Me daba más miedo lo que ponía en las cajas de las medicinas que el mareo por el que fui a la consulta aquella mañana.
Me llamo Carmen, tengo setenta y cuatro años y vivo sola desde que murió mi marido. Estoy en un piso pequeño, en un barrio tranquilo, con una cocina estrecha, un salón que da a un patio interior y una vecina de abajo que a veces pone la radio demasiado alta. Me apaño. Más despacio que antes, eso sí. Subo las escaleras agarrándome a la barandilla, tardo media mañana en decidir qué me pongo y hay días en que me paso diez minutos buscando las gafas y las llevo puestas. Pero sigo haciendo una cosa como siempre: no molestar a nadie.
Aquella mañana me levanté con la cabeza rara. No era un dolor fuerte. Era peor, casi. Esa sensación de ir un poco flotando, como si el suelo no estuviera del todo quieto. Además llevaba días con la espalda dándome guerra y una presión en el pecho que me tenía inquieta, aunque yo intentara quitarle importancia. Así que me puse el abrigo, cogí el bolso y me fui al centro de salud del barrio.
En la sala de espera no hablaba nadie. Una mujer hojeaba una revista vieja sin mirarla de verdad. Un señor tosía bajito con la bufanda subida hasta la nariz. Yo tenía las manos apretadas sobre el bolso y miraba al suelo. No era el mareo lo que me ponía nerviosa. Era una pregunta. Una sola. La que yo llevaba años esquivando como podía.
Cuando me llamó el médico, entré despacio. Se llamaba el doctor Martín. Tendría unos cincuenta años, más o menos. Cara cansada, voz tranquila, pocas palabras. Me preguntó qué me pasaba y yo le hablé del mareo, de la espalda, de esa presión en el pecho que a veces aparecía sin avisar.
Me tomó la tensión, me auscultó, hizo un par de preguntas más y luego dijo:
—¿Qué medicación está tomando ahora mismo?
Yo respondí como pude.
—Las pastillas blancas por la mañana… las redonditas cuando me duele más… y luego las otras, las del corazón…
En cuanto lo dije, noté que aquello no sonaba bien. Ni claro. Ni serio.
Él levantó la vista y me miró sin dureza, pero miró de verdad.
—¿Y cómo las distingue?
Me encogí de hombros.
—Me acuerdo.
Se quedó callado un segundo.
—¿Está segura de que no las confunde nunca?
Ahí fue cuando se me quedó la boca seca. Yo habría querido decir que sí. Como tantas veces. Como toda mi vida. Decir lo que tocaba para salir del paso y que nadie siguiera preguntando. Pero no me salió.
Bajé la cabeza.
Hay vergüenzas que no se hacen más pequeñas con los años. Al revés. Se te meten dentro y aprenden a vivir contigo. La mía eran las palabras escritas. Nunca me llevé bien con ellas. De joven lo fui tapando como pude. Aprendía de memoria, reconocía colores, tamaños, el sitio donde estaba guardada cada cosa. Si me daban un papel, asentía. Si me explicaban algo deprisa, sonreía. Mi marido me ayudaba mucho. Leía él las recetas, los papeles, las instrucciones. Y lo hacía sin hacerme sentir menos. Eso era lo bueno. No me trataba como a una tonta. Desde que faltaba, todo se había vuelto más difícil. Más estrecho. Más silencioso. Y en ese silencio, una se apaña como puede, aunque a veces se apañe mal.
El doctor Martín dejó el bolígrafo sobre la mesa y dijo:
—Váyase a casa y tráigame todas las medicinas que esté tomando. Todas.
Nada más.
Salí de allí con una vergüenza vieja metida en el cuerpo. Como si todo el barrio pudiera verme por dentro. En casa abrí cajones, miré en el armario de la cocina, en el mueblecito del baño, en la mesita del salón. Fui sacando cajas, blísteres, papeles doblados y prospectos que yo guardaba sin entender bien para qué los guardaba.
Lo puse todo sobre la mesa de la cocina y me quedé mirándolo.
Todo parecía igual.
Cajas claras, letras pequeñas, nombres largos, números que no me decían nada. Y de pronto tuve miedo de verdad. No del médico. No del diagnóstico. Miedo de estar haciéndolo mal desde hacía semanas. O meses. Quién sabía.
Cuando volví a la consulta había menos gente. El doctor me hizo sentar, cogió mi bolso y fue sacando las cajas una a una. Las puso en fila sobre la mesa. Miró mis marcas, mis trucos, mis intentos de arreglarme sola: una raya de boli en una esquina, un trocito de celo, una cruz mal hecha en una caja.
Yo esperaba el sermón.
Pero no llegó.
Abrió un cajón, sacó un rotulador negro y yo pensé que iba a escribir algo.
En vez de eso, dibujó una cara triste en la primera caja.
Me la enseñó.
—Esta es para el dolor.
En la segunda dibujó un hueso.
—Esta es el calcio.
En la tercera dibujó un corazón.
—Y esta es para la tensión. Para que el corazón vaya más tranquilo.
Yo no decía nada. No podía.
Luego cogió otra caja y dibujó un sol.
—Por la mañana.
En otra hizo una luna.
—Por la noche.
Los dibujos eran simples. Hasta torpes, si se quiere. Se notaba que no era un hombre que se pasara el día dibujando. Pero precisamente por eso me llegaron más. Porque no eran bonitos. Eran útiles. Estaban hechos para mí.
Por primera vez en mucho tiempo, miré las medicinas y no sentí que me estaban ganando.
—¿Así mejor? —me preguntó.
Yo asentí.
Noté que se me llenaban los ojos. Giré un poco la cara, por pudor, y dije en voz baja:
—Pensé que me iba a echar la bronca.
Él acercó las cajas hacia mí.
—Lo importante es que pueda tomarlas bien.
Solo eso.
Ni una mueca de pena. Ni una pregunta de más. Ni esa manera que tiene alguna gente de ayudarte haciéndote sentir pequeña. No. Él no hizo de mi vergüenza un espectáculo. Me ayudó con respeto. Y punto.
Aquella noche puse las cajas sobre la mesa de la cocina. La cara triste. El hueso. El corazón. El sol. La luna. Me hice una manzanilla y me quedé un buen rato mirándolas. No me sentí torpe.
Me sentí tratada como una persona. Y a mi edad, eso vale más de lo que parece. Aquel día el médico no solo me explicó cómo tomar las medicinas. Me devolvió algo que llevaba mucho tiempo perdiendo en silencio: un poco de dignidad.
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