• Y despues…

    Luis había sido un gran economista, fue feliz a su manera, amasando cuanto mas dinero, mejor. Nunca supo lo que era crear afecto y amor hacia los demás, jamas disfrutó de sus hijos, jamas intentó enamorar a su esposa y nunca supo lo que era tener amigos. Con el peso de sus muchos años a su espalda, las enfermedades y la soledad hace un examen de como había ido su vida y como el egoísmo y la avaricia habían estado siempre dentro de él.

    Recordó como a los 9 años le regalaron 1000 pesetas y rápido consultó a su padre donde podría invertirla para que le rentaran algo. La inversión fue positiva y aquello marcó su destino. Decidió que sería economista.

    En el colegio veía a los otros niños jugar y ser felices, pero él no tenía tiempo, tengo que estudiar, se decía, ya me divertiré cuando esté en la universidad, pero se le olvidó hacerlo, ya me divertiré cuando me gradúe, pero tampoco, ahora toca estar pendiente de mis inversiones y no perder el tiempo en tonterías, ya seré feliz cuando me case, pero ni siquiera se permitió disfrutar de un viaje de luna de miel. Tenía que estar pendiente de sus negocios.

    Disfrutaré cuando tenga hijos, pero tampoco, nunca había aprendido a jugar y además le molestaba mucho el ruido que hacian. Bueno, pensó, ya tendré tiempo cuando se independicen, pero tampoco tuvo tiempo ni supo disfrutar.

    La relación con sus hijos y sobre todo con su esposa cada día era mas fría y distante, pues no supo nunca crear parcelas e amor, jamas tuvo un detalle con ella, una caricia, una frase de amor, un viaje juntos, un paseo.

    Recordó como hace varios años, en la última Navidad que pasaron todos juntos, él se metió en el despacho y ni siquiera salió para la cena. Había una operación mercantil en la que le interesaba invertir, pues aseguraba una gran rentabilidad. Cuando salió se habían marchado todos, tan sólo encontró una nota de su esposa que decía: Luis, me marcho con nuestros hijos, no aguanto mas, quedate y se feliz con tu dinero, yo me conformo con ser feliz. No quiero nada mas.

    Luis nunca supo disfrutar el presente, siempre lo dejaba para después, y cuando llegó el último después sólo tuvo soledad, tristeza, frustración y sobre todo se sintió aterrado, pues fue consciente de que la mejor inversión que podemos hacer y que mejor rentabilidad da, es buscar la ilusión que nos abra la puerta de la felicidad, eso que él nunca supo ni quiso hacer y se le pasó el tiempo como pasa la vida, ahora se daba cuenta de que era tan pobre, que tan sólo tenia dinero, y una gran soledad que le hacia sentir pánico y desamparo.

    Al fin y al cabo, Luis estaba recogiendo lo que había sembrado a lo largo de toda su vida.

    Benja

  • La fuerza de la Naturaleza

    Esta es la historia de Imobach, un niño bimbanche de la isla de Hierro. Una de las islas
    llamadas Afortunadas que ahora se llaman Canarias. Muy cerca de África.
    Decían los que le conocían que nació diferente a todos sus hermanos y eran unos
    cuantos, incluso su madre contaba la forma en la que nació que también fue inusual.
    Llego al mundo con el alba cuando ella estaba recolectando papayas en los campos
    del Valle del Golfo. Se decidió a nacer en el momento que una gran nube negra rodeó
    la montaña y los campos descargaban con toda su fuerza el agua acumulada.
    Contaba lo imposible que fue escapar y moverse con el esfuerzo de traer a su hijo al
    mundo. Tirada sobre el fango que se formó, con un dolor insoportable, no podía pensar
    cómo resguardarse para que su hijo no se ahogará. Si el agua que bajaba de las
    montañas les alcanzaba, morirían. El reguero era tan grande y con tanto caudal que los
    dos comenzaron a ser arrastrados con fuerza ladera abajo pero gracias al cordón que
    les unía, ella supo que no lo perdería. Debía cogerlo en sus brazos para que no tragara
    agua. Se irguió como pudo sujetándolo, el niño casi colgaba de su vientre y a cuatro
    patas pudo llegar hacia un árbol que apenas veía con la lluvia. Una vez debajo se sintió
    a salvo. Se recostó como pudo protegiendo al bebe y exhausta quedó sin sentido.
    Al abrir los ojos, perpleja vio cómo su hijo sacaba su pequeña cabeza de su regazo
    para alimentarse con el agua que caía de las hojas de aquel árbol. Ella desde entonces
    dijo que ese niño pertenecía al árbol que los salvó, llamándole Imobach en honor al
    valle que le vio nacer.
    A partir de ese día no faltaron en llevarle flores y frutas a su árbol salvador. Este a su
    vez les recompensaba con chorros de agua cristalina que llevaban al pueblo.

    Él niño solía saborear el agua como si de leche materna se tratase. Su madre sabía
    que le haría fuerte. El pueblo agradecido comenzó a visitar el árbol haciéndole
    ofrendas. Los más jóvenes construían albercas para guardar el agua cerca del tronco
    donde caía de sus hojas.
    Así aguantaban las épocas de sequía que eran muchas, cuando los vientos venían
    fuertes y secos de África. También regaban sus campos y la fruta crecía vigorosa.
    El árbol Garoé se convirtió en uno de sus dioses. – Quien se arrimaba a ese árbol
    gozaría de vida, dijeron los sacerdotes del pueblo. Ellos sentían en él un poder mágico
    siempre unido al del niño.
    Imobach fue creciendo ágil y delgado. Los pájaros se posaban en sus brazos y hablaba
    con ellos. Como una extensión más de las ramas del Garoé se le acercaban y él aunque
    quería volar solo podía doblarse o estirarse. Pero era uno de ellos. Se comunicaban
    incluso a kilómetros de distancia. Con el viento también tenía una relación muy
    especial siempre sabía exactamente de dónde venía o hacia donde soplaría y éste le
    arropaba cuando quedaba dormido a la intemperie. El padre árbol le hablaba con su
    lenguaje y su madre que lo sabía le dejaba jugar siempre allí. Aunque estuviera solo
    Eraorahan su dios del cielo le protegería.
    Pasaron los años y el niño se convirtió en joven. Trepaba a lo más alto de las cimas de
    árboles y montañas augurando tormentas, vientos huracanados del sur o si los
    habitantes de la isla vecina navegaban con sus barcas a sus playas para apropiarse de
    su ganado o frutas. El transmitía todo lo que veía y oía, a su familia primero y luego al
    jefe de la comunidad o a los sacerdotes. Se sentía protector de su pueblo y esta virtud
    se palpaba en la comunidad que siempre le preguntaba o le pedía consejo.
    Una mañana en la época del sol brillante en los días que había más luz, Imobach vio
    algo inusual muy lejos, casi donde el sol se ocultaba. No parecían las barcas de sus
    vecinos de la isla de al lado. Su vista no alcanzaba a ver que podía ser, pero sentía en
    su corazón fuertes golpes que chocaban contra el mar. Un olor parecido a humo le
    llegaba a través del viento. Nunca había sentido algo igual.
    Subió al Tinganar cerca del arco del Golfo, la cima más alta en el centro de la isla. Allí
    pudo ver gigantes barcazas con enormes velas que se acercaban. Nunca había visto
    algo parecido. Si eran barcas tan grandes, como serían los que las manejaban, se
    preguntaba. Veloz fue a avisar a su familia y al jefe del pueblo. No preveía nada bueno
    en aquella llegada. Llegaron todos a verlo. El sacerdote imploró a sus dioses y estos le
    decían que eran enviados por un dios del mal que provenía de tierras lejanas.
    Marcharon todos a protegerse en las montañas, en las cuevas que siempre el pueblo
    utilizaba para tal fin. Llevaron agua suficiente del Garoé, frutas y otros alimentos para
    sobrevivir durante un tiempo. Al no haber ríos, ni manantiales donde beber porque la
    tierra filtraba el agua rápidamente, aquellos que se acercaban se marcharían pronto o
    eso pensaban.
    Imobach quiso quedarse en la montaña para vigilar. Se encargaría de mandar señales
    al jefe y los sacerdotes cuando se hubiesen ido.

    Todo el pueblo antes de protegerse llevó ofrendas al árbol Garoé y ocultaron todas las
    albercas de agua para que nadie pudiera descubrirlas. Era su bien más preciado.
    Imobach pendiente de los movimientos de los visitantes no podrían quedarse en sus tierras.
    Día y noche vigilaba la playa de Orchilla donde solían llegar quienes no conocían su
    isla. Llegaron cuando la luna se hacía llena. Por su experiencia, cada vez que la luna
    resplandecía los mares se embravecían y causaban muchos desastres. No era una
    buena noche para llegar. Dejaron las gigantescas barcas muy lejos y vio que los
    extraños llenaban otras más pequeñas en las que se dirigían a la playa. Se acercó más,
    al comprobar que no eran gigantes como creía. Eran muchos aborígenes montados en
    multitud de barcas, más de las que se había imaginado. Tenían el cabello amarillo y su
    piel era muy blanca. Hicieron fuego en la playa y oía sus voces altas, muy altas. Bebían
    algo que les hacía gritar mucho, quedando la mayoría tumbados en torno al fuego.
    Exhausto se marchó a dormir cerca de su padre árbol, aunque antes mandó una señal
    con sus amigos los pájaros para avisar a su pueblo de cuantos y quienes eran los que
    habían llegado.
    El jefe del pueblo asustado y amenazado por tal cantidad de visitantes trazó un plan.
    Nunca habían tenido extranjeros como aquellos. Todos estaban de acuerdo incluso los
    los ancianos y sacerdotes y así se lo hicieron saber a Imobach.
    El plan consistía en ponerles grandes cantidades de frutas mezcladas con mandiocas
    que si las tomaban les matarían. También les dejarían parte del ganado para que
    después de comer gastaran toda su agua, al quedar secos. Sabían que no matarían a
    todos, ya que eran muchos, pero al no encontrar agua y si se ponían enfermos saldrían
    rápidamente de la isla o morirían al cabo de pocos días.
    Al amanecer se dirigieron todos a recolectar fruta y mandiocas dejándolas
    acumuladas en el valle, cerca de la zona de la playa. Solo faltaba esperar con paciencia
    e invocar a los dioses para que todo fuera según lo planeado.
    Imobach volvió a la cima y los demás a las cuevas. Durante todo el día siguió sus
    pasos parecía que buscaban comida. Le parecían muy extraños. Su forma de caminar,
    los sonidos que emitían, lo que llevaban sobre sus cuerpos. Uno de ellos, se ponía un
    palo en el ojo y con la mano señalaba hacia la zona donde les habían dejado las frutas.
    Todos le seguían, debía ser el jefe, pensaba él. También llevaba algo en la mano que
    miraba antes de señalar la dirección. Dirigía a todos los demás. Tenía la cara pintada,
    algo encima del pelo y solo un ojo abierto. El otro lo tenía cerrado. Le vio sacar de sus caderas un cuchillo grande que apretó y sonó como si hubiera caído un rayo del cielo.
    Al mismo tiempo una de las ovejas cayó al suelo llena de sangre.
    Imobach despavorido salió huyendo a la montaña, a salvo mandó un mensaje a los
    suyos sobre aquellos hombres peligrosos contando lo que vio. Al recordarlo le caía el
    sudor sobre la frente. Nunca se había sentido así.
    Volvió a vigilarles. Aquellos aborígenes extraños llevaban la oveja muerta colgada a la
    espalda pero se animó al ver que se dirigían hacia las frutas, caerían en la trampa.
    Cuando llegaron, hablaban muy excitados. Sus voces eran sonidos muy agudos con
    melodía. Parecía que imploraban a sus dioses al encontrarse tanta comida. Algunos
    volvieron, regresando de nuevo con otros más para recoger la fruta encontrada y
    llevarla a la playa. Comieron las ovejas que colgaron en una estaca de lado a lado
    encima de un fuego esperando a que se quemaran e iban cortando trozos que se
    repartían. También la fruta se la pasaban de unos a otros bebiendo un líquido que
    echaban en unos cuencos muy pequeños llenándolos y vaciándolos muchas veces.
    Finalmente, cuando la luna se ocultó y solo se veían las estrellas, quedaron dormidos.
    No así, Imobach, que pasó toda la noche pensando que debía de hacer. En duermevela
    hablaba con su padre árbol para que le iluminará. Deseaba con todas sus fuerzas que
    se fueran. No sabía de donde provenían ni cómo eran, pero su tierra y su padre árbol
    no serían suficientes para dar agua y comida a tanta gente, tal vez pudieran verse
    obligados a dejar sus tierras si ellos se quedaban. No quería ver sufrir a su familia, ni a
    su pueblo y lo más importante no quería abandonar su isla y a su padre árbol.
    Al amanecer se despertó muy enfadado. En la cima de la montaña comenzó a agitar
    sus brazos de tal manera que creó a su alrededor un enorme remolino de viento que
    arrastraba todo a su paso, ese halo de fuerza dirigió aquel rulo de viento montaña
    abajo.
    Cuando llegó a esa playa llena de hombres, el mar juntándose con el viento creó tal
    vendaval que estos fueron lanzados con furia contra la tierra o el agua muriendo la
    mayoría. Los que pudieron escaparon nadando hacia sus barcas lo más rápido que
    podían, otros ni se despertaron ya que quedaron muertos en la arena a causa de las
    mandiocas. Uno de los que huían gritó despavorido señalando a aquel gran hombre en
    lo alto de la montaña que parecía un árbol agitando sus largos brazos y rodeado de un
    enorme remolino. Como si hubieran visto un demonio, no volvieron la vista atrás
    desapareciendo con sus barcas para no volver jamás.
    El gran hombre bajó de las montañas acercándose a la playa para comprobar que
    todos los que quedaban allí estaban muertos. Así ocurrió. Agitó de nuevo sus brazos. El
    mar comenzó a crecer inundando todo y arrastrando todos los cadáveres hacia el
    fondo. La arena apareció de nuevo cuando la luna se hizo más pequeña, como si nadie
    hubiera estado allí.
    Aquellos que sobrevivieron contaron lo ocurrido incluso hicieron canciones sobre la
    leyenda de aquella isla maldita al que ningún extranjero se atrevió en mucho tiempo a
    acercarse.
    Imobach y su pueblo vivieron en paz y armonía desde entonces.
    Hoy en día la gente de la isla todavía habla de vientos extraños que soplan cerca del
    árbol sagrado de Garoé.

    BML

  • LA FELICIDAD EN EL PRESENTE

    Parto de la idea de que Dios nos creó para ser felices, no perfectos, y que el momento presente es el único que nos pertenece para disfrutarlo. Por lo tanto, hoy es el día ideal para tomar conciencia de que nuestra prioridad debe ser nuestra propia felicidad, y disfrutar cada día viviendo el presente con ilusión y plenitud.

    Cualquiera que sea nuestra circunstancia personal, todos tenemos dentro el poder y la capacidad de crearnos nuestra propia historia ilusionante. La ilusión es la puerta que nos lleva a la felicidad.

    No son sólo las personas y las cosas que nos hacen felices, sino que somos nosotros los que elegimos serlo, y esa felicidad, que está en nuestras manos poder alcanzar, sólo la podemos vivir y disfrutar hoy, ayer ya pasó y mañana, si llega, volverá a ser hoy y tendremos que seguir creando ilusión. Pero para ser felices hay que proponerselo, porque hay días en los que no nos damos permiso para estar contentos, hasta nos asusta disfrutar de una felicidad continuada, pues tememos que en cualquier momento puedan cambiar las tornas.

    Dicen que la vida es algo que pasa mientras nosotros estamos haciendo otras cosas. El tiempo y la vida se pasan y hay que disfrutar hasta el fondo. El momento que vivimos es único y no lo podemos desperdiciar. Cada día al despertarnos, lo primero que solemos pensar, es planificar lo que tenemos que hacer y ponemos mucho de nuestro empeño en conseguirlo, pero se nos olvida pensar que hoy tenemos que hacer todo lo posible en ser felices. Esa tiene que ser nuestra prioridad, el resto puede esperar.

    La felicidad que surge de una buena relación con nosotros mismos, nos ayuda a llenar nuestra mente de ideas y y planes positivos para vivir nuestro presente con ilusión. Romper la rutina diaria es un buen principio para mantener viva la ilusión y la felicidad. También es importante limpiar nuestra memoria de todo aquello que pueda ser negativo para alcanzar esa felicidad que buscamos, para eso tenemos que ser fieles a nosotros mismos y crearnos un proyecto, una meta.

    Otro componente del ser humano que todo el mundo tenemos, seamos o no creyentes, es ese espacio de silencio desde donde cada uno escucha su interior. La espiritualidad y la meditación buscan solución al problema del yo, de aquello que nos desasosiega y nos impide ser felices. Sólo los obstáculos de la mente nos impiden disfrutar plenamente.

    La risa es consecuencia de nuestra felicidad, es algo que nos produce sensación de bienestar, que incrementa la capacidad de resolver problemas, nuestro poder de concentración, e incluso ayuda a reforzar el sistema inmune.

    Benja

  • ¿Tienes miedo a morir…? y (3)

    Aquel hombre atraía mi atención como un imán a los clavos. De mediana edad, algo obeso aunque sin morbidez, aparecía sudoroso, inquieto, recorría con insistencia una y otra vez la hilera de mesas de la terracita como sopesando donde sentarse. Era evidente que le apremiaba la sed y ademas, dada mi experiencia personal, podía apostar a que la próstata también le estaba oprimiendo la vejiga.

    Ocurrió hace mucho, mucho, tiempo, en el año del “bicho” en lo que se dio en llamar pandemia. Estábamos en una preciosa mañana de primavera, pero nadie parecía darse cuenta, él tampoco, llevaba un buen rato agobiado y no se atrevía a sentarse en la mesa más retirada a la que llegaba en cada intento. Tampoco parecía que entrar en el local fuese de su agrado.

    Los transeúntes se desplazaban con mascarilla, él llevaba dos, a la mayoría del personal que como yo disfrutaba allí sentado en la terraza, había que buscársela. Podían llevarla protegiendo la barbilla, de bufanda, en el codo o colgando de una oreja. En fin, en cualquier sitio, menos donde se recomendaba.

    Él procuraba no acercarse a nadie, esquivaba a cualquier transeúnte como si se encontrara en un partido de béisbol. Tan pronto se acercaba dubitativo a la puerta del establecimiento, como de nuevo volvía al partido, se desplazaba y se situaba al borde de aquella última y apartada, mesa con aparente intención de sentarse. En una de esas veces casi lo arrolla el camarero en la misma entrada del local y a punto estuvieron de caerse con bandeja y todo.

    Les vi hablar algo, mejor diría que fue al camarero al que percibí señalando hacia el interior. Aquel hombre entró después de desinfectarse minuciosamente las manos y al rato el camarero situó un botellin de cerveza y un plato con algo que no pude distinguir, en la vacía mesa objeto de las dudas del momentáneamente desaparecido señor.

    Poco rato después, se le vio ya mas calmado y tras desinfectarse de nuevo, acudió a la mesa y una vez mas le asaltó la duda. Llamó al camarero y este pasó un paño por la mesa y la silla. Por fin se sentó, y no sin pocos aspavientos consiguió llevarse el botellin a los labios.

    Lo que pasó a continuación no os lo podríais creer ni aunque os lo afirmara bajo juramento. Menos mal que lo podéis consultar en la hemeroteca de la época. Un ruido enorme precedió al desconcierto general. Gritos, desbandada del personal, mesas y contenido por los suelos, mas gritos. Entre todo aquel ruido yo pude distinguir dos palabras: “un medico” y “112”, llamé mientras me acercaba rápidamente a lo que parecía el origen de aquel disturbio.

    La mesa y el hombre que tanto dudaba yacían rotos y esparcidos por el pavimento. Pero había algo mas, ese algo era otro hombre que al parecer había caído de no se sabe muy bien donde. Los médicos del “112” certificaron la muerte instantánea de ambos.

    Mi padre solía decir: “cada uno tenemos tatuada la fecha de caducidad en el culo. Lo que pasa es que está en tinta trasparente y por eso no la podemos ver”.

    Fer.

  • ¿Tienes miedo a morir…? (2)

    Una preciosa tarde de primavera de cualquier año por el principio del siglo XXI . Un capitán laureado, mérito que había obtenido por su valiente participación en las numerosas batallas en las que había participado a lo largo de su carrera militar en varios destinos fuera de nuestras fronteras. Batallas de esas en las que no se sabe muy bien porqué, los medios de «desinformación» Las califican de «MISIÓN DE PAZ» y que luego esos mismos medios eso si, se encargan del postureo y las fotos para propagar las muertes de nuestros soldados, acaecidas eso sí, en son paz.

    En aquella ocasión, nuestro militar, que por entonces debía rondar los 50 años, paseaba por el parque del Retiro en Madrid, empujando el cochecito en el que su hija se distraía mirándolo todo. Habían llegado con tiempo a la cita con el conocido puericultor que asistiría a la niña y que pasaba consulta en la capital. Ellos acababan de llegar de Toledo y la imagen del fresco y verde parque parecía llamarles, así que decidió cruzar la calle.

    ¡De pronto…!, en la tranquila y silenciosa vereda del parque por la que transitaban, el militar escucho un intenso crujido que parecía venir de lo alto. Sin pensárselo y sin siquiera mirar, con ese instinto que sólo se aprende en las numerosas ocasiones de peligro en las que tu vida depende de él, dio un fuerte empujón al cochecito, y con él a la niña.

    Un instante después, nuestro militar yacía sin vida debajo de una gruesa rama del árbol debajo del cual estaban paseando padre e hija. Aquel empujón salvo la vida de la niña pero no dejó ninguna

    Lo que no pudo la guerra, le sobrevino en la paz, en un tranquilo parque de una no tan tranquila ciudad, , en una sosegada y fresca tarde de primavera. ¿Quien lo podría imaginar…?.

    Fer

  • ¿Tienes miedo a morir…? (1)
    Trataré una serie de tres relatos sobre la inutilidad del miedo. Éste primero es una conocida y antiquísima leyenda que me he permitido reproducir «a mi aire». Los otras dos son casos reales que en su momento llamarón la atención de los medios de comunicación y que publicaré en breve.

    Cuenta la leyenda que un día, en el que el jefe de esclavos de un de rico comerciante árabe, estaba paseando tranquilamente por los campos recien sembrados, cuando de pronto, sin saber como ni de donde, se le apareció una figura a la que inmediatamente reconoció en seguida como “La Muerte”.

    Hasim, que así se llamaba este hombre, era conocido en todo su mundo por el miedo atroz que tenía a la muerte, siendo la superstición uno de sus rasgos de identidad, así que probablemente debido a estas influencias se quedó paralizado un buen rato durante el cual no pudo pronunciar palabra.

    Cuando pudo tomar conciencia de nuevo, noto que estaba absolutamente sólo. Muerto de miedo corrió al encuentro de su amo, quien de inmediato notó el semblante desencajado marcado por una palidez enfermiza que traía Hasim. Éste, con frases entrecortadas y temblando, apenas pudo encontrar algo de voz para relatar su experiencia y le pidió que con toda urgencia le prestase el mejor caballo, el mas veloz, pues necesitaba huir de inmediato a Teheran , ya que pensaba que allí entre tanta gente “La Muerte” no lo encontraría y quedaría a salvo.

    El comerciante accedió ante el deplorable aspecto que presentaba su esclavo, e inquieto se dejo llevar por su imaginación sobre las probables causas de éste asunto. Después de un tiempo no muy largo, vislumbró una figura femenina vestida con lo que parecían harapos negros y que portaba una guadaña. El comerciante, sin inmutarse, inició una conversación con aquella extraña figura.

    El comerciante accedió ante el deplorable aspecto que presentaba su esclavo, e inquieto se dejo llevar por su imaginación sobre las probables causas de éste asunto. Después de un tiempo no muy largo, vislumbró una figura femenina vestida con lo que parecían harapos negros y que portaba una guadaña. El comerciante, sin inmutarse, inició una conversación con aquella extraña figura.

    • Ala os guarde, ¿que puedo hacer por vos?. – pregunto amablemente el comerciante.
    • Vengo a pedirte que me acompañes, tu estancia aquí ha llegado a su fin. -Contestó aquella figura.
    • Estoy preparado, llevo tiempo esperándote. ¡Cuando quieras!. -Pronunció aquel, tranquilo y sereno.

    Poco después, cuando habían tratado ya todos los temas de interés para el comerciante, éste le comentó lo acaecido con su hombre un rato antes, ante lo cual, aquella figura le comentó.:

    • Sí por cierto, y me ha sorprendido mucho encontrarlo aquí. Tengo que llevármelo esta noche desde Teheran”.

    Fer

  • El agua que quiso ser fuego.

    Estoy cansada de ser fría y de correr rio abajo, golpeándome con las piedras que me enervan. No me acepto como soy, le pediré a Dios que me cambie, que me convierta en aire. Mejor en aire no, que forma huracanes que arrasan con todo lo que encuentran en su camino. Tal vez mejor en tormenta. No, tampoco lo acepto, me asusta, sobre todo cuando con su fuerza hace caer los árboles sobre mi, me hace daño. Me gustaría ser árbol o flor por su belleza, por eso las tolero aunque tenga que estar regándolos y consuman parte de mi, las tolero porqué me gustan, pero no las acepto para cambiarme por ellas, pues unos tienen una larga vida y las otras muy efímera.

    Dicen que soy necesaria, pero yo prefiero ser hermosa, y roja, y cálida. Dicen que purifico todo lo que toco, pero mas fuerza purificadora tiene el fuego. ¡Eso!, quisiera ser llama y fuego, me encantan su luz y su color y cuando me calienta en invierno sobre todo si estoy helada.

    Dicen que soy necesaria, pero yo prefiero ser hermosa, y roja, y cálida. Dicen que purifico todo lo que toco, pero mas fuerza purificadora tiene el fuego. ¡Eso!, quisiera ser llama y fuego, me encantan su luz y su color y cuando me calienta en invierno sobre todo si estoy helada.

    Estoy decidida, quiero ser fuego, le escribiré una carta a Dios pidiéndole que cambie mi identidad.

    Le diré: Querido Dios, tu me hiciste agua pero quiero decirte con todo respeto, que estoy cansada de ser transparente, que prefiero el color rojo. Desearía ser fuego, ¿puede ser?. Tu mismo, Señor, te identificaste con una zarza ardiendo y dijiste que habías venido a poner el fuego sobre la tierra. No recuerdo que nunca te compararas con el agua, por eso creo que comprenderás mi deseo. No es un simple capricho, necesito este cambio para mi realización personal.

    Salí todos los días a la orilla para ver si llegaba la respuesta y una tarde pasó una barca muy blanca de la que cayó un sobre rojo que contenía una nota en la que se podía leer : “Querida hija, parece que te has cansado de ser agua. Lo siento mucho porque no eres un agua cualquiera, tu abuela fue la que bautizó a mi hijo en el Jordán, y te tenía destinada a caer sobre la cabeza de muchos niños. Mi espíritu no baja a nadie que no haya sido lavado antes en ti. Tu preparas el camino al fuego«.

    Mientras estaba embebida leyendo la carta, Dios bajó a mi lado y se quedó contemplándome en silencio. De pronto me vi a mi misma y a Dios reflejado en mi. Estaba sonriendo como esperando na respuesta.

    En ese momento comprendí que el privilegio de reflejar el rostro de Dios solo lo tengo yo cuando estoy limpia y en paz. Suspiré y acepté: «Señor, seguiré siendo agua, seguiré siendo tu espejo. Gracias.»

    Aceptar y aceptarnos es un reto

    De todas nuestras actitudes, la mas importante es aquella con la que nos miramos a nosotros mismos, porque esa visión afecta favorable o no a como nos ven los demás.

    A veces no nos conocemos o no nos aceptamos lo suficiente. No sabemos lo que sentimos y no hemos aprendido a manejar y exteriorizar nuestras emociones.

    Es imposible querer y aceptar a los demás si no te sabes querer a ti mismo. En cambio cuando te conoces, cuando te aceptas y te quieres con tus pros y contras, con tus maravillas y defectos, con tus aciertos y errores, ya es otra cosa. Solo el hecho de conocerte y aceptarte ya te sana mental y emocionalmente.

    Cuando uno no se acepta corre el peligro de intentar manejar a los demás, bien con su victimismo, imponiendo sus opiniones, o manipulando de diferentes formas, ya sea con el arma sutil de la palabra o con la comunicación no verbal.

    Para vivir el valor de la aceptación con los demás no es necesario estar de acuerdo con sus opiniones o su forma de comportarse. Es incondicional porque si ponemos condiciones no estamos aceptando sino tolerando. Tolerar es una forma de concesión pero deja reticencias.

    Es posible que a lo largo de nuestra vida nos guste ser alguien distinto al que somos, tener otras cualidades, otra profesión, otras amistades y nos hemos quejado a Dios pidiéndole que nos cambie, pero solo aceptando como somos, como Dios nos ha hecho, podemos ser el reflejo de Su rostro para los demás.

    Benja

  • A.C.O.M.P.A.Ñ.A.R
    1. Acompañar se trata de estar presente para el dolor de otra persona; no de hacer que su dolor desaparezca.
    2. Acompañar se trata de ir al desierto del alma con otro ser humano; no de creer que somos responsables de encontrar la salida.
    3. Acompañar se trata de honrar el espíritu; no de enfocarse en el intelecto.
    4. Acompañar se trata de escuchar con el corazón; no de analizar con la cabeza.
    5. Acompañar es dar testimonio de las luchas de otros; no de juzgar o dirigir esas luchas.
    6. Acompañar se trata de caminar al lado; no de conducir o ser conducido.
    7. Acompañar se trata de descubrir los dones del silencio sagrado; no significa llenar con palabras cada momento.
    8. Acompañar al que sufre se trata de quedarse quieto y en silencio; no de querer moverse frenéticamente hacia adelante.
    9. Acompañar se trata de respetar el desorden y la confusión; no de imponer orden y lógica.
    10. Acompañar se trata de aprender de otros; no de enseñarles.
    11. Acompañar se trata de tener una actitud de curiosidad y no de expertos.

    ALAN D. WOLFET.

  • LUMINOSIDAD

    Son las 3 de la mañana de este sorprendente 9 de Enero de 2021. Nieva en Madrid. Me ha despertado el estruendo del silencio y la pizca de curiosidad que coloqué, amorosamente, bajo la almohada, al acostarme.

    Se aprecia una ternura infinita en cada copo al danzar, suave y grácil, en el atrevido espacio lleno de vacíos que despiertan, soñando, momentos de sosiego. La singular nieve de esta noche aguarda y sólo pretende encontrar un remanso de paz donde posarse y esperar que otros copos encuentren el mismo camino y se aquieten para, en la unidad, proyectar su blanca luz. Madrid está resplandeciente y bella en esta noche luminosa.

    El resplandor es como un amanecer alegre que sorprende con momentos de quietud en donde la paz, el silencio y el vacío sonríen al alma … que se estremece. Es un instante donde la nada invita a la oración, al recogimiento, a la meditación. A meternos dentro de ese copo, casi ingrávido, donde encontramos el milagro de la vida, la paz, la unidad, el ser…porque el alma está pidiendo Paz y Amor y Silencio.

    A esta hora sin ruidos, sólo escuchando la voz del alma y la alegría blanca de la nieve, Madrid, la noche de Madrid, se nos antoja como más luminosa que nunca invitándonos al recogimiento, la oración y la Unidad. La Unidad como camino, como alimento del espíritu.

    Estamos inmersos en unos momentos de cambio. De Cambio o de Reafirmación. De aquíen adelante podremos percibir cómo las cosas se suceden con una inusitada rapidez. Como si el milagro del “¡hágase!” estuviera al alcance de la mano; para bien y para lo demás. Por ello os invito a Unirnos en el Espíritu, Unirnos en la Paz, Unirnos en el Amor, Unirnos en la Oración, Unirnos en la Luminosidad de SER y esperar que llegue el alba.

    Ángel Díaz Rubio

    Madrid, 9 de Enero de 2021. A las 03:00 de una noche luminosa.

  • EL CUARTO REY MAGO

    Según una una leyenda (antigua, como toda leyenda que se precie) que sin ser parte de la Revelación, nos enseña que …
    Cuenta que había un cuarto Rey Mago, llamado Artabán que también vio brillar la estrella sobre Belén y decidió seguirla. Como regalo pensaba ofrecerle al Niño un cofre lleno de perlas preciosas. Sin embargo, en su camino se fue encontrando con diversas personas que iban solicitando de su ayuda.
    Este Rey Mago las atendía con alegría y diligencia, e iba dejándoles una perla a cada uno. Pero eso fue retrasando su llegada y vaciando su cofre. Encontró muchos pobres, enfermos, encarcelados y miserables, y no podía dejarlos desatendidos. Se quedaba con ellos el tiempo necesario para aliviarles sus penas y luego procedía su marcha, que nuevamente era interrumpida por otro desvalido.
    Sucedió que cuando por fin llegó a Belén, ya no estaban los otros Magos y el Niño había huido con sus padres hacia Egipto, pues el Rey Herodes quería matarlo. El Rey Mago siguió buscándolo, ya sin la estrella que antes lo guiaba.
    Buscó y buscó y buscó… y dicen que estuvo más de treinta años recorriendo la tierra, buscando al Niño y ayudando a los necesitados. Hasta que un día llegó a Jerusalén justo en el momento que la multitud enfurecida pedía la muerte de un pobre hombre. Mirándolo, reconoció en sus ojos algo familiar. Entre el dolor, la sangre y el sufrimiento, podía ver en sus ojos el brillo de aquella estrella. Aquel miserable que estaba siendo ajusticiado era el Niño que por tanto tiempo había buscado.
    La tristeza llenó su corazón, ya viejo y cansado por el tiempo. Aunque aún guardaba una perla en su bolsa, ya era demasiado tarde para ofrecérsela al Niño que ahora, convertido en hombre, colgaba de una Cruz. Había fallado en su misión. Y sin tener a dónde más ir, se quedó en Jerusalén para esperar que llegara su muerte.
    Apenas habían pasado tres días cuando una luz aún más brillante que mil estrellas llenó su habitación. ¡Era el Resucitado que venía a su encuentro! El Rey Mago, cayendo de rodillas ante Él, tomó la perla que le quedaba y extendió su mano mientras hacía una reverencia. Jesús le tomó tiernamente y le dijo:
    “Tú no fracasaste. Al contrario, me encontraste durante toda tu vida. Yo estaba desnudo, y me vestiste. Yo tuve hambre, y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres que atendiste en tu camino. ¡Muchas gracias por tantos regalos de amor! Ahora estarás conmigo para siempre, pues el Cielo es tu recompensa.”
    Cada uno de nosotros somos el cuarto Rey Mago y Jesús espera que le encontremos en cada persona necesitada que se cruce en nuestro camino… deseo que la Epifanía —ese encuentro con Jesús que vive en cada hermano que sufre— nos acompañe durante todos los días de este año que acabamos de comenzar.


    Chus.