, todavía estoy enamorada de él. Pero no como al principio. Estoy enamorada de todo lo que construimos. De la paz que da saber que, incluso en la tormenta, él sigue siendo mi refugio».

    Me pareció una preciosa LECCIÓN DE AMOR.

    Tomado de la red. Desconozco autoría

  • OSITO TEDY

    ​Usted​

    OSITO TEDY

    Los padres de una niña de 8 años le pidieron que se quedara sola en casa mientras ellos iban a comprar una pizza. Sin embargo, en el camino, el auto en el que viajaban chocó contra un poste.

    Ocho horas después

    La niña seguía sola en casa. Era de noche, la casa estaba en completa oscuridad, y el miedo comenzó a apoderarse de ella.

    —¿Dónde están mis padres? ¡Tengo miedo! ¿Por qué tardan tanto? —se preguntaba mientras su estómago gruñía de hambre. Sin saber cocinar, comenzó a asustarse aún más.

    De repente, un aroma a huevos fritos invadió la casa.

    —¿Quién está cocinando? ¿Será que mis padres ya llegaron? —pensó la niña con alivio y una sonrisa en el rostro.

    Corrió hacia la cocina emocionada, pero al llegar, se encontró con un hombre gordo y peludo cocinando.

    —¿Señor, quién es usted? —preguntó, desconcertada.

    —Soy amigo de tus padres —respondió el hombre con una voz calmada.

    —¿En serio? ¿Cómo se llama?

    —Puedes llamarme Osito Tedy.

    —¿Osito Tedy? ¡Qué nombre tan divertido! —dijo la niña riendo.

    —Mis amigos me llaman así porque tengo mucho vello corporal. ¿Tienes hambre, pequeña? —le preguntó con una sonrisa amable.

    La niña, frotándose el estómago, respondió:

    —¡Sí, tengo mucha hambre, señor!

    El hombre colocó un plato sobre la mesa, y la niña se sentó rápidamente. Osito Tedy le sirvió huevos con tocino, y la niña devoró la comida con entusiasmo.

    —¿Te gusta, pequeña?

    —¡Está delicioso! Cocinas muy bien.

    —Gracias. Antes tenía un restaurante, pero…

    —¿Ya no lo tiene?

    —Lamentablemente, no. Mi restaurante se incendió —dijo Tedy, bajando la mirada.

    —Oh no, qué cosa tan triste… —respondió la niña con pesar.

    Mientras tanto, en el hospital, la madre de la niña despertaba del coma. Al poco tiempo, les pidió a las enfermeras que enviaran a alguien a casa para ver cómo estaba su hija.

    Cuando la policía llegó a la casa, la encontraron impecable y a la niña durmiendo en su cama. Uno de los oficiales se acercó y la despertó suavemente.

    —Niña, ¿estás bien?

    —Sí, el Osito Tedy me contó un cuento para dormir. Desde que mis padres no están, Osito Tedy se ha ocupado de mí.

    —¿Osito Tedy? —preguntó el policía, confundido, mientras miraba a su alrededor sin encontrar a nadie.

    El oficial salió de la casa con la niña en brazos. Al mirar al cielo, dijo en voz baja:

    Esta niña estuvo sola en esta casa durante ocho meses. Muchos lo llaman un milagro, pero yo sé que fuiste tú, hermano…

    Hace dos años, en el mismo lugar donde ahora estaba la casa de la niña, había un restaurante que se incendió. En ese incidente, Tedy, el dueño del restaurante y hermano del policía, perdió la vida. Sin embargo, su bondadoso corazón lo llevó a regresar del más allá para cuidar de una niña que lo necesitaba.

    De lar ed

  • Reflexión cristiana

    Eramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Daniel en una silla para niño y me di cuenta que todos estaban tranquilos comiendo y charlando. De repente, Daniel pegó un grito con ansia y dijo, «Hola amigo!».

    Golpeando la mesa con sus gorditas manos, sus ojos estaban bien abiertos por la admiración y su boca mostraba la falta de dientes en su encía.

    Con mucho regocijo él se reía y se retorcía. Yo miré alrededor, vi la razón de su regocijo.

    Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro; sucio, grasoso y roto.

    Sus pantalones eran anchos y con el cierre abierto hasta la mitad y sus dedos se asomaban a través de lo que fueron unos zapatos.

    Su camisa estaba sucia y su cabello no había recibido una peinilla por largo tiempo.

    Sus patillas eran cortas y muy poquitas y su nariz tenía tantas venitas que parecía un mapa.

    Estábamos un poco lejos de él para saber si olía, pero seguro que olía mal. Sus manos comenzaron a menearse para saludar.

    «Hola bebito, como estas muchachón,» le dijo el hombre a Daniel.

    Mi esposa y yo nos miramos, «Que hacemos?»

    Daniel continuó riéndose y contestó: «Hola, hola amigo.»

    Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero. El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo.

    Nos trajeron nuestra comida y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebe. Nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo. Obviamente el estaba borracho. Mi esposa y yo estábamos avergonzados.

    Comimos en silencio, menos Daniel que estaba súper inquieto y mostrando todo su repertorio al pordiosero, quien le contestaba con sus niñadas.

    Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta.

    Mi esposa fue a pagar la cuenta y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.

    El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida.

    «Dios mío, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Daniel» -dije orando, mientras caminaba cercano al hombre.

    Le di un poco la espalda tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando.

    Mientras yo hacía esto, Daniel se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo y puso sus brazos en posición de «cárgame.»

    Antes de que yo se lo impidiera, Daniel se abalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.

    Rápidamente el muy oloroso viejo y el joven niño consumaron su relación amorosa.

    Daniel en un acto de total confianza, amor y sumisión recargó su cabeza sobre el hombro del pordiosero.

    El hombre cerró sus ojos y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas.

    Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo, suave, muy suavemente, acariciaban la espalda de Daniel. Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo.

    Yo me detuve aterrado.

    El viejo hombre se meció con Daniel en sus brazos por un momento, luego abrió sus ojos y me miró directamente a los míos.

    Me dijo en voz fuerte y segura: «Usted cuide a este niño.»

    De alguna manera le conteste «Así lo haré» con un inmenso nudo en mi garganta.

    El separó a Daniel de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor.

    Recibí a mi niño, y el viejo hombre me dijo: «Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado un hermoso regalo.» No pude decir más que un entrecortado gracias.

    Con Daniel en mis brazos, caminé rápidamente hacia el carro.

    Mi esposa se preguntaba por qué estaba llorando y sosteniendo a Daniel tan apretadamente, y por qué yo estaba diciendo:

    «Dios mío, Dios mío, perdóname.»

    Yo acababa de presenciar el amor de Cristo a través de la inocencia de un pequeño niño que no vio pecado, que no hizo ningún juicio; un niño que vio un alma y unos padres que vieron un montón de ropa sucia. Fui un cristiano ciego, cargando un niño que no lo era.

    Yo sentí que Dios me estuvo preguntando: «Estás dispuesto a compartir tu hijo por un momento?».

    Cuando El compartió a su hijo por toda la eternidad.

    De la red

  • ¡Gracias, mamá!

    “Pensé que mi mamá quería más a mi hermano…”

    Y no… no era favoritismo. Era una herida que yo no conocía. Cada hijo conoce una versión distinta de su madre. Uno la conoció fuerte… otro  cansada. Uno la hizo reír… otro llorar.

    Uno llegó cuando aún soñaba… y otro cuando ya se le notaban las renuncias en la mirada. No, no era que quisiera más a uno… es que cada uno ocupó un rincón distinto de su alma.

    Uno necesitó más tiempo. Otro más paciencia. Y hubo uno que solo necesitaba que ella no se quebrara… y por eso ella fingía estar bien.

    A veces creemos que mamá tiene un favorito porque vemos el abrazo… pero no la historia. Vemos el silencio… pero no todo lo que tuvo que callar. Vemos que da más… sin notar a quién más le dolió. Porque sí:

    El hijo que más abrazos recibió, tal vez fue el que más roto estaba. El que parecía tenerlo todo fácil, quizás era el que más se perdió en el camino. Y el que nunca pedía nada… fue el que aprendió a no necesitar.

    Una madre no ama con justicia matemática. Ama con lo que tiene. Con lo que le queda. Ama desde el cansancio, desde la intuición, desde el miedo a fallar.

    ¿Alguna vez te preguntaste por qué no te abrazó más?. Tal vez pensó que eras mas fuerte. Tal vez ya no le quedaban fuerzas. Tal vez también esperaba un abrazo tuyo…

    Ella fue mujer antes que madre. Fue hija antes que guía. Y tuvo que aprender sola a repartir su alma entre varios sin romperse por completo.

    No juzgues su amor por lo que hizo. Valóralo por lo que sacrificó en silencio. Por las lágrimas que secó sin que vieras. Por las veces que prefirió dolerse sola, para que tú no te sintieras culpable. Y si todavía la tienes contigo… mírala de nuevo. Tal vez no era falta de amor. Era que te estaba cuidando… a su manera. No esperes a perderla para entenderla. No esperes ser padre o madre para perdonarla. Y no esperes más para decirle lo que siempre quiso oír:

    “Gracias, mamá. Por amarme… incluso cuando no lo entendí.”

    Cada hijo ocupa un lugar distinto en el corazón de mamá… Y aunque no todos lo entiendan igual, ese amor siempre estuvo ahí. Solo que hablaba diferente.

    De la red.

  • Entender la vida

    Hay que acostumbrarse a caminar más despacio, a despedirse de quien fuimos y a dar la bienvenida a quien somos hoy. Cumplir años no es solo cuestión de tiempo, sino de valentía: aceptar nuestro nuevo rostro, abrazar con orgullo el cuerpo que nos acompaña y soltar los miedos, los prejuicios y las cargas que el tiempo no logró borrar.

    Hacerse viejo es aprender a estar con uno mismo, a dejar ir lo que ya no suma, y a valorar lo que aún permanece. Es entender que la vida cambia, que las despedidas son parte del camino y que cada lágrima puede abrir espacio a nuevas sonrisas, nuevos sueños y nuevas razones para seguir adelante.

    Un texto de Alejandro Jodorowsky que nos recuerda que la vejez también puede ser un acto de amor propio, de sabiduría y de renacimiento.

  • Amor filial

    LA ESCULTURA DEL MAMMELOKKER: CUANDO LA LEYENDA SE TALLA EN PIEDRA

    En el corazón de Gante, Bélgica, hay un edificio que no pasa desapercibido. 

    Se trata del Mammelokker, una pequeña estructura barroca adosada a la parte trasera del majestuoso campanario de la ciudad, el Belfort. 

    Lo que más llama la atención no es su arquitectura, sino el sorprendente relieve esculpido sobre su entrada: una mujer joven amamantando a un anciano dentro de una celda.

    Este impactante conjunto escultórico no es una escena vulgar ni provocativa. 

    Representa una de las leyendas más conmovedoras y antiguas de la civilización occidental: la historia de “la Caridad Romana”.

    La leyenda tiene su origen en la antigua Roma y fue recogida por el escritor Valerio Máximo en su obra Facta et dicta memorabilia (Hechos y dichos memorables), escrita en el siglo I d.C.

    Narra el caso de Cimón, un hombre condenado a morir de hambre en prisión por una falta grave (a veces se dice por robo, otras por motivos políticos). 

    La única persona a la que se le permitía visitarlo era su hija, Pero, una joven que acababa de ser madre.

    A pesar de los estrictos controles que le impedían llevarle comida, Pero decidió hacer lo impensable: amamantó en secreto a su propio padre para mantenerlo con vida.

    Durante semanas, el anciano logró sobrevivir sin mostrar signos de debilidad, lo que despertó sospechas entre los guardias. 

    Al ser vigilada, se descubrió la verdad. 

    Lejos de castigarla, los jueces romanos se conmovieron profundamente por el acto de amor y devoción filial. 

    Como resultado, Cimón fue perdonado y liberado.

    Esta historia, aunque no histórica sino moralizante, fue celebrada durante siglos como un símbolo de piedad filial, sacrificio y amor incondicional y ha sido representada por artistas como Caravaggio, Rubens y Artemisia Gentileschi y ha inspirado esculturas como la de David ‘t Kindt, quien esculpió esta escena en piedra en 1741 sobre la entrada de lo que entonces era la prisión municipal de Gante.

    El nombre «Mammelokker», que significa literalmente “el que chupa el pecho” en dialecto flamenco, se convirtió en el apodo popular de este anexo carcelario. 

    La escultura no solo marcaba la entrada al edificio, sino que también servía como un poderoso recordatorio de que incluso entre muros de castigo, la compasión y la humanidad pueden sobrevivir.

    Hoy, «el Mammelokker» es una de las joyas ocultas de Gante, un rincón donde la piedra guarda viva una antigua leyenda, y donde el arte se convierte en memoria de los valores eternos del amor y la misericordia.

    Fuente: Misterios del mundo