Entrada sin título 14342

Un viernes por la noche estuve a punto de morir por un simple trago de agua. Lo peor fue descubrir cuánto tardaría alguien en encontrarme.

Me llamo Laura Martín, tengo 47 años y vivo sola en un apartamento en Valencia.

Aquella noche estaba en la cocina. Acababa de recoger los platos de la cena y bebí un vaso de agua antes de sentarme un rato frente al televisor. El agua se me fue por el otro lado. Al principio tosí como nos ha pasado a todos alguna vez. Pero, de pronto, el aire dejó de entrar. Intenté respirar. No pude. Quise apoyar el vaso sobre la encimera, pero la mano me falló. El vaso cayó al suelo y se rompió. Me incliné hacia delante y me agarré al borde de la mesa. Los dedos me resbalaron y caí de rodillas sobre las baldosas. Al caer, golpeé una silla y la tiré.

Durante unos segundos estuve segura de que iba a morir allí. No pensé en mi trabajo. Tampoco en las cosas que tenía pendientes ni en la ropa que había dejado dentro de la lavadora. Pensé que iba a morir en el suelo de mi cocina sin que nadie lo supiera.

Entonces pasó un hilo de aire. Tosí con tanta fuerza que me dolió el pecho. Poco a poco pude volver a respirar. Me quedé sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra un mueble. Me temblaban las manos y tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.

El corazón me golpeaba tan fuerte que lo sentía en los oídos. Y fue entonces cuando me vino una pregunta a la cabeza. Si hubiera muerto allí, ¿Cuándo se habría dado cuenta alguien?.

Empecé a hacer cuentas. Mis padres habían fallecido hacía años. Yo era hija única. No tenía pareja, hijos ni animales. El alquiler, la luz, el agua, el seguro y el teléfono se pagaban automáticamente desde mi cuenta. Los lunes solía trabajar desde casa. Si no me conectaba, quizá mis compañeros pensarían que tenía problemas con internet o que estaba enferma.

Tal vez alguien me habría enviado un mensaje el martes. Tal vez el miércoles habrían intentado llamarme. Podía haber pasado cuatro días en el suelo de mi cocina antes de que alguien empezara a preocuparse.

Cuatro días enteros. Mientras hacía aquel cálculo, escuché toser a don Manuel en el apartamento de enfrente. Llevaba varios años viviendo en el mismo rellano. Nos cruzábamos a veces junto al ascensor o frente a los buzones.

“Buenos días, Laura.” “Buenos días, don Manuel.” Eso era todo.

Solo nos separaban dos puertas y unos cuantos pasos. Sin embargo, él no tenía idea de que yo acababa de estar a punto de desaparecer.

El domingo por la mañana me arreglé y salí de casa. No necesitaba comprar nada. Tenía el refrigerador lleno y había suficiente comida para varios días. Aun así, entré en una pequeña panadería del barrio. Había gente esperando frente al mostrador. Se escuchaban las tazas, las monedas y el ruido de las bolsas de papel.

Me puse en la fila. Normalmente, esperar me impacientaba. Aquel día me sentí agradecida de estar rodeada de personas. Cuando llegó mi turno, Carmen, la mujer que atendía, levantó la vista. “Buenos días, Laura. ¿La barra de pan de siempre?”.

Me quedé mirándola. “¿Se acuerda de mí?”

Ella sonrió. “Claro. Suele venir los domingos.”

Aquellas palabras me afectaron más de lo que deberían. Se acordaba de mi cara. Para ella no era solo otra clienta. Era alguien que volvía, alguien con una costumbre, alguien que tenía un nombre.

Compré una barra de pan, seis panecillos y dos cruasanes, aunque vivía sola. Cuando Carmen me dio el cambio, sus dedos rozaron la palma de mi mano. El contacto duró menos de un segundo, pero sentí que se me cerraba la garganta.

Era el primer contacto físico con otra persona que recibía en casi un mes. Salí de la panadería con la bolsa de papel abrazada contra el pecho. Después de caminar unos metros, empecé a llorar. Lo hice en silencio, mientras la gente pasaba junto a mí. Algunos llevaban el pan para la comida. Otros hablaban por teléfono o caminaban de la mano de alguien.

Yo lloraba porque una mujer detrás de un mostrador había pronunciado mi nombre. Cuando regresé a mi edificio, me quedé un momento en el rellano. Miré mi puerta y después la de don Manuel. Llevaba demasiado pan. Antes de poder arrepentirme, toqué el timbre.

Él abrió enseguida. Llevaba un viejo cárdigan y tenía cara de preocupación.

“Laura, ¿ha pasado algo?”. “No. Es que he comprado demasiado pan.”

Miró la bolsa y luego me miró a mí. “Cuando uno vive solo, siempre compra demasiado o demasiado poco.” Me salió una risa extraña, todavía mezclada con las lágrimas.

Don Manuel me invitó a tomar un café. Sobre la mesa de su cocina había dos tazas. Una estaba frente a su silla. La otra permanecía al otro lado. Se dio cuenta de que yo la estaba mirando.

“Era de mi mujer”, dijo. “Murió hace tres años. Nunca he sido capaz de guardarla.”

Nos sentamos. Durante unos minutos no dijimos nada. Después le conté lo del vaso de agua, la silla caída y los segundos en que no había podido respirar. También le hablé de mis cuentas. De los cuatro días que podían haber pasado antes de que alguien me buscara.

Don Manuel bajó la mirada. “Hace unos meses me caí en el baño”, dijo. “Estuve casi diez horas en el suelo. Al final conseguí levantarme solo.”.

“¿Por qué no se lo contó a nadie?”. Se encogió de hombros. “Me daba vergüenza.”

En aquel momento dejamos de ser dos vecinos educados que se saludaban al cruzarse. Éramos dos personas solas que podían desaparecer sin que la otra lo notara.

Don Manuel dejó la taza sobre la mesa. “Podríamos hacer algo sencillo. Si antes de las nueve usted no abre la persiana de la cocina, yo toco el timbre.”

Lo miré. “De acuerdo. Pero solo si usted abre también la suya.”

No nos convertimos en amigos inseparables de un día para otro. Cada uno siguió con su vida, con su casa y con parte de sus silencios. Pero todas las mañanas abríamos las persianas de la cocina. Los domingos yo le llevaba pan. A veces él dejaba junto a mi puerta un pedazo de bizcocho o una bolsa con mandarinas.

Unas semanas más tarde dormí más de lo normal. El teléfono se había quedado sin batería y la persiana seguía cerrada. A las nueve y doce sonó el timbre.

Don Manuel estaba en el rellano, con zapatillas de casa y el pelo sin peinar.

Intentó parecer molesto. “Laura, me ha dado usted un buen susto.”

Empecé a llorar. No porque estuviera en peligro. Sino porque, por primera vez en muchos años, mi silencio había hecho que alguien saliera de su casa para comprobar que yo seguía allí. Aquella mañana comprendí algo.

Lo contrario de la soledad no es estar rodeado de mucha gente. Es tener a una persona que nota cuando tu persiana sigue cerrada.

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