Un árbol me escogió. Apoyé mis manos en su tronco y lo abracé.
Sentí una quietud profunda, como si el mundo dejara de empujarme hacia ningún sitio.
—Estoy aquí —le dije en silencio—. A veces me siento perdido.
Y el árbol respondió sin palabras, como solo responden los seres que no necesitan voz.
El viento movió sus hojas y me pareció una respuesta más clara que cualquier frase. Era un susurro antiguo, un lenguaje hecho de luz y movimiento.
—¿Cómo puedes estar tan en calma? —pregunté—.
Y el árbol, con la paciencia de quien ha visto pasar muchas estaciones, contestó:
—Porque no me resisto a ser lo que soy. No corro hacia el tiempo. Lo dejo pasar a través de mí.
Acaricié su corteza, áspera y viva. Sentí que no era solo madera, sino memoria. Vida acumulada. Historias que no se cuentan pero que permanecen.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿Qué soy yo?
Y entonces el árbol pareció inclinarse un poco hacia mí, como si me reconociera desde siempre:
—Eres lo mismo que me sostiene a mí. Solo que lo has olvidado. Tus raíces están bajo la misma tierra. Tu aliento viene del mismo aire. Tu cuerpo y el mío son formas distintas de una misma vida.
El silencio entre nosotros no era vacío: era respuesta.
Entonces entendí que no estaba abrazando a un ser separado de mí, sino a una presencia que también me habitaba. El árbol no era algo ajeno: era un espejo lento, profundo, paciente.
—No estás sólo —parecía decirme—. Nunca lo has estado.
Charo Chantal

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