Meditar con cuencos de

cristal de cuarzo

Para llegar a la total ausencia, que es la plenitud o el vacío, tenemos que sentarnos cómodos. Cerramos los ojos, adoptamos la actitud interior de escuchar nuestro cuerpo y dejar fluir el sonido y el silencio, un silencio que aparece y desaparece como sonrojado por el murmullo de 10, 40, 500, 10.000 abejas que se convierte en una dulce y sutil vibración que envuelve todo nuestro cuerpo. A veces se centra en la zona frontal del cerebro o en las sienes como un tenue murmullo del sonido, en el cuerpo físico perdido en un flotar gozoso, en cada célula, en cada sistema, en cada neurona…el pudor de dejarse sentir en la quietud. Me constituyo en observador de mí mismo.
Un suave runruneo, como el zumbido de una abeja, comienza a ocupar el espacio y el silencio. Poco a poco va tomando cuerpo ese suave murmullo…
Poco a poco la vibración va aumentando e incluso los hemisferios cerebrales comienzan a equilibrase con el susurro de la Luz que proyectan los cuencos.  El cuerpo físico, el emocional, el mental… todo es Uno en la quietud de la nada y tú, sintiéndote pura serenidad con las caricias invisibles del sonido, te identificas con el UNO que todo lo crea, lo une y lo nutre: una célula, millones de células, una galaxia, la totalidad de lo creado mientras que sólo alcanzas, sintiéndote parte de lo Infinito, a escuchar y envolverte en la caricia de dos palabras: AMOR… UNIDAD.
 Ángel Díaz

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