• CARICIAS DE DIOS

    SON CARICIAS DE DIOS…:

    El cariño inesperado de un hijo.

    El dinero olvidado en la ropa. 

    El olor a comida antes de abrir la puerta de casa. 

    El sueño que llega cuando lo necesitas. 

    Una solución que llega de repente. 

    Alguien que te hace un cumplido, sin saber que estás escuchando. 

    Alguien que elogia a tu hijo. 

    Una fiebre que baja. 

    Un mostrador sin cola.

    Un lugar para estacionarse junto a la entrada.

    Un vuelo tranquilo.

    Pájaros cantando al amanecer.

    Cuando nace lo que sembramos.

    La brisa del mar.

    Cuando pasa el dolor. 

    Cuando resuena un beso.

    Cuando firman el contrato.

    Cuando el abrazo aprieta. 

    Cuando el amor florece en el otoño/invierno de la vida.

    Cuando un amigo se cura.

    Cuando la foto sale buena. 

    Cuando la mesa está puesta para la comida familiar del domingo.

    Cuando llega el depósito.

    Cuando llama alguien especial. 

    Cuan te sientes feliz con tu trabajo

    Cuando tus hijos te abrazan

    Cuando tus nietos te abrazan

    Cuando ocurren esas cositas, que no tienen explicación…pero te hacen sentir tan bien…

    Cuando el libro es bueno. 

    Cuando la compañía es buena. 

    Cuando sobra dinero.

    Cuando el bebé se ríe. 

    Cuando dicen tu nombre con cariño. 

    Cuando la vista desde tu silla da a la ventana. 

    Cuando llega la primavera.

    Cuando el médico dice: «Sólo ha sido un susto». 

    Cuando se pone el sol. 

    Cuando el pan está calientito.

    Cuando hay música suave.

    Cuando un ser querido te pasa la mano por el cabello. 

    ¡Cuando pensabas que era demasiado tarde, pero descubres que aún estás a tiempo!

    Busca las pequeñas alegrías. Existen todos los días. 

    ¡Son «las caricias de Dios»! 

    Y qué bien nos hacen.

  • El león y el mosquito

    EL LEÓN Y EL MOSQUITO

       Cierta vez, un mosquito se acercó a un león y le dijo que no le tenía miedo porque, a pesar de su tamaño, era más fuerte que él. El rey de los felinos, sorprendido por su atrevimiento, se echó a reír, pero el insecto le retó diciendo: «Si crees que puedes ganarme, demuéstramelo». Como quería quitárselo de encima, el león le desafió a un combate. Así, el mosquito hizo sonar su zumbido y atacó al animal picándole muchas veces alrededor de la nariz, donde no tenía pelo que le protegiera. Muy agobiado, el león empezó a arañarse con sus propias garras hasta que, cansado de hacerse daño, renunció a la pelea. Feliz, el mosquito voló como un loco por todas partes jactándose de su victoria. Tan orgulloso estaba que, sin darse cuenta, se enredó en una tela de araña y, en cuestión de segundos, su dueña se acercó con la intención de comérselo de un bocado. Instantes antes de ser devorado, el mosquito se lamentó: «Pero qué desdicha más grande. Yo, que he luchado contra los más poderosos y los he vencido, voy a perecer a manos de una insignificante araña». Y antes de hincarle el diente, esta le dijo: «No importa lo grandes que hayan sido tus éxitos, lo que sí importa es evitar que la dicha, el orgullo y la prepotencia por haberlos obtenido, lo arruinen todo».

    FUENTE: REVISTA PRONTO

    [el rincón del pensamiento].

    Ilustración: Alberto Vázquez  Edición y arreglos: Marian Gómez

  • LA VIDA…

    De Bert Hellinger:

    La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad.

    La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda sólo lo importante.

    La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que ES.

    La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces.

    La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.

    La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.

    La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como rio.

    La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”.

    La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.

    La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo.

    La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.

    La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.

    La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas.

    La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes.

    La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.

    La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.

    La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no las necesitas, sino solo desaparecer de las formas y volar desde el Ser.

    La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro.

    La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.

    La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.

    La vida no te da lo que tu quieres, sino lo que necesitas para evolucionar.

    La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar.

    La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos.

    La vida te niega a Dios, hasta que lo ves en todos y en todo.

    La vida te acorta, te poda, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … 

    hasta que sólo en ti queda AMOR.

    Bert  Hellinger

  • EL ELEFANTE

    EL ELEFANTE

     Bozo era un elefante enorme, hermoso y amable.

     Los niños le ofrecían cacahuetes en las palmas de sus manos y Bozo los cogía con mucho cuidado y parecía  sonreírles agradecido.

     Pero un día nadie sabe por qué, Bozo cambió. Estuvo a punto de matar al hombre que limpiaba su jaula. Se enfadaba con los niños en el circo y se puso imposible. Su dueño pensó que había llegado la hora de deshacerse del elefante otrora tan amable.

     Para obtener fondos y comprar un nuevo elefante, el dueño organizó una gran exhibición en la cual se ejecutaría con toda solemnidad a Bozo.

     Se llenó la plaza y tres hombres estratégicamente colocados con rifles apuntaban a la cabeza del elefante.

     Antes de que dieran la señal de disparar, un hombre pequeño se acercó al dueño y le dijo: “Señor, esto no es necesario. Bozo no es un mal elefante”.

     “Sí, le contestó, y tenemos que matarle antes de que mate a alguien”.

     “Señor, concédame dos minutos con él en su jaula y le demostraré que está equivocado”.

     Después de una larga conversación le permitieron entrar en la jaula del elefante que resoplaba y trompeteaba.

     Antes de que el elefante le embistiera, el hombre comenzó a hablarle. Bozo se calmó inmediatamente. Los espectadores cercanos lo oían pero no entendía nada porque le hablaba en una lengua extranjera. 

    El animal comenzó a temblar y agitar su cabeza. El extraño se acercó a Bozo y acarició su trompa. El gran elefante lo envolvió tiernamente con su trompa, lo levantó y le dio unas vueltas alrededor de la jaula antes de dejarlo cuidadosamente junto a la puerta. Todos aplaudieron.

     Cuando salió de la jaula le dijo a su guardián: “Como ves es un buen elefante. Su problema es que es indio y sólo entiende un idioma. Necesita a alguien que hable su idioma. Si encuentra en Londres alguien que le hable de vez en cuando en su idioma no tendrá ningún problema”.

     El hombre se puso su abrigo y se marchó. Ese hombre se llamaba Rudyard Kipling.

    El Espíritu Santo es el amor que se mete hasta los tuétanos de nuestros huesos, hasta lo más íntimo de nuestro ser… y desde ahí nos hace capaces de entender a quienes son diferentes… pero juntos podemos construir un mejor.

    Créditos a quien corresponda.

  • QUEDE VIUDO

    Quede Viudo y un día comprendí a la mamá que vestía a sus hijos con ropa cómoda para que pudieran disfrutar de una piñata y a la mamá que no lo hacía porque no tenía tiempo de ponerles la ropa de fiesta porque salía volando del trabajo.

    También a las que llegaban con pequeños príncipes y princesas perfectamente combinados.

    También a aquella mamá que dejaba a sus hijos descalzos porque creía que era saludable el contacto con el suelo y a la que por nada del mundo se los quitaba para que no se enfermaran.

    Entendí a la que llegaba a una reunión con cara de apuro pidiendo que alguien cuidara a su hijo para poder ir al baño o comerse algo con tranquilidad. Y a esa mamá que no compartía a sus hijos con nadie.

    Entendí a la que llegaba tarde…(Nunca imaginé hasta hoy lo difícil que es estar a tiempo con hijos, trabajo y de más).

    Comprendí a aquella mamá que en un restaurante no pudo calmar a su hijo, y tuvo que darle la nieve que pedía. Y también comprendí a aquella que solo le permite comer cosas saludables y orgánicas.

    Comprendí a aquella mamá que no sabe qué hacer con un episodio de llanto y capricho de su hijo en el supermercado.

    Como también comprendí…

    a la que amamanta…

    a la que no,

    a la que vuelve a trabajar rápido

    a la que decide quedarse en casa

    a la que hace trabajo virtual,

    a la que le encanta la idea de mandarlos a dormir a su propio cuarto.

    A todas…

    Porque un día quede como mamá y papá y acepté no ser perfecto porque no pude.

    Acepté mi estilo propio, y sigo aprendiendo, me veo en cada una, abrazo y ayudo a las que puedo y me abrazo junto con ellas.

    Créditos al autor ✍️

  • El Silencio

    El Silencio

    Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo. De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras. Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio, y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros. Observa, escucha, y luego actúa, nos decían. Ésa es la manera de vivir.

    Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías. Observa a los ancianos para ver cómo se comportan. Observa al hombre blanco para ver qué quiere. Siempre observa primero, con corazón y mente quietos, y entonces aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar.

    Con ustedes es lo contrario. Ustedes aprenden hablando. Premian a los niños que hablan más en la escuela. En sus fiestas todos tratan de hablar. En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces. Y le llaman “resolver un problema”. Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir.

    A la gente blanca le gusta discutir. Ni siquiera permiten que el otro termine una frase. Siempre interrumpen. Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido. Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé. Quizás deje de escucharte si no me gusta lo que estás diciendo. Pero no voy a interrumpirte. Cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante. De lo contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré.

    Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir. Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca. La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas. Deberían plantarlas, y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla.

    Existen muchas voces además de las nuestras. Muchas voces.

    Extractos del libro “Ni lobo ni perro.

    Por senderos olvidados con un anciano indio” de Kent Nerburn.

  • Mama, ¿me arrullas…?

    En la vida hay cosas importantes y algunas otras que son realmente urgentes. Saber distinguir entre una y otra puede ayudarnos a construir momentos inolvidables que permanezcan para siempre.

    Una mañana reciente, mientras me daba prisa en lavar los platos del desayuno (para después poder atender otras quince cosas urgentes) sentí que tiraban de mi falda.

    Mamá ¿me arrullas? – preguntó mi hija de dos años chupándose el dedo y abrazándome una pierna.

    Ahora no, Sofi. Tengo mucho que hacer. Ve a jugar un ratito y cuando termine te arrullaré.

    La pequeña se dirigió obedientemente a su recámara con aquellos pasitos inseguros y tambaleantes. Recordé de pronto cuando apenas era una bebé; ahora ya camina.

    Mientras la observaba comprendí que en seis meses su pasito sería diferente y sus necesidades también. Entendí que su petición cambiaría y de no aprovechar este momento, quizá me perdería la posibilidad de arrullarla una vez más.

    – ¡Sofi! – la llamé. – ¡Ven, te voy a arrullar! .

    Me sequé las manos y, durante una preciosa media hora, la mecí y le canté canciones de cuna. Por fin, ella se cansó y se apartó dirigiéndose a jugar con sus peluches muy feliz, sin mí.

    No volví a retomar mis actividades de inmediato, sino al contrario. Miré la lista interminable de pendientes pegada al refrigerador y reflexioné en todas aquellas ocasiones en que había hecho a un lado lo importante por lo urgente. Siempre recordaría con cariño ese momento que Sofi y yo pasamos juntas, nada podría reemplazarlo, pero había estado a punto de cambiarlo por deberes que parecían más urgentes.

    Recordé las ocasiones en que mi esposo había dicho: “Mi amor, ven a sentarte conmigo un ratito”, y yo había optado por doblar las últimas toallas o terminar de limpiar la cocina pensando en que mi esposo siempre estaría ahí, me acercaría a él cuando terminara con la casa, con el trabajo o con los niños… esa había sido mi filosofía. Ahora quisiera remediar eso. Los momentos con mi pareja especialmente por iniciativa suya, eran momentos maravillosos, demasiado valiosos como para ser relegados “para cuanto tenga tiempo”.

    ¿Por qué había permitido que tantas cosas tuvieran prioridad sobre todo esto? Pensé también en los abuelos. Sabía que les encantaba estar cerca de la niña, pero yo apenas me daba tiempo de frecuentarlos. Estaba dejando de construir recuerdos para Sofi. Cada día era un momento perdido, imposible de recuperar. Sofi merecía crecer rodeada del amor de ellos.

    ¿Cuántas veces he pospuesto cosas verdaderamente importantes sólo por darle prioridad a la casa, a los pendientes o al trabajo? ¿Cuántas veces he dejado de construir hermosos recuerdos para mis hijos por falta de tiempo? A veces, se nos olvida hacer una pausa en nuestras vidas para alcanzar a distinguir lo importante de lo realmente urgente.

    Me levanté del sillón con una nueva perspectiva de lo que era importante. Estuve tan ocupada por otros asuntos que, había olvidado que ellos son parte esencial de nuestras vidas. Me di cuenta de que las cosas importantes son en verdad inaplazables, pero a menudo esa revelación llega demasiado tarde. Las toallas, los platos y la casa pueden esperar. ¡A veces los hijos, los esposos y las familias no!

    #PsicAlmaRosa 🌷 #VeATerapia

    #PsicologaEnSanLuis WhatsApp 4441428938

    #PsicoterapiaEnLinea 👩‍💻

  • ELLA…

    Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de querer ser apreciada, comencé a amarme a mí misma.

    Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de querer ser reconocida comencé a ver quién era realmente.

    Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de querer ser especial, me permití explorar el infinito de mi normalidad.  Cuando me di cuenta que mi dolor provenía de querer ser abrazada comencé a sentir las sensaciones de mi cuerpo.  Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de un hambre de pertenencia, comencé a alimentar mi yo auténtico.  Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de las acciones de otros, comencé a responsabilizarme de mi historia.  Cuando me di cuenta de que mi dolor provenía de perseguir a los que no me querían, me liberé…

    Tania Markul

    Ella, la que sueña, la que escribe

  • Lagrimas de abuelo

    “Me crié con mis abuelos, desde que tuve conciencia fue así, mi papá nunca supe quién fue, y la verdad nunca me importó, y mi mamá, aunque ella vivía con nosotros para mí, mi madre siempre fue mi abuela, y mi padre mi abuelo, él vendía globos en el centro”. “Cuando era niño me encantaba acompañarlo, a veces me dejaba algunos globos a mí, y si yo los vendía él me daba algunas monedas. otras veces me dejaba sentado en una banca con mis chicharrones y mi raspado, me decía no te me muevas de aquí le doy una vuelta a la placita y aquí vuelvo, y yo feliz, lo admiraba tanto, tanto, no sé qué me pasó en la secundaria que cambié para mal, me daba vergüenza ir con él a verlo vender, fui un tonto, recuerdo una vez que me invitó y yo molesto le dije –¡no abuelo que van a pensar mis amigos si me ven, vendiendo globos!- vi claramente como sus ojos se pusieron rojos y húmedos, hasta la fecha me arrepiento, ese día se fue sólito lo vi con su caminar más lento”.

    “Al pasar los años, yo fui comprendiendo varias cosas, un primo me invitó a Houston a trabajar, y yo le dije que sí, al día siguiente en la mañana le comenté a mis abuelos que me iría a trabajar al gabacho, mi abuelita me abrazó y lloró como nunca la había visto, mi abuelo solo me dijo –échele ganas mijo, de sobra sé que los hijos no son de uno, y que tarde que temprano usted haría su vida-, se subió sus globos al hombro me besó en la frente y me dijo –échele madrazos mi rey-, y se fue con sus paso mucho más lento y sus ojos llorosos otra vez,  lloré mucho esa mañana, preparé mi maleta, le regalé un beso a mi abuela y a mi má, y les dije –espérenme, tengo algo que hacer antes de irme-, me fui en camión al centro y encontré a mi abuelo en la plaza, lo vi de lejos con sus pantaloncitos remendados y sus zapatitos sucios, era mi viejito, mi rey, mi santo padre, llegué lo abracé y le dije –qué pensó pá, éste ya se fue y no me vino a ver antes de irse, pos nooo mi viejo, no me iré de aquí hasta ayudarle a vender todos los globos, eso sí abuelo, cómprame unos chicharrones y un raspado, ¿te acuerdas? como cuando era un mocoso”.

    “Y así fue ese lunes por la mañana, nuevamente yo como hace 20 años ahí en la plaza con mi abuelo, reímos tanto, nos comimos unos burritos que vendían ahí en la plaza, bueno mi viejo. ya me voy, pero cada semana te llegarán tus billetitos verdes, te lo prometo, a mi amá y a mi abuela y a ti nada me les faltará, lloramos juntos abrazados. Yo ya soy un viejo, de casi 50 años, pero saben? cumplí mi promesa, a mi abuelo nada le faltó, le dije quiero verte cada semana con un pantalón nuevo y me tiras todos los que tengas rotos, y hasta que mis abuelos fallecieron cuide de ellos desde aquí, gracias por dejarme contar mi historia”. 

    ARTEMIO CRUZ

  • Las cuerdas del violín

    En una época no muy lejana, vivió un violinista llamado Paganini. Muchos creían que era un artista sobrenatural y que tenía un don especial para el violín. Una noche, tras recibir una ovación delirante, empezó a tocar. Lo que siguió fue indescriptible, porque todas las notas que nacían del movimiento de sus dedos dibujaban una melodía maravillosa y perfecta en el aire. De repente, un sonido extraño acabó con el encantamiento: se había roto una cuerda del violín. El director y la orquesta se detuvieron y el público dejó de respirar. El intérprete siguió tocando como si nada hubiera ocurrido y todo recuperó la normalidad. Pero,  otro ruido hizo enmudecer a la sala. A Paganini se le había partido otra cuerda. Sin embargo, continuó con la pieza, sacando deliciosos sonidos del instrumento. En medio del concierto, una tercera cuerda saltó por los aires. El director se quedó pálido y Paganini, como un contorsionista musical, arrancó todos los sonidos posibles de la única cuerda que le quedaba. Espectadores y músicos se pusieron en pie y empezaron a gritar, aplaudir e, incluso, a llorar de emoción.

       Aquella noche, Paganini alcanzó la gloria y el mayor de los triunfos, porque a lo largo de su vida había aprendido que la victoria es el arte de continuar donde todos resuelven parar.

    FUENTE: REVISTA PRONTO

    el rincón del pensamiento]. Ilustración: Alberto Vázquez – Edición y arreglos: Marian Gómez