• Llega un momento

    Llega un momento en esta vida en el que te cansas, dices basta, porque te hartas.
      Sí, todo tiene un límite y por mucho que lo intentas, de nada sirve cuando todo se repite, cuando el bucle te persigue.
     
      Llega un momento en el que tienes que decidir que no vas a regalar ni una milésima de tu tiempo a nadie que no lo aprecie, pero a nadie. Que no vas a ir detrás de personas que luego se olvidan de ti. De aquellas que sólo se acuerdan cuando le pasa algo malo o cuando te quieren decir algo bueno, pero ni te preguntan cómo estás. O si lo hacen es sólo para justificar la manera de meter esa conversación que sólo les importa a ellos y nada más.
     
       Llega un momento en el que es mejor gritar que el silencio, que es mejor decir cuatro verdades que mantener la compostura. Porque no, no te oyen, no te comprenden, no se ponen en tu lugar y puede, sólo puede que por un momento lo finjan, pero no, jamás cambiarán.

      Llega un momento en el que tienes que soltar a aquellas personas que te humillan y desprecian por mucho que las quieras y las sepas valorar, pues ellas a ti no, y sólo te pisan y te dañan el alma. No, no hay que soportar lo insoportable por querer cuando te dañan, porque eso es que no te quieren de verdad.

      Se acabó de dar la razón a sin razones, de callar cosas injustas, de poner por delante a quien no debe ni estar. Porque esas personas no te tendieron la mano cuando estabas en el fondo del océano, esas personas no te sacaron de la más profunda oscuridad, no te ayudaron a salir a flote, así que pasa página, pero esta vez hazlo de verdad. Créeme que no te arrepentirás.
    Patri G.
    (No borres el autor)
    DI NO AL PLAGIO
    Patricia Girol 

  • Regalos silenciosos

    LA PRÁCTICA DE HACER REGALOS SILENCIOSOS

    Busca un lugar público, como una plaza, un parque, una estación, y colócate en un sitio que te permita observar a los paseantes discretamente.

    Déjate llevar por tu corazón, que él elija las personas a las que harás tu regalo anónimo y silencioso.

    Cuando veas pasar a alguien afectado por una dolencia, regálale buena salud en tu pensamiento.

    Si ves pasar a una persona abatida y triste, regálale paz y alegría.

    Si ves a un niño que llora, regálale un futuro hermoso.

    Si ves a alguien de gesto áspero y enojado, regálale amor y perdón.

    Si ves a alguien pasando necesidad, deseale prosperidad y abundancia en su vida.

    Y así, con todas las personas que se vayan cruzando en tu camino.

    Acoge a cada una de ellas en tu corazón por unos instantes, deséales lo mejor y envíales bendiciones.

    Puede que jamás vuelvas a ver a ninguna de estas personas.

    Está bien que así sea; no necesitas ninguna confirmación, el amor nunca se impone, sencillamente se ofrece a quien tenga que recibirlo.

    Sé Amor.

    A veces hacer el bien no implica que hagamos actos demasiado complicados, con nuestro pensamiento consciente y enfocado, así sea en silencio, podemos entregar nuestra Luz y dar nuestro Amor al mundo.

    SIRIO.1.1.1.1

  • Imagínese
    "¿Se imagina usted si a partir de hoy, todo de lo que usted se queja, sea sacado de su vida?
    
    Sólo imagine esto:
    - ¡Ay! ¡no aguanto a mis hijos!
    ¡Listo, muertos!
    
    - ¡Mi pelo es horrible!
    ¡Vale, calva/o!
    
    - ¡Estoy harta/o de mi trabajo!
    ¡Estupendo, desempleada/o!
    
    - ¡Mi marido o mi esposa es una plaga!
    ¡Todo bien, viuda/o desde este momento!
    
    - ¡No soporto más este calor!
    ¡A partir de mañana sólo tendrá nieve y lluvia!
    
    - ¡Mi casa es un desastre!
    ¡Bueno, vivirá en la calle a partir de ahora!
    
    ¿Qué le parece?
    Ahora mire a su alrededor. ¿Qué nos hace diferentes de los demás?. "El sol sale para todos".
    
    Lo que nos diferencia de los demás son NUESTRAS ACTITUDES frente a las diversas situaciones.
    
    ¡Entonces, alégrese y agradezca por TODO!.
    Y lo que tenga que cambiar, ¡Cámbielo!
    
    Cuando usted cambia, todo a su alrededor cambia...
    
    Cuando el día empiece, agradezca.
    Cuando el día termine, agradezca.
    
    RECUERDE QUE LA QUEJA TRAE POBREZA Y LA GRATITUD ABUNDANCIA
    
    web 
    #mariomelito 
    #LAESPIRITUALIDAD
  • El cansancio
    El cansancio y las nuevas frecuencias.

    Físicamente:
    – Has ejercicios calmos y concentrados, emitiendo al mismo tiempo que los haces, ondas azules para todos los lugares donde sientes dolor, incomodidad o fatiga muscular, transformando un simple ejercicio de estiramiento y fortalecimiento en un ejercicio vibracional cuántico intensificado…
    – Bebe bastante agua mineral, de preferencia la que sale directamente de las piedras, pues trae fragmentos minerales puros del centro de la montaña, rocas y cristales.
    – Evita alimentos industrializados y con condimentos exagerados.– Coloca dentro de tu cuerpo cosas bonitas, saludables y que tienen vida. Toma el sol y agradece mientras lo haces. Bucea en el agua en el mar o en el agua de río corriente para entrar en la nueva frecuencia de la Naturaleza.

    Mentalmente:
    – Vibrar en alta resonancia, preferentemente en la más alta energía posible, la energía de la gratitud, la compasión, la generosidad, la benevolencia y el compartir mutuo de las ideas.
    – Evitar juicios ajenos, pues no sabemos realmente lo que cada uno ha venido a pasar en esta vida.
    – Elevar el pensamiento hacia cosas nobles en lugar de seguir compartiendo noticias fútiles y terribles que tienden a multiplicarse por la televisión y los medios sociales. Sean diferentes, encuentren cosas buenas en las personas y en las situaciones, ellas existen, pero están siendo olvidadas.


    – Deja de quejarte y empieza a agradecer. La gratitud es la energía que moldeará el nuevo mundo.
    – Cuando un mal pensamiento venga, compréndelo e inmediatamente neutralízalo con otro superior y positivo.
    – Cuando un problema venga a tu mente, transmuta la información, buscando inmediatamente la solución para el mismo y enfócate en ésta. Cambia el foco, encuentra cosas bellas en ti, en tu comportamiento, deja de mutilarte energéticamente, todos tenemos cosas buenas y virtudes.

    Espiritualmente:
    – Presta atención a la intuición, pues esta está llegando con fuerza y ​​es la primera información que llega del mundo espiritual para adentrarse en tu mente. Escucha una buena música, aquella que hace que los pelos de tu brazo se ericen, pues ésta es capaz de producir la resonancia con tu espíritu.
    – Presta atención a las inspiraciones, pues ellas vienen de forma pura y simple, de lo contrario no conseguimos anotar lo que es recibido, o hacer algo en el mismo momento en que ella llega, perdemos el contacto y el espíritu tarda para traerla nuevamente. La inspiración es algo que tu propio espíritu te envía, no es un tercer espíritu o un amparador, eres tu mismo en manifestación futura y dimensión divina tratando de conversar contigo mismo.

    Relaciones:
    – No necesitas gritar más con nadie, tu corazón ya no soporta más gritos y discusiones, él sólo quiere armonía y entendimiento, la época de los sufrimientos terminaron, quien aún continúa en esta idea pasará por grandes pruebas. Si es necesario posicionarse, posiciónate y has lo que necesita ser hecho.

    Trabajo:
    – Tu espíritu ya no quiere hacer lo que no tiene sentido y no llena su propósito de vida. Él está forzando a entrar con fuerza total en su centro de sinergia, aquel que sintoniza con las fuerzas que viene del Universo. Si no cambias o mejoras tu relación con tu trabajo, tu vida va quedando cada vez más vacía, aunque a través de él recibas bastante dinero, nada de eso podrá dar un sentido real para su existencia de aquí en adelante.No te preocupes por encontrar el nuevo mundo, no es un lugar, sino una frecuencia, un estado vibracional en el que todos pueden estar si así lo desean.

    «El estado de la gratitud pura y silenciosa».

    Esta es la verdadera espiritualidad que los mentores desean de nosotros, pues estando completos y conectados, estamos en plena sintonía con el universo.

  • Y…

    “Y la gente se quedó en casa.

    Y leyó libros y escuchó.

    Y se detuvo.

    Alguno meditaba.

    Alguno rezaba.

    Alguno bailaba.

    Y la gente empezó a pensar de forma diferente.

    Y la gente se curó.

    Y la gente se encontró de nuevo

    Y crearon nuevas formas de vida.

    Y sanaron la tierra completamente.

    Tal y como ellos fueron curados»

    Y  descansó  e hizo ejercicio.

    E hizo arte y jugó.

    Y aprendió nuevas formas de ser.

    Y se detuvo.

    Y escuchó más profundamente.

    Alguno se encontró con su propia sombra.

    Alguno meditaba.

    Y cuando el peligro terminó

    Y la gente se encontró de nuevo

    Y Lloraron por los muertos.

    Y tomaron nuevas decisiones.

    Y soñaron nuevas visiones.

    Kitty O´Meara

  • Os hablo del silencio

    «Os hablo del silencio  y de su reino, que se extiende mucho más allá de los ruidos, más allá de cualquier estruendo, más allá del incesante rumor de los pensamientos que con frecuencia nos recorren sin tregua y se golpean en nuestra mente.

    En realidad, no hay ningún ruido que pueda interrumpir la música de la vida, ni siquiera el nuestro. Por ello nos disponemos a escuchar y entramos en el lugar en el que nuestros sentidos se dejan envolver por la paz del corazón.

    Me gustaría ayudaros a encontrar el silencio, a reconocer su necesidad; porque es gracias a él que al alma, en su serena quietud y en el silencio, le es posible prestar atención y llegar a escuchar las mil y una voces sutiles de todas las cosas. Y en ese silencio, es cuando podemos escuchar los latidos del corazón de aquellos que están a nuestro lado, y les oímos hablar más allá de las palabras mientras revelan su verdad.

    El silencio es un lugar que se abre sobre un espacio sin límites, sin confines aparentes. Desconcertante cuando no le buscas y viene a tu encuentro, y cuando durante un instante percibes tu voz que te llama, una voz que te parece no conocer y que despierta mil cosas en ti. En ese lugar te encontrarás a ti mismo. ¡Allí es donde tu corazón te habla y puede contarte quién eres realmente!

    Cuando consigas adentrarte en ese lugar de silencio descubrirás que te puedes entregar a él con una fuerza desconocida, y conocerás la vivificante sensación que alimentará, al igual que el agua cristalina, tu sedienta alma.

  • La toma de conciencia

    Solía pensar que aquel «darse cuenta» no era demasiado importante. A fin de cuentas, ahí te quedabas. Con tu toma de conciencia, con tu “darte cuenta” pero incapaz de reacción alguna.

    Un día comprendí, ahí te quedabas, sí, pero nunca del mismo modo, ya nunca del mismo modo.

    Y lo más importante, lo vital de todo ello, ya no para siempre sino con la certeza de que algún día, sin saber muy bien cómo ni por qué llegarías a ser fuerte, mucho, lo bastante como para cambiar lo preciso, lo que te limitaba y te hacía ni ser tanto como estabas destinado a ser, ni todo.

    Y sientes un camino abriéndose delante de ti y comprendes que llevaba tiempo, y mucho, en ese lugar esperándote, esperando que tu «darte cuenta» creciera, te inundara, se desbordara por cada poro de tu piel y lo que es más, que se desbordara de tu alma porque esta, por fin había decidido no sólo escucharse sino aceptarse y amarse. Amarse tanto y tan bien como para abandonar su zona de confort y partir a un viaje interior del que sabía que volvería siendo otra a tu piel, a tu esencia, a tu ser. Y volvería para no chirriarte nunca más, para reconocerse y reconocerte, para ser una contigo.

    Para darte el mayor regalo, el convertirte en un ser humano completo que todo lo que buscase lo tuviera dentro y que si volvía a salir de sí mismo fuera para compartir, para compartirse. Y ser por fin feliz.
    Belén Rodríguez

  • Liberate de tu mente

     
    «Empieza por escuchar la voz que habla dentro de tu cabeza, y hazlo tan frecuentemente como puedas. Presta una atención especial a cualquier patrón de pensamiento repetitivo, a esos viejos discos de gramófono que pueden haber estado dando vueltas en tu cabeza durante años.

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    Esto es lo que llamo «observar al pensador», que es otra manera de decir: escucha la voz dentro de tu cabeza, mantente allí como presencia que atestigua.
    Cuando escuches la voz, hazlo imparcialmente. Es decir, no juzgues. No juzgues ni condenes lo que oyes, porque eso significaría que la misma voz ha vuelto a entrar por la puerta de atrás.
    Pronto te darás cuenta de esto: la voz está allí y yo estoy aquí, observándola. Esta comprensión Yo soy, esta sensación de tu propia presencia, no es un pensamiento.
    Surge de más allá de la mente.
    Esto es algo por demás satisfactorio. De este modo retiras la conciencia de tu actividad mental y creas una brecha sin mente en la que estás muy alerta y consciente, pero no piensas.
    Ésta es la esencia de la meditación»


  • Un primer paso

    Algo en la TV me llamó la atención, ocurrió hace unos siete años (antes consumía mucha más TV que ahora).

    Puse atención… hablaban de algo que podía hacer cualquiera, algo con lo que podías ayudar a los demás en la enfermedad. Preste toda mi atención… se estaba prestando ese tipo de ayuda con buenos resultados en la sección de enfermos terminales  de oncología de… no me acuerdo bien en que hospital de Madrid. Conseguí entender que hablaban de una nueva técnica de sanación que llamaban Reiki.

    Aquello, de alguna manera que no se definir, ocupó mi mente por un tiempo. Surgieron las preguntas sin cesar, como el agua en las torrenteras… ¿aquello sería verdad?. ¿Podría una persona cualquiera hacer aquello?. ¿Sin formación especializada?. ¿Dónde se aprendía?… y así muchas más.

    ¡Tendría que probar !. Me puse a investigar y aquello, desde mi percepción financiera, me pareció muy caro para una prueba inicial. Lo pasé a «tareas pendientes » y FIN. O eso creí yo entonces.

    Al poco tiempo en unos análisis rutinarios, le detectaron a mi esposa unos valores altos en los trigliceridos y al comentarlo con nuestra querida vecina del piso de arriba, pronunció unas palabras impactantes.: «He aprendido una cosita que seguramente te ayude con eso. «

    Estas palabras no solo resultaron impactantes fueron el inicio de algo mágico. No se trataba de Reiki, era «Canalización de Energía Universal «. Pregunté y pregunté y volví a preguntar. : se trataba de asistir a unas charlas tres tardes seguidas o un fin de semana y con ello me enteraría de que iba todo eso. Además, y no menos importante, el precio lo determina el alumno, en la segunda sesión dan un sobre, y en la tercera lo devuelves con lo que en conciencia quieras colaborar.

    Así que pedí el teléfono, me apunté, y entonces no podía imaginar las sensaciones y los grandes momentos que la práctica de esta técnica me ha reportado. Para mi, además de ayudarme a cambiar mi mundo, me ha permitido ayudar a cientos de personas allí donde les duele. ¿Puedes imaginar algo mejor…?

    Fer

  • Y me encontré…

    Dejé de insistir donde no había lo que buscaba.
    Dejé de pedir en manos cerradas.
    Dejé de esperar en sillas ocupadas.
    Dejé de intentar en un cuerpo ajeno.
    Dejé de pretender que el otro entendiera.
    Dejé de poner los ojos y la esperanza en corazones que no querían latir al lado mío.
    Y entonces, magia.
    Magia.
    Volví a mí, como único destino posible.
    Volví a mí, como único camino disponible.
    Volví a mí, como el único reencuentro pendiente.
    Volví a mí y pude verme las costillas, los dolores y mi alma deshidratada, pidiendo agua.
    Y me recibí.
    Me acaricié.
    Me perdoné.
    Me recosté sobre mi hombro.
    Me nombré con mi propia voz.
    Y me encontré.
    Distinto pero intacto. Intacta.
    Me tuve otra vez.
    Me tengo otra vez.
    Y entonces, magia.
    Tengo las llaves de las puertas que quiero abrir.
    Acá, adentro.
    Afuera solo están las cerraduras.
    Pero yo decido dónde y de mi depende cómo.
    Yo decido dónde.
    Yo elijo cómo.

                                                                                                                                  (Anónimo)

  • Meditar con cuencos de
    cristal de cuarzo

    Para llegar a la total ausencia, que es la plenitud o el vacío, tenemos que sentarnos cómodos. Cerramos los ojos, adoptamos la actitud interior de escuchar nuestro cuerpo y dejar fluir el sonido y el silencio, un silencio que aparece y desaparece como sonrojado por el murmullo de 10, 40, 500, 10.000 abejas que se convierte en una dulce y sutil vibración que envuelve todo nuestro cuerpo. A veces se centra en la zona frontal del cerebro o en las sienes como un tenue murmullo del sonido, en el cuerpo físico perdido en un flotar gozoso, en cada célula, en cada sistema, en cada neurona…el pudor de dejarse sentir en la quietud. Me constituyo en observador de mí mismo.
    Un suave runruneo, como el zumbido de una abeja, comienza a ocupar el espacio y el silencio. Poco a poco va tomando cuerpo ese suave murmullo…
    Poco a poco la vibración va aumentando e incluso los hemisferios cerebrales comienzan a equilibrase con el susurro de la Luz que proyectan los cuencos.  El cuerpo físico, el emocional, el mental… todo es Uno en la quietud de la nada y tú, sintiéndote pura serenidad con las caricias invisibles del sonido, te identificas con el UNO que todo lo crea, lo une y lo nutre: una célula, millones de células, una galaxia, la totalidad de lo creado mientras que sólo alcanzas, sintiéndote parte de lo Infinito, a escuchar y envolverte en la caricia de dos palabras: AMOR… UNIDAD.
     Ángel Díaz

  • Navidad

    La Navidad nació con nosotros, con nuestros juegos, con nuestras tristezas y con nuestras alegrías. Era un rosario de días que se asomaban desde siempre a nuestras vidas y en el que disfrutábamos libres. Éramos felices. La ilusión la llevábamos prendida en la mirada…

    NAVIDAD es Paz, Concordia, Compartir, AMAR a los demás sin límites. Navidad es mirar con otros ojos menos mercantiles los resultados económicos de los negocios y los servicios. 

    AMAR/NAVIDAD es construir un mundo sin barreras en el que todos puedan tener una vida digna y una oportunidad de CRECER sin límites. 

    Navidad de silencio y alegría, recogimiento y cánticos del corazón gozoso. Navidad es época y momento de examinar nuestra coherencia entre lo que pienso y lo que hago…

    Hoy tenemos unas navidades que sólo conservan el nombre, pero no aquel espíritu que sentimos casi al mismo tiempo de nacer. 

    Ignoro por qué hoy me cuesta tanto conectar con la energía interna que trae esta navidad que tiende a acallar la vida espiritual.
    ¿Será que estoy llegando a la edad crucial? ¿O será mi propio distanciamiento de esta realidad de hoy tan diferente? ……  Pienso, Siento y Resuelvo: este año me voy a dar una vuelta por el ruido, y me voy a meter en él, tratando de encontrar en su silencio y su alegría, en su descaro y en su forma de vivir, la esencia misma de su comportamiento… y ello porque es NAVIDAD.
    Ángel Díaz

  • A cerca de los sueños

     
    A pesar de ser  algo tan cotidiano, desde el inicio de los tiempos  los sueños no dejan de ser un misterio para los humanos.
    Como es un tema tan vasto y misterioso para nosotros, podemos conjeturar y hacernos preguntas, que aún no podremos contestar con absoluta certeza. Eso mismo nos abre un campo infinito de posibilidades. Se dice que son el inconsciente y el subconsciente los que de alguna manera se abren paso para llegar a nuestra conciencia, y que es bajo la forma de símbolos que quieren comunicarse con nosotros.
    De ahí que los sueños a veces nos resulten indescifrables o sin lógica aparente.
    Podemos ver que hay un contenido manifiesto que está relacionado con lo que acontece en cada vida y que de alguna manera aflora en los sueños, y un contenido latente, que podrían ser esas imágenes aparentemente sin sentido que suele intercalarse y que son como destellos del inconsciente. No obstante, siempre nos hemos preocupado por interpretarlos, aun sabiendo que cada persona debe basarse en las experiencias de su propia vida para intentar comprenderlos.
    Tratemos el asunto que tratemos siempre es bueno plantearse preguntas, como por ejemplo, ¿qué soñarían los hombres primitivos? Tal vez en ellos se dieran  sueños de contenido manifiesto, solamente…
    Otro misterio: suele suceder que si estamos obsesionados con algún problema, encontremos la solución a través de un sueño o tengamos una inspiración que cambie el sentido de nuestra vida. Sigue el Gran Misterio del Ser y del Universo. Todo es magia a nuestro alrededor y pocas veces nos damos cuenta de ello.
    María Elena Diveiro

  • Dos hermosas alas

    La primera vez que estuve en Ashla, asistía a un curso de masaje Metamórfico, me lo comentó una amiga y fuimos las dos.

    A mi derecha se sentó una mujer que no conocía, nunca nos habíamos visto. 

    Mientras la profesora impartía la parte teórica, la mujer desconocida se acerco a mí y susurrándome al oído me dijo: Tienes dos hermosas alas ¡Vuela!
    Me quedé perpleja mirándola, ella no sabía que desde hacía un tiempo, mi caballo de batalla era conseguir ser libre. 

    Esa frase me hizo pensar tanto… Yo buscaba fuera, exigía que la libertad me la diera “el otro”. Me llevó años comprender que si esta mujer lo había visto, es que estaba en mi interior. Bendita mujer, bendita Ashla y bendito Metamórfico que me dio la clave para conquistar desde dentro mi libertad.

    Donde me llevó el masaje, os lo digo otro día… 
           

    Soledad Castro

  • La llama violeta

     El conocimiento de la existencia de esta Llama nos resulta un instrumento de gran valor a los efectos de avanzar más rápidamente en el Sendero, puesto que es la Llama de la transmutación y el perdón. Por lo tanto, es la Llama de la libertad, la que nos libera de ataduras tan pesadas como los odios, los rencores, los prejuicios…

    Cuando invocamos a la Llama Violeta con el deseo firme de perdonarnos y perdonar, y con la verdadera intención de corregir nuestros errores, su actividad es infalible. Sentimos que nos proporciona la sensación de habernos liberado de las ataduras de conductas irrelevantes. Nos libera a nosotros y libera al mundo en general.

    Cuando la invocamos, podemos llamar a la acción a toda su Jerarquía, que es la del Rayo violeta, y solicitar su aplicación sobre una situación específica. Si lo hacemos con espíritu generoso, sincero y altruista, su acción es mágica realmente.

    La verdadera intención del corazón es lo que va a determinar el grado de acción de la energía violeta. Continuará…

    María Elena Diveiro

  • Mi primera vez

    Me sentía inquieto e inseguro, hacia pocos días que había asistido al Nivel II de la técnica de “Canalización de Energía Universal” y aunque me habían dicho que ya estaba en condiciones de practicar y debía hacerlo, algo en mi interior impedía que diera el paso. Tal vez fuese el temor al ridículo, o al posible efecto o no, de la Técnica en cuestión. (Hay que tener en cuenta que mi formación técnica siempre ha estado relacionada íntimamente con la ciencia, pues durante años me dediqué a la informática y mas concretamente a la ingeniería de sistemas). 


    A lo que vamos, durante un corto intervalo de tiempo que a mi me pareció mas largo que una “mili”, mi duda se concretaba entre: <me ofrezco… o lo dejo como si no fuera conmigo>.

    Pudo mas mi sentido de la responsabilidad. Ademas, se trataba de dar sentido a los cursos y al tiempo dedicado. Así que pregunté mirándola a los ojos:  

    ¿Le duele?, ¿quiere poner su mano sobre la mía?, conozco una técnica que seguro logrará que se sienta mejor. 

    La acompañaba un hombre recio que calzaba una boina bien asentada, por la edad que representaba pensé que debía haber nacido antes de que se inventara la televisión. Pero lo que captó mi atención sobremanera fueron sus manos. ¡Que manos!, ¡Eran enormes!, seguro que no había dejado de trabajar duro desde que dejó de mamar. 

    El de las manos y la boina estaba sentado en medio de los dos. Yo solo la miraba a ella y Ella le miró a él como pidiendo permiso. Él, imperceptiblemente, apenas movió la cabeza asintiendo. Yo sudaba. Tengo que aclarar (porque me parece un dato relevante), que estábamos en la sala de espera del consultorio medico de la Seguridad Social.

    Me he pillado el dedo con la puerta de la cocina.

    Apenas supe qué más decía. Levanté mis manos dejando hueco para que ella pusiera la suya entre las mías, me olvidé de la boina, hice una inspiración profunda según las normas y cerré los ojos un rato. En mi interior el chacra 7 machacaba mi tranquilidad y mientras pensaba como ponerle la mano en dicho chacra teniendo al acompañante al lado, se abrió la puerta y fue llamada por el Doctor.

    Quité mis manos y cuando levanté la cabeza y la volví a mirar pude comprobar el cambio en su rostro. Donde antes había dolor, ahora una sonrisa ocupaba todo el espacio de la sala, dijo una única palabra que a mi me conmovió tanto como para ir buscando desde entonces a quien poder ayudar.

    Fernando

  • “El conocimiento nos hace libres”

    Descubrir y aceptar que tu manera de ser es genuina y que tanto tus talentos como dificultades forman parte de un plan perfecto que te trasciende y te conecta con tu Ser interno, a la vez que sobrecogedor, te hace único, única.

    Cuando te conoces, puedes comprenderte y comprender que el otro, tu madre, amigo, hijo, tiene el mismo proyecto sagrado de vida que tú, solo que él o ella quizás, aún, no lo sabe. Que tú lo sepas, permite que tu mirada hacia el otro, cambie.
    Ir revelando tu carta natal te abre a la experiencia de saberte co-creador@ de tu destino y de la influencia transformadora que tienes en él.
    La Astrología psicológica en combinación con el Coaching, enlaza el plano material con el espiritual, lo cotidiano con lo trascendente en una alianza de tiempo presente.

    (del curso de Psicología Astrológica)

  • El contacto con la naturaleza…

    …FACILITA EL ENCUENTRO CON UNO MISMO

    Estar en contacto con la tierra, los árboles, el aire limpio, los pájaros  y demás seres en libertad nos ayuda a calmar nuestra mente. 

    Si  nos permitimos caminar en silencio, sintiendo el movimiento del cuerpo ante cada pisada, respirando armónicamente, enfocando  la atención en ese instante y abriéndonos a las percepciones; entraremos en un espacio que nos permitirá encontrarnos con nosotros mismos y desde ahí disfrutaremos de nuestros sentidos; los aromas que el bosque nos regala, la luz siempre cambiante, los sonidos que la vida genera  y la brisa del aire en nuestra piel. 

    Si nuestra caminata discurre por un espacio con agua, el movimiento y el sonido de éste preciado elemento nos ayudará a soltar cansancio tanto a nivel físico como mental y emocional. 

    Realizar una inmersión consciente en los parajes naturales  es una experiencia  renovadora a todos los niveles, físicamente realizamos un ejercicio completo y muy saludable y emocionalmente soltamos la carga que acumulamos para llenar ese espacio con sensaciones renovadas. 

    Te invitamos a que en tu próxima salida a la naturaleza te permitas desconectar de tu móvil y prestes atención a lo que sucede a tu alrededor, probablemente te fijes en la forma de algún árbol o en el conjunto de un bosque y percibas la sinergia que hay entre los seres vegetales, que al mismo tiempo prestan sus estructura y alimento a los pájaros, las hormigas, los gusanos y otros animales. 

    La vida en el bosque tiene muchas y variadas formas, desde el musgo y los líquenes pasando por las plantas aromáticas y/o  medicinales hasta los frutos y las bayas y un largo etc. 

    Observar una flor, su perfecta armonía, una mariposa o una mariquita es lo que hacíamos de niños, regresar a esa atención disfrutando de ese momento irrepetible nos generará un momento de calma y desconexión. 

    Agradezcamos a la naturaleza toda la vida que genera y cuidémosla porque es nuestro hogar y el de las generaciones venideras. 

    Ángela Aguilar 

  • Mi experiencia con
    la Técnica Metamórfica

    Mi llegada a esta técnica fue de casualidad. Tras recibir una sesión, se activó en mi interior un deseo de aprender rápidamente los secretos y forma de aplicarla. La oportunidad se me presentó en un curso que María Jesús Aguaron dio en ASHLA hace ya once años…

    Al acabar el curso empecé a ofrecer a las personas de mi entorno la posibilidad de recibir sesiones de «Técnica Metamórfica», el éxito fue tal que tuve que habilitar una habitación con camilla, exclusiva para este fin.

    El recibir estas sesiones supone estar dispuestos a retomar el timón de nuestras vidas y romper los bloqueos energéticos que se forman en nosotros a nivel físico, mental o emocional, desde el periodo prenatal hasta hoy.

    Esta técnica no es un masaje, es un tratamiento a nivel energético disfrazado de masaje.

    Después de cada sesión somos otra persona, el ritmo de «metamorfosis» es distinto en cada uno, nosotros no debemos imponer el número de sesiones ni la frecuencia. Hay personas que solo irán un día, o porque con una sesión es suficiente, o porque no quieren evolucionar en su vida actual, siempre hay que respetar y no juzgar las decisiones que toman. 

    Nosotros no somos quien para ello, solo somos catalizadores de la energía vital de las personas a las que tratamos y no debemos opinar sobre sus decisiones sobre SU VIDA.

    Como desarrollo de esta técnica estoy dando también el «Masaje Celular”. Consiste en tratar directamente los chakras en la columna vertebral, en vez de los puntos reflejos de la columna en pies, manos y cabeza.

    Al tratar los chakras logramos que una pequeña vibración entre más directamente a las células de los órganos y que se vaya extendiendo por nuestro interior, disolviendo bloqueos y reactivando nuestra energía vital.

    Los resultados han sido muy satisfactorios, muchos me han comentado que es el complemento ideal a la técnica metamórfica, que con esta nueva práctica queda completa.

    Sigo con la misma ilusión del principio, cada día aprendo más de las personas que vienen a recibir tratamiento, y no pierdo ocasión para hablar y recomendar esta técnica que es sencilla, muy humilde, parece mentira que con masajes en los pies, manos y cabeza, y ahora también en la espalda se pueda producir una transformación en nuestras vidas a nivel físico, mental, emocional y espiritual.

    Julio Garcia

  • Un jueves de meditación

    Llegué a Aslha muy cansada, ya había gente colocándose en la sala… No me apetecía hablar, me senté en una de las primeras sillas y cerré los ojos para relajarme. Esperé y desconecté del murmullo. 

    Empecé a sentir muy suavemente la vibración de los cuencos de cuarzo, transparentes, había empezado la meditación.

    El sonido comenzó a hacerse más fuerte, llenó todo mi espacio interno. En mí, no quedó ni una sola célula que no vibrara en una sutil, delicada y armoniosa danza al ritmo vertiginoso de los cuencos y las manos que les hacían vibrar. Me dejé llevar, los sonidos me abrían a experiencias extrañas y placenteras.

    Solté el control de mi consciencia, lo dejé en manos de nada, porque nada había ni sentía, sólo un estar en la respiración, vacío, silencio, oscuridad, nada… en esa nada me perdí, me sentí, me quedé… tan solo mi respiración y unas preguntas: ¿Quién soy? ¿Quién respira?

    Perdí el sentido del tiempo. De pronto más silencio, los cuencos ya no se oían, volví a sentir mi cuerpo sentado en una silla. No sé qué había pasado, ni  pregunté nada, ni  hallé respuesta a mis preguntas, pero un inmenso gozo interior me hizo sonreír. 

    Abrí los ojos, alguien comenzó a recoger las sillas. No habría podido compartir ni explicar lo que sentía. Sólo quería disfrutar de esa experiencia única y gozosa, que se quedara marcada e impresa para siempre. La vibración de los cuencos al unísono con mi respiración, seguían resonando en mi mente y en mi corazón.

    Llené mi cuerpo con una profunda inspiración dando Gracias, cogí mi bolso y salí a la calle, feliz.   

      Toñi

  • A estas alturas

    A estas alturas de la vida, el alma me susurra una verdad que duele como un hueso roto, pero que sana como el aire limpio después de la tormenta: la paz no se pide por favor. Se defiende con los dientes.

    Y lo digo así, con la voz ronca de quien ha tragado demasiados silencios, porque ya no me quedan azúcares para cubrir la amargura que otros intentaron que fuera mi sabor de siempre.

    Antes era de todos. Mi tiempo, mi energía, mi sonrisa, mi aguante. Dejaba que manos ajenas moldearan mis días, que voces extrañas dictaran mis sentimientos. Callaba el grito que nacía en mi garganta por miedo a que el eco lastimara a alguien. ¿Y qué coseché? Un jardín interior lleno de maleza y ruinas. Un cuerpo que se enfermaba de tristeza acumulada. Una confusión tan densa, que ya no sabía si el llanto era por dolor o por el simple hábito de estar herida.

    Pero llegó un día —tal vez cuando me miré al espejo y no reconocí a la mujer de antes— en que entendí el robo más íntimo:

    La gente se lleva pedazos de tu calma hasta que solo te quedan las sobras de ti misma.

    Por eso ahora, con una claridad que me nace de las cicatrices, lo grito en susurro:

    Mi paz no es un territorio común. Es el altar donde guardo los últimos fragmentos de mi luz. No se negocia. No se pone a votación. No se intercambia por cariño condicionado. El que alce la voz para apagar la mía, que encuentre otra puerta.

    El que venga con disfraces de amor pero con intenciones de control,que se lleve su teatro a otro escenario.

    El que solo llegue para vaciar su oscuridad en mi espacio limpio…que siga caminando.

    Sin dramas,sin explicaciones. Simplemente… fuera.

    Porque ya no tengo espacio para cargar con fantasmas que no son míos. Ni para escuchar las mismas excusas con distinta melodía. Ni para extender la mano a quien prefiere ahogarse antes que aferrarse.

    Yo también sangré por dentro. También me arrodillé en nombre del «amor». También perdí mi nombre por llevar el de otros. Hasta que entendí la lección más solitaria y más cierta: Cuando tú no eres la guardiana de tu alma, el mundo entra a saquearla. Ahora, mi paz es mi hogar definitivo. Tiene puertas, tiene cerrojo, y tiene un cartel invisible escrito en el alma:

    «Aquí solo entra quien llega con las manos limpias y el corazón en paz.»

    Ya no soy la que pide permiso para existir en tranquilidad.

    Soy la que ha aprendido a cultivar su silencio,a regar su alegría, a cerrar con suavidad y firmeza las ventanas por donde entraba el frío.

    Y sí, duele decirlo. Duele aceptarlo. Pero duele más vivir sin saberlo: Prefiero la soledad que me abraza, a la compañía que me desangra.

    Prefiero mi paz, intacta y mía, aunque tenga que defenderla… con los dientes, con las uñas, con el último aliento de mi dignidad.

    Porque al final, esa paz… no es un lujo. Es el último refugio de la mujer que fui, el suelo firme de la mujer que soy, y la semilla sagrada de la mujer que estoy aprendiendo a ser.

  • Se alquila silencio

    En una calle secundaria de Valencia, lejos del ruido turístico y de las terrazas llenas, había un local pequeño con un cartel discreto que decía:

    “Se alquilan silencios. Por horas.”

    La mayoría de la gente pasaba de largo. Algunos sonreían pensando que era una broma. Otros ni siquiera lo veían. Pero quienes entraban… casi nunca lo olvidaban.

    El dueño se llamaba Julián. Tenía 64 años, voz suave y una forma de mirar que no invadía. No preguntaba demasiado. No ofrecía café. No ponía música. Su trabajo consistía en algo mucho más raro: ofrecer silencio real. No silencio de biblioteca. No silencio incómodo. Silencio cuidado.

    El local tenía varias habitaciones pequeñas, cada una con una silla cómoda, luz natural y paredes gruesas. Nada más. No había relojes visibles. No había móviles permitidos. No había instrucciones largas. Solo una frase escrita en la pared de la entrada:

    “Aquí no tienes que explicar nada.”

    Julián había abierto ese lugar después de jubilarse anticipadamente. Durante treinta años había trabajado como operador telefónico de emergencias. Había escuchado gritos, llantos, despedidas dichas en segundos, respiraciones que se apagaban al otro lado de la línea. Cuando se retiró, el mundo le parecía demasiado ruidoso… incluso cuando estaba solo.

    El silencio fue lo único que le devolvió algo parecido a la calma. Y decidió compartirlo.

    Una tarde entró una mujer joven. Se llamaba Marta, tenía unos treinta y tantos años y una expresión agotada que no coincidía con su edad. No preguntó precios. No preguntó condiciones.

    —¿Puedo sentarme un rato? —dijo.

    —Claro —respondió Julián—. Una hora está bien para empezar.

    Marta asintió y entró en una de las habitaciones. Durante esa hora no ocurrió nada visible.

    No lloró. No durmió. No se movió apenas. Al salir, pagó sin decir palabra y se fue.

    Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Siempre la misma habitación. Siempre la misma hora.

    Al quinto día, Julián le habló.

    —Si alguna vez quieres decir algo, puedes hacerlo —dijo—. El silencio no se rompe por hablar despacio.

    Marta lo miró con los ojos cansados.

    —Aquí no vengo a hablar —respondió—. Vengo a no tener que sostener nada.

    Julián asintió. Entendía perfectamente.

    Con el paso de las semanas, otros clientes empezaron a coincidir con Marta en la sala de espera. No hablaban entre ellos. No se miraban demasiado. Pero algo se iba creando sin ruido.

    Un hombre mayor que venía siempre los lunes. Una chica muy joven que solo podía quedarse quince minutos. Una pareja que se sentaba en habitaciones separadas. El silencio los igualaba.

    Una tarde, al salir, Marta se detuvo.

    —¿Usted también alquila silencio para usted? —preguntó.

    Julián sonrió con honestidad.

    —No. Yo lo cuido. Es distinto.

    —¿Y no se cansa?

    Julián pensó unos segundos.

    —A veces. Pero prefiero cansarme de escuchar silencio que de escuchar lo que nadie sabe decir.

    Marta asintió lentamente.

    Un viernes, Marta no apareció.

    El sábado tampoco.

    Julián no se preocupó. La gente iba y venía. El silencio no reclamaba.

    Pero el lunes siguiente, Marta volvió. Tenía los ojos rojos. No pidió habitación. Se quedó de pie, sin saber qué hacer.

    —Hoy no puedo sentarme —dijo—. Hoy necesito… no sé.

    Julián no la interrumpió.

    —Hoy me dijeron que mi madre tiene poco tiempo —añadió—. Y todo el mundo habla. Habla sin parar. Me dicen qué sentir, qué hacer, qué decirle. Yo solo… necesito que no me digan nada.

    Julián abrió la puerta de la habitación más pequeña.

    —Entonces hoy no alquilas una hora —dijo—. Hoy te quedas el tiempo que necesites.

    Marta entró. Se sentó en el suelo. Apoyó la espalda en la pared. Cerró los ojos. Y por primera vez desde que venía… lloró. Sin ruido. Sin palabras. Sin testigos incómodos.

    Julián no entró. No escuchó. No contó el tiempo. Solo esperó.

    Esa noche, al cerrar el local, Julián encontró algo sobre la silla: una nota doblada que decía:

    “Gracias por no preguntarme cómo estoy.”

    Julián la guardó en un cajón donde había otras parecidas. No las releía. No hacía colección. Solo sabía que estaban ahí.

    Meses después, Marta dejó de venir. Julián supuso que la vida había seguido. Como siempre. Hasta que un día, recibió una carta. No tenía remitente claro. Dentro había una fotografía: una mujer mayor y Marta sentadas juntas, en silencio, mirando el mar. Detrás, escrito a mano:

    “Aprendí a quedarme sin huir. Eso también fue gracias a usted.”

    Julián cerró los ojos unos segundos. El local sigue abierto. No ha crecido. No se ha hecho famoso. No aparece en guías. Pero cada día, alguien entra y se sienta sin saber muy bien por qué. Y cada día, Julián recuerda algo que aprendió tarde, pero para siempre:

    Que no todo el mundo necesita palabras, que no todo el dolor pide consejo y que a veces, el mayor alivio que podemos ofrecer… es no añadir nada.

    #fblifestyle #fblifestyletyle

  • Te acomodé.

    No te borré… Te acomodé.

    Olvidar no siempre es sano y recordar sin orden es un desastre.

    Te guardé lejos de mis decisiones, lejos de mis noches largas, lejos de los lugares donde ahora quiero estar en paz.

    No te exilié con rabia, te reubiqué con conciencia.

    Hay recuerdos que no merecen primera fila, solo un asiento discreto donde no interrumpan la vida.

    Te guardé en ese lugar donde ya no opinas, donde tu nombre no pesa, donde tu ausencia no provoca preguntas. Un lugar sin dramatismo, sin nostalgia activa, sin esa urgencia de entenderlo todo. Ahí no hay reproches ni diálogos pendientes, solo aceptación.

    Porque entendí que algunas personas no se sacan del corazón, se sacan del centro. Antes estorbabas sin saberlo. Te atravesabas en mis planes, en mis ganas, en mis nuevas posibilidades. Cada recuerdo tuyo era una pausa forzada, una duda innecesaria, una conversación interna que ya no quería tener.

    Pero aprendí algo importante, el pasado solo molesta cuando lo dejas caminar por el presente. Y yo decidí cerrarle la puerta sin hacer ruido. Hoy puedo pensar en ti sin que cambie el rumbo del día. Puedo nombrarte sin que se me mueva el pecho. Eso no es frialdad, es avance.

    Es haber entendido que la paz no se construye borrando, sino colocando cada cosa en su lugar correcto. Te guardé en un lugar donde ya no estorbas, porque mi vida necesitaba espacio limpio. Espacio para lo nuevo, para lo posible, para lo que no exige traducción ni sacrificio.

    Y aunque suene duro, es lo más honesto que pude hacer, no sacarte con violencia, sino dejarte quieta donde ya no gobiernas nada.

    Texto: David “Trukutru” Peral

  • Sintiendo

    Había una colina en el norte de Portugal que no salía en los mapas. Ni los satélites la marcaban, ni los drones la sobrevolaban. Pero quienes cargaban un silencio antiguo sabían cómo llegar.

    No era un cementerio común. No tenía lápidas de mármol ni flores marchitas. En lugar de nombres, había frases. Frases talladas sobre piedras suaves, como susurros detenidos en el tiempo. Cada frase era una confesión. Una disculpa. Una verdad que nunca se dijo en voz alta.

    “Tenía miedo, por eso me alejé.”

    “No era tu culpa.”

    “Te vi, pero no supe cómo quedarme.”

    “También te amé.”

    Nadie sabía quién lo creó. Solo que, para encontrarlo, no se podía ir buscando. Había que ir sintiendo.

    A él llegó Adán, con 81 años encima y una garganta llena de cosas que no supo pronunciar cuando aún podía. Había perdido a su esposa tres años atrás. Vivieron juntos 42 años. En todo ese tiempo, nunca le dijo que la admiraba. Que su risa era su hogar. Que aún recordaba cómo olía su cuello cuando bailaban a oscuras.

    Pensaba que ella lo sabía. Hasta que se fue sin avisar. Desde entonces, hablaba con su taza de café. Con los libros que ella dejó subrayados. Con su cepillo de pelo aún en el baño. Pero no era suficiente.

    Una noche, mientras caminaba por un sendero de tierra, vio una mujer mayor recogiendo hojas caídas y poniéndolas en una canasta de mimbre. Le sonrió como si ya lo conociera.

    —¿Has venido a enterrar algo? —preguntó.

    Adán no supo qué responder. Ella señaló la colina.

    —Allí descansan las palabras que la gente no se atrevió a decir a tiempo. Puedes dejarlas. O leer las de otros. A veces consuela.

    Subió. Y vio. Cada piedra era una pequeña herida que alguien había decidido nombrar.

    “Lo supe, pero callé.”

    “No eras tú el problema, era yo.”

    “Siempre esperé que volvieras.”

    Adán se sentó frente a una piedra en blanco. La tocó. Estaba caliente. No tenía herramientas, pero la mujer le ofreció una pluma.

    —No necesitas tallar. Solo siente.

    Él escribió: “Te veía cada día, pero no supe decirte que eras mi forma de amar el mundo.”

    La piedra lo absorbió. Al instante, otras piedras cercanas brillaron un segundo. Como si sus palabras hubieran despertado otras. Volvió al día siguiente. Y al siguiente.

    Dejó frases que había guardado para su hija, para su hermano, incluso para él mismo.

    “No tengo la culpa de haber sido un niño asustado.”

    “Perdoné, pero no lo dije.”

    “Echo de menos lo que nunca fuimos.”

    Cada frase que entregaba parecía aligerarle el cuerpo. Dormía mejor. Reía más. Escuchaba a los demás con una paciencia que no tenía desde joven. Y entonces, una tarde, vio una piedra nueva. No la había escrito él. Pero supo que era para él. Decía: “Siempre supe que me amabas. Solo necesitaba oírlo una vez.”

    No tenía firma. Pero tenía su letra. La de ella. Esa noche, Adán no volvió a casa. Durmió en la colina, arropado por la brisa y las palabras que otros dejaron al viento. Cuando despertó, el cementerio ya no estaba. En su lugar, un campo de flores blancas cubría la ladera. Y en sus manos, una sola piedra suave, con una frase grabada que no recordaba haber escrito:

    “Si lo sientes, díselo. El silencio también entierra.”

    Desde ese día, Adán comenzó a hablar con todos. Con el panadero. Con la señora del autobús. Con su hija, a quien llamó esa misma noche solo para decirle: “No me hace falta que vengas, solo quería decirte que te quiero”. Nunca mencionó la colina a nadie. Pero cada vez que veía a alguien distraído mirando al horizonte, le sonreía y le decía:

    -Si algún día sientes que te falta el aire por algo que no dijiste, camina hacia donde no hay camino. Y escucha. Quizás encuentres lo que aún no te atreves a pronunciar.

    #fblifestyle #fblifestyletyle

  • Seguir siendo

    Cada jueves a las cinco de la tarde, en una pequeña sala del centro cultural de Oporto, se reunía un grupo peculiar. Eran seis ancianos, todos mayores de ochenta, que se presentaban sin falta, aunque casi ninguno recordaba exactamente qué hacían allí.

    —¿Esto era ajedrez? —preguntaba Álvaro, el más entusiasta.

    —No, eso era los martes —respondía Rosa, con el ceño fruncido—. ¿O los miércoles?

    —Creo que veníamos a hablar de libros —decía Celestino, que no leía desde el 2004.

    Pero al final, todos se quedaban. Se servían café, trozos de bizcocho algo secos, y hablaban… de lo que viniera. De hijos que no llamaban. De sueños repetidos. De una película que nadie recordaba cómo terminaba. De una canción que sonaba cada vez más lejos.

    Lo llamaron, en broma, “el Club de los que se olvidaron por qué venían”.

    Y sin quererlo, se convirtió en algo sagrado.

    Porque aunque a veces las palabras tropezaban o los nombres se esfumaban entre las frases, algo milagroso ocurría: nadie juzgaba a nadie.

    Si alguien repetía la misma historia tres semanas seguidas, todos asentían con emoción, como si la escucharan por primera vez. Si a alguno se le caían las lágrimas sin razón aparente, alguien le pasaba un pañuelo sin hacer preguntas.

    Y un día, Doña Teresa —la más callada de todas— trajo una caja de madera polvorienta. La colocó sobre la mesa sin decir nada. Dentro, había cartas. Docenas de cartas. Nunca enviadas.

    —Son para gente que ya no está —dijo—. Pero quiero leerlas en voz alta. Así sentiré que las mandé.

    Y empezó a leer.

    Una era para su hermana, con la que dejó de hablar en 1978 por un malentendido sobre un abrigo.

    Otra, para un hombre al que amó en silencio toda su vida.

    Otra más, para su yo de 20 años, pidiéndole perdón por haber dudado tanto.

    Los demás, en silencio, empezaron a traer también sus propias cartas.

    El jueves siguiente, Álvaro leyó una carta para su hijo, al que nunca se atrevió a decir que era gay. Rosa leyó una carta para sí misma, agradeciéndose no haberse rendido. Celestino rompió a llorar al leerle una carta a su mujer fallecida, prometiéndole que ya no tenía miedo de olvidar.

    Así nació la tradición: cada jueves, una carta. Aunque no recordaran a quién ni por qué.

    Y mientras los cafés se enfriaban, las memorias se abrían.

    Nunca supieron quién dejó un cartel colgado en la puerta del centro cultural, con letras desordenadas pero hermosas:

    “Aquí no venimos a recordar. Venimos a sentir que seguimos siendo.”

    Hoy, ya no todos están. Algunos partieron. Otros ya no pueden leer en voz alta.

    Pero cada jueves a las cinco, si pasas por Oporto, verás a un grupo de ancianos sentados alrededor de una mesa. A veces en silencio. A veces con risas. A veces con cartas que tiemblan entre los dedos. Y entenderás que, incluso en la confusión, hay un lugar donde el alma nunca olvida cómo volver a casa.

    #fblifestyle #fblifestyletyle

  • Invisible…

    Richard Gere lo contó sin adornos:

    “Me vestí de vagabundo… y comprendí lo que significa desaparecer del mundo”.

    No estaba actuando.

    No había cámaras.

    No había guion.

    Solo un hombre sentado en una acera de Nueva York, envuelto en ropa sucia, la barba crecida, la mirada baja. La ciudad lo rodeaba con su ruido habitual: autos, prisa, conversaciones cortadas por semáforos. Pero nadie lo veía. Miles de personas pasaron frente a él. Algunos apartaron la vista. Otros cambiaron de acera para no cruzarse con él. Algunos lo miraron como si fuera parte del paisaje urbano, un objeto más entre basura, cemento y sombras.

    Nadie reconoció al actor. Nadie reconoció al hombre. Durante unos minutos, Richard Gere dejó de existir.

    Pero entonces ocurrió algo sencillo y, por eso mismo, monumental: una mujer se detuvo, le sonrió y compartió su comida con él. No sabía quién era. No sabía qué hacía allí. Solo vio a una persona.

    Ese pequeño gesto —un pedazo de pan, una mirada amable— le atravesó el alma. Porque en una ciudad donde todos corren, alguien se detuvo a ofrecer humanidad. La experiencia lo sacudió tanto que volvió a las calles. Esta vez no disfrazado, sino despierto.

    Ofreció comida, escuchó historias, entregó billetes, abrazos, palabras, tiempo…

    Y en cada rostro encontró lo mismo: dolor acumulado, vidas suspendidas, dignidades quebradas, pero también una fuerza increíble para seguir viviendo un día más. Richard Gere entendió algo que los focos de Hollywood no iluminan:

    La pobreza no solo te roba el dinero. Te roba la visibilidad. Te borra.

    Quedarse sin hogar significa convertirse en un fantasma moderno: alguien que todos ven, pero nadie mira. Por eso, lo que aprendió ese día lo marcó para siempre. No fue una experiencia social. Fue una revelación moral.

    La suerte es frágil. La compasión es poderosa. Y un simple gesto puede devolverle luz a alguien que vive a oscuras. Lo resumió en una frase luminosa:

    “Ayuda a quien puedas… porque todos somos desconocidos para alguien”.

    Su experimento no buscaba señalar culpables, sino recordar una verdad elemental:

    La dignidad es un derecho. La compasión es un deber. Y nadie debería desaparecer a la vista de todos.

    Richard Gere eligió volverse invisible para mostrarnos lo que la mayoría ya no ve. Y esa es, quizás, la forma más profunda de hacer visible a la humanidad.

    De la red #fblifestyle

  • Otra Kennedy

    En 1962, sus vecinos se quejaban porque llenaba su jardín de “esos niños”. En 1968 ya había cambiado el mundo. 10 de julio de 1921, Brookline, Massachusetts.

    Eunice Kennedy nació en la familia más famosa de Estados Unidos: la quinta de nueve hijos, hermana de un futuro presidente, criada entre privilegios y expectativas imposibles.

    Pero la historia de Eunice no trata de lo que recibió, sino de lo que se negó a aceptar.

    Su hermana mayor, Rosemary, era diferente. Aprendía más despacio, hablaba menos. En los años veinte y treinta, a los niños como ella se les escondía, se les enviaba a instituciones, se fingía que no existían.

    Los Kennedy intentaron ayudarla: maestros particulares, inclusión familiar, apoyo constante. Pero al llegar a los 23 años, cuando Rosemary empezó a tener períodos de inestabilidad, su padre tomó una decisión devastadora.

    En 1941, sin avisar a Eunice ni a su esposa, Joseph Kennedy autorizó una lobotomía experimental.

    Lo que prometía ser una solución “terapéutica” dejó a Rosemary con una discapacidad severa para el resto de su vida. Fue enviada a un centro especializado en Wisconsin. La familia casi no la visitaba. Durante décadas, apenas se hablaba de ella. Eunice, en cambio, se negó a olvidarla.

    Estudió trabajo social en Stanford. Trabajó en el Departamento de Justicia. Crio a cinco hijos junto a su esposo, Sargent Shriver. Y en todos esos años, llevó consigo a Rosemary —su ausencia, su silencio, su injusticia.

    Eunice veía cómo la sociedad trataba a las personas con discapacidad intelectual: ocultas, institucionalizadas, privadas de educación, de comunidad, de dignidad. Decidió hacer algo radical: demostrar que todos estaban equivocados.

    Verano de 1962, Maryland. Eunice abrió el Campamento Shriver en su propio jardín. Invitó a niños con discapacidad intelectual a nadar, a correr, a jugar, a competir.

    Los vecinos protestaron. No querían “a esos niños” en el vecindario. Temían que bajara el valor de sus casas. No querían ver la discapacidad. Eunice no les prestó la menor atención. Observaba a esos niños correr, saltar, reír, esforzarse con una determinación que nadie hasta entonces había querido reconocer. Ella veía lo que el mundo insistía en ignorar: potencial.

    Ese mismo año hizo algo aún más audaz. Escribió un artículo para The Saturday Evening Post, “Hope for Retarded Children”, en el que reveló públicamente lo que su familia había ocultado durante décadas: la discapacidad de Rosemary y su lobotomía.

    La familia Kennedy se enfureció. Nadie hablaba de esas cosas. No en público. No en una de las revistas más leídas del país. Pero Eunice lo sabía: el verdadero problema no era la discapacidad. Era el silencio.

    Revelar la historia de su hermana liberó a millones de familias de la vergüenza y del secretismo. En 1961, su hermano John F. Kennedy asumió la presidencia. Eunice lo presionó para crear un panel presidencial sobre discapacidad intelectual. Lo hizo.

    En 1963, JFK firmó la primera gran ley federal para apoyar a personas con discapacidad intelectual y a sus familias.

    Pero ella quería algo más grande. Quería una celebración. 20 de julio de 1968, Soldier Field, Chicago. Mil atletas con discapacidad intelectual se reunieron para los Primeros Juegos Olímpicos Especiales Internacionales.

    Compitieron en atletismo, natación, hockey de piso. Muchos jamás habían sido admitidos en una escuela común. Algunos habían vivido toda su vida en instituciones. Otros habían escuchado incluso a sus propios padres decir que “nunca lograrían nada”. Y sin embargo, allí estaban.

    Compitiendo. Sonriendo. Existiendo a la vista del mundo.

    Eunice tomó el micrófono y dijo: «En la antigua Roma, los gladiadores entraban a la arena diciendo: “Déjame ganar. Pero si no puedo ganar, déjame ser valiente en el intento.” Hoy, ustedes también están en la arena.» La multitud estalló. Aquellos atletas —rechazados, ignorados, subestimados— eran los gladiadores de Eunice.

    Ella soñaba con llegar a un millón de atletas. Se quedó corta. Hoy, Special Olympics cuenta con más de 5,5 millones de atletas en 193 países. Es la organización deportiva más grande del mundo para personas con discapacidad intelectual. Pero los números no cuentan la revolución.

    Eunice no fundó solo una competencia. Transformó la forma en que el mundo ve la discapacidad. Convirtió lástima en orgullo. Exclusión en celebración. Vergüenza en dignidad. Demostró que discapacidad no significa incapacidad. Que diferente no significa “menos”. Que todos merecen jugar, competir, pertenecer.

    Eunice nunca olvidó a Rosemary. Tras la muerte de su padre, la reintegró a la vida familiar. La visitaba con frecuencia. Velaba por su bienestar. Y en 1995, Rosemary asistió a los Juegos Mundiales de Special Olympics. Miles de atletas —viviendo la vida que Rosemary nunca pudo tener— compitieron ante sus ojos.

    Fue hermoso y doloroso a la vez. Una vida entera de trabajo, nacida del silencio impuesto a una hermana.

    Eunice Kennedy Shriver murió el 11 de agosto de 2009, a los 88 años. Recibió la Medalla Presidencial de la Libertad. Está en el Salón Nacional de la Fama de las Mujeres. Cambié políticas, actitudes y generaciones enteras. Pero su verdadero legado vive en cada niño con síndrome de Down que juega al fútbol.

    En cada joven autista que participa en una carrera. En cada atleta ovacionado en una pista que antes les estaba prohibida. En cada familia que ya no se esconde. Eunice decía:

    «El derecho a jugar en cualquier campo: lo han ganado. El derecho a estudiar en cualquier escuela: lo han ganado. El derecho a tener un empleo: lo han ganado. El derecho a ser el vecino de cualquiera: lo han ganado.»

    En 1962, sus vecinos la criticaban por llenar su jardín de “esos niños”. Hoy, 5,5 millones de atletas llevan su sueño en cada paso, en cada medalla, en cada esfuerzo. Eunice Kennedy Shriver no solo inició un movimiento. Enseñó al mundo a mirar de nuevo.

    Eunice Kennedy Shriver 10 de julio de 1921 – 11 de agosto de 2009

    Hermana. Defensora. Revolucionaria. Transformó la tragedia de una hermana en millones de razones para celebrar.

    De la red

  • Abuela…?

    Llevo tres años fingiendo ser abuela. No de mis nietos reales —esos viven en otra ciudad y me llaman cada Navidad si se acuerdan— sino de niños del orfanato que están en el hospital, los que no tienen a nadie más.

    Empezó por casualidad. Me equivoqué de habitación buscando a mi dentista y encontré a un niño de ocho años mirando el techo. «Hola, abuela», me dijo sin voltear. No lo corregí. Volví al día siguiente con galletas.

    Desde entonces, he sido abuela de diecisiete niños. Me sé el papel de memoria: traigo chocolates escondidos en el bolso, me quejo de mis rodillas, les cuento historias inventadas de «cuando era joven». Ellos fingen creerme. Yo finjo que no sé que ellos saben. Así funciona.

    Hasta que conocí a Sofía.

    Entré a su habitación con mi mejor sonrisa de abuela y mi bolso lleno de caramelos. Ella tenía once años, lentes redondos y una expresión que decía claramente: «¿En serio?»

    —Hola, mi cielo, soy tu…

    —No es mi abuela —interrumpió sin levantar la vista de su libro—. Mi abuela murió hace cuatro años. Tenía un lunar aquí —se tocó la mejilla—. Usted no lo tiene.

    Me quedé parada como estatua de sal.

    —Además —continuó, pasando una página—, las abuelas reales huelen a lavanda o a comida. Usted huele a perfume de farmacia. Sección de ofertas.

    —Oye, ese perfume costó…

    —Tres mil pesos. Lo vi en liquidación la semana pasada cuando me llevaron a terapia.

    Esta niña me estaba desarmando.

    —¿Y qué tal si solo vengo a hacerte compañía? —ofrecí.

    —¿Por lástima? No, gracias. Tengo libros.

    Volví al día siguiente. Me ignoró. Y al siguiente. Me ignoró más fuerte.

    —¿No tiene hobbies? —preguntó finalmente al cuarto día—. ¿Familia? ¿Una telenovela que ver?

    —Mis telenovelas son aburridas. Tú eres más interesante.

    —Soy una niña muriendo de leucemia. Eso no es interesante, es triste. Hay diferencia.

    —¿Siempre hablas como libro de filosofía?

    —¿Siempre viene a molestar a pacientes terminales?

    Nos miramos. Casi sonrió. Casi.

    Seguí yendo. Le llevé el libro que mencionó. Luego otro. Luego comenzamos a jugar ajedrez —ella ganaba siempre y se burlaba de mis movimientos. «Esa torre se va a sentir muy sola allá», decía.

    —¿Por qué hace esto? —me preguntó una tarde—. Con los otros niños, digo. Lo sé todo. La enfermera Gladys me contó. Usted es la «abuela mágica».

    —No hay nada mágico. Solo soy una vieja con tiempo libre.

    —Es raro igual.

    —Tú eres más rara.

    —Touché.

    Un día llegué y estaba más pálida. Me miró distinto.

    —No va a volver mañana, ¿verdad? Cuando me vaya, usted va a buscar otro niño que necesite una abuela falsa.

    —Sofía…

    —Está bien —dijo rápido—. Lo entiendo. Es su… hobby o lo que sea.

    Agarré mi bolso para irme. Ella tenía razón. Ese era el trato no escrito: yo aparecía, ellos se iban, yo seguía. Limpio, simple, sin demasiado dolor.

    Llegué a la puerta.

    —Espere.

    Me volteé. Sofía me miraba con esos ojos enormes detrás de los lentes.

    —¿Puede quedarse? Solo hoy. Mañana se puede ir a buscar su siguiente proyecto de caridad o lo que sea. Pero hoy… —su voz se quebró apenas— …no quiero estar sola.

    Solté el bolso.

    Me senté en la silla junto a su cama. Tomó mi mano. Tenía dedos fríos y pequeños.

    —Sigue sin ser mi abuela —susurró.

    —Lo sé, mi cielo.

    —Pero puede fingir más fuerte hoy.

    —Puedo hacer eso.

    Le conté historias. Reales esta vez. De mi esposo que se me murió hace diez años. De mis nietos que nunca llaman. De por qué empecé esto de ser abuela de prestado. Ella escuchó todo, apretando mi mano.

    —Es triste su vida —dijo finalmente.

    —La tuya tampoco es una comedia.

    Se rió. Una risa pequeña, pero real.

    —¿Sabe qué es lo peor? —preguntó—. No es morirme. Es que nadie va a recordar cómo era realmente. En el orfanato era solo «la niña enferma». Aquí soy «la paciente de la 304». Nadie sabe que odio el color rosa, que leo a Bradbury, que soy buenísima en ajedrez…

    —Yo lo sé.

    Me miró.

    —¿Pero usted se va a acordar?

    —Cada día, Sofía. Te lo prometo.

    Apretó mi mano más fuerte.

    —Entonces puede ser mi abuela. Pero solo usted. Nada de buscar más niños después.

    —No puedo prometer eso.

    —Inténtelo.

    Se durmió así, con mi mano entre las suyas. La enfermera vino a avisarme que era hora de irme, pero negué con la cabeza. Me quedé toda la noche. Y el día siguiente. Y el que siguió.

    Sofía se fue un martes por la mañana, con el sol entrando por la ventana y yo cantándole una canción que mi verdadera abuela me cantaba.

    Sus últimas palabras fueron: «Abuela, tu perfume sigue siendo horrible.»

    Y yo le respondí: «Y tú sigues siendo una niña insoportable.»

    Sonrió.

    Hace seis meses de eso. No he vuelto al hospital. El bolso con caramelos está guardado en el closet. Pero cada tarde juego una partida de ajedrez sola, moviendo piezas por las dos.

    «Esa torre se va a sentir muy sola allá», me digo con su voz.

    Y tal vez lo más extraño es esto: en todos estos años de ser abuela impostora, fue la única niña que supo que yo fingía… y la única que realmente me convirtió en abuela.

    **¿Crees que las mentiras piadosas dejan de serlo cuando alguien decide creerlas de todas formas?**

    Gisel Domínguez

  • TU TIEMPO

    Una tarde, un padre llegó sin previo aviso a la casa de su hijo. 

    Tocó la puerta, como lo había hecho miles de veces antes, pero esta vez con una bolsita en la mano. Adentro, había unas empanadas aún tibias, de esas que solía hacerle a su hijo cuando era niño. 

    —Hola, hijo —dijo con una sonrisa suave. 

    —Hola, papá… pasa —respondió el hijo, mientras sostenía el teléfono en la oreja y tecleaba con rapidez en su laptop. 

    El padre entró, miró la sala ordenada, los papeles sobre la mesa, la taza medio vacía de café. Se sentó con cuidado, sin molestar. 

    El hijo seguía hablando, apurado, estresado. 

    —Sí, claro, mándame eso antes de las cinco. No, todavía no termino el informe. Tengo tres reuniones más… sí, ya sé… 

    Pasaron diez, quince, veinte minutos. 

    El padre seguía ahí, en silencio, mirando por la ventana. 

    Cuando por fin colgó, el hijo dijo: 

    —Perdón, papá. Estoy hasta el cuello de cosas. ¿Te pasó algo? 

    El padre negó con la cabeza. 

    —No, nada grave. Solo… pensé que podíamos almorzar juntos. Como antes. 

    —Hoy imposible. En serio, tengo muchísimo por hacer —dijo el hijo, mientras miraba su agenda. 

    Hubo un silencio. Largo. Tranquilo. Duro. 

    Entonces el padre miró a su hijo y, con voz serena, dijo: 

    —¿Sabes qué es lo más duro del tiempo? 

    Que no hace ruido cuando se va. 

    El hijo lo miró en silencio. 

    —Yo también tuve días como los tuyos. 

    Mil pendientes, estrés, llamadas, trabajo… 

    —Yo también vivía como tú. Siempre apurado. Siempre diciendo “después”. 

    Decía que lo hacía por ustedes. Y sí… les di una casa bonita, comida en la mesa, ropa limpia. Pero… 

    Hizo una pausa. 

    —No estuve cuando aprendiste a andar en bicicleta. 

    Tu madre me lo contó. No estuve la primera vez que fuiste al teatro del colegio. Tampoco el día que te enfermaste y pedías por mí. 

    El hijo bajó la mirada. Se quedó quieto. 

    —Tu madre me esperaba con la cena caliente… y yo llegaba cuando ya la había guardado. 

    Tú me decías “¿jugamos un ratito?” y yo respondía “mañana, hijo, hoy no puedo”. 

    Mañana… mañana… mañana. 

    Volvió a hacer silencio. Pero esta vez, con los ojos húmedos. 

    —Y un día… la mesa ya no estuvo puesta. 

    Tu madre ya no cocinaba. 

    Tú ya no jugabas. 

    Y yo me di cuenta de que había trabajado toda la vida… 

    para darles una vida que me perdí. 

    El hijo apretó los labios. Sentía ese nudo en la garganta que uno no sabe si tragar o dejar salir. 

    No vengo a quitarte el tiempo… 

    Solo a recordarte que no se puede vivir aplazando lo importante. 

    Porque llega un momento… en que lo importante ya no está. 

    Y con una sonrisa suave, añadió: 

    —Hoy, hijo, tú eres yo. 

    Solo espero que no termines olvidando lo mismo que yo olvidé. 

    Entonces el padre se acercó, puso la bolsa sobre la mesa y dijo: 

    —Aquí te dejo las empanadas. Aún están tibias. 

    Si puedes… caliéntalas después. Pero si tienes un rato, hijo, me encantaría comerlas contigo. Como antes. 

    El hijo cerró la laptop. Miró a su padre. Y no bajó la mirada. 

    La sostuvo… como quien intenta detener el tiempo, aunque sea un segundo más. 

    —Quédate, papá —dijo con la voz entrecortada. 

    —Hoy… sí quiero almorzar contigo. 

    A veces creemos que dar tiempo es perderlo. Hasta que nos damos cuenta de que lo más valioso que podemos regalarle a alguien es nuestra presencia. El trabajo puede esperar. Un almuerzo con papá… no siempre. Haz espacio hoy. Porque el tiempo no espera.  Ni avisa cuando será la última vez.

    #BesarteelAlma

    Y yo añado…: «tu tiempo es el mejor regalo que puedes hacer «. Cuando lo entregas desinteresadamente, siempre te hará sentir mejor.

  • ANGEL

    Transcribimos a continuación el mensaje pronunciado por Manuel sumándonos a su cariño :

    «Buenos días,

    Os hablo como presidente de Ashla y es un honor para mí el poder hacerlo.

    Ángel siempre hizo honor a su nombre, no se me ocurre una mejor manera de expresar quién era.
    Él fue uno de los principales motores de Ashla, predicando siempre con el ejemplo, escuchando y ayudando a quien lo necesitara cuando debía hacerlo. No le importaba que fueran las 12 de la noche, si alguien llamaba para pedirle ayuda, él se la daba en ese momento porque era cuando lo necesitaba quien lo llamó.
    Ángel ha dejado su sello en la asociación impregnándola de su energía de ayuda al prójimo, una ayuda desinteresada y con un trasfondo de amor por lo que hacía y hacia quien lo hacía. Siempre fue generoso y me consta que llegó a sacrificar temas personales para poder priorizar su labor dentro de Ashla. Él siempre me dijo que si me veía en una situación similar que eligiera el ayudar a los demás, que luego la vida me compensaría con el tiempo. Si hay aquí algún familiar al que pudo afectar esto que digo, espero que la vida también os haya compensado.

    Una de las facetas que más me gustaba de él era su capacidad para sacar una sonrisa a cualquiera en cualquier momento. Recuerdo hace unas semanas en octubre, el último día que estuve con él, cómo con un hilo de voz casi inaudible consiguió hacernos sonreír a los que estábamos allí en ese momento. Siempre tenía una visión optimista. No exento de carácter, él procuraba sacar siempre su lado más bondadoso. Él era muy sensible y muy amante de los gestos de afecto y cariño. Le llenaba compartir abrazos.

    No me equivoco si digo que en la asociación él lo ha sido todo y los que ahora nos quedamos debemos seguir su ejemplo, para que, con la mejor vocación de servicio, podamos seguir ayudando a quien lo necesite, tal cual aprendimos de él, tal cual él nos mostró cómo se hacía.

    Tuvo la fortaleza para, con la ayuda de su mujer, superar una enfermedad que le tuvo postrado en la cama y totalmente dependiente, y con esa fortaleza pudo restablecerse hasta llegar a impartir algún curso. Mari Ángeles, recuerdo tus lágrimas de alegría al verle impartir un curso de nuevo, quédate con ese recuerdo para siempre. Le tocó luchar contra la enfermedad y para ello tuvo la mejor ayuda que podía tener, nada menos que una gran profesional de enfermería a su lado. Quiero darte las gracias Mari Ángeles en nombre de todos por tu enorme y encomiable labor durante toda su enfermedad. Tu generosidad, tu sacrificio, tu paciencia, tu entrega, tu férrea voluntad, tus cuidados, tu cariño, tu presencia y tu buen hacer sé que le han ayudado mucho. Espero que pronto te restablezcas de todo este sobreesfuerzo que has hecho, especialmente estos últimos cuatro años. De nuevo gracias Mari Ángeles.
    Así pues Ángel se nos ha marchado de este plano físico, aunque conociéndole, estoy seguro de que seguirá acompañándonos allí desde donde esté para, en la medida de sus posibilidades, seguir ayudándonos como siempre ha hecho.

    Y ahora que estoy aquí como presidente de Ashla no quiero dejar pasar la ocasión para hablaros no como presidente, sino como Manuel el hombre que iba a pasar alguna tarde o alguna mañana con el para hablar y compartir vivencias, leer poesía o compartir un café y un dulce con una buena conversación. A veces los dulces eran más de dos dado que él era muy goloso. Tuve la fortuna de congeniar con él y de que se abriera a mí y de ir un poco más allá y conocer al ser humano que habitaba en él detrás del maestro espiritual que fue, y pude comprobar que era un hombre muy sensible, con un gran sentido del humor, optimista y con un profundo gusto por las cosas mundanas, especialmente con un profundo amor hacia su familia y seres queridos, especialmente por sus hijos, sus queridísimos nietos y su mujer. Recuerdo Mari Ángeles un día que algo había pasado entre vosotros, no sé el qué, y él trataba de hablarme de lo que había pasado y sólo sabía decir cosas buenas de ti, intentaba desahogarse y lo único que decía eran cosas buenas.

    A mí, Ángel me ayudo en el momento más difícil de mi vida dándome apoyo, cariño, consejo y algún que otro tratamiento que me ayudó muchísimo en esos momentos. Ese trato que él me dio dejó en mí una impronta de cómo hay que tratar a los demás. De cómo ayudar a quien lo necesita sin preguntar, sin cuestionar. Él me enseñó el valor que tiene que te ayuden cuando más lo necesitas. Esto que acabo de comentar, esa vocación de servicio desinteresada es lo que a mí, a día de hoy, me impulsa en mi día a día, no solo en mi labor dentro de Ashla, sino a todos los niveles en mi vida personal. Ayudar a quien lo necesita porque lo necesita. Creo que este es el principal legado de Ángel. Y con su permiso, hago mío este valor para que ayudándonos podamos hacer un mundo mejor, tal como él siempre quiso hacer.

    Gracias a todos, os acompaño en el sentimiento.

    D.E.P Ángel»