Agradecer

UNA MUJER REGALABA LAS SOBRAS DE SU RESTAURANTE A UN NIÑO POBRE — UN DÍA DECIDIÓ SEGUIRLO…

Hace ya varios años, un niño llamado Martín solía pasar cada tarde por un pequeño restaurante en una calle tranquila del centro. 

El local era propiedad de Doña Elena, una mujer de carácter firme pero de corazón generoso. Martín no pedía dinero, solo esperaba pacientemente a un lado, hasta que Elena salía con una bolsita de comida que le entregaba sin decir palabra.

Durante semanas, esta escena se repitió como un ritual silencioso. Martín tomaba la comida con una sonrisa agradecida, inclinaba la cabeza en señal de respeto y se alejaba con paso ligero.

Una tarde, Elena, impulsada por una intuición que no la dejaba en paz, decidió hablarle:

—Dime, Martín… ¿por qué no comes en casa? ¿Tu madre está enferma?

El rostro del niño se endureció por un momento, como si sus recuerdos pesaran demasiado. Luego forzó una sonrisa rápida:

—Gracias, señora. Le agradezco mucho. Pero debo irme…

Y sin esperar más, echó a correr.

Aquella noche, la inquietud no dejó dormir a Elena. Al día siguiente, cuando Martín volvió a aparecer, ella se mantuvo a distancia y decidió seguirlo discretamente.

Para su sorpresa, el niño no se dirigió a ningún refugio, ni se quedó a comer. 

En cambio, caminó hasta una casita humilde al final de una calle polvorienta, dejó cuidadosamente la bolsa de comida en el porche y se marchó corriendo antes de que alguien pudiera verle.

Elena se quedó observando desde lejos, oculta entre las sombras. Minutos después, la puerta de la casa se abrió, y una niña pequeña salió al umbral. 

Al ver la bolsa, su rostro se iluminó de alegría. Corrió hacia adentro gritando:

—¡Mamá, mamá, mira!

El corazón de Elena se encogió. ¿Por qué Martín dejaba la comida ahí y se marchaba sin esperar nada?

Al día siguiente, cuando volvió a verlo, no pudo evitar acercarse.

—Martín —le dijo con voz suave—. Ayer te seguí. Vi lo que hiciste.

Él bajó la cabeza, con la vergüenza pintada en los ojos.

—No quería que nadie supiera —murmuró—. Esa era mi casa… Antes de que mi madre muriera. 

La familia que vive ahí nos acogió un tiempo. No tienen mucho, y ahora que puedo dar algo, intento ayudarlos… pero no quiero que me vean. Solo quiero agradecerles.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—Eres un muchacho noble, Martín. Y si me lo permites… quiero ayudarte a ayudar.

Desde entonces, ella no solo siguió preparando comida para él, sino que comenzó a enviar paquetes más grandes, con pan, frutas y algo dulce para los niños. 

Con el tiempo, ofreció empleo en su restaurante a la madre de la familia, y ayudó a los más pequeños con los estudios.

Gracias a la generosidad de Doña Elena y al gran corazón de Martín, esa familia pudo salir adelante.

Y Martín aprendió que a veces, cuando uno actúa con amor verdadero, la ayuda llega… incluso sin buscarla.

OFICIO DE POETA

tomado de la red

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