Hay amores que no se anuncian con gritos, sino con silencios.
El de una madre es el más callado de todos… y el más eterno.
Honrar a tu madre no es un acto de obligación, es un regreso a casa.
Es recordar que antes de ser quien eres, fuiste latido en su pecho, sueño en sus ojos cansados, razón para levantarse cada madrugada.
Una madre no merece gritos, ni indiferencia, ni olvido. Merece que la mires como ella te miró a ti cuando diste tus primeros pasos: con miedo a que te caigas, con fe en que lo lograrías, con orgullo aunque el mundo no viera nada. Porque ella lo vio todo. Vio tu primera sonrisa, tu primera lágrima, tu primer sueño roto. Y aún así, se quedó. Siempre se queda.
Cuando un hijo levanta la voz a su madre, no está mostrando poder, está mostrando una herida que aún no sabe nombrar. Porque el que hiere a su madre, sin saberlo, se hiere a sí mismo en lo más hondo. Rompe el espejo donde se refleja su propia historia.
La vida es sabia. Y lo que siembras en el corazón de tu madre, cosechas después en el silencio de tu propia soledad. Un día, cuando ya no esté, buscarás su voz en el viento, su olor en una sábana vieja, su risa en una canción que no recuerdas bien. Y llorarás.
Llorarás no por ella — porque ella ya estará en paz — sino por ti, por los abrazos que no diste, por los «te quiero» que guardaste, por los silencios donde debiste decir «gracias».
Abrázala hoy. No esperes a que el tiempo te la robe. Mírala a los ojos como si fuera la última vez, porque un día lo será, y no habrá ensayo.
Quien honra a su madre, nunca camina solo. Lleva en el pecho una luz que no se apaga, una raíz que te sostiene aunque todo tiemble.
Porque el amor de una madre no es de este mundo… nos lo prestaron para aprender a amar de verdad.
De la red.

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