Micelio

Nada vive separado. El árbol no existe sin la tierra que abraza sus raíces; el río no existe sin la montaña que le entrega su agua; el ser humano no existe sin el aliento del universo que habita en cada uno de sus latidos.


Así también son las almas. Antes de encontrarse ya se conocían, porque pertenecen al mismo tejido invisible que sostiene la creación. Se buscan a través del tiempo, se reconocen sin necesidad de palabras y, cuando se abrazan, recuerdan por un instante el hogar del que todas proceden.


Las raíces de los grandes árboles viajan en silencio bajo la tierra y, aunque los troncos parezcan distantes, continúan unidas en la profundidad. Así sucede con las almas que han aprendido a amar: ninguna despedida puede cortar aquello que fue sembrado en la eternidad.


La naturaleza nunca habla de finales; habla de ciclos. La hoja cae para alimentar la tierra, la semilla duerme para despertar convertida en bosque, el sol desaparece solo para anunciar un nuevo amanecer. Todo regresa cuando el tiempo es sabio y el corazón está preparado.


El universo no olvida ningún encuentro verdadero. Cada gesto de amor, cada lágrima ofrecida con sinceridad, cada acto de compasión queda grabado en la memoria de la vida como una estrella más en el firmamento del espíritu.


Camina, pues, con respeto sobre la tierra, porque bajo tus pies descansan las raíces de quienes fueron antes que tú. Mira al cielo con humildad, porque allí habita la luz hacia la que todos regresamos. Y ama sin miedo, porque el amor es la única energía que atraviesa los mundos, vence al tiempo y convierte cada despedida en la promesa silenciosa de un nuevo reencuentro.


Quien comprende esto deja de preguntar por qué suceden las separaciones y empieza a agradecer cada encuentro, sabiendo que todas las almas viajan por senderos distintos, pero todas regresan, tarde o temprano, a la misma Fuente, donde el amor nunca muere y donde el universo recuerda el verdadero nombre de cada ser.

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