A MIS PADRES QUE ME LLORAN
(Por Fernando D’Sandi)
Para quienes han perdido a un hijo. El dolor que no tiene nombre sí que lo tiene… Se llama : «seguir amando»
No se asusten si esta carta llega sin aviso. No es un milagro. Es solo que el amor no respeta fronteras. Ni la del silencio… ni la de la muerte. No intenten entender cómo llegó hasta ustedes. Mejor, siéntanla. Cierren los ojos… y respiren.
Estoy ahí…
En eso que no saben nombrar, pero sienten cada que el alma les pesa y el pecho se aprieta como si les faltara el aire. No es falta de oxígeno… Es falta de mí. Pero escúchenme: yo no me fui mal, ni me fui vacío. Tuve todo, aunque no lo tuve todo. No me faltó nada, aunque me faltaron años.
Viví lo que muchos solo se atreven a imaginar. Y no hablo de hazañas, ni de títulos, ni de viajes al extranjero. Hablo de lo que realmente importa: la risa de mamá al quemar las tortillas, la mirada de papá cuando fingía estar molesto pero lo delataba una sonrisa. Hablo de las veces que me besaron dormido, de cómo me cubrían cuando ya tenía la cobija puesta.
Hablo de ese amor ridículo, torpe y desbordado que solo ustedes sabían dar. Ese amor que me hizo valiente… incluso al despedirme.
No quiero que se queden atrapados en la pregunta que no tiene respuesta: ¿por qué nosotros? ¿por qué él? . Esa pregunta tiene la misma lógica que pedirle al mar que deje de tener olas. Y si están buscando justicia, perdón… La vida no tiene tribunales… Solo tiene ciclos. Y a veces, se nos cruzan los trenes antes de lo previsto. Ya sé que me iban a cuidar siempre… Que aún tienen planes para mí… Que mi cuarto está igual, como si fuera a regresar en cualquier momento. Y me conmueve…
Pero me duele más verlos apagarse con cada vela que me encienden. No me recuerden solo desde la ausencia. Recuérdenme desde el amor que todavía pueden repartir. Porque ahí está la trampa más cruel del duelo: Creer que el amor que ya no me pueden dar se murió conmigo. Y no… Ese amor sigue vivo. Solo está buscando otra forma de salir. Entréguenlo a quien les acompañe, a quien lo necesite, a quien lo provoque. No importa si es un sobrino, un amigo, un animal, una planta o un completo desconocido.
Repartan ese amor entre ustedes mismos… Porque el amor que no se da… se pudre. No quiero que me busquen entre lágrimas ni entre velas. Estoy en otra parte…En donde ustedes sonríen sin culpa. En donde el sol les da de frente y no sienten remordimiento por seguir vivos. Estoy ahí… donde me imaginan sanando, creciendo, libre del tiempo.
Porque sí… aunque parezca contradictorio, yo también sigo creciendo, solo que desde otro lugar. No se queden preguntando si pudieron hacer algo más. Hicieron todo. Y lo hicieron tan bien, que pude irme en paz.
Sé que no hay nombre para lo que sienten. A nadie se le ocurrió bautizar el dolor de perder a un hijo. Y tal vez fue mejor así…Porque hay dolores tan grandes que no caben en ninguna palabra. Y el suyo… el suyo es de esos que solo el cielo comprende.
Pero esta carta no es para hablar de la herida. Es para recordarles que donde ustedes vean final, yo estoy viendo puente. Que la vida no terminó. Solo cambió de forma. Y que todo lo que fuimos… sigue siendo. Y claro que todo valió la pena… Cada minuto. Cada abrazo. Cada pelea absurda. Cada espera en la sala de urgencias. Cada «te quiero» que no dijeron, pero lo pensaron. Valió todo…
Porque al final, la vida no se mide en años… se mide en memorias. Y yo me fui lleno. Los amo más de lo que la muerte permite explicar. Y los acompaño desde ese rincón secreto del alma donde nunca muere nada.
Su hijo… Siempre su hijo. Incluso después del adiós.
Créditos: Fernando D’Sandi

Deja un comentario