• Papa

    «Papá, hoy me arrodillo ante tu memoria con el alma desgarrada y los ojos humedecidos por un arrepentimiento que llega demasiado tarde…»

    Porque solo ahora, cuando el tiempo ha limpiado mi ceguera, logro verlo:  

    Tus manos… agrietadas de tanto trabajar en silencio.  Tu espalda… doblada bajo el peso de deudas que no eran tuyas, pero que cargaste por mí.  Tu voz… que nunca se quebró, ni siquiera cuando la ingratitud te rompía por dentro.  

    Yo solo veía mis heridas, mis caprichos, mis «yo, yo, yo»… mientras tú, en la sombra,  intercambiabas sueños por pan,  cambiaste juventud por paciencia,  regalaste pedazos de tu salud… y todo, por un hijo que no supo decir «gracias».  

    ¡Perdóname!. Perdón por no haber visto que cada cana en tu cabeza era un temblor que escondiste,  que cada arruga en tu frente guardaba noches en vela por mis errores.  

    Hoy sé que tu amor era un milagro cotidiano:  me amaste cuando no lo merecía,  me protegiste cuando no lo pedí,  y me diste raíces tan fuertes, que incluso mi ingratitud no pudo secarlas.  

    Si el cielo me diera un minuto más contigo,  no te soltaría.  Te miraría a los ojos y dejaría que vieras todo lo que callé:  «Eres mi héroe. El hombre más grande que he conocido.  Y aunque no supe decírtelo a tiempo,  llevo tu nombre, tu sangre y tu ejemplo tatuados en lo más hondo de quien ahora soy».  

    Descansa en paz, viejo luchador.  

    Tu amor fue mi primer perdón… y hoy,  entre lágrimas y memorias, juro honrarte siendo la persona que tú siempre creíste que podía ser. Porque hasta en el silencio de tu ausencia… sigues siendo mi sustento.

    ( Que estas palabras no se queden en el papel. Conviértelas en acciones: ayuda a alguien que lo necesite hoy, perdona como él te perdonó a ti, y cuando sientas cansancio, recuerda que llevas su fuerza en la sangre).

    Facundo Cabral -Tomado de la red

  • Voy a dejarte

    Llevábamos treinta años de matrimonio, me dejó por alguien de veinte años. Relato (Basado en una historia real ❤️‍🩹)

    Llevábamos treinta años de matrimonio. Treinta. Tres décadas. Más que muchas telenovelas. Y un martes, así sin previo aviso, me dice mientras desayunábamos:

    —Voy a dejarte.

    —¿Cómo que vas a dejarme? ¿A dónde vas? —le dije, todavía revolviendo el café, pensando que hablaba de ir al súper o algo.

    —No, que me voy. Me voy con alguien más.

    —¿Con quién?

    —Con… alguien de veinte.

    —¿Veinte qué? ¿Años juntos? ¿Kilos menos? ¿Copas de vino?

    No. Años de edad.

    Una veinteañera.

    Ahí fue cuando se me cayó la tostada del susto. Y del lado de la mermelada, por supuesto. La gravedad siempre colabora con el drama.

    —Pero si tiene edad de ser tu hija…

    —No digas eso. Me hace sentir mal.

    —Pues qué pena, porque a mí me hace sentir viuda. Pero viuda de alguien que murió de un ataque de estupidez.

    Treinta años juntos. Aguanté tus ronquidos, tus domingos de fútbol, tus fases de “voy a ser chef” y tus experimentos con tofu. Y ahora resulta que prefieres una que cree que Nirvana es una marca de perfume.

    —Es que me hace sentir joven… —dijo.

    —Ah, bueno. Entonces yo me voy con alguien que me haga sentir millonaria. Voy a empezar a salir con Elon Musk.

    Me reí. Para no llorar. Aunque igual lloré más tarde, claro. Pero primero me reí. Porque después de treinta años, una aprende que a veces el humor es lo único que no se lleva en el divorcio.

    Esa noche dormí del lado de la cama que antes era suyo. No por nostalgia, sino porque el otro lado tenía una hendidura tan profunda de su cuerpo que me daba miedo caerme dentro y terminar en Narnia.

    Miré al techo, a la lámpara que él nunca quiso cambiar porque «todavía sirve», y pensé en todas las veces que yo también «todavía servía» y él no me prestaba atención. Me imaginé a la veinteañera intentando explicarle TikTok, y a él tratando de abrir una lata con el abrelatas eléctrico que nunca supo usar. «Va a necesitar instrucciones, una enfermera y un diccionario», pensé, y ahí me reí otra vez.

    A la mañana siguiente, mi hija menor me vio con los ojos hinchados y me abrazó fuerte, como si supiera que no hay ibuprofeno que cure el abandono.

    —¿Estás bien, ma?

    —Estoy como el WiFi del vecino: medio colapsada, pero agarrándome con lo que puedo.

    La verdad es que no estaba bien. Me sentía como esas plantas que uno se olvida de regar por semanas, pero que cuando por fin las mirás decís: «¡Mirá! ¡Todavía está viva!».

    Así estaba yo.

    Todavía viva.

    Seca, despeinada y medio torcida… pero viva.

    Durante los días siguientes me dediqué a hacer limpieza. De la casa, sí. Pero también del alma. Tiré su cepillo de dientes, el que siempre dejaba chorreando pasta. Tiré sus medias con agujeros, sus revistas viejas y una colonia rancia que decía usar solo “para ocasiones especiales”, pero que olía a insecticida emocional.

    Una amiga me dijo:

    —Esto es una oportunidad.

    —¿De qué? ¿De convertirme en una señora con gatos y cuentas de horóscopos?

    Pero después me di cuenta de que sí. Era una oportunidad. No de tener gatos (aunque no descarto uno), sino de redescubrirme. Porque había olvidado quién era yo sin él. Y, sorpresa: resulta que me caigo bien.

    Empecé a ir al cine sola, a comerme la entrada y el postre sin que nadie me diga «¿no estás a dieta?». Me compré una cafetera italiana y aprendí a usarla sin que se me explote la cocina (a la tercera va la vencida).

    Un día, él me escribió. Un mensaje corto, sin faltas de ortografía (milagro).

    > «Solo quería saber cómo estás.»

    Lo miré. Pensé. Y contesté:

    > «Estoy floreciendo. Como cuando te vas de vacaciones y la planta por fin tiene paz.»

    Y no es que no me duela. Todavía me pasa que oigo una canción y me da esa punzada… ese “ay, esta era nuestra”. Pero enseguida me acuerdo que también era «nuestra» la cuenta del cable y yo era la única que la pagaba. Y se me pasa un poco.

    Así que acá estoy. Reaprendiendo. A estar sola, a reírme de mis propias ocurrencias, a hacer panqueques sin quemarlos.

    Treinta años. Me dejó por alguien de veinte. Pero ¿sabes qué? Yo también tengo veinte. Veinte ganas nuevas de vivir, de reírme, de hacer cosas que me hagan sentir bien.

    Veinte razones para no volver atrás.

    Veinte oportunidades de decir: Gracias por irte, porque yo no me animaba a echarte.

    Crédito al autor ✍️

  • No te rindas

    “Creí que ya no podía caer más bajo… hasta que me vi peleando con un perro por un trozo de pan.” 

    A Jonás lo dejaron libre sin aviso, como quien suelta una caja vieja en medio de la nada. Había pasado cinco años en prisión por intentar robar una tienda con una navaja oxidada. Tenía 20 cuando entró. Salió con 25 y el corazón reseco, como si los años hubieran evaporado todo lo que un día soñó ser.

    Nadie lo esperó afuera. Su madre había muerto de tristeza, su hermano se cambió el apellido, y su padre… su padre fue una sombra que nunca se quedó.

    Los primeros días no durmió, solo deambuló. No sabía cómo hablar sin que lo miraran como amenaza.

    Pidió un café en una parroquia, y un hombre con corbata le soltó sin mirarlo:

    — La cárcel es para aprender, no para mendigar.

    Jonás no dijo nada. Pero por dentro… se rompió un poco más. Porque él sí había aprendido. Lo que no sabía era cómo volver a empezar sin nadie que le enseñara dónde se empieza.

    Una noche de lluvia se resguardó en un portal. Un hombre mayor cosía zapatos bajo la luz de un farol. Jonás lo observó en silencio.

    — ¿Tienes hambre o curiosidad? —le preguntó el viejo.

    — Las dos.

    — Entonces siéntate. Aquí se come mientras se aprende.

    Y así fue. El viejo le enseñó a cambiar suelas, coser cuero, pulir punteras y no tener miedo de equivocarse.

    — Esto también es una forma de sanar —le decía.

    Jonás empezó a ofrecer reparaciones por las esquinas. “Zapas que vuelven a caminar”, escribía en su cartón. Al principio solo le daban pares rotos o tenis sin suela. Pero cada arreglo era una oportunidad.

    Un día, una mujer le llevó unas botas de marca.

    — Si me las dejas vivas, te traigo a mis amigas.

    Él no solo las dejó vivas… les dio una segunda vida.

    Con lo que ahorró, compró una vieja máquina de coser. La instaló en un rincón de un almacén que le prestaron a cambio de cuidar el lugar.

    Colgó un letrero con una tiza:

    “Aquí no se tiran los zapatos… ni las personas.”

    Un día la máquina se le quemó. Pensó en rendirse. Pero al día siguiente, un cliente volvió con otra, usada, y una nota que decía:

    “No pares. Lo haces mejor de lo que crees.”

    Hoy Jonás tiene un pequeño taller con olor a cuero, café y esperanza. No tiene redes, ni logos, ni fachada. Solo un banco de madera y su historia colgada en cada costura.

    A veces, al terminar la jornada, camina hasta el callejón donde un día durmió. Mira el suelo, suspira, y se va sin decir nada.

    “Uno no se salva olvidando lo que vivió… se salva cuando convierte cada herida en herramienta.”

  • Tu mismo…

    ¿Quién te crees que eres?

    Soy tu mismo pero con mas edad.

    Y…¿Qué pretendes?.

    Descargarme. De alguna manera justificar lo injustificable, dejar constancia de que ahora, y tras estos años de experiencia pienso distinto y me gustaría rectificar el boceto que en su día hice de mi mismo y que visto desde aquí no termina de convencerme.

    -¿A estas alturas de tu vida?.

    Que quede claro que me arrepiento de muchas cosas, especialmente del tiempo perdido, he perdido demasiado tiempo en cosas que ahora me parecen intrascendentes y que de haberlas prestado atención en su momento, hubieran logrado una mejor versión de mi mismo.

    -¿No te parece un poco tarde?.

    Sin duda. Un poco no. Es muy tarde y me cuesta saber que podía haber hecho mucho mas por mi y por todos los que me rodean. Duele comprobar que ese tiempo… ya pasó. Duele y duele mucho. Es triste comprender lo fácil que hubiera resultado sòlo con haber pensado un poco mas en ella.

    -¿Me estas diciendo que una de las cosas de las que te arrepientes viéndote desde aquí, desde este espacio-tiempo, ha sido el daño causado a tu madre?.

    Claro. ¿Cómo iba yo a pensar?, ¿Cómo se me iba a ocurrir a mi semejante planteamiento?. En aquel entonces bastante tenía yo con pensar en mi y en mi mundo. ¿Mi madre?, yo la veía como alguien lejano que no podía dejar de estar preocupada por mi, hiciera lo que hiciese. Era su problema y no el mío. Se convirtió en un mantra continuo. Aprendí a retraerme.

    Siento como que terminé viéndola de lejos, sin conexión con mi mundo. Como un mal necesario que había que soportar. Me faltó la empatía necesaria para haber hecho su vida un poco mas feliz. Ya no hay tiempo de enmendar eso y soy consciente de todo ese dolor gratuito.

    • ¿Llegaste a verla alguna vez orgullosa de ti?.

    Nunca. Nunca confió demasiado en mi ni en mis posibilidades, ni siquiera casado y con rumbo. Al contrario que yo, que desde muy pequeño siempre he tenido la seguridad de salir adelante. Solía enfadarla con una de mis frases favoritas : «Mira Mama, no te preocupes por mi porvenir, a mi me pones de barrendero y termino siendo su jefe».

    Aun me siento incomodo cuando recuerdo las veces que me menospreciaba con quien quiera que hablase. No recuerdo haberla oído hablar bien de mi, nunca.

    ¿Y…?

    Aun así fue una buena madre hizo lo que le cabía hacer según el tiempo que la toco vivir, sus limitados conocimientos y sobre todo mi conducta, fui un adolescente muy cabrón. Aun me enternece recordar como siendo yo muy niño, ella se comía los restos de algún raro trozo de carne previamente estrujada hasta la última gota para sobrealimentarme, pues me faltaba apetito o pretendía llamar su atención. ¿El síndrome del hijo único tal vez…?. Esa carne era de caballo y había que comprarla en una carnecería especial que se encontraba lejos de casa.

    Me pude perdonar y te quiero mama.  Que tu comprensión y tu amor me amparen

    Nando

  • Así se madura

    – Abuela ¿Qué haces?

    – Ay mijo ¿Tú qué crees? Recoger agua en la fuente para los fregaderos.

    – Pero abuela, si tenemos agua en la casa.

    Ella ya no me escuchaba, solo miraba el chorrito que caía hacia el cubo de metal.

    Cuando estuvieron llenos se dirigió a la casa.

    – Abuela ¿Y los cubos?

    – Ahora vendrá el abuelo y me los acercará.

    Mi abuelo hacia seis años que había muerto.

    Me fui ñtras ella y vi salir a mi tío del establo.

    – Tío ¿Dónde vas?

    – A acercarle a la abuela los cubos a la puerta.

    – Pero si tenemos agua en la casa.

    – Lo sé, Daniel, pero tu abuela ya no se acuerda. Hace mucho tiempo que no venís por el pueblo y en ese tiempo la mente de la abuela se quedó anclada en un pasado remoto.

    – Y no sería mejor decirle la verdad.

    – Quiero que veas una cosa.

    Cogió los cubos y los acercó a la puerta. Nos quedamos al otro lado de la calle observando hasta que la abuela se asomó.

    – Menos mal, ya era hora que me acercara los cubos se me va hacer mediodia y se me va a juntar los fregados con el guiso. Andrés- le gritó a mi tío desde la puerta- anda muchacho cuando veas a tu padre dile que me acerque una hogaza de pan duro para migas. 

    – Ya voy madre.- se giró hacia mí- acompáñame al horno.

    De camino tuvimos una conversación muy interesante.

    – Hace tres años que la abuela comenzó con su demencia. Estábamos todos muy preocupados y los médicos no nos tranquilizaban. Su estado era irreversible e iría a peor con el paso del tiempo. Necesitaba salir de su casa e ingresar en un centro especializado donde cuidarían de ella, eso decía el doctor, pero yo no podía asimilar que mi madre, esa mujer que había podido con todo en esta vida, en sus últimos años estaría en un lugar extraño con gente ajena. Una mañana fui a la casa y no estaba, era muy temprano, me asusté, corriendo por el pueblo desesperado, hasta que la vi en la fuente, como hoy. «Andrés mijo, dile a tu padre que me acerque los cubos para la limpieza» y se fue para la casa. Fui yo quien le acerqué los cubos, ese día y el resto de días, quién le trae la hogaza de pan, quién le recoge la verdura del huerto para la ensalada. Creo que en su interior sabe que mi padre ya no está con ella, pero lo sigue sintiendo en cada pequeño gesto. Los médicos le hacen sus revisiones y aunque no recupera la parte perdida, sentirse activa y ocupada, sentirse en su hogar con sus rutinas hace que no se pierda del todo. Aquí en el pueblo nos hemos organizado por turnos para tenerla controlada, incluso tu primo se trasladó a la guardilla para vigilarla de noche, estoy muy orgulloso de él, ha ganado independencia y responsabilidad, y a su edad con 17 años es algo que le servirá en un futuro, lo hará más fuerte.

    Volvimos a la casa con la hogaza de pan. La miraba diferente, como si a mis 13 años tuviera que cuidar de ella. Mi madre estaba en la cocina haciendo la comida y hablando con mi padre.

    – Mírala, está fatal, está zurciendo calcetines ¿Pero quién zurce cuándo puedes comprar uno nuevo? Quiero llevármela a casa. La podemos llevar a un centro de día mientras trabajamos y luego cuidaría de ella por la noche. Y en verano la volvemos a traer al pueblo.

    Mi padre asentía con la cabeza. Pero yo ya no veía bien esa opción. Subí corriendo a mi habitación y corté un calcetín y volví corriendo a donde mi abuela.

    – Abuela, se me ha roto el calcetín, podías arreglarlo.

    – Claro mijo, déjalo aquí. Le estoy cosiendo un pantalón de campo de tu primo- el pantalón estaba lleno de remiendos- está viejo pero tu primo no quiere deshacerse de él, dice que va cómodo, así que casi cada semana debo zurcirlo. Me gusta que sea tan aprovechado, tu abuelo también lo era.

    – ¿Lo era abuela?

    – No sé lo digas a nadie, pero se que tu abuelo ya no está con nosotros. Al principio me consumía la pena y la tristeza, pero un buen día decidí que aunque no estuviera yo iba a hacer como si siguiera aquí conmigo. Y entonces sucedió un milagro, todo mi alrededor se volcó en recordarlo, en hacer para mi cosas que hacía él. Y yo les sigo la corriente. ¿Que te parece mijo?

    – Muy inteligente abuela.

    – Se que has cortado el calcetín con unas tijeras, se que lo has hecho para que te mime y te cuide como a tus primos, ya que al vivir tan lejos no puedo atenderte como debería. Llevo muchos años cosiendo para no diferenciar un corte limpio.

    – Lo siento abuela, es que quería serte útil.

    – Yo solo con verte rondar a mi alrededor ya soy feliz.

    – ¿Crees que podría quedarme todo el verano aquí contigo, cuando se marchen mis padres?

    – Creí que no querías venir al pueblo, que te trajeron a rastras.

    – Bueno, es que no hay wifi, pero ya no me importa, hay muchas cosas que hacer.

    – No sé qué será eso, pero sí que hay muchas cosas que hacer, tu abuelo cundía mucho. Si te quieres quedar me harás la mujer más feliz del mundo.

    Me fui para la cocina.

    – He pensado en quedarme aquí todo el verano y cuidar de la abuela cuando os marchéis.

    – Bueno, habíamos pensado en llevarnos a la abuela a vivir con nosotros.

    – ¿Os llevaréis también al abuelo?

    – Daniel, el abuelo está muerto.

    – No para la abuela, y si no podéis llevaros al abuelo es mejor que se quede aquí con él. A ver si va a traer los cubos y no va a tener quién los recoja en la puerta. 

    – No te entiendo hijo.

    – A quien tienes que entender es a la abuela. Este es su sitio y no, no está demente, solo que su mente no quiere olvidarse de lo que quiso de verdad.

    Así se madura, llenando cubos en la fuente, como hacía mi abuela, como se hacía antaño, como no deberíamos olvidar las generaciones futuras.

    La columna reflexiva

     BUENA LUNA 🥀

  • Nunca te rindas

    Nunca te rindas, querida mía.

    Mira, hija, sé que la vida a veces te pone de rodillas. Te lo digo yo, que he visto amaneceres hermosos y noches oscuras en las que pensé que no saldría el sol. He caminado senderos llenos de espinas, pero también he bailado descalza sobre la tierra mojada después de la lluvia.

    Cuando era joven, pensé que las oportunidades se agotaban con los años, que cuando tus manos se llenan de arrugas también se llenan de límites. ¡Qué equivocada estaba! La vida no se mide en la cantidad de años, sino en la cantidad de veces que te levantas después de caer.

    ¿Sabes cuál es el secreto? No rendirse. Porque ser fuerte no significa no llorar, sino seguir adelante con los ojos aún húmedos. Aprendí que si tienes café en la cafetera y sueños en el corazón, siempre hay esperanza.

    Nunca seas esa mujer que se queda sentada lamentando lo que no fue. Sé esa mujer que se levanta, se sacude el polvo y dice: «Aquí estoy, mundo, lista para lo que venga.»

    No importa si empiezas en la cocina de tu casa, con las uñas llenas de harina o con pinceles que ya no pintan tan fino como antes. Lo que importa es el fuego en tu alma, ese que ninguna adversidad puede apagar.

    Yo ya tengo más pasado que futuro, pero aún pinto, aún huelo el café en las mañanas, y aún me levanto con la certeza de que cada día trae una nueva oportunidad.

    Así que, hija, prométeme esto: cuando la vida te derrumbe, levántate con más ganas. Sé esa mujer que nunca se rinde. Porque, créeme, esas son las que dejan huella.💖

    Créditos al Autor ✍️

  • Y tu…¿Que eres?

    Un día, un aguilucho cayó del nido durante una tormenta. Rodó por la ladera hasta terminar en un gallinero.

    Las gallinas, sorprendidas, lo rodearon. Una de ellas, con corazón de madre, lo arropó bajo su ala. Y así, el aguilucho creció entre gallinas.

    Aprendió a escarbar la tierra, a picotear el maíz, a correr agachado cada vez que pasaba una sombra. Nunca voló. Nunca alzó la vista. Nunca nadie le enseñó a hacerlo.

    Porque todas a su alrededor solo sabían caminar. Pasaron los años y aquel aguilucho, ahora grande, fuerte, con alas inmensas y mirada intensa…vivía como una gallina más.

    Creía que eso era. Porque eso le dijeron. Porque eso veía.

    Hasta que un día, volando muy bajo, pasó un águila vieja. Majestuosa. Libre. Con la vista aguda y las alas abiertas de par en par.

    El aguilucho la vio y algo dentro de él se estremeció. No sabía qué era… pero la envidia le ardía en el pecho.

    Quería volar así. Quería ser eso. Aunque no supiera por qué.

    El águila vieja lo observó desde arriba. Y al verlo entre gallinas, le gritó:

    —¡¿Qué haces ahí?!

    —¡Baja la voz! —le dijo él—. ¡Soy una gallina!

    El águila descendió. Lo miró fijo. Y con firmeza le dijo:

    —Mírate bien. —Mira tus alas. —Mira tu sombra.

    Lo llevó hasta un charco, y le hizo ver su reflejo. Ahí, por primera vez… se reconoció.

    No era una gallina. Nunca lo fue. Era un águila. Y siempre lo había sido.

    Ese día, el aguilucho abrió las alas. Las sintió temblar. Las batió una vez. Dos veces. Y en la tercera… se elevó.

    Dejó atrás el suelo, el miedo y el corral. Y no volvió a mirar abajo. Porque cuando uno descubre quién es en realidad… ya no se conforma con vivir entre lo que lo limita.

    Moraleja:

    A veces, a nosotros también nos pasa. Nos acostumbramos a vivir en lo seguro. A andar agachados. A escondernos del viento. A caminar entre otros que, aunque nos cuidan, no nos enseñan a volar.

    Y se nos olvida que fuimos hechos para cosas más grandes. Para mirar lejos. Para alcanzar lo alto. Para tocar el cielo.

    Si te has sentido fuera de lugar toda tu vida… quizá no estás roto. Quizá solo estás en el corral equivocado.

    Despierta. Abre tus alas. Y vuela. Porque tú no naciste para quedarte en el suelo. Naciste para volar alto.

    -Susana Rangel 🦅☕️✍️💬

    De la red

  • Jamás permitas

    HERMOSA FILOSOFIA DE LAS MUJERES CELTAS

    Las mujeres de origen Celta eran criadas tan libremente como los hombres. A ellas les era dado el derecho de elegir sus compañeros y nunca podrían ser forzadas a una relación que no querían. Eran enseñadas a trabajar para que pudieran garantizar su sustento, eran excelentes amantes, amas de casa y madres.

    La primera lección era:

    «Ama a tu hombre y síguelo, pero solamente si ambos representan uno para el otro, lo que la Diosa Madre enseño: Amor, compañerismo y amistad»

    Jamás permitas que ningún hombre te esclavice: naciste libre para amar, y no para ser esclava.

    Jamás permitas que tu corazón sufra en nombre del amor. Amar es un acto de felicidad, ¿por qué sufrir?

    Jamás permitas que tus ojos derramen lágrimas por alguien que nunca te hará sonreír!

    Jamás permitas que el uso de tu cuerpo sea cercenado. Tu cuerpo es la morada del espíritu. ¿Por qué mantenerlo aprisionado?

    Jamás te permitas estar horas esperando a alguien que nunca vendrá, aunque te lo haya prometido!

    Jamás permitas que tu nombre sea pronunciado en vano por un hombre cuyo nombre ni siquiera sabes!

    Jamás permitas que tu tiempo sea desperdiciado con alguien que nunca tendrá tiempo para ti!

    Jamás permitas oír gritos en tus oídos. El amor es lo único que puede hablar más alto!

    Jamás permitas que pasiones desenfrenadas te lleven de un mundo real para otro que nunca existió!

    Jamás permitas que otros sueños se mezclen a los tuyos, volviéndolo una gran pesadilla!

    Jamás creas que alguien pueda volver cuando nunca estuvo presente!

    Jamás permitas vivir en la dependencia de un hombre como si hubieras nacido inválida!

    Jamás te pongas linda y maravillosa a fin de esperar un hombre que no tendrá ojos para admirarte!

    Jamás permitas que tus pies caminen en dirección de un hombre que sólo vive huyendo de tí!

    Jamás permitas que el dolor, la tristeza, la soledad, el odio, el resentimiento, los celos, el remordimiento y todo aquello que pueda sacar el brillo de tus ojos, la dominen, haciendo enfriar la fuerza que existe dentro de tí!

    Y, sobre todo, jamás permitas perder la dignidad de ser… MUJER.

    Créditos a su Autor@

  • Después de todo

    ​-Le pregunté a uno de mis amigos que ha cruzado los 60 años y se dirige a los 70, ¿Qué tipo de cambio está sintiendo? Y me envió las siguientes líneas muy interesantes que me gustaría compartir con todos ustedes:

    1➖Después de amar a mis padres, mis hermanos, mi cónyuge, mis hijos, mis amigos, ahora he comenzado a amarme a mí mismo.

    2 ➖ Me acabo de dar cuenta que no soy «Atlas». El mundo no descansa sobre mis hombros.

    3➖Ahora dejé de negociar con vendedores de frutas y verduras. Después de todo,  unos pocos pesos no van a hacer un agujero en mi bolsillo, pero podrían ayudar al pobre hombre a ahorrar para las cuotas escolares de su hija.

    4➖Pago al taxista sin esperar el cambio. El dinero extra podría traer una sonrisa a su rostro. Después de todo él está trabajando mucho más duro que yo.

    5➖Dejé de decirles a los ancianos que ya han narrado esa historia muchas veces. Después de todo esa historia los hace caminar por el camino de su memoria y revivir el pasado.

    6➖He aprendido a no corregir a las personas, hasta cuando sé que están equivocadas. Después de todo, la responsabilidad de que todos sean perfectos no está en mis manos. La paz es más preciosa que la perfección.

    7➖ Doy elogios libre y generosamente. Después de todo, mejora el estado de ánimo no sólo para el receptor, sino también para mi.

    8➖He aprendido a no molestarme por una mancha en mi ropa. Después de todo la personalidad habla más que las apariencias.

    9➖Me alejo de las personas que no me valoran. Después de todo puede que no sepan mi valía, pero yo sí.

    10➖Estoy aprendiendo a no sentir vergüenza por mis emociones. Después de todo son mis emociones las que me hacen humano.

    11➖He aprendido a que es mejor dejar caer el ego que romper una relación. Después de todo mi ego me mantendrá distante, mientras que con las relaciones nunca estaré solo.

    12➖He aprendido a vivir cada día como si fuera el último. Después de todo, sí podría ser el último.

    13➖Estoy haciendo lo que me hace feliz. Después de todo soy  responsable de mi felicidad y me la debo.

    14➖He aprendido a valorar a mis amigos, porque cada día los estoy perdiendo, no porque me enemiste con ellos, sino porque se me adelantaron a la vida eterna.

    15➖Valoro todo lo que tengo, más que lo que anhelo, porque lo que tengo es mío: Mi vida, mi familia y mis amigos.

    Decidí enviar esto debido a que me pregunté: ¿Por qué tenemos qué esperar tanto tiempo? y ¿Por qué no podemos practicar esto en cualquier etapa? No hay que estar viejo para buscar la felicidad.!!!!!!…

    #MeGustóMucho 📚

    Tomado de la red

  • LA VACA NO DA LECHE..

    LA VACA NO DA LECHE..

    Un campesino acostumbraba a decirles a sus hijos cuando eran niños:

    —Cuando tengan 12 años les contaré el secreto de la vida.

    Cuando el más grande cumplió los 12 años, le preguntó ansiosamente a su padre cuál era el secreto de la vida.

    El padre le respondió que se lo iba a decir, pero que no debía revelárselo a sus hermanos.

    —El secreto de la vida es este: La vaca no da leche.

    —¿Qué dices?, preguntó incrédulo el muchacho.

    —Tal cual lo escuchas, hijo: La vaca no da leche, hay que ordeñarla. Tienes que levantarte a las 4 de la mañana, ir al campo, caminar por el corral lleno de excremento, atar la cola y las patas de la vaca, sentarte en el banquito, colocar el balde y hacer los movimientos adecuados.

    Ese es el secreto de la vida. La vaca, la cabra, no dan leche. Las ordeñas… o no tienes leche.

    Hay una generación que piensa que las vacas DAN leche. 

    Que las cosas son automáticas y gratis: deseo, pido, y obtengo.

    “Hay quienes piensan que las vacas dan la leche. Que las cosas son automáticas y gratuitas. No. La vida no es cuestión de desear, pedir y obtener. Las cosas que uno recibe son el esfuerzo de lo que uno hace.

    La felicidad es el resultado del esfuerzo. La ausencia de esfuerzo genera frustración.

    Así que, recuerden compartir con sus hijos, desde pequeños, este secreto de la vida. Para que no crean que el gobierno, o sus padres, o sus lindas caritas van a conseguirles leche cual vaca lechera. NO.

    Las vacas no dan leche. Hay que trabajar por ella.

    Tomado de la red