La fuerza de la Naturaleza

Esta es la historia de Imobach, un niño bimbanche de la isla de Hierro. Una de las islas
llamadas Afortunadas que ahora se llaman Canarias. Muy cerca de África.
Decían los que le conocían que nació diferente a todos sus hermanos y eran unos
cuantos, incluso su madre contaba la forma en la que nació que también fue inusual.
Llego al mundo con el alba cuando ella estaba recolectando papayas en los campos
del Valle del Golfo. Se decidió a nacer en el momento que una gran nube negra rodeó
la montaña y los campos descargaban con toda su fuerza el agua acumulada.
Contaba lo imposible que fue escapar y moverse con el esfuerzo de traer a su hijo al
mundo. Tirada sobre el fango que se formó, con un dolor insoportable, no podía pensar
cómo resguardarse para que su hijo no se ahogará. Si el agua que bajaba de las
montañas les alcanzaba, morirían. El reguero era tan grande y con tanto caudal que los
dos comenzaron a ser arrastrados con fuerza ladera abajo pero gracias al cordón que
les unía, ella supo que no lo perdería. Debía cogerlo en sus brazos para que no tragara
agua. Se irguió como pudo sujetándolo, el niño casi colgaba de su vientre y a cuatro
patas pudo llegar hacia un árbol que apenas veía con la lluvia. Una vez debajo se sintió
a salvo. Se recostó como pudo protegiendo al bebe y exhausta quedó sin sentido.
Al abrir los ojos, perpleja vio cómo su hijo sacaba su pequeña cabeza de su regazo
para alimentarse con el agua que caía de las hojas de aquel árbol. Ella desde entonces
dijo que ese niño pertenecía al árbol que los salvó, llamándole Imobach en honor al
valle que le vio nacer.
A partir de ese día no faltaron en llevarle flores y frutas a su árbol salvador. Este a su
vez les recompensaba con chorros de agua cristalina que llevaban al pueblo.

Él niño solía saborear el agua como si de leche materna se tratase. Su madre sabía
que le haría fuerte. El pueblo agradecido comenzó a visitar el árbol haciéndole
ofrendas. Los más jóvenes construían albercas para guardar el agua cerca del tronco
donde caía de sus hojas.
Así aguantaban las épocas de sequía que eran muchas, cuando los vientos venían
fuertes y secos de África. También regaban sus campos y la fruta crecía vigorosa.
El árbol Garoé se convirtió en uno de sus dioses. – Quien se arrimaba a ese árbol
gozaría de vida, dijeron los sacerdotes del pueblo. Ellos sentían en él un poder mágico
siempre unido al del niño.
Imobach fue creciendo ágil y delgado. Los pájaros se posaban en sus brazos y hablaba
con ellos. Como una extensión más de las ramas del Garoé se le acercaban y él aunque
quería volar solo podía doblarse o estirarse. Pero era uno de ellos. Se comunicaban
incluso a kilómetros de distancia. Con el viento también tenía una relación muy
especial siempre sabía exactamente de dónde venía o hacia donde soplaría y éste le
arropaba cuando quedaba dormido a la intemperie. El padre árbol le hablaba con su
lenguaje y su madre que lo sabía le dejaba jugar siempre allí. Aunque estuviera solo
Eraorahan su dios del cielo le protegería.
Pasaron los años y el niño se convirtió en joven. Trepaba a lo más alto de las cimas de
árboles y montañas augurando tormentas, vientos huracanados del sur o si los
habitantes de la isla vecina navegaban con sus barcas a sus playas para apropiarse de
su ganado o frutas. El transmitía todo lo que veía y oía, a su familia primero y luego al
jefe de la comunidad o a los sacerdotes. Se sentía protector de su pueblo y esta virtud
se palpaba en la comunidad que siempre le preguntaba o le pedía consejo.
Una mañana en la época del sol brillante en los días que había más luz, Imobach vio
algo inusual muy lejos, casi donde el sol se ocultaba. No parecían las barcas de sus
vecinos de la isla de al lado. Su vista no alcanzaba a ver que podía ser, pero sentía en
su corazón fuertes golpes que chocaban contra el mar. Un olor parecido a humo le
llegaba a través del viento. Nunca había sentido algo igual.
Subió al Tinganar cerca del arco del Golfo, la cima más alta en el centro de la isla. Allí
pudo ver gigantes barcazas con enormes velas que se acercaban. Nunca había visto
algo parecido. Si eran barcas tan grandes, como serían los que las manejaban, se
preguntaba. Veloz fue a avisar a su familia y al jefe del pueblo. No preveía nada bueno
en aquella llegada. Llegaron todos a verlo. El sacerdote imploró a sus dioses y estos le
decían que eran enviados por un dios del mal que provenía de tierras lejanas.
Marcharon todos a protegerse en las montañas, en las cuevas que siempre el pueblo
utilizaba para tal fin. Llevaron agua suficiente del Garoé, frutas y otros alimentos para
sobrevivir durante un tiempo. Al no haber ríos, ni manantiales donde beber porque la
tierra filtraba el agua rápidamente, aquellos que se acercaban se marcharían pronto o
eso pensaban.
Imobach quiso quedarse en la montaña para vigilar. Se encargaría de mandar señales
al jefe y los sacerdotes cuando se hubiesen ido.

Todo el pueblo antes de protegerse llevó ofrendas al árbol Garoé y ocultaron todas las
albercas de agua para que nadie pudiera descubrirlas. Era su bien más preciado.
Imobach pendiente de los movimientos de los visitantes no podrían quedarse en sus tierras.
Día y noche vigilaba la playa de Orchilla donde solían llegar quienes no conocían su
isla. Llegaron cuando la luna se hacía llena. Por su experiencia, cada vez que la luna
resplandecía los mares se embravecían y causaban muchos desastres. No era una
buena noche para llegar. Dejaron las gigantescas barcas muy lejos y vio que los
extraños llenaban otras más pequeñas en las que se dirigían a la playa. Se acercó más,
al comprobar que no eran gigantes como creía. Eran muchos aborígenes montados en
multitud de barcas, más de las que se había imaginado. Tenían el cabello amarillo y su
piel era muy blanca. Hicieron fuego en la playa y oía sus voces altas, muy altas. Bebían
algo que les hacía gritar mucho, quedando la mayoría tumbados en torno al fuego.
Exhausto se marchó a dormir cerca de su padre árbol, aunque antes mandó una señal
con sus amigos los pájaros para avisar a su pueblo de cuantos y quienes eran los que
habían llegado.
El jefe del pueblo asustado y amenazado por tal cantidad de visitantes trazó un plan.
Nunca habían tenido extranjeros como aquellos. Todos estaban de acuerdo incluso los
los ancianos y sacerdotes y así se lo hicieron saber a Imobach.
El plan consistía en ponerles grandes cantidades de frutas mezcladas con mandiocas
que si las tomaban les matarían. También les dejarían parte del ganado para que
después de comer gastaran toda su agua, al quedar secos. Sabían que no matarían a
todos, ya que eran muchos, pero al no encontrar agua y si se ponían enfermos saldrían
rápidamente de la isla o morirían al cabo de pocos días.
Al amanecer se dirigieron todos a recolectar fruta y mandiocas dejándolas
acumuladas en el valle, cerca de la zona de la playa. Solo faltaba esperar con paciencia
e invocar a los dioses para que todo fuera según lo planeado.
Imobach volvió a la cima y los demás a las cuevas. Durante todo el día siguió sus
pasos parecía que buscaban comida. Le parecían muy extraños. Su forma de caminar,
los sonidos que emitían, lo que llevaban sobre sus cuerpos. Uno de ellos, se ponía un
palo en el ojo y con la mano señalaba hacia la zona donde les habían dejado las frutas.
Todos le seguían, debía ser el jefe, pensaba él. También llevaba algo en la mano que
miraba antes de señalar la dirección. Dirigía a todos los demás. Tenía la cara pintada,
algo encima del pelo y solo un ojo abierto. El otro lo tenía cerrado. Le vio sacar de sus caderas un cuchillo grande que apretó y sonó como si hubiera caído un rayo del cielo.
Al mismo tiempo una de las ovejas cayó al suelo llena de sangre.
Imobach despavorido salió huyendo a la montaña, a salvo mandó un mensaje a los
suyos sobre aquellos hombres peligrosos contando lo que vio. Al recordarlo le caía el
sudor sobre la frente. Nunca se había sentido así.
Volvió a vigilarles. Aquellos aborígenes extraños llevaban la oveja muerta colgada a la
espalda pero se animó al ver que se dirigían hacia las frutas, caerían en la trampa.
Cuando llegaron, hablaban muy excitados. Sus voces eran sonidos muy agudos con
melodía. Parecía que imploraban a sus dioses al encontrarse tanta comida. Algunos
volvieron, regresando de nuevo con otros más para recoger la fruta encontrada y
llevarla a la playa. Comieron las ovejas que colgaron en una estaca de lado a lado
encima de un fuego esperando a que se quemaran e iban cortando trozos que se
repartían. También la fruta se la pasaban de unos a otros bebiendo un líquido que
echaban en unos cuencos muy pequeños llenándolos y vaciándolos muchas veces.
Finalmente, cuando la luna se ocultó y solo se veían las estrellas, quedaron dormidos.
No así, Imobach, que pasó toda la noche pensando que debía de hacer. En duermevela
hablaba con su padre árbol para que le iluminará. Deseaba con todas sus fuerzas que
se fueran. No sabía de donde provenían ni cómo eran, pero su tierra y su padre árbol
no serían suficientes para dar agua y comida a tanta gente, tal vez pudieran verse
obligados a dejar sus tierras si ellos se quedaban. No quería ver sufrir a su familia, ni a
su pueblo y lo más importante no quería abandonar su isla y a su padre árbol.
Al amanecer se despertó muy enfadado. En la cima de la montaña comenzó a agitar
sus brazos de tal manera que creó a su alrededor un enorme remolino de viento que
arrastraba todo a su paso, ese halo de fuerza dirigió aquel rulo de viento montaña
abajo.
Cuando llegó a esa playa llena de hombres, el mar juntándose con el viento creó tal
vendaval que estos fueron lanzados con furia contra la tierra o el agua muriendo la
mayoría. Los que pudieron escaparon nadando hacia sus barcas lo más rápido que
podían, otros ni se despertaron ya que quedaron muertos en la arena a causa de las
mandiocas. Uno de los que huían gritó despavorido señalando a aquel gran hombre en
lo alto de la montaña que parecía un árbol agitando sus largos brazos y rodeado de un
enorme remolino. Como si hubieran visto un demonio, no volvieron la vista atrás
desapareciendo con sus barcas para no volver jamás.
El gran hombre bajó de las montañas acercándose a la playa para comprobar que
todos los que quedaban allí estaban muertos. Así ocurrió. Agitó de nuevo sus brazos. El
mar comenzó a crecer inundando todo y arrastrando todos los cadáveres hacia el
fondo. La arena apareció de nuevo cuando la luna se hizo más pequeña, como si nadie
hubiera estado allí.
Aquellos que sobrevivieron contaron lo ocurrido incluso hicieron canciones sobre la
leyenda de aquella isla maldita al que ningún extranjero se atrevió en mucho tiempo a
acercarse.
Imobach y su pueblo vivieron en paz y armonía desde entonces.
Hoy en día la gente de la isla todavía habla de vientos extraños que soplan cerca del
árbol sagrado de Garoé.

BML

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