• Ángel de la guarda

    EL ÁNGEL QUE CAMINA CONTIGO AUNQUE NO LO VEAS

    Ángel de la guarda, compañero silencioso que el cielo asignó a mis pasos, hoy levanto mi voz para reconocerte. No te veo, pero caminas cerca. No te escucho, pero me proteges. No te anuncio, pero intervienes en momentos que jamás sabré explicar. Y aun así, tu presencia ha sostenido más días de los que mi memoria puede contar.

    Gracias por cada peligro que apartaste sin hacer ruido. Por cada caída que suavizaste. Por cada puerta que cerraste cuando yo insistía en cruzarla. Tú has sido sombra en el sol ardiente y escudo en la tormenta invisible. Has caminado detrás de mí como guardián paciente, no para controlar mi vida… sino para custodiarla.

    Esta noche, mientras el cielo se llena de estrellas, recuerdo que no camino solo. Así como ese niño avanza confiado sobre las nubes, mi alma también avanza porque hay manos celestiales sosteniendo lo que no alcanzo a ver. Dame la inocencia de confiar. Dame la paz de quien sabe que el cielo no abandona a los suyos.

    Ángel fiel, cuando mis pensamientos se oscurezcan, ilumina mi mente. Cuando el miedo me susurre derrotas, recuérdame que no estoy desprotegido. Cuando la tristeza pese más que mi fuerza, permanece cerca, como presencia suave que no invade, pero sostiene.

    Guía mis decisiones. Desvía mis pasos del mal. Inspira en mí impulsos de bondad que ni siquiera reconozco como tuyos. Que mi vida no choque contra sombras innecesarias por caminar distraído. Susúrrame prudencia. Despierta mi conciencia. Protege mi descanso cuando cierre los ojos y el mundo se apague.

    Y si alguna vez me siento perdido, recuérdame que incluso en la oscuridad más profunda… las estrellas siguen encendidas. Que tu vigilancia no duerme. Que tu misión no descansa. Que tu lealtad no depende de mi perfección.

    Gracias por caminar detrás de mí sin pedir reconocimiento. Gracias por tu fidelidad invisible. Gracias porque aunque el mundo no te vea… el cielo te conoce por nombre.

    Quédate cerca, ángel guardián. Camina conmigo hasta el final de mis días. Y cuando cruce el último umbral, sé el rostro familiar que me recuerde que nunca estuve solo.

    Amén. ✨👼🌌

    Tomado de la Red

  • Dentro de 50 años

    “Dentro de 50 años, en ese lejano 2076, ninguno de nosotros estará aquí. 

    Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado en el viento.

    Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes.

    Seremos apenas un nombre perdido en la memoria de quienes nos amaron… y luego, incluso ese nombre será polvo.

    Y cuando uno comprende eso, la vida se revela con una claridad inmensa:

    qué inútil es vivir con enojo, compitiendo, envidiando…

    como si fuéramos eternos.

    Qué absurdo correr tras lo perfecto mientras el tiempo, silencioso e implacable, sigue su camino.

    La vida —tan breve, tan frágil, tan sagrada— no fue hecha para sufrir, sino para sentirse y ser amada.

    Para agradecer cada amanecer, cada abrazo, cada alimento, cada respiro.

    Para valorar a familiares y amigos…quienes hoy caminan con nosotros, sabiendo que no siempre estarán, así como no siempre estuvimos con quienes una vez amamos y que ahora son apenas estrellas fugaces… hermosas mientras brillaron, pero destinadas a seguir su propio rumbo.

    No hay espacio para el enojo cuando se comprende que todos somos viajeros temporales.

    Cada persona que cruza nuestro camino trae una enseñanza, un cariño, una herida o una luz.

    Y aun cuando el destino los aleja, queda lo esencial:

     la gratitud por el momento compartido.

    Vivamos, entonces, con el corazón ligero y las manos abiertas.

    Hagamos el bien mientras podamos, amemos sin miedo, perdonemos sin rencor, y celebremos la vida sin esperar un “mañana perfecto”.

    Porque nuestra estadía aquí es apenas un suspiro…y ese suspiro merece ser vivido con amor, con paz, y con un agradecimiento profundo por quienes hoy, todavía, están a nuestro lado. Nuestros seres queridos, esposo o esposa, hij@s y familiares y por supuesto, Ustedes  amig@s.

    Arquitectura Espiritual ®️

  • Volver

    Hola, me llamo Elena y tengo 38 años 💕 Perdón si esto es largo pero necesito compartirlo porque todavía no me lo creo.

    Hace seis años tuve un accidente en moto. Me golpeé fuerte la cabeza y aunque me recuperé bien, una de las secuelas fue que perdí el olfato completamente. Los doctores me dijeron que era permanente por el daño en los nervios. Suena como algo menor comparado con lo que pudo pasar, lo sé, pero no saben cuánto extrañaba oler el café en las mañanas, las flores, o cuando llueve y huele a tierra mojada.

    Me adapté porque no quedaba de otra. Seguí con mi vida, mi trabajo como diseñadora freelance desde casa, mis rutinas. Dejé de cocinar cosas elaboradas porque no podía saber si estaban bien sazonadas. Dejé de usar perfume porque no tenía sentido.

    El mes pasado empecé a ir a un café cerca de mi casa para trabajar porque ya me estaba volviendo loca de estar encerrada todo el día. Siempre me sentaba en la misma mesa de la esquina.

    Un día llegó un señor y se sentó en la mesa de al lado. Después de un rato me preguntó si podía conectar su laptop a mi contacto porque el WiFi no le funcionaba. Platicamos un poco. Se llama Daniel, tiene 41 años y es programador, también trabaja remoto.

    Empezamos a coincidir seguido en el café. A veces platicábamos, a veces solo nos saludábamos. Hace dos semanas me invitó a desayunar un sábado. Fuimos a un lugar diferente que él conocía.

    Estábamos platicando cuando me sirvieron el café y me quedé paralizada.

    Podía oler el café. Después de seis años sin oler nada.

    Pensé que estaba imaginando cosas. Me acerqué la taza otra vez y sí, ahí estaba el olor. Empecé a llorar ahí mismo. Daniel se asustó, pensó que le había pasado algo al café. Entre lágrimas le expliqué.

    No lo podía creer. Empecé a oler todo lo que encontraba. La servilleta de papel, mi suéter, mi bolsa. Daniel pidió un pedazo de pastel de chocolate solo para que yo pudiera olerlo. Los dos lloramos de la emoción.

    Al día siguiente fui corriendo con mi doctora. Me hizo estudios y me dijo que a veces, en casos muy raros, los nervios pueden regenerarse con el tiempo. Que es casi un milagro pero que pasa.

    Han pasado dos semanas y sigo oliendo todo como si fuera la primera vez. Ayer fui al mercado y me quedé ahí parada oliendo las frutas, las flores, todo. La gente me veía raro pero no me importó.

    Daniel y yo seguimos viéndonos. No sé qué somos todavía, apenas nos conocemos. Pero cada vez que lo veo pienso en que él estaba ahí justo cuando mi vida cambió otra vez.

    A veces la vida te quita cosas y luego te las regresa cuando menos te lo esperas.

    Gracias por leerme 🌸

  • La PAZ se construye

    Todo hombre quiere pasar el resto de su vida con una mujer que le dé paz… lo dicen con facilidad, como si la paz fuera un regalo que aparece de la nada, como si fuera una cualidad que ella está obligada a entregar por naturaleza. Pero se les olvida que esa paz no nace sola, que no brota mágicamente en el corazón de una mujer cansada, herida o desatendida. La paz que tanto desean se construye, se provoca, se cuida… y sobre todo, se merece.

    La paz de una mujer no es un refugio gratuito, es el resultado de cómo la tratan. De las palabras que reciben, del respeto que le dan, de la fidelidad que sostienen, de la seguridad que ofrecen. Una mujer no puede dar calma si vive con la inquietud de no ser prioridad, si tiene que mendigar atención, si sus lágrimas duelen más que las promesas que rompen. Nadie puede dar paz cuando vive con el alma en alerta.

    La paz nace cuando un hombre habla claro, cuando respeta, cuando no juega con la confianza, cuando demuestra con hechos lo que dice con la boca. Cuando no esconde su amor, cuando no desaparece, cuando no se comporta como tormenta esperando que ella siga siendo sol. La paz aparece cuando ella no tiene que adivinar, ni competir, ni luchar por un lugar que se supone debería ser suyo.

    Pero qué melancólico es ver a tantos hombres queriendo encontrar una mujer calmada, serena, estable… mientras ellos mismos siembran duda, ansiedad y heridas. Esperan recibir lo que no saben dar. Esperan un oasis después de haber provocado desiertos.

    La verdad es que una mujer que da paz es una mujer que se siente en paz. Y esa tranquilidad no se impone… se inspira. Nace del trato, de la constancia, de la lealtad, de la ternura que reciben. Nace cuando un hombre entiende que amar no es exigir, sino cuidar.

    Porque al final, la paz que desean no es un privilegio que pueden reclamar…es un reflejo de su propio comportamiento. Y ahí, en esa simple verdad, es donde muchos se pierden. Porque quieren una mujer que no tiemble… mientras ellos sacuden todo lo que ella intenta sostener.

    ©️ Me gustó mucho 

    #MeGustóMucho 📚📖✍🏻

    #fblifestyle

  • Cuando sea viejita

    Lo sabías?? Cuando sea viejita, me voy a mudar con cada hijo …Y les daré tantas alegrías de la misma manera que ellos me las dieron … Quiero devolver Todo lo que recibí de Ellos … Haciendo las mismas cosas …Oh ,  les va Encantar  …

    Cuando sea viejita y viva con mis hijos escribiré en las paredes con lápices de colores.

    Saltaré en los sofá con zapatos … 

    Beberé en las botellas y las dejaré fuera de la nevera ….

    Atascaré de papel higiénico los sanitarios …

    Cuando esté viejita y viva con mis hijos, cuando estén al teléfono y no me puedan ver… aprovecharé a jugar con azúcar y  harina …

    Cuando esté viejita y viva con mis hijos , me sentaré a mirar televisión y cambiaré de canal todo el tiempo …

    Me quitaré las medias y siempre perderé un pie ..

    Voy a jugar con barro hasta el final del día …

    Cuando esté viejita y viva con mis hijos, cuando me llamen para la cena que hicieron no voy a comer verduras , ni ensalada o carne ..

    Derramaré leche sobre la mesa … Y cuando se enojen… correré si puedo  …

    Cuando esté viejita y viva con mis hijos y de noche ya acostada, voy a agradecer a Dios por todo …Y mis hijos me mirarán  con una media sonrisa y dirán entre ellos: » ELLA ES TAN DULCE CUANDO ESTÁ DURMIENDO «

    De la red

  • Puertas cerradas

    En 1938, Italia aprobó las leyes raciales del régimen fascista.

    De un día para otro, miles de personas fueron borradas de la vida pública. Entre ellas, una joven neurocientífica llamada Rita Levi-Montalcini.

    Trabajaba en la Universidad de Turín, investigando el desarrollo del sistema nervioso. Tenía talento, disciplina y un futuro prometedor. Pero era judía. Y eso bastó para que la expulsaran. Le retiraron el puesto. El acceso al laboratorio. Los recursos. El derecho a enseñar. El derecho a investigar. Lo perdió todo, menos una cosa: la necesidad de entender cómo funciona la vida.

    Rita regresó a casa y convirtió su dormitorio en un laboratorio clandestino. Un escritorio, una lámpara, un microscopio prestado, instrumental básico y huevos fertilizados comprados en el mercado. Nada más. Mientras Europa ardía en guerra, ella diseccionaba embriones de pollo para observar cómo crecían las fibras nerviosas. Trabajaba en silencio. Sin reconocimiento. Sin permisos. Sin aplausos.

    Cuando los nazis ocuparon el norte de Italia, tuvo que huir. Empacó su microscopio. Siguió investigando donde pudo: en el campo, en casas prestadas, en refugios improvisados. La ciencia viajaba con ella. Y allí, en esas condiciones imposibles, hizo un descubrimiento que cambiaría la medicina: identificó una sustancia fundamental para el crecimiento y supervivencia de las neuronas. El factor de crecimiento nervioso.

    La comunidad científica no la creyó al principio. Era demasiado simple. Demasiado elegante. Demasiado importante para haber nacido en una habitación sin laboratorio oficial.

    Pero era verdad.

    Décadas después, ese hallazgo se convirtió en una de las bases de la neurociencia moderna. En 1986, Rita Levi-Montalcini recibió el Premio Nobel de Medicina. No desde una universidad poderosa. No desde una institución influyente. Sino desde la perseverancia de alguien a quien intentaron silenciar.

    Vivió más de cien años. Nunca dejó de trabajar. Nunca dejó de pensar. Nunca dejó de enseñar. Su historia no es solo la de un premio. Es la de una mujer a la que le cerraron todas las puertas… y decidió que eso no significaba que no pudiera avanzar. Porque a veces, cuando el mundo te expulsa, no te está diciendo que no vales. Te está diciendo que tu lugar está más adelante.

    De la red

    #fblifestyle

  • Comer sobras

    ​

    Entró a un restaurante a comer sobras porque se moría de hambre… sin saber que el dueño cambiaría su destino para siempre

    El estómago me gruñía como un perro callejero, y las manos se me estaban congelando. Caminaba por la banqueta mirando las vitrinas iluminadas de los restaurantes, con ese olor a comida recién hecha que dolía más que el frío. No traía ni una sola moneda.

    Después de mucho dudarlo, me atreví a entrar a uno. El aroma a carne asada y pan caliente casi me hizo llorar. Miré a mi alrededor como si buscara a alguien, pero en realidad estaba cazando una mesa recién desocupada. La encontré. Quedaban unas papas fritas, un pedazo de pan medio duro, un poco de carne pegada al plato.

    Me senté rápido, fingiendo ser clienta, y empecé a comer los restos. El pan estaba frío y la carne seca… pero para mí, sabía a cielo.

    —Oye —escuché una voz grave detrás de mí—. No puedes hacer eso.

    Me quedé helada. Tragué lo que tenía en la boca y bajé la mirada, esperando que me echaran.

    —Lo… lo siento, señor —murmuré, tratando de esconder un pedazo de papa en el bolsillo del abrigo roto—. Solo… tenía hambre.

    El hombre estaba impecable. Traje oscuro, corbata bien puesta, zapatos que seguramente valían más que todo lo que yo había tenido en la vida. Yo llevaba el suéter manchado, los zapatos rotos y el cabello hecho nudos.

    —Ven conmigo —ordenó.

    Di un paso hacia atrás, asustada.

    —No robé nada, se lo juro… Déjeme terminar y me voy —dije con voz quebrada.

    Él me observó en silencio, con los ojos serios. Luego levantó la mano, hizo una seña a un mesero y se fue a sentar a otra mesa.

    Yo no entendía nada. Me quedé ahí, con el corazón latiéndome fuerte. Entonces llegó el mesero y puso frente a mí un plato enorme: arroz calientito, carne jugosa, verduritas al vapor… y un vaso de leche tibia.

    —¿Es para mí? —pregunté, sin creerlo.

    El mesero asintió con una sonrisa. Volteé a ver al hombre del traje. Él me miraba en silencio desde su mesa, sin decir palabra.

    Me acerqué despacito, sintiendo que no merecía ni mirarlo a los ojos.

    —¿Por qué… por qué me dio de comer?

    Él se quitó el saco, lo dejó sobre la silla y me dijo con una calma que me desarmó:

    —Porque nadie debería tener que rebuscar en las sobras para sobrevivir. Si tienes hambre, aquí siempre vas a encontrar un plato caliente. Yo soy el dueño de este restaurante. Y desde hoy, eso no va a cambiar.

    No supe qué decir. La garganta se me hizo nudo. Me tapé la cara con las manos y lloré. Lloré de hambre, de pena, de agradecimiento. Y por primera vez en años, me sentí vista.

    Una notita para ti, que llegaste hasta aquí:

    Gracias por leer esta historia. Escribo estos relatos con el corazón, gratis, porque sé que no todas las personas pueden pagar por leer… y eso no debería impedirles sentir.

    Si algún día puedes apoyarme —aunque sea con un comentario, una reacción o compartiendo estas palabras—, me estarías ayudando más de lo que imaginas. Soy mamá, soy escritora, y cada historia es un acto de fe para mí.

    Gracias por estar.

  • Edadismo

    Ese día comprendí: me echaron por tener 55 años. Pero esos mismos 55 me habían dado la experiencia, la paciencia y la fortaleza para resistir, enfrentar y vencer. Ahora la juventud trabajaba a mi lado, aprendiendo de mí lo más valioso: cómo transformar una derrota en victoria. #fblifestyle

    Empty Mind

  • Sueño terapéutico

    Sueño terapéutico

    Sí. Es posible pasar a lo que yo llamo «el sueño terapéutico», dentro del cual la lucidez es utilizada para curar una herida o consolar de una carencia que se experimenta en el estado de vigilia. Citaré cuatro ejemplos sacados de mi cuaderno:

    Me encuentro en compañía de Teresa, mi abuela paterna, a la que, por desavenencias familiares, no tuve ocasión de conocer. Es una mujercita algo gruesa y con la frente ancha. 

    En el sueño, me doy cuenta de que, en realidad, no nos conocemos, que nunca nos hemos hablado, que no hemos paseado juntos ni una sola vez. 

    Le digo: «¿Cómo es posible que tú, mi abuela, nunca me hayas tenido en brazos?». Comprendo que esto es una falta de delicadeza y rectifico: «Mejor dicho, ¿ cómo es posible, abuela, que yo, tu nieto, nunca te haya dado un beso?». 

    Le propongo dárselo ahora y ella acepta. Nos abrazamos y nos besamos. Despierto con un nítido recuerdo del sueño, contento de haber encontrado este arquetipo familiar. 

    Estoy en mi dormitorio, tal como es en realidad, de pie frente a mi padre. Le digo: «En toda mi vida, no me has besado como hace un padre. Hiciste que te temiera y nada más. Pero ahora que soy mayor voy a darte un abrazo».  Y, sin temor, lo abrazo, lo beso y lo mezo. 

    Y al mecerlo siento la fortaleza sorprendente de su espalda. Y exclamo, contento: «¡Tienes noventa años y aún eres tan fuerte!». Sigo meciéndolo, con audacia y ternura, y le digo: «Como tú nunca te comunicaste conmigo por el tacto, yo también le he negado todo contacto corporal a mi hijo.». 

    Y aparece Axel, con la edad que tiene hoy, 26 años. Lo abrazo y le pido que me meza, como acabo de mecer yo a mi padre. Me despierto. Durante el día, charlo con Axel y le explico el sueño alegremente. Le pido que me abrace y que me meza. 

    Al comienzo, él está tímido, lo hace de mala gana, pero poco a poco se conmueve y acabamos por establecer un contacto que nos ofrece una sensación de bienestar y de paz para ambos. 

    De esta forma, en sueños, realicé algo que había faltado en mi relación con mi padre y, en la realidad, le permití a mi hijo subsanar esa falta en su relación conmigo.

    Alejandro Jodorowsky

  • La muerte como retorno al Ser

    La muerte no es un final, sino un retorno consciente al origen. Es el momento en que el alma se libera de la densidad de la forma y la conciencia se expande hacia planos más sutiles de existencia. Nada se pierde: solo se transforma.

    Tomado de la red