• Cambiaste mi vida

    El abuelo olvidado: En un geriátrico, un abuelo pasa años sin visitas… hasta que un niño de jardín empieza a ir todas las semanas a leerle cuentos.

    Llevo tres años, cuatro meses y once días en esta habitación. No es que cuente obsesivamente, pero cuando no tienes nada más que hacer que mirar el techo y escuchar los pasos apresurados de las enfermeras, los números se vuelven tus únicos compañeros.

    Mi nombre es Aurelio Mendoza, tengo ochenta y dos años, y mi familia me trajo aquí después de que me caí en la ducha. «Es lo mejor para ti, papá», me dijeron. «Estarás bien cuidado». Las primeras semanas vinieron religiosamente. Después, las visitas se espaciaron. Primero cada quince días, luego una vez al mes, después solo en navidades.

    Hasta que dejaron de venir del todo.

    Esa tarde de martes, como todas las tardes de martes de los últimos dos años, estaba en mi silla de ruedas junto a la ventana, viendo las hojas caer del viejo roble del patio, cuando escuché una vocecita que no reconocía.

    —¿Usted es el señor Aurelio?

    Me volví despacio. Un niño pequeño, de unos cinco años, me miraba con ojos enormes y curiosos. Llevaba una mochila casi tan grande como él y un libro en las manos.

    —Sí, soy yo —le respondí, sorprendido—. ¿Y tú quién eres?

    —Me llamo Mateo. Vengo del jardín de la esquina. La señorita Clara dice que usted necesita que le lean cuentos.

    Me quedé callado un momento, procesando sus palabras.

    —¿La señorita Clara?

    —Sí, ella organiza visitas para los abuelitos que están solos. Me eligió a mí porque soy el que mejor lee de toda la sala de cinco.

    El orgullo en su voz me hizo sonreír por primera vez en meses.

    —¿Y qué libro traes ahí?

    —»El principito» —dijo, alzando el librito como si fuera un tesoro—. ¿Quiere que se lo lea?

    —Por favor —susurré.

    Mateo arrimó una silla pequeña que había encontrado por ahí y se sentó a mi lado. Abrió el libro con cuidado, como si fuera muy frágil, y comenzó a leer con esa cadencia particular de los niños que recién aprenden:

    —»Cuando yo tenía seis años vi una vez una magnífica lámina…»

    Su voz era dulce e insegura, tropezaba con algunas palabras difíciles, pero seguía adelante con determinación. Yo lo escuchaba embobado, no tanto por la historia que conocía de memoria, sino por el milagro de tener a alguien ahí, leyendo para mí.

    —Señor Aurelio —me dijo cuando terminó el primer capítulo—, ¿usted tiene nietos?

    La pregunta me dolió más de lo que esperaba.

    —Sí, tengo dos. Pero están muy ocupados con sus cosas.

    —¿No vienen a visitarlo?

    —No mucho —mentí.

    Mateo frunció el ceño, pensativo.

    —Bueno, ahora me tiene a mí. Voy a venir todos los martes.

    Y cumplió su promesa.

    Todos los martes a las tres de la tarde, después de sus clases, aparecía Mateo con su mochila gigante y algún libro nuevo. Primero terminamos «El principito», después leímos «Charlie y la fábrica de chocolate», luego «Las brujas» de Roald Dahl. Su lectura mejoraba semana a semana, pero yo había dejado de prestar atención solo al contenido. Me había enamorado de su presencia.

    —Señor Aurelio —me dijo un martes, después de haber leído un capítulo de «Matilda»—, ¿por qué está siempre tan triste?

    Su pregunta me tomó desprevenido.

    —¿Parezco triste?

    —Sí. Mamá dice que cuando las personas están tristes es porque extrañan a alguien. ¿Usted extraña a alguien?

    Me quedé mirando sus ojitos sinceros. En ese momento decidí que merecía la verdad.

    —Extraño a mi familia, Mateo. A veces las personas que queremos se olvidan de nosotros.

    —¿Como cuando yo me olvido de darle de comer a mi pez?

    —Algo así, pero peor.

    Mateo se quedó pensando, balanceando las piernas desde la silla.

    —¿Sabe qué? Yo nunca me voy a olvidar de usted.

    Y no se olvidó.

    Pasaron los meses. Mateo creció un poco, sus lecturas se volvieron más fluidas, más expresivas. Yo esperaba los martes como antes esperaba la navidad. Me arreglaba especialmente para él, me peinaba, me ponía mi camisa menos arrugada.

    Un día llegó más callado que de costumbre.

    —¿Qué pasa, campeón?

    —Señor Aurelio, la señorita Clara dice que el próximo año voy a ir a una escuela nueva. Que queda lejos.

    Se me encogió el corazón.

    —Ah.

    —Pero le prometí que siguiera viniendo. Le dije a mi mamá y ella dice que me va a traer en micro.

    —Mateo, no puedes pedirle eso a tu mamá. Es muy lejos.

    —¡Pero es que somos amigos! —protestó con los ojos llorosos—. ¡Los amigos no se abandonan!

    Esa palabra, «abandonan», resonó en mi pecho como un eco doloroso.

    —Tienes razón —le dije—. Los amigos no se abandonan.

    Su último día en el jardín de la esquina, Mateo llegó con un regalo: un álbum de fotos que él mismo había armado. En la primera página había escrito con su letra irregular: «Para mi abuelo del corazón».

    Las páginas estaban llenas de dibujos suyos: él y yo leyendo juntos, el roble del patio, la habitación, incluso había dibujado a las enfermeras. En la última página había pegado una foto que su mamá nos había tomado un martes cualquiera, los dos sonriendo con un libro en el medio.

    —Para que no se olvide de mí —me dijo.

    —Jamás podría olvidarme de ti, Mateo.

    Nos abrazamos, y por primera vez en tres años, cuatro meses y muchos días más, lloré de felicidad en lugar de tristeza.

    Mateo cumplió su promesa. Viene cada quince días ahora, acompañado por su mamá, una mujer dulce que me saluda como si fuera parte de su familia. Ya no lee cuentos infantiles; ahora estamos con «Don Quijote», y discutimos cada capítulo como dos intelectuales.

    El otro día, mientras leía sobre las aventuras del Ingenioso Hidalgo, me dijo:

    —Señor Aurelio, ¿sabe que usted cambió mi vida?

    —¿Yo? —le pregunté sorprendido—. Mateo, tú cambiaste la mía.

    —¿En serio?

    —Antes de que llegaras, yo era como este geriátrico: un lugar donde las cosas van a esperar el final. Tú me enseñaste que la vida puede comenzar a cualquier edad, si hay alguien que quiera compartirla contigo.

    Mateo sonrió, esa sonrisa que ilumina toda la habitación.

    —Bueno, pero ahora tenemos que seguir leyendo. Quiero saber si Don Quijote encuentra a Dulcinea.

    —La va a encontrar —le aseguré—. Las personas que buscan el amor verdadero siempre lo encuentran. Solo que a veces viene en formas que no esperamos.

    Mientras Mateo retomaba la lectura, pensé en lo cierto que era eso. Yo había buscado el amor en las visitas de mi familia, en el reconocimiento, en el recuerdo. Pero el amor había llegado en la forma de un niño de cinco años con una mochila enorme y un corazón aún más grande.

    Ahora, cuando la gente me pregunta por mi familia, les cuento de Mateo. Mi nieto del alma, mi compañero de aventuras literarias, mi prueba de que nunca es demasiado tarde para encontrar a alguien que te elija, que te visite, que te lea cuentos y te recuerde que sigues siendo parte del mundo.

    Porque al final, la familia no siempre es la que nace contigo. A veces, es la que decides construir, un martes cualquiera, una página a la vez.

  • carta a mi suegra

    Carta a mi suegra sobre mis cuatro hijos…

    Tú siempre robaste mi encanto. Tú les dabas todo lo que querían. Tú jamás dijiste que no cuando te pedían algo.

    Una segunda porción de postre. Dulces antes de la cena. Un par de minutos más en el baño. Dinero para el camión de helados.

    Me esforzaba para demostrarte respeto y aprecio mientras intentaba que no malcriaras a mis hijos. 

    Creí que los convertirías en malcriados egoístas al darles todo lo que querían. Creí que nunca aprenderían a esperar, a tomar turnos, a compartir porque siempre les cumplías sus deseos tan pronto abrían la boca y señalaban.

    Los mecías por mucho tiempo después de que se hubieran quedado dormidos. ¿No entendías que yo necesitaba que aprendieran a dormirse por sí solos?

    Tú corrías a verlos tan pronto hacían el ruido más pequeño. ¿Cómo podrían aprender a calmarse solos?

    Estuve resentida porque les comprabas los regalos más caros en sus sus cumpleaños y en Navidad. ¿Cómo podría competir contigo?

    Y cómo amaban pasar las tardes contigo. Preparabas sus cosas favoritas para la cena: tres platos diferentes para tres niños diferentes. Y siempre tenías una pequeña sorpresa. Un regalito, dulce o un premio especial. Yo no quería asociarte con regalos y dulces. Creí que ellos debían amarte por lo que eras. Intenté decirte esto pero no escuchabas.

    Dediqué mucho tiempo pensando por qué hacías todas esas cosas y cómo hacer que te calmaras. Sé que se supone que las abuelas son para “malcriar” y después mandarlos de vuelta a casa, pero tú eras… ridícula.

    Hasta que te fuiste.

    Tuve que juntar a mis chicos y decirles que su abuela había muerto. No parecía posible, se suponía que estarías allí para sus momentos especiales: bailes, graduaciones, bodas. Pero ellos perdieron a su abuela demasiado pronto. 

    No estaban listos para decir adiós.

    Durante esos años que deseaba que los dejaras de malcriar, jamás pensé en lo mucho que los amabas. Tanto que lo demostrabas de todas las maneras posibles. Tu cocina. Los regalos. Los dulces y golosinas. Tu presencia. La manera en que recordabas con detalle los momentos especiales, si era una atrapada perfecta en el campo de juegos o una nota desentonada en un concierto escolar. 

    Tu amor de abuela por ellos no conocía límites. Tu corazón derramaba amor por todo lugar posible: tu cocina, tu libro de bolsillo, tus palabras y tus brazos incansables.

    No tiene sentido lamentarse, pero a veces pienso en cómo lo pensaba todo mal. Estaba tan equivocada al percibir tu generosidad…

    Mis hijos, ahora adolescentes, te extrañan profundamente. 

    Y no extrañan tus regalos ni tu dinero. Te extrañan a ti.

    Ellos extrañan correr a recibirte en la puerta y abrazarte aún antes de poner un pie dentro de la casa. 

    Extrañan mirar a las gradas y verte, una de sus mayores admiradoras, sonriendo y concentrada en tener su atención. Ellos extrañan hablar contigo y escuchar tus palabras de sabiduría, ánimo y amor.

    Si pudiera hablar contigo una última vez, te diría que cada vez que un momento precioso me roba el corazón, cada vez que los miro llegar a una nueva meta y cada vez que me sorprendo con su perseverancia, talentos o triunfos, pienso en ti. 

    Y deseo que ellos pudieran tenerte de vuelta.

    Regresa y ámalos una última vez como nadie en el mundo lo hace. Trae tus dulces y tus sorpresas. Recompénsalos con regalos por sus más pequeños logros. Prepara cuidadosamente sus comidas favoritas. Llévalos a donde quiera que quieran ir. Todo sólo porque los amas.

    Regresa y mira cuánto han crecido. Mira cada chico convertirse en su propia versión de un hombre joven. Estremécete conmigo mientras admiramos como la familia, los amigos, el tiempo y el amor los ayudó a crecer tan hermosamente con los años.

    Y cuanto más deseo que regreses, más me doy cuenta de que jamás te fuiste.

    Ahora lo entiendo. Se que los amaste en todo modo posible. 

    Sé que ser su abuela te dio alegría y propósito. Y claro que sé que no puedes regresar, pero sé que tu amor por ellos siempre permanecerá. Tu amor los cimentó y protegió de maneras que no pueden ser descritas. Tu amor es una gran parte de lo que son ahora y de lo que serán cuando crezcan. 

    Por esto, por cada premio y regalo, y cada vez que los meciste por demasiado tiempo o los consolaste mucho o los dejaste quedar despiertos hasta tarde,… por esto yo siempre te estaré agradecida.

    Y desearé un millón de veces que lo pudieras hacer de nuevo…

    Créditos a quién corresponda

  • Perder un hijo

    No existen palabras lo suficientemente fuertes para describir el desgarro de perder a un hijo. 💔 No es solo dolor, es una herida que se anida en el alma, un silencio que grita en cada rincón de tu vida.

    Desde el primer llanto hasta el primer paso, cada padre sueña con un sinfín de mañanas: cumpleaños, risas, secretos compartidos, sueños que se despliegan. 🌈 Pero nada te prepara para la crueldad de vivir en un mundo donde ellos ya no están. Un padre nunca debería sobrevivir a su hijo. Se siente antinatural, insoportable, y destruye la esencia misma de tu ser. 💭

    Cuando pierdes a un hijo, vives dos vidas: la que sigues adelante y la que lloras cada día. Revives su risa, el brillo en sus ojos, la forma en que sus pequeñas manos confiaban en las tuyas. Y de pronto, esa confianza se convierte en un adiós… un adiós que te arranca un pedazo de ti para siempre.

    Dondequiera que mires, quedan los recuerdos: una silla vacía, una fotografía en la pared, una canción que una vez los hizo bailar a ambos. Algunos días, esos recuerdos te regalan una sonrisa. Otros, te aplastan bajo su peso.

    Este dolor no desaparece, te enseña a cargarlo. Pero el amor nunca muere. Su luz vive dentro de ti, atada para siempre a tu corazón por hilos invisibles que ninguna pérdida puede cortar.

    Así que mantén viva su memoria. Pronuncia su nombre. Cuenta su historia. Hazle saber al mundo que vivieron, que importaron y que son amados, siempre.

    Porque sanar no se trata de dejar ir, sino de llevar su luz hacia adelante, con cada respiración, con cada recuerdo, con cada latido del corazón.

    Si conoces a un padre o una madre en duelo, no dejes que camine este sendero solo. Acércate. Escucha. Ama.

    #fblifestyle

  • Un fémur roto…

    Y curado…

    Un estudiante le preguntó una vez a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella el primer signo de civilización en una cultura antigua.

    Esperaba escuchar algo sobre anzuelos, piedras talladas o cerámica. Pero Mead respondió con algo distinto, casi desconcertante:

    — El primer signo de civilización es un fémur roto… y curado.

    Explicó que en el reino animal, una fractura de este tipo equivale a una sentencia de muerte. Una pata rota significa no poder huir de los depredadores, no poder buscar agua ni alimento. Quien la sufre se convierte en presa.

    Ningún animal sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso sane.

    En cambio, cuando los arqueólogos encuentran un fémur humano roto y luego soldado, significa algo más que hueso y cicatriz: es prueba de que alguien se quedó. Alguien llevó al herido a un lugar seguro, lo alimentó, lo cuidó, lo protegió hasta que volvió a caminar.

    Para Mead, ese gesto lo cambia todo. No son las herramientas ni los objetos lo que marca el inicio de la civilización. Es la decisión de cuidar al otro.

    Ese primer hueso soldado es el testimonio silencioso de la compasión, del sacrificio y de la comunidad.

    «Ayudar a otros a superar las dificultades —dijo Mead— es el punto de partida de la civilización. La civilización es la ayuda mutua.»

    Yahoo Mail: Busca, organiza, conquista

  • Cuando era pequeña, mi madre solía decirme:

    «Sonríele a tu padre cuando llegue a casa del trabajo… El mundo exterior es difícil y lleva mucho más de lo que imagina».

    ¿La diferencia entre una madre y un padre?

    Una madre lo lleva en su vientre durante nueve meses… Un padre lo lleva en su corazón de por vida.

    Una madre le asegura que no le falta nada… Un padre le enseña a nunca darse por vencido, incluso cuando la vida se pone difícil.

    Una madre te abraza para calmar tus lágrimas… Un padre te cría para que puedas mantenerte erguido pase lo que pase.

    El amor de una madre es algo que se siente desde el primer aliento. El amor de un padre es algo que generalmente se entiende más tarde… a veces solo cuando eres padre.

    Los padres no suelen decir «te amo»… Pero lo demuestran, todos los días, en silencio, a su manera.

    Entonces, hoy, piensa en él. Y si puedes… abrázalo y dile: Gracias.

    Y si te tocó un padre o una madre que hacen ambas cosas. Abrázalo doblemente 

    Yahoo Mail: Busca, organiza, conquista

  • Distancia

    No toda distancia es ausencia, ni todo silencio es olvido. A veces la vida nos arrastra por caminos distintos, nos coloca en lugares donde los abrazos no llegan y las palabras se quedan atoradas en la garganta. Sin embargo, el cariño verdadero no se desvanece con los kilómetros ni se rompe con las pausas. Hay sentimientos que permanecen intactos, aunque no se nombren todos los días; hay memorias que siguen vivas, aunque nadie las mencione en voz alta.

    La distancia puede doler, sí, pero también puede ser la prueba más clara de que lo esencial no depende de la presencia física. Y el silencio, aunque a veces hiere, también puede guardar en su interior todo aquello que no se sabe decir, pero que se siente con la misma fuerza.

    El corazón reconoce lo que le pertenece, aunque lo tenga lejos. El alma guarda lo que una vez la tocó, aunque el tiempo intente borrarlo. No toda distancia es un adiós definitivo, ni todo silencio significa indiferencia. Hay amores, amistades y recuerdos que viven callados, pero eternos… esperando quizá un reencuentro, o tal vez resignándose a seguir existiendo solamente en la memoria.

    ©️ Me gustó mucho 

  • EL DUELO

    El Duelo: Sin saber cómo…

    (Por Fernando D’Sandi )

    Perder a alguien es como quedarse de pie en el andén de una estación donde ya no pasan trenes, es el eco de una voz que ya no responde, es el vacío de una mano que no vuelve a sostener la nuestra. Es un terremoto silencioso que derrumba todo lo que creíamos estable, porque la vida, con su absurda costumbre de continuar, no nos espera para entenderla.

    El duelo no es una batalla, no es pelear contra la ausencia como si fuera un enemigo al que hay que derrotar, no se trata de ganarle al dolor ni de buscar la manera más rápida de salir del laberinto.

    El duelo es una mudanza forzada, una reubicación en un mundo que ya no tiene el mismo paisaje, es aprender a vivir con un agujero en el pecho, sin pretender llenarlo de inmediato, porque algunos vacíos no son para ser ocupados, sino para recordarnos que hubo algo grande ahí.

    Nos han hecho creer que el duelo es una escalera con peldaños que debemos subir hasta que un día, mágicamente, dejamos de sentir, pero no es así. Es más bien una espiral, un camino confuso donde el ayer y el hoy se mezclan, donde el dolor, la nostalgia, la rabia y la gratitud bailan sin orden. Un día sentimos que avanzamos y al siguiente nos encontramos de nuevo en la primera página del dolor y eso está bien, no es un error, es la forma en que el alma se acomoda a su nueva realidad.

    El dolor no es un enemigo, es un maestro cruel pero necesario, nos arranca las certezas, nos deja desnudas frente a la verdad de nuestra fragilidad y en ese despojo, descubrimos algo poderoso: Seguimos aquí, respirando, amando, sobreviviendo porque, si no podemos estar con quienes amamos, entonces aprendemos a amar con más fuerza a quienes sí están.

    No hay atajos, no hay fórmulas mágicas, no hay trucos que aceleren su proceso o eliminen el dolor, sólo el tiempo, la paciencia y el amor nos van mostrando el camino y aunque al principio todo parezca oscuro, aunque la vida se siente en pausa, un día, sin aviso, una pequeña luz se cuela entre las rendijas y es ahí cuando entendemos que el duelo, aunque duele, no nos destruye… Nos transforma, nos vuelve más intensas, más humanas, nos enseña que la única manera de honrar a quienes se fueron es seguir viviendo, amando con más fuerza y recordando que aún con el alma rota, seguimos siendo capaces de construir belleza.

    Porque la vida nunca nos pregunta si estamos listas para perder, pero sí nos da la oportunidad de aprender a seguir… Aunque no sepamos cómo.

    Créditos: Fernando D’Sandi

  • Respeto tu tormenta

    «Respeto tu tormenta, pero es tuya».

    Habrá un momento en la vida en que tendrás que mirar a los ojos de alguien cercano —tu pareja, un amigo, un hermano— y decirle con firmeza y ternura:

    -“Voy a ser honesto contigo. A partir de ahora no entraré más en el torbellino de tus emociones. Las respeto, las entiendo, incluso las honro, pero son tuyas, no mías. No puedo vivirlas como si fueran parte de mi alma, porque en este viaje yo también cargo mi propia mochila emocional, y es lo único que puedo llevar.

    Si decides quedarte en esa tormenta, te apoyaré, siempre desde mi lugar, desde mi calma. No te abandonaré, pero tampoco me perderé contigo. Desde aquí, desde mi centro, puedo ser un faro, no un barco que naufraga contigo. Te quiero, y precisamente porque te quiero, necesito cuidar de mi equilibrio.

    Amar no es llevar el peso de la vida de otro en la espalda; es caminar juntos, libres, ligeros, cada uno siendo dueño de sus propias tempestades. El amor no tiene que doler más de lo necesario; el amor, cuando es genuino, construye, no destruye».

    A veces, amar significa también aprender a decir: «Aquí estoy, pero sin olvidarme de mí mismo».

    Créditos a su autor (de la red)

  • CUANDO YA NO ESTÉ

    CUANDO YA NO ESTÉ… SOLO SE TENDRÁN ENTRE USTEDES

    A veces los veo discutir por cosas pequeñas: quién habló más fuerte, quién cometió el error primero, quién quiso tener la última palabra. Y aunque guardo silencio, mi corazón susurra siempre lo mismo: “El día que yo no esté, solo se tendrán ustedes.”

    Porque ese día llegará. Llegará el momento en que ya no esté para mediar en sus diferencias, para reunirlos en un cumpleaños o para ser la razón de una llamada en familia. Y entonces, lo único que quedará será el lazo que ustedes mismos hayan cuidado… o el vacío que hayan dejado crecer.

    Ser hermanos no significa solo compartir un apellido. Es cargar con recuerdos que nadie más entiende, es llorar juntos en silencio, es abrazarse cuando el mundo se derrumba. Es protegerse aun en las caídas, guardar secretos, cubrirse en los errores y quedarse al lado cuando todos los demás se van.

    Por eso, mientras aún puedo decirlo, les ruego: cuídense. Búsquense aunque haya enojo, perdónense aunque no llegue una disculpa. No permitan que el orgullo sea más fuerte que el amor que los une. 🌿

    Porque cuando ya no esté, no quiero que se sientan huérfanos de cariño, quiero que se sientan acompañados por ese lazo que Dios les regaló. Que se abracen y recuerden: “Mamá estaría feliz de vernos así, unidos.”

    Y esa, hijos míos, será la herencia más grande que pueda dejarles: el amor que los mantenga juntos aun cuando ya no esté. 

    De la red.

  • Mi refugio

    El otro día le pregunté a mí madre que si después de casi 60 años de matrimonio aún seguía enamorada de mi padre. Ella me miró con cara de…¿Cómo explicártelo para que lo entiendas? Y no dijo nada, sólo sonrió….pero al llegar a casa miré mi teléfono y esto es lo que me había escrito:

    «A veces me preguntas si todavía estoy enamorada de él. Y me río un poco, no porque la pregunta sea tonta, sino porque es difícil de explicar. ¿Cómo decir que sí, pero no como antes? No con mariposas, no con fuegos artificiales… sino con raíz.

    El amor, después de tantos años, ya no es un sentimiento que te sacude. Es una certeza que te sostiene. No te acelera el corazón, pero te calma el alma. No te hace temblar las manos, pero te da la fuerza de levantarte cada día.

    Ya no hay sorpresas, pero hay rituales: el café a la misma hora, las discusiones tontas sobre cómo colgar las toallas, el modo en que nos cubrimos cuando el otro estornuda. No parecen grandes cosas… pero lo son.

    A estas alturas, ya no espero gestos románticos.

    Espero que me escuche cuando me duele la espalda. Que me abrace cuando me desarmo. Que no me deje sola cuando no me entiendo ni yo misma. Y él lo hace. Sin ruido. Sin alardes. Solo está.

    Amar después de media vida juntos no es como en los libros. Es más como tener un idioma propio, que nadie más entiende. Una forma de mirarse que sólo cobra sentido cuando has vivido el mismo dolor, el mismo cansancio, las mismas ganas de seguir.

    Así que sí, todavía estoy enamorada de él. Pero no como al principio. Estoy enamorada de todo lo que construimos. De la paz que da saber que, incluso en la tormenta, él sigue siendo mi refugio».

    Me pareció una preciosa LECCIÓN DE AMOR.

    Tomado de la red. Desconozco autoría