• OSITO TEDY

    ​Usted​

    OSITO TEDY

    Los padres de una niña de 8 años le pidieron que se quedara sola en casa mientras ellos iban a comprar una pizza. Sin embargo, en el camino, el auto en el que viajaban chocó contra un poste.

    Ocho horas después

    La niña seguía sola en casa. Era de noche, la casa estaba en completa oscuridad, y el miedo comenzó a apoderarse de ella.

    —¿Dónde están mis padres? ¡Tengo miedo! ¿Por qué tardan tanto? —se preguntaba mientras su estómago gruñía de hambre. Sin saber cocinar, comenzó a asustarse aún más.

    De repente, un aroma a huevos fritos invadió la casa.

    —¿Quién está cocinando? ¿Será que mis padres ya llegaron? —pensó la niña con alivio y una sonrisa en el rostro.

    Corrió hacia la cocina emocionada, pero al llegar, se encontró con un hombre gordo y peludo cocinando.

    —¿Señor, quién es usted? —preguntó, desconcertada.

    —Soy amigo de tus padres —respondió el hombre con una voz calmada.

    —¿En serio? ¿Cómo se llama?

    —Puedes llamarme Osito Tedy.

    —¿Osito Tedy? ¡Qué nombre tan divertido! —dijo la niña riendo.

    —Mis amigos me llaman así porque tengo mucho vello corporal. ¿Tienes hambre, pequeña? —le preguntó con una sonrisa amable.

    La niña, frotándose el estómago, respondió:

    —¡Sí, tengo mucha hambre, señor!

    El hombre colocó un plato sobre la mesa, y la niña se sentó rápidamente. Osito Tedy le sirvió huevos con tocino, y la niña devoró la comida con entusiasmo.

    —¿Te gusta, pequeña?

    —¡Está delicioso! Cocinas muy bien.

    —Gracias. Antes tenía un restaurante, pero…

    —¿Ya no lo tiene?

    —Lamentablemente, no. Mi restaurante se incendió —dijo Tedy, bajando la mirada.

    —Oh no, qué cosa tan triste… —respondió la niña con pesar.

    Mientras tanto, en el hospital, la madre de la niña despertaba del coma. Al poco tiempo, les pidió a las enfermeras que enviaran a alguien a casa para ver cómo estaba su hija.

    Cuando la policía llegó a la casa, la encontraron impecable y a la niña durmiendo en su cama. Uno de los oficiales se acercó y la despertó suavemente.

    —Niña, ¿estás bien?

    —Sí, el Osito Tedy me contó un cuento para dormir. Desde que mis padres no están, Osito Tedy se ha ocupado de mí.

    —¿Osito Tedy? —preguntó el policía, confundido, mientras miraba a su alrededor sin encontrar a nadie.

    El oficial salió de la casa con la niña en brazos. Al mirar al cielo, dijo en voz baja:

    Esta niña estuvo sola en esta casa durante ocho meses. Muchos lo llaman un milagro, pero yo sé que fuiste tú, hermano…

    Hace dos años, en el mismo lugar donde ahora estaba la casa de la niña, había un restaurante que se incendió. En ese incidente, Tedy, el dueño del restaurante y hermano del policía, perdió la vida. Sin embargo, su bondadoso corazón lo llevó a regresar del más allá para cuidar de una niña que lo necesitaba.

    De lar ed

  • Reflexión cristiana

    Eramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Daniel en una silla para niño y me di cuenta que todos estaban tranquilos comiendo y charlando. De repente, Daniel pegó un grito con ansia y dijo, «Hola amigo!».

    Golpeando la mesa con sus gorditas manos, sus ojos estaban bien abiertos por la admiración y su boca mostraba la falta de dientes en su encía.

    Con mucho regocijo él se reía y se retorcía. Yo miré alrededor, vi la razón de su regocijo.

    Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro; sucio, grasoso y roto.

    Sus pantalones eran anchos y con el cierre abierto hasta la mitad y sus dedos se asomaban a través de lo que fueron unos zapatos.

    Su camisa estaba sucia y su cabello no había recibido una peinilla por largo tiempo.

    Sus patillas eran cortas y muy poquitas y su nariz tenía tantas venitas que parecía un mapa.

    Estábamos un poco lejos de él para saber si olía, pero seguro que olía mal. Sus manos comenzaron a menearse para saludar.

    «Hola bebito, como estas muchachón,» le dijo el hombre a Daniel.

    Mi esposa y yo nos miramos, «Que hacemos?»

    Daniel continuó riéndose y contestó: «Hola, hola amigo.»

    Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero. El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo.

    Nos trajeron nuestra comida y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebe. Nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo. Obviamente el estaba borracho. Mi esposa y yo estábamos avergonzados.

    Comimos en silencio, menos Daniel que estaba súper inquieto y mostrando todo su repertorio al pordiosero, quien le contestaba con sus niñadas.

    Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta.

    Mi esposa fue a pagar la cuenta y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.

    El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida.

    «Dios mío, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Daniel» -dije orando, mientras caminaba cercano al hombre.

    Le di un poco la espalda tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando.

    Mientras yo hacía esto, Daniel se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo y puso sus brazos en posición de «cárgame.»

    Antes de que yo se lo impidiera, Daniel se abalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.

    Rápidamente el muy oloroso viejo y el joven niño consumaron su relación amorosa.

    Daniel en un acto de total confianza, amor y sumisión recargó su cabeza sobre el hombro del pordiosero.

    El hombre cerró sus ojos y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas.

    Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo, suave, muy suavemente, acariciaban la espalda de Daniel. Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo.

    Yo me detuve aterrado.

    El viejo hombre se meció con Daniel en sus brazos por un momento, luego abrió sus ojos y me miró directamente a los míos.

    Me dijo en voz fuerte y segura: «Usted cuide a este niño.»

    De alguna manera le conteste «Así lo haré» con un inmenso nudo en mi garganta.

    El separó a Daniel de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor.

    Recibí a mi niño, y el viejo hombre me dijo: «Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado un hermoso regalo.» No pude decir más que un entrecortado gracias.

    Con Daniel en mis brazos, caminé rápidamente hacia el carro.

    Mi esposa se preguntaba por qué estaba llorando y sosteniendo a Daniel tan apretadamente, y por qué yo estaba diciendo:

    «Dios mío, Dios mío, perdóname.»

    Yo acababa de presenciar el amor de Cristo a través de la inocencia de un pequeño niño que no vio pecado, que no hizo ningún juicio; un niño que vio un alma y unos padres que vieron un montón de ropa sucia. Fui un cristiano ciego, cargando un niño que no lo era.

    Yo sentí que Dios me estuvo preguntando: «Estás dispuesto a compartir tu hijo por un momento?».

    Cuando El compartió a su hijo por toda la eternidad.

    De la red

  • ¡Gracias, mamá!

    “Pensé que mi mamá quería más a mi hermano…”

    Y no… no era favoritismo. Era una herida que yo no conocía. Cada hijo conoce una versión distinta de su madre. Uno la conoció fuerte… otro  cansada. Uno la hizo reír… otro llorar.

    Uno llegó cuando aún soñaba… y otro cuando ya se le notaban las renuncias en la mirada. No, no era que quisiera más a uno… es que cada uno ocupó un rincón distinto de su alma.

    Uno necesitó más tiempo. Otro más paciencia. Y hubo uno que solo necesitaba que ella no se quebrara… y por eso ella fingía estar bien.

    A veces creemos que mamá tiene un favorito porque vemos el abrazo… pero no la historia. Vemos el silencio… pero no todo lo que tuvo que callar. Vemos que da más… sin notar a quién más le dolió. Porque sí:

    El hijo que más abrazos recibió, tal vez fue el que más roto estaba. El que parecía tenerlo todo fácil, quizás era el que más se perdió en el camino. Y el que nunca pedía nada… fue el que aprendió a no necesitar.

    Una madre no ama con justicia matemática. Ama con lo que tiene. Con lo que le queda. Ama desde el cansancio, desde la intuición, desde el miedo a fallar.

    ¿Alguna vez te preguntaste por qué no te abrazó más?. Tal vez pensó que eras mas fuerte. Tal vez ya no le quedaban fuerzas. Tal vez también esperaba un abrazo tuyo…

    Ella fue mujer antes que madre. Fue hija antes que guía. Y tuvo que aprender sola a repartir su alma entre varios sin romperse por completo.

    No juzgues su amor por lo que hizo. Valóralo por lo que sacrificó en silencio. Por las lágrimas que secó sin que vieras. Por las veces que prefirió dolerse sola, para que tú no te sintieras culpable. Y si todavía la tienes contigo… mírala de nuevo. Tal vez no era falta de amor. Era que te estaba cuidando… a su manera. No esperes a perderla para entenderla. No esperes ser padre o madre para perdonarla. Y no esperes más para decirle lo que siempre quiso oír:

    “Gracias, mamá. Por amarme… incluso cuando no lo entendí.”

    Cada hijo ocupa un lugar distinto en el corazón de mamá… Y aunque no todos lo entiendan igual, ese amor siempre estuvo ahí. Solo que hablaba diferente.

    De la red.

  • Entender la vida

    Hay que acostumbrarse a caminar más despacio, a despedirse de quien fuimos y a dar la bienvenida a quien somos hoy. Cumplir años no es solo cuestión de tiempo, sino de valentía: aceptar nuestro nuevo rostro, abrazar con orgullo el cuerpo que nos acompaña y soltar los miedos, los prejuicios y las cargas que el tiempo no logró borrar.

    Hacerse viejo es aprender a estar con uno mismo, a dejar ir lo que ya no suma, y a valorar lo que aún permanece. Es entender que la vida cambia, que las despedidas son parte del camino y que cada lágrima puede abrir espacio a nuevas sonrisas, nuevos sueños y nuevas razones para seguir adelante.

    Un texto de Alejandro Jodorowsky que nos recuerda que la vejez también puede ser un acto de amor propio, de sabiduría y de renacimiento.

  • Amor filial

    LA ESCULTURA DEL MAMMELOKKER: CUANDO LA LEYENDA SE TALLA EN PIEDRA

    En el corazón de Gante, Bélgica, hay un edificio que no pasa desapercibido. 

    Se trata del Mammelokker, una pequeña estructura barroca adosada a la parte trasera del majestuoso campanario de la ciudad, el Belfort. 

    Lo que más llama la atención no es su arquitectura, sino el sorprendente relieve esculpido sobre su entrada: una mujer joven amamantando a un anciano dentro de una celda.

    Este impactante conjunto escultórico no es una escena vulgar ni provocativa. 

    Representa una de las leyendas más conmovedoras y antiguas de la civilización occidental: la historia de “la Caridad Romana”.

    La leyenda tiene su origen en la antigua Roma y fue recogida por el escritor Valerio Máximo en su obra Facta et dicta memorabilia (Hechos y dichos memorables), escrita en el siglo I d.C.

    Narra el caso de Cimón, un hombre condenado a morir de hambre en prisión por una falta grave (a veces se dice por robo, otras por motivos políticos). 

    La única persona a la que se le permitía visitarlo era su hija, Pero, una joven que acababa de ser madre.

    A pesar de los estrictos controles que le impedían llevarle comida, Pero decidió hacer lo impensable: amamantó en secreto a su propio padre para mantenerlo con vida.

    Durante semanas, el anciano logró sobrevivir sin mostrar signos de debilidad, lo que despertó sospechas entre los guardias. 

    Al ser vigilada, se descubrió la verdad. 

    Lejos de castigarla, los jueces romanos se conmovieron profundamente por el acto de amor y devoción filial. 

    Como resultado, Cimón fue perdonado y liberado.

    Esta historia, aunque no histórica sino moralizante, fue celebrada durante siglos como un símbolo de piedad filial, sacrificio y amor incondicional y ha sido representada por artistas como Caravaggio, Rubens y Artemisia Gentileschi y ha inspirado esculturas como la de David ‘t Kindt, quien esculpió esta escena en piedra en 1741 sobre la entrada de lo que entonces era la prisión municipal de Gante.

    El nombre «Mammelokker», que significa literalmente “el que chupa el pecho” en dialecto flamenco, se convirtió en el apodo popular de este anexo carcelario. 

    La escultura no solo marcaba la entrada al edificio, sino que también servía como un poderoso recordatorio de que incluso entre muros de castigo, la compasión y la humanidad pueden sobrevivir.

    Hoy, «el Mammelokker» es una de las joyas ocultas de Gante, un rincón donde la piedra guarda viva una antigua leyenda, y donde el arte se convierte en memoria de los valores eternos del amor y la misericordia.

    Fuente: Misterios del mundo

  • Amor que no duela

    Hay un miedo del que casi nadie se atreve a hablar, pero todas lo llevamos adentro.

    No tiene que ver con las arrugas, ni con el bastón, ni siquiera con la soledad.

    Es ese otro miedo… el de ir desapareciendo dentro de un cuerpo que ya no te responde como antes. El de no poder levantarte sin ayuda.  El de no llegar sola al baño. El miedo a depender.

    A veces me despierto y lo pienso en silencio, como si decirlo fuerte lo hiciera real… ¿Qué pasa si un día ya no puedo con todo yo sola?. Si la mano me tiembla y los pinceles se me escapan. Si la memoria me juega ausencias y se me olvida el café hirviendo, los nombres… o incluso yo misma. 

    Y no, no quiero que me miren con lástima. Quiero respeto. Porque aunque el cuerpo se apague lento, el alma sigue aquí, viva y clara. Una no deja de ser mujer, ni valiente, ni digna… solo porque el cuerpo ya no obedezca como antes.

    Pero… duele. Duele mirar cómo a los viejos los tratan como si estorbaran, como si fueran niños torpes. Ese también es otro miedo: no solo depender… sino que te vean como una carga.

    Por eso, mientras pueda, me levanto. Me preparo mi café. Me seco las lágrimas. Me doy mi propio abrazo. Me repito que sigo valiendo. Porque si algún día no puedo hacerlo por mí misma, que al menos lo sepa quien me cuide. 

    No necesito compasión. Lo que quiero es amor que no duela. Amor con respeto. Y si llega el momento en que dependa de alguien…que me tome la mano sin hacerme sentir que valgo menos!!!

    Porque vieja sí…pero vacía e incapaz, jamás!

    Crédito a quien corresponda…

    TOMADO DE LA RED.

  • Seguir amando

    A MIS PADRES QUE ME LLORAN

    (Por Fernando D’Sandi)

    Para quienes han perdido a un hijo. El dolor que no tiene nombre sí que lo tiene… Se llama : «seguir amando»

    No se asusten si esta carta llega sin aviso. No es un milagro. Es solo que el amor no respeta fronteras. Ni la del silencio… ni la de la muerte. No intenten entender cómo llegó hasta ustedes. Mejor, siéntanla. Cierren los ojos… y respiren.

    Estoy ahí…

    En eso que no saben nombrar, pero sienten cada que el alma les pesa y el pecho se aprieta como si les faltara el aire. No es falta de oxígeno… Es falta de mí. Pero escúchenme: yo no me fui mal, ni me fui vacío. Tuve todo, aunque no lo tuve todo. No me faltó nada, aunque me faltaron años.

    Viví lo que muchos solo se atreven a imaginar. Y no hablo de hazañas, ni de títulos,  ni de viajes al extranjero. Hablo de lo que realmente importa: la risa de mamá al quemar las tortillas, la mirada de papá cuando fingía estar molesto pero lo delataba una sonrisa. Hablo de las veces que me besaron dormido, de cómo me cubrían cuando ya tenía la cobija puesta.

    Hablo de ese amor ridículo, torpe y desbordado que solo ustedes sabían dar. Ese amor que me hizo valiente… incluso al despedirme.

    No quiero que se queden atrapados en la pregunta que no tiene respuesta: ¿por qué nosotros? ¿por qué él? . Esa pregunta tiene la misma lógica que pedirle al mar que deje de tener olas. Y si están buscando justicia, perdón… La vida no tiene tribunales… Solo tiene ciclos. Y a veces, se nos cruzan los trenes antes de lo previsto. Ya sé que me iban a cuidar siempre… Que aún tienen planes para mí… Que mi cuarto está igual, como si fuera a regresar en cualquier momento. Y me conmueve…

    Pero me duele más verlos apagarse con cada vela que me encienden. No me recuerden solo desde la ausencia. Recuérdenme desde el amor que todavía pueden repartir. Porque ahí está la trampa más cruel del duelo: Creer que el amor que ya no me pueden dar se murió conmigo. Y no… Ese amor sigue vivo. Solo está buscando otra forma de salir. Entréguenlo a quien les acompañe, a quien lo necesite, a quien lo provoque. No importa si es un sobrino, un amigo, un animal, una planta o un completo desconocido.

    Repartan ese amor entre ustedes mismos… Porque el amor que no se da… se pudre. No quiero que me busquen entre lágrimas ni entre velas. Estoy en otra parte…En donde ustedes sonríen sin culpa. En donde el sol les da de frente y no sienten remordimiento por seguir vivos. Estoy ahí… donde me imaginan sanando, creciendo, libre del tiempo.

    Porque sí… aunque parezca contradictorio, yo también sigo creciendo, solo que desde otro lugar. No se queden preguntando si pudieron hacer algo más. Hicieron todo. Y lo hicieron tan bien, que pude irme en paz.

    Sé que no hay nombre para lo que sienten. A nadie se le ocurrió bautizar el dolor de perder a un hijo. Y tal vez fue mejor así…Porque hay dolores tan grandes que no caben en ninguna palabra. Y el suyo… el suyo es de esos que solo el cielo comprende.

    Pero esta carta no es para hablar de la herida. Es para recordarles que donde ustedes vean final, yo estoy viendo puente. Que la vida no terminó. Solo cambió de forma. Y que todo lo que fuimos… sigue siendo. Y claro que todo valió la pena… Cada minuto. Cada abrazo. Cada pelea absurda. Cada espera en la sala de urgencias. Cada «te quiero» que no dijeron, pero lo pensaron. Valió todo…

    Porque al final, la vida no se mide en años… se mide en memorias. Y yo me fui lleno. Los amo más de lo que la muerte permite explicar. Y los acompaño desde ese rincón secreto del alma donde nunca muere nada.

    Su hijo… Siempre su hijo. Incluso después del adiós.

    Créditos: Fernando D’Sandi

  • ¿TE OFENDES FÁCILMENTE?

    TE OFENDES FÁCILMENTE.

    Las personas se pasan la mayor parte de su vida sintiéndose ofendidas por lo que alguien les hizo.

    ¡Nadie te ha ofendido! Son tus expectativas de lo que esperabas de esas personas, las que te hieren.

    Y las expectativas las creas tú con tus pensamientos. No son reales. Son imaginarias. Si tú esperabas que tus padres te dieran más amor y no te lo dieron, no tienes por qué sentirte ofendida.

    Son tus expectativas de lo que un padre ideal debió hacer contigo. Tus ideas son las que te lastiman.

    Si esperabas que tu pareja reaccionara de tal o cual forma y no lo hizo… Tu pareja no te ha hecho nada. Es la diferencia entre las atenciones que esperabas tuviera contigo y las que realmente tuvo, las que te hieren. Nuevamente, eso está en tu imaginación.

    Una de las mayores fuentes de ofensas es la de tratar de imponer el punto de vista de una persona a otra y guiar su vida. Cuando le dices lo que debe hacer y te dice “no”, creas resentimientos por partida doble.

    Primero, te sientes ofendido/a porque no hizo lo que querías. Segundo, la otra persona se ofende porque no la aceptaste como es. Y es un círculo vicioso. Todas las personas tienen el derecho divino de guiar su vida como les plazca. Aprenderán de sus errores por sí mismos. ¡Déjalos ser! nadie te pertenece y tu pareja no es tu HIJO.

    Las personas son un río caudaloso. Cualquier intento de atraparlas te va a lastimar. Ámalas, disfrútalas y déjalas ir.

    1.- Entiende que nadie te ha ofendido. Son tus ideas acerca de cómo deberían actuar las personas. Estas ideas son producto de lo que has aprendido desde tu infancia de forma inconsciente. Reconoce que la mayoría de las personas NUNCA va a cuadrar con esas ideas que tienes. Porque ellos tienen las suyas.

    2.- Deja a las personas SER. Deja que guíen su vida como mejor les plazca. Es su responsabilidad. Dales consejos si te los piden, pero permite que tomen sus decisiones. Las opiniones se piden no se dan.

    3.- Nadie te pertenece. Ni tus padres, ni amigos, ni parejas., ni tus hijos. Todos formamos parte del engranaje de la naturaleza. Deja fluir las cosas sin resistirte a ellas. VIVE y deja VIVIR.

    4.- Deja de pensar demasiado. Ábrete a la posibilidad de nuevas experiencias. Abre los ojos y observa el fluir de la vida como es. Cuando limpias tu visión de lentes oscuros y te los quitas, verás las cosas más claras.

    5.- La perfección no existe. Ni la madre, amiga, pareja perfecta solo existen los deliciosamente imperfectos.

    Para un pez, el mar perfecto sería aquel donde no hay depredadores ¿existe? NO. En la realidad JAMÁS VA A EXISTIR. Naturalmente, al pez solo le queda disfrutar de su realidad.

    Cualquier frustración de que el mar no es como quieres que sea no tiene sentido. Deja de resistirte a que las personas no son como quieres o no piensan como tú. Acepta a las personas como el pez acepta al mar y ámalas como son.

    6.- Disfruta de la vida. La vida real es más hermosa y excitante que cualquier idea que tienes del mundo.

    7.- Imagina a esa persona que te ofendió en el pasado. Imagínate que ambos están cómodamente sentados. Dile por qué te ofendió. Escucha su explicación amorosa de por qué lo hizo. Y perdónala.

    Si un ser querido ya no está en este mundo, utiliza esta dinámica para decirle lo que quieres. Escucha su respuesta. Y dile adiós. Te dará una enorme paz.

    8.- A la luz de la corta vida que tenemos, solo tenemos tiempo para vivir, disfrutar y ser felices.

    Nuestra compañera “la muerte” en cualquier momento, de forma imprevista, nos puede tomar entre sus brazos. Es superfluo e inútil gastar el tiempo en pensar en las ofensas de otros. No puedes darte ese lujo..

    Rebeca Pernicce (Dela red)

  • ¿En la esquina…?

    —Papá, ¿me puedes dejar en la esquina?.

    —¿En la esquina? pero…¿Por qué?.

    —Es que… ahí ya me bajo. No tienes que entrar a la escuela.

    Él se quedó callado.

    Miró el uniforme arrugado de su hija, la mochila rota…y luego miró sus propias manos: llenas de pintura, con olor a disolvente. Manos de albañil. Manos de padre que lo dio todo.

    —Está bien, hija… en la esquina.

    La vio bajarse rápido, ni siquiera se volvió a despedirse. Ese padre la había criado solo, desde que la madre se fue cuando la niña tenía apenas tres años trabajaba en lo que fuera. Nunca tuvo lujos, pero nunca faltó comida. Se las ingenió para ir a las juntas, para aprender a peinarla, para explicarle tareas aunque apenas supiera leer. Se desveló en las fiebres. Lloró en silencio cuando no pudo comprarle un regalo. Se rompió la espalda por pagarle una escuela buena, aunque a él lo miraran con desprecio.

    Y ahora… ahora que la hija era adolescente, lo único que pedía era que no la vieran con él.

    —Papá, es que… tú no entiendes.

    —¿Qué no entiendo?

    —No sé… cómo te vistes, cómo hablas… la gente se burla.

    —¿De mí?

    —De ti… y de mí por estar contigo.

    Esas palabras le dolieron más que cualquier golpe en el trabajo. Esa noche, el padre no cenó. Se quedó sentado solo, mirando una foto vieja:

    Él, con la niña en brazos, el primer día de escuela. Sonreían. Eran uno solo.

    Ahora eran dos desconocidos.

    Y aunque el padre quería gritar, reclamar, enojarse… solo suspiró. Porque sabía que el mundo, tarde o temprano, le iba a enseñar algo a su hija:

    Que no hay nada más valioso que el amor de alguien que lo dio todo… sin pedir nada.

    A veces, el amor más puro es el que más se desprecia, porque no viene en autos lujosos ni con ropa de marca…, viene en manos gastadas, miradas cansadas y corazones que aprendieron a amar desde la ausencia.

    Pero la vida da vueltas y… la que hoy se avergüenza…mañana llorará por no haber abrazado más.

    —Susana Rangel ❤️‍🩹☕️✍️💬

  • ¿Para que lo haces?

    Iba en un vuelo de la Ciudad de México a Guadalajara, que es un vuelo corto, y subió una señora con un niño como de dos años. Y al niño le caí simpático y se vino todo el viaje jugando conmigo.

    Cuando llegamos al aeropuerto en Guadalajara, la Señora me dijo:

    -Señor Cabral, ese niño que venía jugando con usted es mi hijo.

    -¡Ah mucho gusto!… 

    -¿Sabe cómo se llama?

    -No, Señora.

    -Facundo.

    Y, carajo, yo me preocupé; primero, porque uno anduvo por tantos lados, claro y no sabés, aunque uno ha sido cuidadoso, pero nunca sabés cómo es esto, pero me lo dijo de una manera; además me acordaría de su cara, uno nunca se olvida de una mujer que amaste.

    Y sí, yo no conocía a esa mujer, entonces me tranquilicé.

    Y le digo: ¿a qué debo el honor, Señora, que usted le puso a su hijo mi nombre?

    Me dijo: porque yo iba a abortar, pero apareció usted la noche anterior al aborto, apareció usted en un programa con Verónica Castro y le escuché hablar del mundo, del privilegio de estar en este mundo, y me dije: ¿cómo le voy a hacer perder esta fiesta a mi hijo? Y decidí que naciera. Y por eso le puse su nombre.

    Pensé: caramba, ahora sé por qué canto; cantas para devolver parte de la vida que te dieron; cantas para despertar el fervor por la vida; cantas para contagiar la felicidad de estar vivo, en las circunstancias que fuere, hasta en prisión; estás vivo, y estar vivo siempre es la gran posibilidad.

    Si estás vivo, están todas las posibilidades siempre. ¡Sí Señor!

    —Facundo Cabral.

    Mundo Alucinante