Voy a dejarte

Llevábamos treinta años de matrimonio, me dejó por alguien de veinte años. Relato (Basado en una historia real ❤️‍🩹)

Llevábamos treinta años de matrimonio. Treinta. Tres décadas. Más que muchas telenovelas. Y un martes, así sin previo aviso, me dice mientras desayunábamos:

—Voy a dejarte.

—¿Cómo que vas a dejarme? ¿A dónde vas? —le dije, todavía revolviendo el café, pensando que hablaba de ir al súper o algo.

—No, que me voy. Me voy con alguien más.

—¿Con quién?

—Con… alguien de veinte.

—¿Veinte qué? ¿Años juntos? ¿Kilos menos? ¿Copas de vino?

No. Años de edad.

Una veinteañera.

Ahí fue cuando se me cayó la tostada del susto. Y del lado de la mermelada, por supuesto. La gravedad siempre colabora con el drama.

—Pero si tiene edad de ser tu hija…

—No digas eso. Me hace sentir mal.

—Pues qué pena, porque a mí me hace sentir viuda. Pero viuda de alguien que murió de un ataque de estupidez.

Treinta años juntos. Aguanté tus ronquidos, tus domingos de fútbol, tus fases de “voy a ser chef” y tus experimentos con tofu. Y ahora resulta que prefieres una que cree que Nirvana es una marca de perfume.

—Es que me hace sentir joven… —dijo.

—Ah, bueno. Entonces yo me voy con alguien que me haga sentir millonaria. Voy a empezar a salir con Elon Musk.

Me reí. Para no llorar. Aunque igual lloré más tarde, claro. Pero primero me reí. Porque después de treinta años, una aprende que a veces el humor es lo único que no se lleva en el divorcio.

Esa noche dormí del lado de la cama que antes era suyo. No por nostalgia, sino porque el otro lado tenía una hendidura tan profunda de su cuerpo que me daba miedo caerme dentro y terminar en Narnia.

Miré al techo, a la lámpara que él nunca quiso cambiar porque «todavía sirve», y pensé en todas las veces que yo también «todavía servía» y él no me prestaba atención. Me imaginé a la veinteañera intentando explicarle TikTok, y a él tratando de abrir una lata con el abrelatas eléctrico que nunca supo usar. «Va a necesitar instrucciones, una enfermera y un diccionario», pensé, y ahí me reí otra vez.

A la mañana siguiente, mi hija menor me vio con los ojos hinchados y me abrazó fuerte, como si supiera que no hay ibuprofeno que cure el abandono.

—¿Estás bien, ma?

—Estoy como el WiFi del vecino: medio colapsada, pero agarrándome con lo que puedo.

La verdad es que no estaba bien. Me sentía como esas plantas que uno se olvida de regar por semanas, pero que cuando por fin las mirás decís: «¡Mirá! ¡Todavía está viva!».

Así estaba yo.

Todavía viva.

Seca, despeinada y medio torcida… pero viva.

Durante los días siguientes me dediqué a hacer limpieza. De la casa, sí. Pero también del alma. Tiré su cepillo de dientes, el que siempre dejaba chorreando pasta. Tiré sus medias con agujeros, sus revistas viejas y una colonia rancia que decía usar solo “para ocasiones especiales”, pero que olía a insecticida emocional.

Una amiga me dijo:

—Esto es una oportunidad.

—¿De qué? ¿De convertirme en una señora con gatos y cuentas de horóscopos?

Pero después me di cuenta de que sí. Era una oportunidad. No de tener gatos (aunque no descarto uno), sino de redescubrirme. Porque había olvidado quién era yo sin él. Y, sorpresa: resulta que me caigo bien.

Empecé a ir al cine sola, a comerme la entrada y el postre sin que nadie me diga «¿no estás a dieta?». Me compré una cafetera italiana y aprendí a usarla sin que se me explote la cocina (a la tercera va la vencida).

Un día, él me escribió. Un mensaje corto, sin faltas de ortografía (milagro).

> «Solo quería saber cómo estás.»

Lo miré. Pensé. Y contesté:

> «Estoy floreciendo. Como cuando te vas de vacaciones y la planta por fin tiene paz.»

Y no es que no me duela. Todavía me pasa que oigo una canción y me da esa punzada… ese “ay, esta era nuestra”. Pero enseguida me acuerdo que también era «nuestra» la cuenta del cable y yo era la única que la pagaba. Y se me pasa un poco.

Así que acá estoy. Reaprendiendo. A estar sola, a reírme de mis propias ocurrencias, a hacer panqueques sin quemarlos.

Treinta años. Me dejó por alguien de veinte. Pero ¿sabes qué? Yo también tengo veinte. Veinte ganas nuevas de vivir, de reírme, de hacer cosas que me hagan sentir bien.

Veinte razones para no volver atrás.

Veinte oportunidades de decir: Gracias por irte, porque yo no me animaba a echarte.

Crédito al autor ✍️

Posted in

Deja un comentario