Nada de lo que somos se pierde; todo simplemente regresa a su hogar. Si entendemos que nuestra esencia es energía pura, la muerte deja de ser un final o un abismo para convertirse en lo que siempre ha sido: una sagrada transformación. Este cuerpo que habitamos es un préstamo amoroso de la naturaleza, una bella combinación de fuego, aire, agua y tierra. Cuando el espíritu decida que es momento de retornar a la unidad originaria, cada fragmento de nuestra materia volverá agradecido a su elemento. Polvo al polvo, aliento al viento, calor al sol y emoción al mar.
Tanto la vida como la muerte son solo dos caras de la misma moneda, pasajes de una transición constante y de un aprendizaje que nunca termina. Por eso, estar vivo es un regalo que exige presencia. Vivir no es correr hacia una meta invisible ni perderse en el laberinto del pensamiento; vivir es sentir. Es conmoverse con el primer rayo de luz al amanecer, saborear el refugio de la lluvia, dejarse erizar la piel por una caricia y recordar que la existencia ocurre únicamente en el instante presente.
Para habitar este momento hay que aprender a respirar, a mirar hacia dentro y a bajarle el volumen al estruendo del mundo exterior. Es tiempo de empezar a valorarnos, de habitar nuestro cuerpo con gratitud y de soltar la necesidad de que los demás nos den su visto bueno. La única aprobación que sanará tu camino es la tuya propia.
Cada cicatriz, cada risa, cada caída y cada acierto te han traído hasta este preciso segundo. Todo lo vivido —absolutamente todo— ha sido el cincel que le dio forma a tu versión de hoy. No importa qué tan rápido vayan los demás ni cuánta carrera pienses que queda por delante. El secreto no está en ir ni en venir, sino en permanecer. En abrazar quién eres, amarte en la quietud y, simplemente, aprender a vivir.
Charo

Deja un comentario